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Adiós al Zarato, sexagésima cuarta historia

Fui demasiada estúpida, pensaba que podría llegar a lo más, a ser Zarina; y pues las cosas se me fueron de control, sin saber qué hacer. Y ahora tenía que salir corriendo, porque me iban a matar, a eliminar; mis propios aliados. Mi única salvación es huir del Zarato, lo más lejos posible, hasta a un lugar que no me podrán encontrar. Y por eso mismo, estoy subiendo por una gran montaña, al otro lado de ella, se encuentra los Estados Unidos de América, después de que dos chicas intentaron acabar conmigo a balazos.

Ni una mierda quiero contar como acabé siendo la líder de estos patanes y cómo evolucionaba el conflicto hasta que cayó una aldea que tenía a los más rebeldes del reino, muriendo todos los de allí. Las cosas estaban mal, pero cuando llegó la noticia de eso, pues fue el principio de mi caída.

La aldea en la que yo me convertí su líder, era el centro de operaciones de esta gente, quiénes me pidieron su fuerza para hacerme con el Zarato, yo acepté encantada por ser la Zarina. Yo les dejé que hicieran lo que querían mientras pasaba mi vida viviendo en el mayor de los lujos y me dejaban en paz.

Cuando llegó la puta noticia que iniciaría mi hundimiento, yo aún estaba durmiendo en la mejor cama de la casa. Me despertaron los gritos del puto mensajero que no dejaba de gritar sin parar que esa puta aldea había caído, y me hartó hasta tal punto que, somnolienta, le tiré un zapato. Chocó contra su cara, cayendo al suelo y gritando quién había sido, sin parar. Me volví a acostarme, riéndome un montón de ese capullo, hasta que me di cuenta de que estaba anunciando algo grave.

— ¡Tú, gilipuertas! ¿Qué ha pasado? — Eso le grité desde la ventana. Él me miro malamente, como diciendo que ya lo iba a pagar pronto; y se alejó sin decirme nada, mientras le insultaba sin parar. Yo salí de la habitación, usando las escaleras. Había pensando saltar desde la ventana para quedar genial, pero eso ya lo hice una vez y me dolió un montón.

Allí me encontré, en lo que sería la sala principal con esas dos, Zvezdá y Cammy y estaban cuchicheando. Al verme, esas callaron y me miraban con miedo, por lo menos tenía gente que me tenía respeto en este pueblucho de mierda.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué ha llegado un capullo gritando por el pueblo? ¿Son noticias o qué mierda?  — Ese les grité, las dos dieron un saltito de susto y estuvieron pensando si decírmelo o no, y cómo estaba de muy mal humor les grité que me lo dijeran de una puta vez.

— Es que verás Luisiana…han anunciado que Ralyyakák ha caído. —

Cuando oí eso, empecé a gritar como loca, diciendo mierda en los dos idiomas que sabía, y le cogí del cuello a Cammy gritándole que por qué han dejado que ocurriera eso.

— N-no lo sé. — Eso me decía, temblando como un puto flan, y con su amiguita gigante, Zvezdá, suplicándome que la soltará.

Y así lo hice, ya que no tenía sentido lo que estaba haciendo, como si esa idiota supiera algo, solo la cogí por la ira que tenía, y tenía que usarlo para otra cosas mejor. Así que me fui a por mis aliados, gritando sus nombres; antes de tirar al suelo a esa estúpida de Cammy.

Y di unas cuantas vueltas por la aldea, buscando a esos tipos para encontrarlos en lo que yo llamo siempre “ayuntamiento”, aunque de eso tiene poco parecido; era el refugio de todos los que me pidieron ayuda para liberar al Zarato de los Schaffhausen y el lugar dónde tomaban todas las decisiones. Había alguien vigilando sus puertas y ni siquiera a mí me dejaba a entrar, y con mis amenazas e insultos solo conseguí que otros dos se unieran a él. Tanto secretismo me estaba poniendo mala y decidí espiarlos, y escalé hasta al segundo piso, porque eso tenía dos plantas, y entré por la ventana. Pensaba bajarme e irme al pasillo para poner mi oreja en la puerta que daba a la sala en dónde siempre hacían sus reuniones, pero la suerte me sonrió y vi un agujero en el suelo de la habitación, y en total silencio, intentaba escuchar y ver lo que decían esos capullos.

— ¿Y ahora qué haremos? Ya tenemos perdido la guerra, ya no sentido continuar así. —

— Habrá que negociar. — Deseaba decirle que por nada del mundo, que los quemaría a todos antes de eso.

