Sexagésima_historia

Campamento Sumovov, sexagésima historia: 3º parte (El robo)

A las diez de la mañana, cuando todas las niñas estaban levantadas, se le llamaron para escuchar a Sumovov, algo había pasado. En el centro del campamento pusieron un grandísimo escenario y un montón de sillas a su alrededor. Exceptuando a algunas, la mayoría se preguntaba que había pasado para tener esta reunión de emergencia. Al poco, tras reunirse todos, ella subió al escenario y con un micrófono empezó a hablar:

— Buenos días a todas. Se preguntarán por qué las he reunido aquí, pero antes os voy a contar una pequeña anécdota. — Ella paró y cerró los ojos por un momento y el lugar se lleno de cuchicheos. Las chicas de la hermandad le pedían que estuviesen en silencio.

— ¡Os voy a contar que fue lo que me motivó para crear la hermandad que hoy ha creado un campamento gratis para todas vosotras! — El silencio dominó el lugar de nuevo.

— Lo recuerdo como si fuera ayer, aún cuando han pasado dos años. Yo era la típica niña rica, de esas que creían que los pobres eran pobres porque querían, de esas que me daban asco los indigentes porque estaban sucios y malolientes. Fue cuando me perdí por las calles de Spingfield, buscando el lugar donde estaba el concierto de mis cantantes favoritos, tras haber engañado a mis padres de que me iba a quedar en casa. Llegué a un barrio que parecía chungo y con la ropa tan elegante que tenía y mi bolso nuevo, me volví blanco fácil de los ladrones. En menos de una hora, ya tenía a un hombre con navaja pidiendo dinero. — Gritos de asombro se espaciaron por todo el lugar. — ¡Sí, es horrible ser asaltada! Pensaba que era mi fin, pero entonces alguien me salvó, una chica que tenía un cabello de color azul verdoso uso un extintor contra aquel ladrón, llenándolo de espuma, y rápidamente se lanzó hacia a mí para cogerme de la mano y salir huyendo… — Todo el mundo se preguntaba por qué estaba hablando de su vida, mientras escuchaban con mucha atención las palabras de Sumovov.

-Al parar de huir, esa chica de pelo azul verdoso, me preguntaba si estaba bien y todo eso, mientras yo le daba las gracias. Y no solo eso, también me hizo el honor de llevarme a casa. Propuso que fuéramos a la comisaría, pero yo no quise. — Dio una pequeña pausa antes de continuar.

— Y mientras andábamos, no se cansó de ayudar a los demás. Ayudó a una anciana a cruzar la calle, a descargar cosas de un camión porque uno de ellos le empezó a doler la espalda, entre muchas cosas… — Se volvió a escuchar gritos de asombros. — Pero lo que más recuerdo es cuando le dio dinero a un indigente que estaba a los pies de una iglesia, y éste, al ver que tenía mucho, se levantó y entró en el edificio para donarlo a una institución que luchaba contra el cáncer y que se estableció ahí pidiendo donaciones. En ese momento, todo lo que había creído y pensado se había ido al gárrete. ¿Cómo es posible que aquel hombre, quién necesitaba ese dinero, tanto o más, les hubiese dado todo lo que consiguió? ¿Quién sería tan estúpido de hacer algo así? Apenas lo entendía. —

Los cuchicheos llenaron el lugar. Todas se quedaron muy sorprendidas, ¿cómo era posible que un mendigo que pedía dinero, luego lo donaba? Muchas replicaban que ese hombre era estúpido, que si fueran él no lo donarían, porque lo necesitaban para vivir. Otras se burlaban de aquel tipejo, diciendo que por eso era un pobretón. Algunas le defendieron. En total, se formó un gran escándalo y tuvieron que calmarlas para que Sumovov siguiera hablando.

