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La verdadera Sasha, sexagésima primera historia.

El mundo no tiene sentido, eso es lo hilarante de todo. Buscar respuestas no te ayudará en nada, siempre habrá algo que los invalidará. Por eso, el ser humano es tan divertido, porque los necesitara para vivir, para no sentir estar en lo absurdo de lo absurdo. Yo dejé de serlo hace mucho tiempo, porque siento estar en una comedia mala sin sentido alguno.

Debería morirme, de una forma graciosa y estúpida, lo deseo, lo quiero; pero hay algo que me tiene atada a este mundo sin sentido. Está durmiendo plácidamente en su cama, mientras yo sostengo un cuchillo, mirándola sin parar. ¿Hincarle esto con todo mi amor o sacarme mis tripas? ¿Qué cosa es más divertida? ¡Qué gran dilema me tenía entre manos! Si mató a esta flor, la libraré de todo lo malo que querrá destruirla, convirtiéndome en eso. Si me suicidó, la salvaré de mí misma, pero ella no soportaría mi muerte. De lo que estoy segura es que estoy muy harta de esta mala, fea, aburrida y fastidiosa comedia, ¡quiero que termine ya! ¿Y si despierta y me ve así? ¿Por fin entendería que yo ya estoy pérdida y qué no me salvará? Eso sería lo deseable, quiero que me abandone.

― Sasha… Me alegro de que seas feliz…―

Esas palabras me hicieron bajar el cuchillo y esconderlo. Estaba teniendo un sueño conmigo. ¿O tal vez lo hizo a propósito, sabiendo que eso podría pararme? Bah, como todo en esta vida no tiene sentido. ¿Y ser yo feliz? Si siempre lo estoy, porque todo me es hilarante. No hay nada en este mundo que no me haga gracia. ¿Niños muertos de hambre? ¿Campos de trabajos forzados? ¿Bomba nuclear? Tienen su parte divertida.

Dejando de lado toda esta mierda, decidí despertarla en vez de hacerla dormir para siempre. Me lo agradecerá, porque ya se acerca la hora para levantar. ¿Y qué mejor forma de haberlo es tocar lo más fuerte posible con una trompeta en su oído? ¿Tengo trompeta? Pues sí, yo lo tengo todo, le robé a Doraemon su bolsillo mágico.

― ¡Es la hora de despertar! ¡Es la hora de despertar! ¡Es la hora de los telemuñecos! ―

Eso tenía que decir tras tocar la trompeta, y eso hice. ¿Los telemuñecos empiezan a esta hora? ¿Pero qué son esas cosas? ¿A quién le importa eso?

― ¡Aaah… Sasha! ― Me decía muy somnolienta, mientras abría sus ojos. ― ¡No deberías hacer eso! ―

― ¡Pero es la hora! ― Le gritaba sin parar, como si fuera un robot. ¿Por qué? Porque sí y porque tu mamá está gorda.

― Es verdad… pero para eso tengo un despertador. ― Entonces un reloj sonó, anunciando la hora final. Eso estaría bien, ya era el momento de que eliminarán la humanidad.

Al final, se me olvidó hacer lo más importante, no estaba desnuda, solo en bragas. ¿Y qué mejor forma de molestarla que ir sin calzones? Bueno, eso lo haré en el desayuno, tengo una tradición que cumplir, en un mundo sin lógica. Tiene sentido. Me fui dando vueltas sobre mí misma hacía mi habitación, sin hacer nada para retrasarla y que dejará tirada a esa puta que tanto me fastidia su existencia. Ella la llama “mamá”, yo: “Perra que debería haber desaparecido hace tiempo de nuestras vidas”.

― ¡Me voy a recoger a mamá de su trabajo! ― Eso dijo antes de irse, al subir al segundo piso para decírmelo.

― Debe haber vuelto a la cama… Debe haber tenido una pesadilla, porque no es normal que se despierte a estas horas…― Añadió, al ver que no me escuchaba. Hice un buen trabajo en hacerme la dormida. ¿Pesadillas, dijo ella? ¡Él que iba a hacer esta madrugada! Ella es demasiada linda para destrozarla a cuchillazos, y lo es para esta pocilga llamada Tierra.

