En_busca_de_la_chica_kimono

En busca de la chica kimono 3, sexagésima quinta historia.

Saludos, mis queridos lectores, hoy ha sido el día más feliz de mi vida, el más hermoso de todos. ¿Por qué? Porque después de estar todo el verano buscando sin parar, yendo de un punto a otro de la cuidad; he encontrado a esas chicas que tanto buscaba, aquellas que usan kimonos; y parecen que son muy buenas personas y están rodeadas de niñas adorables, e incluso dos de ellas las había conocido antes, y hablé de ellas en una entrada anterior de mi blog. ¡Qué pequeño es el mundo! La mayor es genial y es realmente de Japón, cien por cien y parece una chica realmente interesante.

Voy a comenzar mi historia por el mediodía, cuando harta de buscar y buscar me senté en un banco y empecé a reflexionar sobre el tema. Las había visto unas cuantas veces, pero una y otra vez se me escapaban y eso fastidiaba bastante. Todos esos esfuerzos tristemente gastados mientras el destino siempre se burlaban de mí. En esos momentos recordaba lo que me decían mis amigas: “¡Solo quieres ser su amiga por un puto kimono, es de idiotas eso!” “¿Y si resulta ser una mala chica? ¿Y si le caes mal?” “¿Y si la encuentras cómo podrás pedir su amiga? ¡Tú debes saber que es difícil!” “Yo, si fuera la chica kimono denunciara a la policía si veo que me acosas.”

Suspiré y miré al cielo buscando una señal pero solo veía un cielo despejado y sentía que desde el principio estaba teniendo una búsqueda estúpida. Entonces escuché una voz que oí hace tiempo y miré hacia dónde provenía. La recordé rápidamente, era una de las chicas que me salvaron la vida. ¿No lo conté por aquí? Casi iba a caerme de una noria pero dos chicas valientes y geniales evitaron el final. ¡Tenía que decirle hola a mi heroína!

— ¡Hola, heroína! ¡Hola, mi salvadora! — Le saludaba gritando con toda la felicidad, y corriendo a toda velocidad hacia ella. Sorprendida, giró su cabeza y me saludó con la mano. Ese gesto humilde y nada presuntuoso consiguió que le hiciera una foto. Y después de eso empezamos a charlar, durante un buen rato, sobre cómo estaba y cómo se encontraba la otra.

— ¡Entonces, la heroína albina ha tenido un accidente al salvar otra persona! ¡Debe ser el pan de cada día! — Concluí yo, totalmente llena de admiración, cuando me contó que los pasteles que tenía era para llevárselo a la otra chica que me salvó, quién acabó con una pierna rota tras salvar la hermana de ésta de una muerte segura. Era hermoso hablar con chicas así, salidas de una serie de televisión, pero la pena que sentía por no encontrar a las chicas que buscaba se notaba.

— ¿Te pasa algo? Te noto un poco desanimada, comparado con lo que noté el día del parque de atracciones. —

— Es que…— Me costaba algo decirle eso, me puse a reír nerviosamente. — ¡Estoy triste porque no encuentro a alguien que estoy buscando! —

— ¿Ese alguien es importante? — Ella se sentó a mi lado.

— En verdad, ni siquiera la conozco… pero por algún motivo quiero ser su amiga. —

— ¿En serio? Bueno, si es eso lo que quieres, pues ánimos ¡Seguro que la podrás encontrar! — Me dio unas palmaditas a la espalda.

— Pero… ¿Y si me dice que no, y si no resulta una buena persona, y si le caigo mal? Solo quiero ser su amiga por una simple estupidez. —

Obviamente no le dije que era por llevar kimono, no deseaba que me dijera lo mismo que todo el mundo, que ser amiga de alguien solo por su ropa es algo muy idiota.

— Inténtalo, esa es la única forma, después de todo. — Eso que me dijo era verdad, una no lo sabe hasta que tenía que intentarlo. Si todo acaba mal, podrías consolarte con eso, pero si, por el contrario, las cosas salen bien, pues mejor que mejor. Entonces me levanté, entusiasmada, gritando que lo iba a hacer, que la iba a encontrar y hacerme su amiga. Y salí corriendo como una liebre, mientras le pedía gracias a mi salvadora, en busca de aquellas chicas vestidas con kimonos.

— ¿Dónde estás, chica kimono? — Eso le gritaba sin parar mientras corría en su busca. En verdad lo que hacía parecía estúpido, pero tal vez así alguna de ellas me podría escuchar.

