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La princesa que se hizo reina, sexagésima tercera historia.

En lo más profundo del Zarato, cerca del nacimiento del río Malyytavda, está situada nuestra aldea, el punto habitable más alto de la región. Desde aquí se puede ver la majestuosidad de la naturaleza que nos dio nuestro creador. Aquí es donde empezó los primeros pasos que dio la pequeña Elizabeth en su largo camino como heredera del Zarato.

Perdón por no presentarme. Yo soy la esposa del que nació durante la luna roja, siendo bautizado por la Zarina Sajonia como “Piotr de Malyytavda”, y el nombre que me dio ella fue “Sophie Friederike”. A nosotros nos bautizó, junto a nuestra aldea, después de aceptarla como nuestra Señora legítima y verdadera jefa de la tribu de Calista I’Kachina, que se traduce en vuestro idioma, como el “Principio de los cielos”; así como a nuestro Señor Jesucristo, aquel que se sacrificó por todos nosotros.

En fin, yo conozco a la que es hoy en día la Zarina Elizabeth, una chica que apenas es adulta, pero que está resuelta a seguir los deseos de su madre, y que defendió su lugar ante La Luisiana. Además, fui yo, quién le entregó a la hija de mi hermana, que murió tras el parto y cuyo esposo perdió la vida por un oso, a su predecesora, para prepararla como sirvienta personal de su hija.

Como dije antes, aquí Elizabeth empezó a gestar sus primeros pasos en su aprendizaje para heredar el trono. Hace tiempo, su madre la trajo, junto con mi sobrina, a nuestra aldea para que su hija fuese declarada jefa de nuestra tribu, y no es nada sorprendente que acatáramos tal orden, porque nosotros somos los más leales de la Corona, como bien sabía y conocía Sajonia, mi vieja amiga. Lo recuerdo como si fuera ayer.

La primavera estaba tardando en llegar, ya que en el calendario, decía que era Marzo y las nieves apenas se derritieron. A altas horas de la mañana, se escuchó una trompeta a lo lejos y que nos indicaba que ella ya estaba cerca. Nos sorprendió y no supimos hacer una bienvenida como el que se merece, algo que no le importaría, porque su intención era aparecer de repente.

El carruaje, tras subir por la ladera de la montaña, paró en mitad de nuestra aldea y como siempre ella salió de ahí de la forma más espectacular posible. El lugar se llenó de vivas a la Zarina y aplausos, y de rosas que tiraban a sus pies. A su pequeña hija, al contrario, no le gustó eso.

— ¡Mamá, actúa como alguien normal, por favor…! — Se lo dijo incapaz de salir del carruaje, no sé si por vergüenza o por miedo a todos los desconocidos que las rodeaban.

— ¿Alguien normal? ¡Yo soy la Zarina, la Suprema Señora de todos los pueblos del Zarato y debo mostrar lo especial que soy! —

Recuerdo que más tarde me confesó que su madre se la tenía muy creída, y me lo dijo en voz baja para que no se enterase, aunque fue en vano porque se lo conté y se echó a reír. Volviendo a la historia, al ver que su hija, que refunfuñó al escuchar sus palabras, no salía, le ordenó esto:

— ¡Vamos, hija mía, sal de ahí! ¡Hay que mostrarnos en público, con decisión y valentía! ¡Esconderse ahí, sea la razón que sea, puede ser lindo, pero eso no es forma de presentarse a nuestros súbditos! —

Al ver la cantidad de súbditos que la rodeaban, la pequeña nos saludó y, tras llenarse de valentía, salió del carruaje. Habían pasado meses desde lo que le ocurrió en el exterior, cuando le hicieron una cosa que ningún indio en su sano juicio haría, arrancarle a una pobre niña uno de sus hermosos ojos, privándole de la mitad de su vista. Antes del incidente, era malcriada pero alegre y cariñosa, que tal vez trataba mal a los que consideraba de baja clase, pero era amable con sus iguales. Ahora, viéndola en aquel momento, su único ojo mostraba una terrible y feroz desconfianza ante los demás y una tristeza, producto de una previa desilusión que la rodeaba.

Tras salir ella, detrás vino mi sobrina Ranavalona, estaba preciosa con ese traje de sirvienta, comparado con los tristes ropajes que pudimos darle. Vi que todo lo que le enseñó Sajonia le fue útil, se mostró educada, ante todos nosotros y su saludo era comparable a las de las damas más grandes de la corte. En cierta forma la vi feliz y eso me hizo dar cuenta que había hecho lo correcto con ella, tenía un futuro que había aceptado con buena gana, por lo menos.

