Sexagésima_historia

Campamento Sumovov, sexagésima historia: Primera parte (La hermandad)

— ¡Virgen Santa! ¡Qué fresquito! — Eso gritaba Josefina, disfrutando del ventilador, por el cual lo tenía pegado a él, escondido debajo de su vestido simple de color blanco.

Era un día caluroso de verano y como no tenía aire acondicionado en su cuarto, pues se intentaba refrescar de aquella manera. Y junto a ella, estaba Malan, quién fue invitada a estar un rato con su amiga. Estaba observando en su móvil las fotos que había sacado sobre un insecto que le pareció muy interesante y que se encontró por el camino. Así de aburrido estaba su tarde, hasta que alguien pegó la puerta.

— ¿Quién es? — Preguntaba Josefina, mientras se levantaba para abrir la puerta.

Casi iba a dar un brinco del susto, al ver quién había pegado la puerta. No era nada más que su hermana Noemí, pero su cabello tintado de azul, que le llegaba hasta al cuello, la sorprendió muchísimo, de nuevo. Aún le costaba acostumbrarse a su nuevo look, pero ya ni se esforzada, porque siempre cambiaba más de imagen que de calcetines. Malan observó por unos pocos segundos a la persona que pegó, pero no le parecía interesante y siguió con lo suyo.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó secamente Josefina, quién estaba algo molesta. No le gustó aquella visita inesperada, porque pensaba que ella le iba a pedir algo, como siempre; y deseaba que se fuera lo más rápido posible.

— Déjame entrar y lo diré. — Tras decirle eso, Josefa se lo pensó durante unos segundos para, luego, dejar que entrara en el cuarto.

Malan la saludó y Josefina le preguntó otra vez, con muchísima hostilidad, qué quería ella. Entonces, Noemí les dijo esto, molesta por la actitud de su hermana, mientras les enseñaba una hoja publicitaria:

— ¿Quieren ir a un campamento de verano? — Esas palabras las dejó a las dos bastantes sorprendidas, no se lo esperaban.

Al día siguiente, llegó a la casa de Mao, una persona que jamás él esperaba ver en su hogar:

— ¿Tú no eres hermana de Josefina? — Eso preguntó al verla, muy sorprendido por su aparición, y también de su nuevo look que le parecía muy horroroso. Ella había llegado a su casa junto a su hermana y Malan.

— Ella quiere pedirte un favor muy, muy grande. — Le soltó Josefina, bastante animada, demasiado para el gusto de Mao, quién preguntó qué era con muy mala espina. Noemí le contestó:

— ¡Quiero que te unas a nuestra hermandad, Mao! — Esto le dijo Noemí, entregándole un papel, y mientras éste se quedó con la boca abierta.

Rápidamente, se puso a leerlo, pero no lo entendió, porque era una hoja de admisión  y no de información. Noemí tuvo que explicárselo:

— La hermandad Surovov es una organización sin ánimo de lucro formada por chicas adolescentes de catorce años a dieciocho, que trabajan para el progreso y la mejora de Springfield y su municipio con todo tipo de proyectos sociales. —

Mao no quería saber nada de estas cosas, no deseaba ser un activista social y quiso dejarlo bien claro, pero entonces Josefina intervino:

— ¡Hey, hazte hermana, y así estaremos juntas en el campamento de verano! — Mao, tras oírlo, puso una cara de completa incomprensión.

A continuación, le contaron que Josefina y Malan habían sido invitadas, por Noemí, a un campamento regido por esa hermandad y querían que Mao fuera parte de eso, para que estuviera con ellas. Se le quitaron aún más las ganas de entrar, pero entonces Josefa y su hermana se unieron para darle la lata hasta que aceptará.

— Vale, vale, pesadas. ¡Espero que no me metan en nada extraño! —

Eso les tuvo que gritar Mao, cuando fue derrotado, después de aguantar por varios minutos la pesadez de Josefina y su hermana. No había duda para él, eso venía de familia.