— ¡Al igual que ustedes, también yo reaccioné de la misma forma! Pero, entonces, aquella chica me dijo algo, que en este mundo habían personas que son capaces de sacrificarse por otras, incluso por desconocidos; y a pesar de que su situación pueda ser de lo más lamentable. Y sin esas sinceras acciones el mundo no sería soportable y era prueba absoluta de que las buenas personas existen. ¡Esas palabras! ¡Esas palabras me convencieron! Me avergonzaron de lo que era, una hija de millonarios, egoísta y capaz de derrochar su dinero por tonterías, y decidí entonces ayudar a los necesitados de mi cuidad y de mi tierra, ya que luchar contra la pobreza del tercer mundo era demasiado para mí. Y así se lo dije a ella, y me regaló un colgante con la imagen del santo Francisco de Asís, me lo entregó para que me diera suerte. Tras eso nos separamos y, con el paso del tiempo, creé la hermandad. —

Tras oír aquella historia, todas quedaron en silencio, preguntándose si tenían que aplaudir o algo, o también por qué ella estaba contando tal cosa. Sumovov miró fijamente a las chicas que la observaban, antes de seguir hablando:

— Todas vosotras estáis pensando que historia más bonita he contado y todo eso, ¿pero qué tiene que ver? ¡Os lo diré! Anoche, alguien lo robó, lo puse en la iglesia del lago para que nos diese suerte, y nunca pensé que alguien haría tal cosa, pero eso ha pasado. Y no solo eso, mi buena amiga, Grace, fue encontrada inconsciente cerca de ahí. No sé las razones de tal cosa, pero quiero pedirle a la ladrona, que debería aparecer, entregármelo y disculparse ante todos, por fastidiar una acampada que estaba siendo divertido para todas. ¡Esperare tres días! ¡Si no me lo entrega, llamaré a la policía! —

De nuevo, se llenó de cuchicheos el lugar, muchas hablaron sorprendidas de lo ocurrido, ya que, hasta que apareció Sumovov a soltar su discurso, lo ocurrido se ocultó.

— Ahora bien, por el momento, no quiero que esto lo fastidié, lo que teníamos programado. ¡Así que seguir disfrutando de este campamento!  —

Y con esto dicho, se bajó del escenario, y a las niñas le dieron hora libre de actividades. Después de discurso, Josefina comentó algo que le pareció curioso a Malan:

— Por cierto, ella dijo que la chica tenía el pelo azul verdoso… — Tenía el presentimiento de que conocía a alguien así. — ¿No te suena de algo?-

— En verdad, creo que sí…— Malan se quedó pensando, dándose cuenta de que las personas que tenía el pelo así eran Sasha y Malia. Aunque creía que solo era tal vez una simple causalidad.

— Eso no importa…— Añadió Josefa, harta de pensar. — ¡Ahora hay que buscar el ladrón! ¡Es hora de la detective Josefina Porfirio Madero! —

Y al decir eso, toda entusiasma, hizo una pose ridícula. Malan supo que ella iba a liarla parda y que no iba a acabar bien, pero, de todos modos, le iba a seguir la corriente. Quería ver que provocaría la mexicana haciéndose la detective y a la vez tenía ganas de investigar esos hechos. Se decía que todo esto le era bastante interesante:

— ¡No digas tonterías! ¡Esto no es un juego, han pegado a una chica! — Le dijo Khieu, al verla gritar esas cosas.

— Por eso, hay que investigar este misterio. ¡Por esa chica a quién han pegado y que tiene un apellido algo feo! — Eso le gritó, segura de sí misma, creyendo ser Holmes.

— Si lo más cercano que eres a un detective de esos torpes que nunca pillan al asesino, idiota. — Estas palabras eran de Jovaka, quién apareció con Mao, esta vez sin sujetarle el brazo, porque éste, al ver que todas la miraban mal, le pidió que no se afeará a él. Josefina se enfadó por ese comentario y le gritó vacilante esto:

— ¡Pues lo voy a hacer! ¡Y cuando detenga al asesino, te comerás tus palabras! — Ahora para ella se había vuelto un asunto de honor, quería hacerle arrepentir a la serbia de decir aquellas palabras. Mao suspiró, conocedor de que Josefa se creía un agente de la ley y que, por eso, iba a provocar muchos problemas. Miró mal a Jovaka por haber animado a la mexicana a hacer tal cosa.