Yo les llevé a las tres a lo que serían sus habitaciones. Mientras andábamos, veía como Elizabeth estaba aferrada de tal forma a su madre que a ésta le costaba caminar, observándolo todo con temor:

— ¿Cómo lo lleva tu Eliza? —

— A nadie le interesa. — Me replicó la pequeña bruscamente y su madre le pegó por eso. Ella se tocaba la cabeza del dolor, pero no lloraba, solo refunfuñaba en silencio.

— Pues mejora poco a poco, espero adelantarlo con mi entrenamiento especial. — Me respondió, a continuación, su madre.

— ¿Entrenamiento? — Preguntó su hija.

— Para ser la próxima Zarina, tiene que estar preparada. — Escuché como su hija protestaba en voz baja, para que su madre no la escuchará, que no lo deseaba por nada del mundo.

Más tarde, tras dejar a las chicas libres, empezamos a charlar mientras paseábamos por el pueblo. Le pregunté por las razones que le hicieron venir a aquí.

— Pues verás, como parte de su entrenamiento especial para ser la futura Zarina, he decidido entregarle mi título de líder de este lugar a ella. —

— Eso podrías hacerlo en tu palacio, no sería necesario hacerlo aquí. —Después de todo, ese título se volvió para nosotros casi nada, porque había algo superior a eso, a nosotros; y ese no sería más que la Zarina.

— Supongo que para recordar aquellos viejos tiempos, cuando decidí coger las riendas de estos valles y someterlos. —

Entonces, se detuvo, parecía que estaba mirando hacía algo, con mucha nostalgia, aunque probablemente solo se puso a recordar viejos tiempos. Yo también me uní, recordando cuando apareció ante nosotros y nos dijo que iba a ser nuestra reina sí o sí. Fue ella quién hizo que estos grandes valles fueran independientes y libres de cualquier otro país, para luego conquistarlo todo bajo su poder proclamándose como la Zarina. Al principio, parecía un chiste del que todos nos burlábamos hasta que ésta sola empezó a conquistar pueblos, y luego con ellos empezó a dominarlo todo.

— ¡Ah, recuerdo cuando todos me decían chalada, tanto en Washington como en Shelijonia, por crear lo que iba a ser una reserva india en un verdadero reino! — Esas palabras me volvieron a la realidad y  observé como ella sonreía de felicidad.

— ¡A ningún pueblo indio de Norteamérica le dieron la oportunidad, de ser independientes! ¡Ustedes han tenido la suerte de conocerme! — Eso me dijo a continuación, tras mirarme fijamente. Yo le dije que sí, que todo el Zarato ha tenido la suerte de tenerla a ella como nuestra reina.

A la noche tuve la oportunidad de hablar a solas con Ranavalona, ya que su señora estaba durmiendo. Estaba mirando a la luna distraída, sentada en la cama.

— ¿Cómo lo llevas? ¿No puedes dormir? — Eso le dije al entrar en la habitación y ella giró la cabeza para ver de quién decía esas palabras.

— Estaba pensando en algunas cosas. — Y eso me respondió ella.

— ¿Cómo te trata ella, tu señora? — Le pregunté.

—Pues ella… es bien linda, pero le cuesta estar con los demás. No se acerca mucho a mí, pero no me trata mal y me gustar estar con ella… — Eso me respondió, con una sonrisa feliz y con un rostro un poco rojo. Al verla así, al contemplar una cara que no vi antes; me puse bastante contenta.

— Ahora eres más feliz que antes, eso se nota. Espero que tú le ayudes a esa chica, aún no supera eso. —

Eso último lo dije recordando aquel suceso que le paso a la hija de Sajonia, y que al parecer la trastornó mucho. Entonces, salí de la habitación a ir a la cama, estaba contenta, ya que le di a Ranavalona un sentido a su vida, ese era mi deseo. Y es que la pobre antes no sentía que vivir servía para algo, ni tenía el cariño de una familia ni ningún deber por la aldea, y solo dejaba el día pasar, sin jugar ni ayudar, esperando otra mañana que solo iba a pasar de la misma manera.

Al día siguiente, se comenzó con el rito para entregarle el cetro que representa el liderazgo sobre nuestro pueblo, aquel con la imagen de un águila con las alas desplegadas. Pero antes de eso, Elizabeth se quitó del medio, escondiéndose en alguna parte para no tener que hacerlo.

— ¿Has visto a Elizabeth? — Le pregunté a Ranavalona cuando todos nos enteramos de que no estaba en su casa, y mientras ella estaba desayunando. En vez de decirme un sí o un no, se puso nerviosa y alterada, preguntando si le había pasado algo, y al decirle que había desaparecido, salió corriendo en su busca. Por lo menos, eso me confirmó que ella no sabía dónde Eliza.