Josefina y Noemí se pusieron tan felices que se abrazaron, gritando alegremente, pero entonces se dieron cuenta de que estaban dando un abrazo y se soltaron inmediatamente poniendo una cara de puro asco. Mao, por su parte, las maldecía, mientras rellenaba su admisión a la hermandad Surovov.

Al pasar tres días, Mao fue llamado por Noemí, quién le explicó que su admisión fue aceptada y iban a hacer su bienvenida, al modo de la hermandad.

— ¿Rito de iniciación? ¿Qué sois, masones o qué? — Eso le gritó Mao a Noemí, a continuación. Se arrepintió de haberse metido, mientras se imaginaba cosas siniestras.

— Solo es una especie de bienvenida, hermana. — A Mao no le gustó que le dijera eso, pero no dijo nada. — Pero a las chicas le encantan actuar de esta forma. —

Mao se dijo para sí que aquellas chicas eran muy raras y extrañas por hacer tales cosas. A continuación, Noemí añadió que lo iban a hacerlo al día siguiente y que le iba a acompañar. Para terminar la charla telefónica, acordaron la hora y lugar para irse hacia al rito de iniciación.

Al día siguiente, tras montar en el autobús, Mao y Noemí llegaron una mansión, situada en un barrio rico del sureste. Aquella casa, hecha de mármol y de dos pisos, parecía una copia de La Casa blanca, aunque mucho más pequeña. Estaba situado sobre una pequeña colina, rodeada de un gran jardín.

— ¿Más ricos? — Se preguntaba para sí Mao, sorprendido, mientras recordaba que Josefa era amiga de Elizabeth. — ¿Ustedes os codeáis con la realeza o qué? — Eso le dijo a Noemí, a pesar de que sabía que EEUU era una república. Ésta ignoró el comentario, mientras se decía que eso le gustaría a ella.

— Es de nuestra “Hermana Mayor”, la que creó la hermandad. — Eso le respondió, antes de llamar en el portal y soltar la contraseña.

Tras abrirse las puertas y entrar en la propiedad, Mao miraba por todos lados, bastante incomodo, preguntándose cómo sería la bienvenida. Deseaba que no fuera nada siniestro o raro, y miró hacia al edificio, notando como el lugar estaba lleno de gente, ya que se estaba oyendo cientos de voces.

A continuación, subieron por unas escaleras y entraron por la entrada principal. Atravesaron un largo pasillo, muy bien iluminado por arañas de techo y bastante elegante, ya que tenía una alfombra de terciopelo en el suelo y un montón de cuadros de todo tipo en las paredes, que parecían ser muy caros. Al final de eso, llegaron a un enorme salón, lleno de chicas. Todas estaban muy amigables, charlando entre ellas, y había de todo, desde el color de piel, de cabello o el tamaño; pero todo el mundo llevaba el mismo uniforme.

Mientras Mao se quedó perplejo, observando aquel lugar, Noemí, que desapareció por un momento, volvió a aparecer, diciéndole esto:

— Nuestras hermanas pertenecen a todo tipo de clases sociales, y para evitar discriminación alguna, en apariencia, todas deben llevar el mismo uniforme. —

Mao se dio cuenta de que Noemí tenía entre sus brazos el mismo uniforme que tenía el resto de las chicas. Ésta se lo dio, a continuación, y él se quedó observándolo: Era un conjunto formado por una falda blanca y una camisa de color verde oscuro, y sobre esa pila de ropa estaba un broche con la forma de una flor.

— ¿Y dónde está el servicio? — Le preguntó Mao, algo molesto, porque no tenía ganas de cambiarse.

— Tenemos el vestidor. — Le decía Noemí, quién le señaló hacía dónde ir. — Ese pasillo, en la segunda puerta de la derecha. —

Y tras vestirse el uniforme y volver al salón, allí se quedó esperando, y cómo era nuevo, todas las chicas fueron a hablarle. Le preguntaban todo tipo de cosas, hasta cosas muy privadas y a Mao le era imposible contestar cada una de esas preguntas. Se preguntaba desesperado, cuándo iban a empezar ese rito de iniciación de una vez.