Y mientras chillaba y corría como loca entré en ese maldito barrio en el que  siempre me pierdo, ni siquiera un cartel, que pusieron hace poco, en el que te ponía el mapa del lugar en el centro de ese laberinto me ayudó para nada, sobre todo por el hecho de que estaba en ruso. Es decir no entendía ni papilla de lo que ponía ahí, y no salía ni una mísera palabra en inglés.

— ¿Señores, no hay un cartel de esto en inglés? — Les pregunté eso a una pareja que pasaba por ahí, que al oír eso empezaron a reír.

— Si hicieran eso, los vecinos lo arrancarían y lo quemarían. — Eso me respondió la mujer, antes de perderse ellos en una de las calles.

Había escuchado el gran odio que se mantienen los shelijonianos contra los demás estadounidenses y contra los canadienses, que lo llaman “useños”; y había visto como ese odio provocaba cosas horribles, pero aún así esa afirmación me parecía una exageración.

En fin, tuve que seguir mi búsqueda, en ese lugar en dónde las calles en algunas partes llegar a ser tan estrechas que un carrito de compra no podría entrar por ahí, y en dónde los balcones se tocan uno con el otro. Mientras intentaba encontrarme con alguna de las chicas kimono o con salir de ahí, me encontré con un ejemplo de ese odio del que he mencionado antes.

— Buenas, señora. ¿Me podría decir dónde estoy? — Eso le dije a una señora mayor, de sesenta años, que estaba fregando la calle que estaba delante de su casa. Me golpeó con la fregona, diciéndome cosas en ruso con muy mala leche y eso que no hice nada, solo le hablé en mi idioma. Tuve que alejarme corriendo de ella porque me quería seguir pegando con eso y me choque contra una pared al girar por una calle. Eso dolió, la verdad.

Y desde ese momento, las cosas empezaron a ponerse raras, como si estuviera en un extraño sueño. Las casas de ese barrio, que normalmente tienen solo dos pisos, empezaron a ser más altas de lo normal, y empezaba a escuchar susurros siniestros sin parar.

— ¡Qué extraño se ha vuelto el lugar! — Eso me decía a mí misma cada dos por tres, mientras mi preocupación aumentaba poquito a poco.

No importaba que callejón tomara, parecía como si entrara de nuevo en el mismo una y otra vez, y sentía como si estaba dando vueltas tontamente.

Miraba las paredes y veía un montón de carteles escrito en japonés, en ruso, en inglés, todos con imágenes de chicas que llevaban kimonos. Y luego un montón de televisiones tiradas en la calle mostrando a mi querida Dorotea, aquella la que pongo voz, estando en kimono y estaba muy linda. Me quedé abobada viéndola, aunque intentaba recordando si alguna vez salió así y además decía cosas raras.

— ¡Solo quieres ser su amiga por un kimono, es de idiotas eso! — Esas palabras eran de mi amiga.

— ¿Y si resulta ser una mala chica? ¿Y si le caes mal? — Y esas eran de otra.

— ¿Y si la encuentras cómo podrás pedir su amiga? ¡Tú debes saber que es difícil!- Y está frase también.

— Yo, si fuera la chica kimono denunciara a la policía si veo que me acosas. — Y esas eran de la primera.

Me quedé muy sorprendida, ¿por qué mi Dorotea estaba repitiendo esas frases como un loro? Entonces en ese momento me di cuenta de que lo que ocurría no era normal, ni era real, estaba en mitad de un sueño.

— ¡Oh dios mío, estoy soñando! — Grité muy entusiasmada, y sin pensar el porqué estaba durmiendo. Ahora miraba por todas partes buscando a las chicas kimonos, creyendo verlas en mi sueño.

Y empecé a correr y a correr sin parar, gritándolas sin parar pero no las veía por ninguna parte y al ver llegar a un callejón sin salida, vi a mi izquierda una puerta, entrando así en una tienda.

— Bienvenida. — Eso me dijo el dependiente, que nada más ni nada menos era un Samurái. Como era un sueño, me importó bien poco que fuera alguien así.

— ¿Has visto a chicas con kimono? —Le pregunté y esté dijo que no.

Entonces escuché sonidos de niñas riendo y pensé que eran ellas y salí en su busca a toda velocidad. Pero solo vi las sombras de unas chicas girando por la otra calle y las seguí. Al volver a girar, vi al mismo matrimonio que me encontré mientras estaba perdida en aquel barrio maldito.

— ¿Saben dónde están? — Les pegunté y ellos me empezaron a pegar con una escoba que salió de la nada. Tuve que correr sin parar.