Y es que Sajonia, tras entrar en su habitación en la que dormía su hija, vio que no estaba y empezó a preguntar a los sirvientes de la casa si la habían visto. A diferencia de Ranavalona, quién buscaba desesperadamente su señora, desayunó con toda la calma del mundo, me decía que ella era incapaz de irse mucho de la casa, sus miedos la inmovilizarían para ir más lejos.

Y tenía razón, porque la pequeña Elizabeth solo fue capaz de ir al granero y esconderse entre las gallinas. Eso nos lo dijeron los sirvientes que fueron a darles la comida, y Sajonia se dio el tiempo para limpiarse las manos antes de ir a por su hija. Allí encontramos a Ranavalona hablando con ella.

— Mi Señora, sal de ahí. No debes estar ahí, le van a picar, tienen bichos encima y se va a ensuciar con su caca. Por favor. — Le decía ella, pero Eliza le replicaba que le dejara en paz.

— No te preocupes, ya la haré salir de ahí. — Eso le dijo Sajonia, después de tocarle la cabeza a Ranavalona e introducirse en el granero para hablar con su hija, mientras yo me quedaba afuera con mi sobrina, esperando que le iba a decir.

— Este no es tu lugar, hija mía, ¿por qué estás aquí? —

— No es obvio, me escondí para que no me obligarás a ser la jefa de este pueblucho. — Ella tenía un muñeco entre sus brazos, y al decir eso, lo apachurró fuertemente, mientras escondía la cabeza.

— Pues debes mejorar muchísimo. — Y Sajonia, como era costumbre suya, empezó a reírse, algo que fácilmente molesto a su hija.

— Ríete todo lo que quieras, pero estar con las gallinas es mucho que estar con las personas.  — Ranavalona, quién miraba la escena, la contradijo diciendo con voz baja, que las gallinas eran cosas horribles, ya que uno de ellas provocó que ella tuviera una gran herida en la cara y la cuál le dejó marca. Eso fue cuando mi sobrina tenía cuatro años.

— ¿Y qué es ese muñeco qué tienes? Yo te prohibí que te llevaras alguno en nuestro viaje. — Sajonia se dio cuenta de lo que tenía su hija entre sus manos.

— La encontré en la habitación en dónde duermo y se llama Nanna. — Entonces recordé que ese muñeco la hice hace mucho tiempo y me hizo preguntar cómo la encontró.

— Es un peluche algo feo, si te digo la verdad. — Esas palabras me dolieron, porque yo lo hice. La verdad es que era algo horrible y eso se debía a que fue una de mis primeras creaciones.

— Pero es mucho mejor que una persona, ¡no te ataca, no te secuestra, ni te quitan ojos! — Tras gritar esas palabras, Sajonia le quitó su muñeca de un golpe y mientras su hija le pedía sin parar que la devolviese, ella empezó observarlo una y otra vez con malicia.

— Es verdad, no te hace nada de nada, y además puedes controlarla como te dé la gana. — Después de decir esto, empezó a hablar con el muñeco y hacer como si él hablará, para luego tirarlo con violencia contra la pared, haciendo saltar a las gallinas del susto.

— Las muñecas son solo eso, cosas que puedes hacer con lo que te dé la gana, por eso entiendo que te gusten. ¡A todos nos gustan los muñecos! —Ranavalona, al ver como se estaba convirtiendo la escena, me pedía que la parase. No lo iba a hacer porque ella estaba dando una lección de vida, aunque sus métodos no son los mejores.

— Por eso intentamos dominar a los demás e imponer nuestra voluntad sobre ellos, como si fueran simples muñecos. Pero un ser humano no es un muñeco. —

Mientras Eliza cogía al muñeco que fue lanzado llorando, su madre se le acercó poquito a poco hasta estar delante de ella. Entonces, la levantó del suelo, cogiéndole del cuello de una forma muy poco agradable de ver.

— ¿Sabes por qué te atraparon? Porque parecías tan débil y tan controlable, como una muñeca, que al cogerte podrían conseguir lo que desean y hacer lo que le diesen la gana contigo. ¿Quieres eso? Si sigues así, cerrándote a los demás, seguirás siendo una niña controlable y débil, una muñeca. ¿No lo deseas, no? —

— No, no quiero. — Eso decía ella llorando y pataleando, en un patético intento de liberarse de las garras de su madre.

