Sexagésima_historia

Campamento Sumovov, sexagésima historia: 4º parte (La Reunión)

Al atardecer, poco antes de la cena y tras haber participado en una especie de campeonato de ajedrez; Malan decidió hablar con Mao sobre lo que estaba pasando, y lo hacía en compañía de la detective Josefina Porfirio Madero, quién estaba deprimida por haber terminado penúltima en la competición, olvidándose de que tenía un caso que ocupar. Tras mucho buscar, lo encontraron detrás de la caseta de los dormitorios, con Jovaka pegada a él, y hablando bajo con alguien. La africana se sorprendió cuando vio quién era.

— ¡Pero no es esa la chica que golpe…! — Eso gritó Josefa, quién también quedó sorprendida al ver que Grace Cook estaba hablando con Mao; y no pudo terminar la frase, ya que Malan le tapó la boca para que no las descubrieran. Tanto la detective como su ayudante estaban escondidas, detrás de un árbol, espiando aquella conversación que parecía muy fuera de lugar.

Martha Malan, quién mantenía a Josefa la boca cerrada, intentó forzar sus oídos al máximo para escuchar de que hablaban aquellos dos, pero no pudo entender nada. Intentó leer los labios de Cook, ya que estaban viendo a Mao y a Jovaka de espaldas; pero no lo consiguió, después de todo, ella no tenía esa habilidad. Entonces, de repente, Mao gritó sorprendido, haciendo que Cook le dijera que se callará:

— ¿Las once de la noche? Pero si eso es muy tarde. — Eso fue lo que gritó. Tras eso, Mao y Jovaka se separaron de Cook, y empezaron a caminar hacía al lugar de la cena.

— ¡Qué misterioso, todo…!  — Eso decía Josefina, después de que Malan le soltara la boca y de que le preguntará a ella por qué hizo eso.

Malan también creía eso, pensaba que tal vez ocultaban algo, pero lo mejor sería ir hacía Mao y preguntarle discretamente, sin mencionar que lo habían visto con ella, dónde estaba.

— Pues nosotras estábamos paseando por el bosque, nada más. ¿A qué sí, Jovaka? — Esa fue la respuesta que dio Mao, después de ser preguntado durante la cena por Malan y Josefa; la serbia movió afirmativamente sus palabras.

No mencionó haberse encontrado con nadie, así que la africana intentó ir un poco más.

— ¿Y no se habrán encontrado con nadie en particular? — Rápidamente, como si intentaban ocultar algo, tanto Mao como Jovaka respondieron negativamente y con mucho nerviosismo.

— Aquí hay algo escondido, lenta simpática. — Le dijo al oído a Josefa, quién solo se preocupó de que no la llamara así.

Malan vio en el comportamiento de Mao y de Jovaka muy sospechoso y sabía que escondían algo. Le explicó a la detective que lo próximo que tenían que hacer era seguir a Mao y a Jovaka.

Después de la cena, como era normal, todos se acostaron, menos Malan, quién se hacía la dormida, esperando que en algún momento Mao y Jovaka se levantaran. Al poco rato, éste se levantó de su cama e intentó salir solo, cuando la serbia saltó de su cama y le decía que no la dejará sola, rodeada de mujeres, que sin su presencia no podría aguantar. Tuvo que silenciarla, tapándole la boca, ya que iba a despertar a todas las niñas. Al ver que había pasado el peligro, le explicó que no hiciera ningún ruido y que le siguiera. Tras eso salieron, y Martha, tan rápida como pudo, se levantó y despertó a Josefina.

— ¡Jo, Malan! ¡Déjame tranquila! — Protestaba Josefina, después de que Malan le hablará por el oído, diciéndole que se levantará. Al ver que no se despertaba y que los iba a perder de vista, desistió. Entonces, Josefa se acordó de la misión: — ¡Oh, es verdad! ¡Tengo que hacer mi trabajo de detective! —

Gritó, mientras se levantaba como loca, y Malan le tapó la boca con toda la rapidez del mundo. Aliviadas por el hecho de que no despertaron a nadie, salieron en silencio del lugar con pasos rápidos y sigilosos. Tras salir al exterior, pudieron ver que esos dos no se alejaron demasiado y que podrían seguirlo por el oscuro y tenebroso bosque. Josefina, muerta de terror, no se despegó ni un momento de su amiga, mientras ésta la intentaba tranquilizar sin éxito. Y mientras la mexicana estaba concentrada en sus miedos y la africana en perseguir a Mao y a Jovaka, no se dieron cuenta de que alguien las estaba siguiendo a ellas.