Al perderlos de vista, y tras seguir andando por un lugar al que apenas podría recordar, me encontré con una niña que no quería ver, la misma que encontré en el primer día que vi a las chicas kimonos. Yo pensaba correr y alejarme de ella o quedarme ahí y preguntar, y al final elegí lo segundo, porque no pensaba que me iba a hacer algo malo en mi propio sueño.

— ¿Sabes dónde…? — Me equivoqué, ya que antes de terminar la frase, me dio un puñetazo en el estomago que me dolió de verdad.

— Pero, ¿por qué? No me debería doler, es un sueño. — Eso murmuré yo, tirada en el suelo, mientras ella salía corriendo; incapaz de comprender este dolor. Y al levantarme, decidí seguir mi búsqueda por el mundo de los sueños.

Y volví a ver sombras moviendo de calle a calle, escuchando risas de niñas y las seguí sin parar, hasta llegar a un callejón sin salida.

— ¡Por fin os veo! — Y no, no tenían kimono, sino era dos chicas monas que conocí en mi búsqueda, una mexicana y otra rubia y pequeña, y al girar hacia a mí y saludarme se deshicieron como polvo.

— Inténtalo, esa es la única forma, después de todo. — Volví a escuchar esas dulces palabras de nuevo, y empezaron a repetirse sin parar, como si mi subconsciente me decía que nunca las iba encontrar.

— ¡Hey, esto no es gracioso! ¡Los sueños deben lindos! — Yo gritaba, esperando que mi subconsciente dejará de convertirlo en una pesadilla, pero no había manera. Esas palabras no paraban de repetirse una y otra cosa, hasta que me harté y le grité a mi sueño:

— ¡Ya estoy harta, me voy a despertar! — Mosqueada ya, me pellizque la cara y así es cómo me desperté. Cuando volví a la realidad, intenté abrir los ojos pero la luz me molestaba y no quería abrirlos, pero noté que estaba rodeaba de niñas, cuyas voces me hablaban.

— ¡Candy vuelve en ti! ¡No abandones este mundo, que me voy a sentir culpable! — Reconocí esa voz, era la mexicana que conocí el otro día y por el tono estaba realmente preocupada y aterrada.

Al parecer, ella jugaba la pelota en la calle y me dio en la cabeza, sin saber yo cómo, dejando inconsciente.

— No te preocupes, esa pelota que le mandaste a la cara no la matará. —Esa era la voz de una chica que no conocía, y su acento me pareció bastante exótico, ya que nunca lo había escuchado.

— Descansa en paz. — Esa voz también la reconocí, era la pequeña rubita que acompañaba a la mexicana, ya me pareció gracioso, aunque a su amiga eso no le gustó.

— ¡No digas esas cosas! — Le replicó eso.

Yo pensaba hacerme la dormida, para seguir escuchándolas, pero eso sería muy malo de mi parte para la mexicana, quién realmente estaba preocupada por mí, así que decidí revivir. Y cuando abrí los ojos, entonces vi lo que estaba buscando.

— ¡Josefina, podrías dejar de convertir esto en una enfermería! ¡No me traigas a cada persona que se desmaya por la calle! — Eso decía cuando abrí mis ojos, protestando de mala gana. Su voz era el de una japonesa, aunque un poco masculina, parecía perfecta para un tomboy; que hablaba inglés pero bien, como si fuera su idioma natal.

Cuando me levanté del suelo y la observé me quedé petrificada, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Miré su hermosa vestimenta desde arriba a abajo, no era nada más ni nada menos que un elegante kimono, el cual no solo se me hacía muy familiar, también lo reconocí rápidamente, era el mismo que usaba cuando la vi por primera vez. Aunque la vi de espaldas y de lejos todas las veces que observé su figura en la calle, supe que era esa persona que tanto estaba buscando, estaba delante de una puerta corrediza, en mitad de una habitación que parecía cien por cien japonesa. Me quedé en blanco, incapaz de cómo reaccionar, solo estaba boquiabierta, mirándola con mucha felicidad en mis ojos.

Como me levanté de golpe e hice esa reacción tan exagerada, la chica del kimono y todas las demás se quedaron muy sorprendidas, y ahora que lo pienso, creo que me empezó a dar un poco de vergüenza hacer tal cosa.

— ¿Hola? — Entonces, tras un incómodo pero cortísimo silencio, ella decidió decir algo, entrecortada.

— ¡Te encontré, te encontré! — Y lo siguiente que hice, fue saltar hacia ella con toda la felicidad del mundo, con la intención de abrazarla y de pedirle gracias al mundo real por darme esta gran oportunidad, de cumplir mi mayor deseo.

FIN

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