— Ejem… ¿Me pueden escuchar? — Esas palabras sorprendieron a Mao, quién no sabía de dónde estaban saliendo. — ¡Me dicen que sí! Pues bueno, vamos a comenzar con esto de una vez. —

— ¿De dónde sale eso? — Les preguntó Mao todo asustado, a las demás. No sabía de dónde estaban saliendo aquellas palabras.

— Bien obvio, mujer. ¡De los altavoces! — Le señaló Noemí una esquina del techo mostrándole eso. Mao, al observar eso, se avergonzó de haberse asustado de algo tan obvio. Mientras tanto, a través de los altavoces, seguía hablando esa persona, quién decía a sus hermanas que llevarán a la nueva hacía otro sitio.

— ¡Vamos, levántate hermana! ¡Vas a conocer a la mayor! — Le decían con alegría.

Así Mao, fue llevado hacía una puerta, que, al abrirlo las chicas, daba a un comedor exageradamente amplio, con una mesa también muy larga. Y al fondo estaba una chica, que obviamente parecía ser la líder, aunque no tenía alguna cosa que la diferenciaba de las demás. Se levantó y se dirigió a Mao para darle la mano.

— ¡Bienvenida a mi casa! ¡Yo soy la hermana mayor, Ekaterina Surovov! ¿Y tú, Mao Shaqui, no? —

— Pues sí, esa soy yo. — Le decía Mao eso, mientras le estrechaba la mano, fijándose en su aspecto, sobretodo en su cabello pelirrojo, ya que llevaba un peinado peculiar con forma de lazo que le recordaba al ratón de Disney.

— ¿Vas a unirte a nosotras? — Eso le preguntó a continuación, la hermana mayor. Mao, deseaba decirle que no, pero no podría decir tal cosa, después de haberlo prometido y de haber venido hasta aquel lugar. Así que, obviamente, le respondió que sí.

— ¡Hermanas, den una calurosa bienvenida a la hermana Amapola! —Y todas se pusieron a aplaudir, mientras Mao le preguntaba por qué le llamaron “Amapola” y cuándo era el rito de iniciación. Le respondieron que, a las hermanas, se les ponían el nombre de flores, los cuáles entregaban como broches a las nuevas. Mao se fijó en la suya, que se lo había puesto en el pelo y se dio cuenta que tenía forma de aquella flor.

El rito de iniciación no era nada más ni nada menos que cenar con todo el mundo. Se alegró de que no hubiera nada raro ni nada parecido y disfrutó mucho de la cena.

Al día siguiente, todos le preguntaron cómo le había ido estar allí: — Pues ha estado bien. Algo raro, pero bien. —

Esa era su respuesta, mientras miraba indiferente a la televisión, antes de que los demás se dieran cuentan del broche que tenía Mao en su pelo, quién se lo puso porque le quedaba bonito. Alabaron sin parar aquel accesorio.

Y pasaron los días. Mao creyó que tenía que visitar reuniones frecuentes, algo que no tenía ni ganas, pero la hermandad usaba las nuevas tecnologías: Se comunicaban y hablaban de lo que sea en una aplicación para móvil que una de ellas creó especialmente.

Por eso, estuvo al tanto de lo que ocurría y se enteró de que al final le iban a meter en el proyecto del camping, el cuál fue el principal motivo por el que le obligaron a meterse en la hermandad. Mao no pudo evitar ir a las reuniones, porque tuvo que asistir a uno, tres días antes de empezar.