— ¿Van a entrar en esa casita? — Preguntó Josefina, al ver que Mao y Jovaka habían llegado a una casa que estaba iluminaba, a diferente de las otras.

— Eso parece. — Eso respondió Malan, diciendo lo obvio.

— Ese es el despacho de la hermana mayor. — Esas palabras, que no eran ni de Malan ni de Josefina, sorprendieron a ambas, haciendo que Josefa gritara y abrazara a la africana de terror. Cuando se dio cuenta de quién era, su corazón estaba a cien, parecía que casi iba a sufrir un ataque al corazón.

— ¿Tan fea soy, o qué? — Era Khieu, quién al ser despertada por los gritos de Jovaka, vio como Malan y Josefina salieron y fue a ver qué estaban haciendo.

— No vuelva a hacer esas cosas. — Le gritó Josefa, muy enfadada.

— Vale, vale. ¿Que estáis haciendo? — Les preguntó Khieu, quién se puso a mirar la escena. Mao estaba pegando en la puerta, y alguien le abrió la puerta. A continuación, empezaba a tener una pelea con Jovaka, ya que, por alguna razón, a ésta no la dejaban entrar y él le pedía que se quedara afuera.

— Vamos a acércanos. — Eso les dijo Malan, quién empezó a acercarse al lugar como si fuera un ninja. Khieu, después de replicarles que no le habían respondido, decidió hacer lo mismo que ella, preguntándose el porqué de tanto secretismo. Josefina, al ver que ellas se alejaban, les pedía que no la dejaran sola, que tenía mucho miedo.

— ¡No te preocupes, no te va a pasar nada! — Al final, Mao convenció a Jovaka de que se quedará afuera, esperándolo y le dijo esto para que no se pusiera nerviosa, ya que no había razón para eso.

— ¡Esa mujer seguro que te hará cosas malas! ¡Ten cuidado! —  Añadió Jovaka, que no deseaba que Mao estuviera solo con otra chica.

Éste, al atravesar la puerta, le dijo que eso lo decía con todas las mujeres. Aunque, por otra parte, no deseaba estar a solas con Grace Cook, sobre todo porque le pidió que se reuniera con ella a aquella hora, y le daba muy mala espina. Al entrar, se la encontró, sentada en el sillón del despacho.

—  Ya no hay nadie más que yo, así que puedes hablar ya. —

Mao deseaba que no le hablara, sobre todo con lo relacionado con lo ocurrido en la noche de la prueba del valor.

— ¿Eres un hombre? — Esa pregunta fría le puso nervioso a Mao

—  Pues claro que no. — Estaba temblando como un flan.

—  No me mientas, te vi meando de pie. Ninguna chica haría eso. —

Aquella noche, Mao cometió la imprudencia de hacer pipí como los hombres, enfrente a los árboles, tras no poder encontrar un lavado cerca. Por eso, le pidió a Jovaka que vigilara el lugar mientras él regará las plantas, pero, entonces, la segunda de a bordo casualmente pasaba por ahí y lo vio. Tanto él como ella gritaron, y éste inconscientemente le dio una paliza que la hizo desmayar. Tras reprocharle a la serbia de no haberle avisado, ellos decidieron quitarse del medio. Esperaba que Cook no hubiera recordado eso pero ésta le llamó y le hizo venir. Por tanto, supo que no podría mentir más y que estaba metido en un lío enorme, de grandes proporciones e incapaz de saber cómo salir de esta situación.

—  Vale, vale. Pues sí, soy un chico travestido. — Tuvo que decir la pura verdad.