— Y hará lo mismo que en Ralyyakák, quemarnos a todos hasta las cenizas. No tendrá piedad de nosotros. — Me pregunté qué coño había pasado en ese pueblo con nombre largo para que estuvieran tan acojonados. Solo es una niña de doce o treces años, por favor.

— Sí, lo tendrá, a ella solo le interesa la cabeza de la Luisiana. — Me quedé cuadrada al escucharlo. ¿Por qué decía ese marrano esas cosas?

-¿Y si la matamos, y le entregamos su cabeza?- Ya sabía porque lo decía. Ya que no tienen salida, los muy guarros me quieren quitar del medio.

— Esa chica de piel quemada es muy peligrosa, por algo la elegimos como nuestra Zarina, porque daba terror. — ¿Piel quemada? ¿Qué coño se creían esos desgraciados? ¡Si ellos también lo son, un poco menos que yo, pero aún así lo tienen! ¡Putos indios de mierda, respeten a la gente afroamericana!

— Pero la blanca y dorada es mucho más poderosa, y ésta ha demostrado ser una inútil, ni en una batalla se ha metido, la muy perra. — Eso replicó aquel puto, cuando él y sus amiguitos, aquellos que me pedían ser su Zarina, no hacían ni el huevo. Absolutamente nada, pero nada de nada.

— Nuestra salvación solo radica en eliminar la cabeza de nuestro movimiento. — Lo decía, elevando su voz y todos los demás empezaron se animaron, diciendo que sí, que viva la Zarina Elizaberth I y que muera la Luisiana. Los mismos perros que me decían que me querían mucho y que yo iba a ser lo más grande que parió el Zarato.

— Que nunca lo fue, porque nosotros hemos sido lo que hemos liberado esta guerra. — Y como comentario final, éste, quién se rió además, el muy hijo de puta.

Jamás sentí tanto asco y a la vez tanta ira, esos payasos me iban a traicionar cuando vieron que su cabeza estaba en peligro, y para salvarse iban a cortar la mía. Y yo no me iba a dejar a morir, para nada. Lo peor de todo es que me di cuenta que el poder que tenía nunca fue real, y me dejé utilizar por esos palurdos. Por eso, también me sentía humillada, como nunca.

Me preguntaba cómo fue posible, pero la verdad es que solo viví de los lujos y me importaba una mierda lo que hacían, mientras no harían nada contra mí, les dejé hacer todo lo que le daba en gana. Nunca estuve tan equivocada, pero no importaba, porque después de oír eso, no me iba a quedar tranquila, es más, si íbamos a perder pues vamos a perder bien, ¡con todos ellos muertos y la aldea ardiendo, sin nadie, absolutamente nadie, salvo yo!

Hay un líquido que se inventaron estos indios, cuyo nombre es demasiado largo para decirlo, con el cuál uno podría arder cualquier cosa fácilmente, y por eso subí al segundo piso y bajé por la ventana en busca de eso. Tardé solo media hora en su búsqueda. Y con una buena escopeta, una lamparita de petróleo y un cubo lleno de ese extraño fluido, me dirigía hacia dónde estaban ellos. ¡Y qué gran suerte tuve, ya que me los encontré saliendo del edificio, todos juntitos!

— ¡Tomen eso, hijos de puta! — Eso les grité cuando les tiré el líquido, para luego coger una cerilla, encenderla y lanzarla hacía ellos.

No pudieron terminar la frase que decían, porque todos empezaban a correr como locos pidiendo auxilio y unos se tiraban al suelo, mientras otros se quitaban la ropa que tenían. Sus gritos me parecieron muy graciosos y más cuando algunos no podrían apagar el fuego y morían quemados. Ni una lástima me dieron, eso les pasa por conspirar contra mí. Entonces los pueblerinos empezaron a salir y me rodearon, todos alrededor de mí, aunque algunos salieron en ayuda de los que estaban en llamas.

— ¡Eso ya es pasarse, Luisiana! — Eso lo soltaba un viejo borracho.

— ¡Maldita perra, nunca te tuvimos que haber aceptado! — Eso me gritó un niñato.

— ¡Vas a morir por todos los sufrimientos que nos has causado! — Añadió una perra.

Y solo era una de las muchas cosas, que en su idioma, me decían. Si lo piensas bien era lógico, porque abusé de mi poder sobre mucho de estos perdedores. No me arrepiento de ello, ya que solo hacía lo que hacían los poderosos, abusar de los demás. Y por eso me traje una escopeta, porque ya sabía que irían a por mí.

— ¡Mueran todos, por putos! — Eso les dije, antes de disparar.