— Nosotras hemos alquilado por quince días un camping, como bien sabrán, para que las niñas de nuestra ciudad puedan disfrutar de esto, sin dar ni un duro. Nos encargaremos de todas las actividades que entre todas hemos elegido hacer tras una selectiva selección, ¡esperemos que esto nos salga bien! —

Esto fue parte de su discurso a todos los miembros de la hermandad mientras éstas miraban cuales puestos le habían entregado, en un papel. A Mao le tocó ser uno de los encargados, líder por así decirlo; de un grupo de chicas participantes, al que tenía que vigilar y cuidar, algo que no quería porque ya estaba rodeada de niñas en su casa.

Y tras esto, llegó el día, al que iba a comenzar el camping, y Mao tuvo una última sorpresa, antes del viaje:

— ¡Oye, ya tengo suficiente con todas esas niñas! — Le replicaba Mao, que casi le iba a dar algo, a Clementina, después de que ella le pidiera que se llevará a Diana, mientras ya se estaba preparándose para irse.

— Ella quiere ir, y contigo estará segura, después de todo eres una de las encargadas. —

Le dijo Clementina, mientras Diana aparecía en escena y le pedía que la dejara unirse. Molesto por el hecho de que se lo dijeron a última hora, les preguntaba por qué no se lo dijeron antes:

— Pol que nadie me ha dicho hasta ahola. — Le replicó furiosa Diana, con tal cara que Mao decidió callarse, mientras se preguntaba si se acordó de haberle dicho algo. Creía que ya estaba enterada por medio de Josefina o de otra persona, pero eran imaginaciones suyas.

Mientras intentaba pedirle perdón a Diana, quién se puso a dar un berrinche por haber sido ignorada, las pocas ganas que tenía de ser el encargado, de vigilar y hacer las actividades; se les quitó.

Y no solo Diana iba a venir, también Jovaka, quién no sabía al principio ir o no. Más bien, le obligaron a aceptar que sí. Y desde el principio, Josefina y Malan iban a ir.

Tras salir, se dirigieron a una plaza de Springfield, dónde se encontraban los autobuses encargados de ir al campamento, y el lugar estaba lleno de niñas. Los padres estaban felices, porque iban a librarse de ellas durante un tiempo, y gratis además. También Josefina estaba feliz, y cuando vio a Mao, Jovaka y a Diana, los saludó con mucha energía, demasiada para ellos, ya que ésta se puso a hablar como loca.

— ¡Josefina, tranquilízate! — Le decía Mao, con dolor de cabeza. — ¡Aún no hemos empezado y estás alterada! —

— ¡Pero es que la emoción…! ¿Ah, y Malan? ¿Dónde está? — Y entonces, empezó a gritar su nombre sin saber que ella estaba detrás suya.

— ¡Aquí estoy! — Esto le dijo, dándole un susto de muerta a Josefina, quién gritó al ver que estaba detrás. Al ver quién era, añadió:

— ¡Qué susto…! — Y le iba a decir a Malan que no apareciese así de golpe, cuando vio algo que no esperaba, volviendo a gritar sin parar, totalmente aterrada: — ¡La satánica! ¡La satánica! —

Estaba señalando a alguien, a una chica asiática hablando con otras chicas. Mao reconoció su cara, ya que la vio en las reuniones de la hermandad y le preguntó a Josefina, algo molesto, pero también preocupado, porque notó el terror de su amiga: — ¿Pero ahora qué te pasa? —

— ¿Te acuerdas de la satánica esa de Halloween? ¡Pues es esa! ¡Esa! —

Mao estuvo un buen rato pensando hasta que recordó cuando Josefina pegó en la puerta de su casa a altas horas de la madrugada totalmente aterrada y luego se quedó dormida buena parte de la mañana, hasta que despertó y le contó una historia bien absurda y larga, hablando sobre espíritus y que su amiga estaba en peligro, pero al final ella estaba más sana que una lechuga.

Miró a aquella chica fijamente, pero no se parecía en nada cómo Josefina le describió, salvo que ésta tenía rasgos asiáticos, aunque su descripción era demasiada exagerada, parecía que hablaba del diablo en persona en vez de una chica. De todos modos, decidió no pensar tanto en eso.