— ¿En serio? ¿De verdad? — De repente, Grace, se puso roja y parecía que le salía humo por orejas. No se lo podría creer, le parecía imposible, y solo había una forma para aceptar la realidad: — ¡Enséñame el pito! —

— ¿Q-qué? — Mao se quedó boquiabierto. — ¿Qué estás diciendo? —

—  Quiero comprobarlo, que de verdad eres un hombre. — Intentó poner una cara seria mientras movía sus gafas, a pesar de que en realidad estaba bastante roja por lo que estaba proponiendo.

— ¿De verdad? — Le daba cosa tener que hacer algo así, se preguntaba si esa chica era una pervertida o algo así, y no deseaba estar en una situación tan embarazoso.

—  Hazlo. — Le gritó, aunque su cabeza no daba más que vueltas en solo pensar en eso.

Entonces Mao decidió hacer algo que seguro se iba a arrepentir y se levantó la falda y se bajó un poco las bragas, solo unos cincos segundos. Y ella lo vio, y gritó, gritó como nunca.

No paraba de decir que era verdad sin parar, mientras se golpeaba la cabeza contra la pared, haciendo pensar a Mao qué estaba chalada, esa chica. Y cuando paró, él le preguntó si estaba bien:

—  Un chico…—  Empezó a decir, después de soltar una leve risita que puso aún más nervioso a Mao. —…en nuestra hermandad…—  Ese tono que ponía esa chica le estaba asustando —…vestido de chica… ¡es bastante excitante! —

— Yo mejor me voy, ya hablaremos cuando estés mejor. — Le decía Mao nerviosamente, mientras se dirigía a la puerta para salir de ahí, porque sabía que la situación se estaba descontrolando. Entonces, vio que estaba cerrado y empezó a intentar abrir por la puerta.

— Esa puerta se cierra el pestillo y para abrirlo necesitas la llave, que por supuesto tengo yo. — Eso le decía Cook mientras estaba buscando entre los armarios algo y al escuchar como Mao intentaba escapar en vano.

— ¡Oye, oye! ¿Qué quieres hacer conmigo? — Eso le decía Mao aterrado, mientras agitaba con más fuerza la puerta. Jovaka, desde el otro lado, se dio cuenta de esto y le gritaba a Mao qué estaba ocurriendo.

—  Una pregunta, ¿te gusta el sadomasoquismo? —  Eso se le dijo al sacar unas cuerdas y mostrándoselas a Mao, indicando lo qué le iba a hacer.

— De ninguna manera. Si quieres hacer eso, pues pide el normal, no esas cosas. — A él no le importaba dejar de ser virgen o no, y si eso era una buena manera de callarla pues lo hacía, pero no quería perder su virginidad de esa forma, tener su primera vez atada a una silla o algo peor.

— Te tengo que castigar por entrar en un lugar solo para chicas. —  Apenas podría escuchar a Mao, estaba totalmente dominaba por el instinto.

— Nunca fue mi intención. — Eso le decía Mao nerviosamente, mientras intentaba desesperadamente abrir la puerta. No quería pegar a Grace para desmayarla de nuevo, ese tenía ser el último recurso, y parecer el único que le quedaba.

— ¡Mao, Mao! ¿Qué te ocurre? — Un montón de voces, salían de detrás de la puerta. No era solamente Jovaka, ahora se habían unido Khieu, Malan y Josefina, quiénes estaban aterradas por lo que estaba pasando adentro.

— ¿Alguien puede abrir la maldita puerta desde afuera? — Les gritaba Mao, al escuchar sus voces; los demás, quienes le notaban nervioso y alterado, decían que no, mientras intentaban abrirlo con la fuerza.

— ¡Debes relajarte! —  Grace poquito a poco se acercaba a él, con las cuerdas en las manos y con las hormonas incontroladas. Entonces, se escuchó el ruido de una ventana abriéndose y vieron cómo entraba Malan por ahí. Mao se dio cuenta que la ventana no estaba cerrada y podría haber escapado por ahí, y se sentía idiota por no haberse dado cuenta de eso.

— ¡Es de mala educación entrar por una vent…! — Eso dijo Grace, quién se paralizó al ver que una niña entró cuando iba a hacer cosas pervertidas y fue lo mejor que se le ocurrió en aquel momento. Eso no le sirvió para nada, porque fue golpeada por Malan y le dio un chinchón en la cabeza.