— Pues por eso es tu entrenamiento especial. Para convertirte en alguien que nadie podrá usar de muñeca, es más, serás capaz de convertir de jugar a las muñecas con todos, pero recordando siempre que son personas, y no muñecas. —

Y entonces la dejó en el suelo de forma violenta y empezó a dirigirse hacia afuera del granero, mientras Ranavalona iba a ayudar a su señora, quién lloraba descontroladamente en el suelo. Y al salir de ahí, su hija le gritó esto, mientras le limpiaba las lágrimas:

— ¿P-por qué me dices esto si me tratas como una muñeca? —Le acusó con estas palabras y la respuesta de Sajonia no fue menos significativo:

— Tal vez por eso siempre me gusto jugar con muñecas…—

Después de esto, ella decidió a regañadientes hacer el rito para la entrega del cetro, y mientras estaban haciendo los últimos preparativos le pregunté esto a Sajonia:

— ¿No crees que te pasaste un poco con ella? —

— Nosotros aprendemos con palos, así que espero que le sirva. Si sigo así ella será una gran chica, que incluso me podrá superar. —

En verdad, siempre dudé de los extraños métodos de Sajonia para educar a su chica, que acabó odiándola, y solo la respetaba por la incapacidad de poder enfrentarse a ella. Ahora viéndola, parecía que el arduo fruto de su educación dio frutos y dio germen a una Elizabeth parecida a su madre, o incluso como deseaba, mejor que ella; esa es la impresión que me dio al volver a verla, tras llegar, después de haber ganado la Guerra Civil, a nuestra aldea. A pesar de eso, había notables diferencias. Por ejemplo, cuando vino, no dio un espectáculo, apareció con discreción:

— ¡Señora, ha llegado la Zarina, ha llegado! —

Eso me dijeron mis sirvientes, tan sorprendidos como yo, cuando vieron quienes pedían hablar conmigo. No era nada más ni nada menos que la pequeña Elizabeth y mi sobrina, más una pequeña escolta.

Al verla al entrar la puerta, vi sorprendida cuánto había cambiado. Ahora sobresalía de ella un aura de confianza y de orgullo, ya no miraba a los demás como un peligro, los miraba desde el hombro. A primera vista, mi sobrina Ranavalona no parecía haber cambiado, pero había algo en su rostro que no dejaba de molestarme, pero no sabía qué decir exactamente.

— Parece que el tiempo no te perdona, Sophie Friederike. —

Eso me dijo La Zarina tras saludarme y verme, y tenía razón. Necesito usar un bastón para caminar, mi pelo ya es gris completamente y mi piel estaba más arrugada que nunca.

Ella se veía muy adulta, incluso más que su propia madre, y esa actuación tan madura y esa mirada tan seria, producía entre todos un gran respeto, a pesar de que era la más joven de los que estaban en la casa.

— ¿Y por qué has venido aquí? — Eso le pregunté, cuando estábamos en mi biblioteca, tras darnos té los sirvientes.

— Hay varias razones. — Me decía mientras miraba atentamente por la ventana, observando las montañas. — Primero, pedirte un favor. Segundo, llevarme algunos libros. Tercero, decirles noticias muy importantes, sobre las leyes del Zarato. Cuarto, y último, busco a alguien. —

Y tras decir todo eso, se sentó en el sillón. El favor que me pidió es que me fuera a la cuidad, a convertirme en la directora de una “academia nacional” ¿Por qué? Porque he sido la más leal de todos y aquella institución que iba a fundar necesitaba a alguien como yo, además de que me necesitaba para gobernar el Zarato. El segundo era llevarse algunos libros antiguos que nuestros antepasados hicieron, tras aprender de los rusos el alfabeto. El tercero es que las leyes de todos los pueblos iban a ser uno, ninguno iba a tener el privilegio de tener alguna ley distinta, a que no sea estrictamente necesario. El último era la búsqueda de La Luisiana, quién escapó y por algunos rumores la situaban aquí.

— Al parecer tienes grandes ideas para el Zarato. —

Eso concluí, tras oír atentamente sus palabras. No importaba el hecho de que seguía siendo una niña, sus ideas y sus planes sobre el futuro del Zarato me dejaban realmente sorprendida y de que era realmente un diamante a pulir. Sajonia, desde luego, nos dejó una buena heredera al trono.

— Y no solo para nuestro reino, sino para toda Shelijonia e incluso toda la costa este, pero eso será más adelante, cuando unifique de una vez este lugar bajo una misma justicia y mismas leyes. Mi reinado será uno de grandes cambios. — Esas palabras eran miel para mis oídos.

— Tu madre estaría orgullosa de ti. — Añadí felizmente, al ver que el Zarato tenía un mejor futuro de lo que esperaba, porque esta niña promete, y mucho.

FIN

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