— Debe ser tu imaginación. — Le replicó esto en un intento vago de tranquilizarla

Entonces, escuchó cómo alguien les estaba saludaba, tanto a él como a Josefina. Les decía a ellos, mientras movía la mano enérgicamente, hola, y éstos miraron, preguntando quién era.

— ¿Quién eres? — Los dos gritaron, al ver que alguien que no conocían los saludaban como si fueran amigos.

— ¡Ah! ¿No me recuerdan…? — Eso decía la chica. — ¡Yo soy Sally McGargle, enemiga de Lafayette! —

Entonces, gritaron de la sorpresa, recordando quién era. La habían conocido cuándo fueron a la casa dónde vivía Lafayette, antes de sufrir la aventura del tesoro. Sally había cambiado bastante, parecía que había dado un estirón, tanto en la delantera como en la altura.

— ¡Cuánto tiempo! — Le decía Mao al saludarle con la mano. — ¡Perdón, pero no te había reconocido! —

— Tal vez, por eso no me notaste cuando estuvimos en la reunión. — Eso le respondió con una sonrisa.

— ¿Qué? ¡Ni te vi! — Dijo Mao extrañado, intentado recordar si la había visto ahí.

— Esas cosas no importan. — Concluyó y luego se pusieron a hablar mal sobre la desaparecida Lafayette, poniéndola verde sin parar.

Malan le preguntó a Josefina de qué estaban hablando. Ella se lo iba a explicar, pero entonces habían aparecido los peces gordos de la hermandad.

— Parece que te lo estás pasando bien, hermana Amapola. — Aquellas solemnes palabras, que sorprendieron a todo el mundo, provenían de la Sumovov, acompañada de su brazo derecho, Grace Cook.

Se notaba que era su mayor subordinado, llevaba en sus manos cientos de papeles y su aspecto parecía la de un funcionario gris que ha pasado toda su vida calculando cuentas, tanto que heló a algunas al verla. En fin, tenía pelo moreno y corto, más una mirada fría que se reflejaban a través de sus gafas.

— Bueno, algo así. — Esa fue la  respuesta de Mao, siendo incapaz de decir otra cosa más inteligente.

— Me alegro, espero que ser parte de nosotras sea una experiencia inolvidable para ti. ¡Y para todas las niñas que has traído, espero que disfruten de nuestro campamento! —Y con esto dicho, se alejó de ellas.

— No te preocupes, a ella le gusta hablar con los novatos. — Eso dijo le dijo Sally despreocupadamente, al ver la cara de asombro con Mao.

Más tarde, se le avisaron a los encargados de formar los grupos de chicas, mientras Josefa preguntaba dónde estaba su hermana, quién llegó tarde. Mao le fue asignado el grupo llamado “Conejo”, con Josefa, Malan, Diana y Jovaka, quién estaba pegada a él como una lata, provocando comentarios algo molestos sobre ellos.

— ¡Pues bueno, me llamó Mao Shaqui y seré la líder de los “conejos”, espero que nos llevemos bien y todo eso! —

— ¡Yo ya sé tu nombre! — Eso le replicó Josefa, como si fuera una niña pequeña. — Yo también. —Añadió Diana.

— Sí, sí, pero hay muchas que no me conocen. — Les decía Mao, mientras les señalaba la cantidad de chicas desconocidas que estaban a su alrededor.

A continuación, Mao decidió centrar su atención a Jovaka, quién le estaba abrazando tan fuerte que le apretaba. Ella estaba temblando como un flan, aterrada ante el hecho de que iba a estar en mitad del campo rodeada de niñas, eso era como estar rodeado de animales salvajes y empezó a pensar que fue un error haber sido obligada a hacer esta acampada.

Mao, quién se estaba arrepintiendo de haberse traído a Jovaka, empezó a reza para que ella no se convirtiera en un gran incordio.