— ¡Vamos, Ojou-sama, corra! — Con esto dicho, Mao salió pitando por la ventana con Malan. Y corrió, corrió sin parar, con los demás diciéndole que parara, pero éste no lo hizo hasta que se cansó y llegó a la iglesia. Mientras recuperaba el aliento, las demás llegaron. Jovaka se le echó encima, que estaba llorando como magdalena.

— ¡Te lo dije! ¡Te lo dije! ¡Esa perra te quería hacer cosas horribles! — Le decía eso una y otra vez, mientras Mao le decía que parase de llorar.

— ¡Mao, Mao! ¡Soy una mal detective, casi te iban a matar! — Josefina también se le unió, estaba llorando a mares, mientras abrazaba fuertemente a Mao, tocando sin querer a Jovaka, que lo ignoraba totalmente.

Khieu ni Malan no sabían quién era la más magdalena de las dos, y Mao les decía que estaba exagerando, que su vida no estaba en peligro. Cuando la serbia se dio cuenta de que Josefa estaba a su lado, tocándola así sin más, salió disparada.

— ¿Por qué te has acercado tanto a mí? — Le gritaba, escondida detrás de un árbol.

— No empieces con tus tonterías. — Eso le replicó Josefina y empezaron a pelearse entre ella, soltando y dejando a Mao tranquilo.

— ¿Qué ha pasado exactamente, Ojou-sama? — Le preguntó Malan.

— ¿Y qué es eso de “Ojou-sama”? — Le preguntó Khieu, que, para ella, era la segunda vez que oyó y le parecía una cosa muy rara.

— No importa eso ahora. — Le respondió Mao, incapaz de asimilar lo ocurrido.

Entonces, Mao decidió contarles lo que pasó aquella noche, modificando algunas cosas, siempre para ocultar el hecho de que era hombre, algo que solo sabía Jovaka. Le costó mucho inventarse algo coherente con lo que ocurrió en el despacho, y lo que les dijo fue muy poco creíble, haciendo que Malan y Khieu le preguntaran si eso era verdad. Le era imposible decirles que esa chica casi le iba a asaltar sexualmente. Y tras decirles todo eso, añadió que todos deberían ir a dormir ya, para que se les olvidaran de eso. Luego, interrumpió la pelea de la serbia y la mexicana y empezaron a dirigirse hacia los dormitorios.

—  Me gustaría que me dijeras que te ha pasado, eso no me convence. — Le decía Malan, mientras se dirigían hacia allí.

—  Solo quiero olvidarlo. — Eso le soltó Mao que solo tenía ganas de dormir, estaba muerto de sueño.

— No te obligaré. — Pensaba que no había dicho toda la verdad, porque era  demasiado feo para contarlo a unas niñas.

— Entonces hemos resuelto una parte del caso. ¡Mao es la asesina! — Y Josefina intervino, gritando alegremente, como si hubiera hecho algo y como si no hubiera pasado nada desagradable. Jovaka a su vez le gritó algunas malas palabras que ella ignoró.

— Yo no he matado a alguien. — Eso le replicó Mao.

— Pero has golpeado a una de las grandes, tienes un gran problema. —

Eso le dijo, por su parte, Khieu, quién también deseaba dormir y no querer saber nada de lo ocurrido. Tampoco quería saber que iba a pasar mañana, pensando en que a Mao la iban a expulsar de la hermandad o una sanción enorme. Rezaba para que no le afectara, no quería perder prestigio en la hermandad, el único lugar dónde puede conseguir amigas de verdad y no falsas, o eso pensaba ella. Por eso se metió, harta de las miles de traiciones hechas por sus amistades.

Pensaba que, ser un lugar dónde las chicas ayudan a los desfavorecidos y a mejorar la sociedad, encontraría a unas grandes personas, incapaces de hacerle a ella cosas horribles.

— Espero que no llegue el mañana. — Eso se dijo Mao al mirar la luna, fastidiado por todo lo que había pasado esa noche y sin ganas de tener un nuevo día en el que iba a tener problemas serios.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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