— ¿Qué hacen todas reunidas? — Les preguntó Noemí, quién apareció también, se acercó a ellas para ver qué hacían. Cuando Josefa le dijo que era hora de que iba a resolver el misterio, ésta se partió de la risa.

— Otra que se burla de mí. — Dijo Josefina muy molesta, al ver que casi nadie la tomaba en serio.

— Pero es que es normal. — Le replicó Khieu.

— No deberías decir nada, después de lo que me hiciste en Halloween. —

A pesar de haber hecho las paces, en el corazón de Josefa aún había algo de rencor por eso. Entonces a Noemí, de repente, se le quitó las risas y con una cara terrorífica se acercó a Khieu para empujarla hacía un árbol y levantarla del cuello.

— ¿Qué cosa mala le has hecho a mi hermana? Dímelo o te parto la cara bonita que tienes. —

Khieu, aterrada, le pedía compulsivamente perdón ante una Noemí furiosa, y Josefina le pedía que le soltara sin parar, mientras los demás se quedaban viendo la escena, como si no fuera una cosa nada fuera de lo común.

— Pero si tú siempre me haces cosas malas, ¿por qué te pones así ahora, hermana?  — Le replicaba Josefa, mientras intentaba que soltará a Khieu.

Su intento de tranquilizar a Noemí, mientras le reprochaba el hecho de que era muy mala con ella, no consiguió nada, solo que dijera esto:

— Porque soy tu hermana y yo soy la única que tiene ese derecho. —

Eso le molestó muy mal a Josefina, que le dijo alguna burrada a su hermana y se fue enfadada, hablando muy mal de Noemí. Khieu, al ver que su única salvación se iba, le pedía que no se fuera desesperadamente, que le iba a dar una paliza; pero fue en vano. Al final, recibió un buen puñetazo que le dejó un ojo morado.

— Espero que ella no te guarde rencor. — Eso le decía Mao, después de lo ocurrido, soltándole burlas, mientras le ponía hielo a su pobre ojo, en la enfermería. Khieu no dijo nada, pero deseaba callarle la boca.

— Así son las mujeres. — Añadió Jovaka, quién estaba comiendo a su lado, y Mao se quedó pensado qué relación tenía esa frase con lo que él había dicho.

Al terminar la hora libre y tras hacer algunas actividades, cuando llegó la hora de la merienda, Josefa llamó a Malan.

— ¿De dónde conseguiste eso? — Le preguntó Malan, al ver que ella le estaba mirando con una lupa. También se dio cuenta de que tenía una boina de cuadros en la cabeza y se había puesto una camiseta de manga corta que ponía en inglés que el crimen siempre fracasará.

—Pues es un secreto, mi querido Watson. — Eso le respondió Josefa, intentando poner la pose que hacían los detectives, sin éxito alguno.

— ¿Estás decidida a resolver esto? — Le preguntó Malan, aún a sabiendas de que le iba a decir que sí, y ésta le dijo eso exactamente, con todo el entusiasmo del mundo.

— ¿Sabrás los procedimientos para resolver casos, no? — Josefina le respondió que sí, aunque luego empezó a dudar sobre eso, y Malan sabía que había adivinado al ver la cara que ésta ponía mientras intentaba recordar que es lo que se tenía que hacer.

— No tienes caso. En fin, lo primero es investigar la escena del crimen. —  Le replicó Malan, mientras se decía mentalmente que ella no tenía remedio.