Entonces, todas las niñas iniciaron una avalancha de preguntas hacia él. “¿Por qué tu nombre es tan masculino?”, “¿Sabes karate?”, “¿Por qué esa chica no te suelta, sois novias o qué?” o “¿Cuándo iban a comer?”, “¡¿Puedo ir al servicio!? ”, esto solo era una buena parte de lo que decían, porque no paraban y Mao no daba a vasto, mientras se preguntaba cuándo iba a llegar la otra encargada, para que le ayudase, ya que se acordó de que no había aparecido hasta ese momento. Entonces, ella apareció, después de correr como condenada hacia al grupo:

Apareció gritando que lo sentía por la tardanza y luego, soltó esto:

— ¡Perdón, por esto…! ¡Soy Khieu Ponnary! — Le decía esto a Mao y a las demás, mientras subía al vehículo, totalmente exhausta.

Entonces, vio a Josefina y se quedó blanca antes la inesperada sorpresa. Jamás de los jamases se esperaba encontrar a aquella persona y dio un buen brinco del susto: — ¡Oh, mierda! —

— ¡No deberías decir insultos! — Le gritaron todas las niñas y ésta tuvo que pedir perdón. Josefina ya no le tenía miedo, más bien la miraba con furia y odio, recordando todo lo que les hizo a ella y a Sasha, maldiciendo el hecho de que esa estuviera en su grupo, siendo también encargada.

Khieu no sabía qué hacer, no se esperaba para nada encontrarla ahí. Y las dos se observaban mutuamente, creando una extraña y pesada tensión entre ellas. Mao se dio cuenta de eso, bastante sorprendido, porque no esperaba ver a Josefina poner una mirada así. Se conocían, y aquella chica le había hecho algo muy, muy horrible a Josefa. Decidió preguntarle más tarde.

Tras eso, Mao y Khieu, quién sentía como la mirada rabiosa de Josefina no la dejaba de perseguir, organizaron el grupo y lo metieron en el autobús.

— ¡Oye, no podrías pedirle a esa chica que se cambiará de sitio, hermana! ¡Eso está reservado para las encargadas! — Eso le replicó Khieu, al ver que Jovaka se sentó al lado de Mao, en un lugar en que deberían estar las encargadas.

— ¡No y no, yo me quedó con Mao! — Le dijo Jovaka, casi gritando. Ese tono hizo pensar mal a Khieu, pensado que ellas eran lesbianas.

— ¡Oye, ésta tiene serrín en la cabeza y no lo hará, así que tendrás que buscar otro sitio! — Eso le dijo Mao, sabiendo muy bien lo peligroso que era ponerla con otras chicas, y Jovaka la replicó indignada por esas feas palabras. Khieu decidió ponerse detrás de ellas, y vio como Josefina se sentó detrás, aún mirándola con rabia y odio.

Khieu, al no soportar la presión de tener a alguien mirándola con ganas de matarla, decidió intentar hacer algo. Se levantó de su asiento y miró hacia atrás.

— ¡Hola! — Dijo tímidamente, mientras movía la mano nerviosamente de un lado para otro.

— Muérete. — Esa simple palabra fue demasiado chocante que cortó toda posibilidad de comunicación. El ambiente del bus se quedó muy aturdido por varios momentos.

Todas las chicas de su alrededor se quedaron muy sorprendidas, pero los que se quedaron realmente aturdidos por esas palabras fueron sus amigas y Mao, que jamás la oyeron decir esa palabra y de esa forma.

— Lo siento. — Añadió Khieu tímidamente, con una sonrisa forzada, mientras poquito a poco volvía a sentarse en su asiento, totalmente acobardada.

Josefina le siguió mirándole con aquella horrible mirada y Diana se le unió, mientras Malan le pedía a Khieu educadamente si podría sentarse junto a ella. A continuación, subieron las últimas encargadas y el autobús empezó a andar, directo hacía al campamento.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

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