Me dije que solo iba a hacer la dormida pero me quedé de verdad. No tuve ningún sueño, ¡y pues vaya asco de siesta! Y ella me despertó, no me dejó tiempo para aparecer en la cocina sin nada de ropa.

― ¡Perdón por molestar, pero debes despertar! ¡Es hora de levantarse! ―

Ella me decía eso con dulzura y pues con solo oírlo, volví del mundo de los muertos.

¡Resucité, como Nuestro Señor Jesucristo! ¡Bah, pero si lo que quería era dormir para siempre, no despertar! Por lo menos tengo el consuelo de que me despertaba ella.

― ¡Ah, Julio César, la Galia siempre estará en mi corazón! ―

Tenía que decir una tontería para comenzar el día, pues esa elegí, aunque la Galia es la tierra de los franchutes, ¡Qué asco, Francia! Como esperaba, ella se quedó congelada, sin saber lo que estaba diciendo. ¡Eso era lo que yo quería!

Ella me dijo que me vistiera, yo no la hice caso, prefiero que me vista. Y al ir a la cocina, vi aquella perra que debería haber desaparecido hace tiempo de nuestras vidas, durmiendo en el sofá como la gorda sin dignidad que es. Así que antes de comer, busqué el mando para tirarlo por la ventana. Luego comí, más bien, le obligué a mi hermana que me diera de comer. Decía que ya no eres una niña chica, pero quería que me hiciera el avión, es divertido imaginarme que eso era uno y comérmelo y que todos los de adentro muriesen por mis jugos gástricos. Después, cogí agua y se la eché a la bestia durmiente, no se despertó y nadie supo del crimen.

― ¡Me voy a comprar! ― Eso dijo, después de limpiar los platos. ― ¡Y no sé te ocurra salir, Sasha! ¡Recuerda que estás castigada! ― Me avisó antes de irse, ¿y la hice caso? Obviamente que no. Salí a la calle en busca de gente al que regalar abrazos. Mentí, buscaba a alguien a quién burlar, cualquiera me servía.

Mientras andaba por las calles como Heidi, todo vecino que me veía, huía de mí. ¡Eso no es nada divertido, pero nada! ¿De cuál desgraciado podré fastidiar? En realidad, llevaba meses pasando, así que mejor me fui al parque, siempre hay idiotas. Pero quería hacer algo más, ir a allí me cansaba. ¡Mejor provocar algo gordo en el centro de la cuidad! ¿Él qué? ¡Yo qué sé!

Por el camino me divertí. Vi a un pobre ancianito, sentado y con gorrita en mano, que pedía dinero a quién cruzaba por ahí, y yo por supuesto soy tan buena persona que le cogí todo el dinero y salí corriendo con sus monedas, con él, sin poder moverse, gritándome. También vi a un hombre con una hermosa gabardina, tanto que me di prisa para comprar un helado y para tirárselo a su ropa, ¡cuántas groserías me decía! ¡Cuántas risas!

Más cosas hice como explotar globos a niñas más enana que yo, gritarles piropos a los obreros, decir a la pareja de turno que su compañera es un travestí, gritarles a los blancos racistas, y a los negros también. Fue un viaje productivo hasta llegar al corazón de esta podrida cuidad. Allí me encontré a alguien conocido.

― ¡Oh dios, una abuela, una abuela! ― Eso le grité a mi nueva víctima. Era chica que últimamente siempre visita a mi hermanita para ayudarla o para llevarla a alguna parte, ¡aquella que no la dejaba sufrir al cien por cien!

― ¡Oh, mierda, eres tú! ― ¡Qué palabras tan bonitos me dijo! Se notaba que me quería.

― ¡Yo no soy tú, yo soy Cayo Julio César Augusto, y tú eres Cayo Octavio Turino! ― En verdad, yo me llamó Sasha y ella Nadezha. ¿A quién le importa eso?

Ella me miraba muy mal, como casi todos, y en silencio. Seguramente recordaba esas cosas tan bonitas que pasamos nosotras dos cuando estuvimos en aquel parque de atracciones. ¡Oh, los recuerdos!