— Eso, eso. ¡Yo ya sabía eso! ¡Que por eso he visto muchas series de detectives! — Obviamente mentía, para no quedar mal. Ni siquiera pudo aguantar un capitulo de True Detective o Sherlock, las únicas que pudo ver. Con la primera cambió de canal al ver que había un muerto y con la segunda se quedó dormida a los cinco minutos.

Al decir eso, salió corriendo hacía la casa que en realidad era una iglesia, en dónde estaba aquel colgante de Francisco de Asís, el que fue robado; el lugar del crimen. Malan la siguió.

El sitio no daba tanto miedo como recordaba Josefina, es más, incluso le parecía un sitio hermoso. Era un claro verdoso, en mitad del gran bosque, con una iglesia al lado de un lago de aguas cristalinas, nada parecido al lugar oscuro de ayer. Ella miraba absorbida por la belleza del lugar, preguntando a Malan si tenía algo para sacar fotos.

— No lo tengo, pero creo que sería necesario uno. — Eso decía Malan, pensando seriamente en que necesitarían hacer fotos del lugar del crimen. — Aunque sería demasiado tarde, esas cosas se necesita hacerlo en el primer momento. —

Y al decir esas palabras, le preguntó a Josefina dónde encontró Grace Cook, ésta le intento decir dónde, pero no pudo recordarlo, y estuvo un buen rato diciendo si era ese lugar u otro, haciendo perder tiempo valioso a las dos.

— Ya preguntaremos más tarde a esa chica… — Le decía Malan a Josefina, al ver que ésta no podría encontrarlo, mientras se dirigía hacia la iglesia de madera. — Vamos a ver el lugar del robo. —

Al entrar a aquel pequeño edificio, vieron cómo era por dentro. Al igual que el exterior, era bastante sobrio y apenas tenía detalles decorativos. Al fondo se encontraba una imagen de la Virgen María y delante de ella un cofre abierto de par en par. Josefina se fue corriendo hacía a él, mientras Malan le decía que no tocara nada, quién se preguntaba por qué no había delimitado el recinto o por qué no había nadie en el lugar vigilando el lugar del robo.

— Pues claro que no. — Eso le decía Josefa mientras miraba con la lupa aquel cofre. — Solo lo voy a mirar. — Entonces alguien les gritó muy fuerte, preguntándoles qué hacían aquí, asustando a Josefina y a Malan.

— ¿Qué haces tú aquí? — Le gritó Josefina al verlo. En las mismas puertas estaba Sally, mirándolas con una cara no muy amigable.

— Supongo que tú estás vigilando este sitio. — Supusó Malan.

— Por culpa de esa ladrona tengo que estar aquí. ¡Qué rabia, si me la encuentro, le retorceré el cuello, le partiré los brazos y las piernas, le dejaré calva…! — Josefina estaba pálida y aterrada, al verla decir esas cosas, su cara parecía la de un terrible asesino en serie.

— No se pongan así, yo, nunca haría nada malo, soy una chica muy buena. ¡Tan buena que por eso se metió en una hermandad para ayudar a los pobrecitos! — Su actitud cambió radicalmente, pasando a actuar como si fuera alguien tonta e inocente. Josefina se quedó pensando que estaba colgada y Malan le parecía interesante porque veía rasgos de problemas mentales en aquella chica.

— Nosotras estamos aquí para investigar el lugar del crimen. — Le decía Malan, cambiando de tema rápidamente. — ¿Podrías decirnos como ocurrió el suceso?  — Lo dijo de una forma tan seria que convenció a Sally para tratarlas como si fueran detectives de verdad.

— ¡Jo, Malan! ¡Eso lo tenía que decir yo! — Se quejaba Josefina, después de todo, ella era la detective y Malan, su Watson.