Los pobres no tenían pistolas ni nada parecido, todo eso se lo llevaron los soldados, y solo iban con armas blancas y objetos cotidianos convertidos temporalmente en armas. Por eso, algunos huyeron, otros se escondieron en sus puertas, e incluso unos pocos fueron a por mí, siendo acribillados por mis balas. Así es que como yo pude salir del pueblo, porque supe que no podría dedicarme a liarme a tiros con todos, ni podría reducirlo a cenizas, me tuve que conformar solo con esos putos aliados que querían entregar mi cabeza.

Mi último obstáculo para salir de ahí era una empalizada de madera que construyeron, porque originalmente no existía, con la finalidad de proteger el pueblo contra el enemigo. Fue fácil porque disparé a los vigilantes y a uno que entró, le robé su caballo, abrí la puerta y salí corriendo como nunca hacia las montañas sin parar. Gritaba de felicidad porque había conseguido salir de ahí y estaba a salvo, o eso creía.

Cometí un gran error, ya que adónde me dirigí era el lugar dónde asesiné al antiguo líder de la aldea que estaba desterrada, y me quedé allí todo el día, pensando que no iban a buscarme por aquí. Mientras estaba en una gruta, inspeccionando lo que podría ser mi nueva casa para unos días, dos personas llegaron. Alejaron al caballo y al ver que yo tenía la escopeta tirada en el suelo, la cogieron, y no para buenas intenciones.

Cuando salí de la gruta, asqueada por la cantidad de enormes murciélagos que había en el techo; vi a Cammy sosteniendo la escopeta que conseguí, apuntándome, temblando como un flan. ¡Jamás de los jamases, me imaginé que esa mosquita muerta sería capaz de hacer eso! ¡Ni es incapaz de matar a un ratón, por favor!

— ¿Qué haces? — Le dije, incapaz de comprender la situación.

— P-pues lo que debería haber hace tiempo, por t-todo lo que has hecho…—

La voz le temblaba tanto como el cuerpo y se le notaba el miedo, estaba cagada, pero aún así me estaba apuntando. ¿Es esto lo que llaman valentía?

Yo lo llamaría estupidez, ¡porque nadie me apunta con una escopeta y salía con vida y menos esa mosquita muerta!

— Tal vez…no deberíamos hacer esto. ¿Y si fallas? Ella nos matará. — Ahí estaba la gigante de Zvezdá, poniendo sentido común al asunto, y al igual que Cammy, temblando de miedo. ¡Y normal, porque jamás verán la luz del sol, ninguna de las dos!

— ¡Ya es demasiado tarde! — Eso les grité, con mi cara más enferma posible, para que se cagaran encima, y así prepararse para una horrible y cruenta muerte. Pero lo que recibí fue un disparo, y fui tan idiota que me dejé alcanzar, no me moví ni un centímetro y cuando me di cuenta, ya tenía la bala introducida en el abdomen.

— ¡Hijas de puta! ¡Hijas de puta! — Esos gritos míos fueron de puro dolor, porque eso era realmente doloroso. Las dos se quedaron sin saber qué hacer, si huir o rematarme, pero así estuvieron, mirándome con horror en sus estúpidas caras.

¿Y ahora qué podría hacer? Estaba malherida, en un lugar lleno de enemigos; mi poder era ilusorio y no me servía de nada, al final solo era un extranjero que había perturbado la paz en el Zarato. Ya no tenía lugar al que volver o al que ir, y estaba al borde la muerte. Y mientras me salía sangre a montones por la herida, tuve que pensar: ¿Dejarme morir aquí, en mitad de un mundo apenas conocido del resto? ¿O seguir viviendo, aún cuando tengo pocas de sobrevivir? La respuesta estaba clara: Quería vivir.

Y mientras esas bobas se quedaban como piedras, yo salté al río, mi única forma de huir. Sabía la locura que estaba haciendo, pero lo único que se me ocurrió. Y me dejé llevar, intentando respirar y no ser comida para los rápidos, mientras la sangre se mezclaba con el agua.

No sé cómo, pero sobreviví. No lo entiendo pero pude salir del agua, arrastrándome por el suelo y tener fuerzas a pesar de la pérdida de sangre, que fue mucha. Me tuve que romper la ropa para tapar la herida y me quedé ahí, mirando al cielo, porque ya era de noche. No podría pensar en nada, solo jadeaba del esfuerzo.

Al final no encontré mi hogar y no tuve verdadero poder, todo fue una triste y estúpida ilusión. Estaba al borde de la muerte, pensando que jamás conseguí llenar ese estúpido vacío que tengo desde que nací, que mi vida fue un desastre desde el principio al fin.

Pero me quité esas tonterías de la cabeza, morir así no lo quería. Yo, Marie Luise Lafayette, iba a vivir sí o sí.

FIN

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