― ¿Y tú quieres algo de mí? ― Eso me dijo, tras estar las dos mirándonos fijamente. ¡Yo solo quería fastidiarle el día, no tengo otra razón!

― Si una mora amasares con la harina, tendrás de Sila entonces el retrato. ― Inevitablemente no le iba a decir algo lógico, después de todo. ¡Mejor para mí!

― En serio, me enfermas. ― Eso me dijo, mirándome como si me quería matar. Pues yo le gano, porque todo me enferma, menos una cosa. Y no dije nada, y ella se iba, y yo la empecé a seguir. Así entramos en un callejón oscuro.

― Desde aquel día, me he preguntado lo que eres realmente. Me di cuenta de que todas esas estupideces que haces no son más que una tapadera. Así que me gustaría que me hicieras un favor, sinceramente. ¿Por qué le haces esto a tu hermana? ―

El silencio apareció, calladas estuvimos las dos. Ella esperando mi respuesta y yo pensando en que decir. ¿Seguir con mi papel o mostrarme cómo soy, ya que lo hice una vez? ¡Ah, qué dilema, qué suspense!

― ¿Por qué no te mueres mejor? ― No me daba la real gana de contestar eso pero si de mostrar mi verdadero yo, poniendo mi mejor sonrisa. Se me olvidó decirle que no era nada personal, que a casi todos les deseo eso, incluso a las cosas inanimadas.

¿Y qué hice tras decir esas increíbles y sorprendentes declaraciones? Pues darme la vuelta y a salir del callejón, mientras ella me replicaba. ¿Qué decía? Pues no me acuerdo, pero seguro que no era nada importante. Y mientras paseaba por la acera como la buena ciudadana que soy, me gritaron unos obreros. ¡Y no eran piropos, precisamente!

― ¡Hey, niña, quítate que esa viga va a caer encima tuya! ― Y tenían razón.

Estaba al lado de un edificio en construcción, y encima de mi cabeza una viga que caía. Fue lo más bonito que vi del día y todos me decían que me quitará. ¿Para qué hacerles caso? ¡Ésta es la muerte que yo quería! Ser aplastada por una viga de hormigón, ¿qué más puedo pedir? Por eso alcé mis brazos y sonreí mirando al cielo, una sonrisa de verdad, porque iba a morir, ya estaba harta de vivir en un mundo sin sentido. ¿Y la única cosa que me ata a este mundo, la única que desea lo mejor para mí? Lloraría por mí, tal vez echándose la culpa de esto. Pero por lo menos no sería un suicidio, sino un accidente. En ese momento, no pensé de qué había algo del que me podría arrepentir, de que nuestra querida madre no se haya muerto conmigo o antes de mí, que mi hermana seguirá atada a esta estúpida familia, a esa perra. En fin, dejando todo estos sinsentidos aparte, estaba feliz de que una viga me mandase al otro barrio.

― ¡No llores por mí, Malia! ― Eso dije como despedida a esta mala comedia, que nadie oyó, por suerte.

Esto sería lo mejor para ella, lo único bueno que existe en este mundo, la que me salvó la vida antes de tenerla, el único ser que amó; y porque si sigo viviendo, ella morirá en mis brazos.

Y cuando la viga hizo boom, yo no fui aplastada, no morí. Fui salvada, por una chica con pelo de vieja, aquella a la que dije que si se podría hacer el favor de morirse. En el último momento, ella me empujó. Como todo en este mundo, no tenía lógica, tenían que dejarme morir y descansar en paz.

― ¡Maldita idiota! ― Eso me decía entre gemidos de dolor. ― ¿Por qué no te quitaste? ― Solo su pierna fue aplastada por la viga. ― ¡Todo el mundo te lo decía! ― Obviamente no le pregunté por qué me salvó, si lo mejor para mí y para mi hermana es que me muera.

― ¡Adiós pierna de Nadezha, que descanses en paz! ―

Y aquí sigo, estando presente en este teatro absurdo al que llaman mundo, y mi personaje ya no da más de sí, aunque la verdad, deseo que mi máscara se rompa de una vez y dejé de actuar, porque sea vuelto aburrido, pero no quiero que mi hermana vea realmente lo que soy.

FIN

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