Entonces, ella les contó que no estuvo presente ni antes ni después de los hechos pero que les iba a contar lo que había oído. Dijo que ella estaba ocupada en limpiar, con otras chicas de la hermandad, los cuartos de las niñas, cuando llegó otra a decirle que habían encontrado a Cook tumbada en el suelo. Mientras algunas se fueron a ver lo que pasaba, ella se quedó allí, sin ganas de moverse ni un centímetro. De todos modos, se iba a enterar de lo que pasaba tarde o temprano. Les contó también un montón de rumores, casi todos estúpidos y desechados por Malan, y lo único de verdad que dijo es que, al poco después, entraron en la iglesia y vieron que no había nada. Todo eso ya lo sabían ellas, no había nada nuevo y había sido una pérdida de tiempo haberla escuchado. Pero entonces, Sally recordó algo que le pareció muy sospechoso.

— ¡Ah, sí! Al final, cuando salí de los dormitorios, vi a una chica corriendo por la oscuridad, no la pude distinguir bien, pero parecía que llevaba algo entre las manos. —

Josefina gritó de alegría, diciendo que era la ladrona, y que estaba corriendo con el santo, y ya tenían el caso resuelto. Malan, le decía que no debía apresurarse, eso era solo tan solo una supuesta pista.

— ¡Qué aguafiestas eres, Malan! — Le dijo Josefa molesta.

— Más importante aún, vosotras debéis saber más que yo. Sois mucho más sospechosas que yo. — Les decía Sally.

— Eso es verdad, Josefa sabe mucho más porque encontró a Grace, y yo no tengo ninguna coartada, desde que me separé de la lenta simpática hasta que sus gritos me atrajeron hacia ella y Khieu. — Decía Malan pensativa.

Para hacer funcionar el plan de su “Ojou-sama”, que era conseguir que Josefa hiciera las paces con Khieu; Malan tenía que quitarse del medio, y cuando se encontró con la satánica y le dijera que se fuera a por Josefina, empezó a buscar por el bosque a Mao y a Jovaka. Al final, cuando oyó los gritos de Josefina, pidiendo ayuda y de que habían encontrado a una chica muerta, algo que por suerte no pasó; apareció en el lugar del crimen y poco después, llegaron más chicas al lugar, entre ellas la principal, Sumovov, descubriendo todos que no solo habían golpeado a Cook, también robaron el colgante. Por tanto, la africana no tenía ninguna prueba demostrable de que no podría haber hecho eso, por ahora.

— ¿No habrás sido tú, Malan? — Le preguntó Josefina, incapaz de pensar en tal posibilidad.

— No tengo pruebas que demuestre ni lo uno ni lo otro, pero mantengo que soy inocente. — Obviamente lo dijo con gran seguridad, porque no había robado nada ni golpeado a nadie.

— Y no solo yo no tengo una coartada, tampoco Mao y Jovaka, quiénes no aparecieron en toda la noche. Y tu hermana Noemí. Y un montón de personas más. —

A Josefina le molestó que dijera tales cosas de Mao e incluso de Jovaka, que aunque no la soportaba, creía que era incapaz de tal cosa. Y un cuarto de lo mismo con su hermana.

— ¡Atraparé al asesino y demostraré que tú y ellas sois inocentes! —

No eran palabrea huecas, era una promesa que se hizo ella misma, y a las demás. No quería que nadie fuera culpado injustamente. Tanto Sally como Malan, al escuchar eso, querían explicarle a Josefina que no había asesino, porque nadie estaba muerto.

Entonces Sally giró la cabeza de repente, al oír un ruido, hacia al exterior y vio a una chica, que parecía estar espiándolas, corriendo sin parar hacia al bosque.

— ¡Es ella, es ella! — Gritaba sin parar.

Le parecía a la misma chica misteriosa que había visto. Y Josefa y Malan salieron deprisa de la iglesia. Tras salir, empezaron a mirar por todas partes, buscando su silueta para seguirla, pero no la veían, la habían perdido.

— ¡Esa es la asesina! — Gritó Josefina, confiada de que había visto la verdad.

— No te precipites. — Le decía Malan, que se preguntaba quién era esa niña y si la estaban espiando o no.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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