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Las Bullying girls, sexagésima sexta historia.

A las ocho y media de la mañana, en pleno sábado, alguien pegaba sin parar en la puerta de la tienda de Mao. Estos ruidos despertaron a Alsancia preguntándose de dónde era ese ruido, pero entonces se dio cuenta de que Jovaka, quién estaba durmiendo plácidamente, la estaba abrazando, y empezó a echar a temblar. Si se despertará y viera que estaba abrazando a otra chica que no fuera Mao, ella estaba en graves apuros.

— ¡Ya voy, Alsancia! — Y oyó estas palabras, descubriendo que Mao también estaba despierto, por culpa de aquellos golpes; y poquito a poco se acercaba a ellas, evitando hacer el menor ruido posible, para hacer que Jovaka soltara a la napolitana sin despertarla.

— ¡No te muevas! — Eso le decía él, al ver que Alsancia estaba despierta, cuando comenzó a retirar a Jovaka. De todas formas, no era necesario mencionarlo, porque la napolitana estaba paralizada del miedo.

Empezó a levantar con cuidado y con lentitud uno de los brazos de Jovaka que agarraban fuertemente a la napolitana como si fuera una garrapata. Rezaba en su interior para que no cometer ningún desliz que provocaría que ésta se despertara y viera que estaba teniendo contacto con una chica, que por muy indefensa que sea como Alsancia, eso la volvería loca y podría provocar algún incidente desagradable. Al final, lo consiguió, aunque sentía que se le había hecho eterno. Iba a suspirar de alivio, pero recordó que le faltaba quitar el otro y soltó un gran suspiro de molestia. Entonces, siguió con la tarea y, tras momentos de incertidumbre, pudo liberar a la pobre chica. Tras ver que ya no había peligro, él empezó a arrastrar el cuerpo durmiente hasta su futón, cuando alguien abrió la puerta y gritó a los cuatros vientos:

— ¡Mao, Mao! ¡Necesito ayuda! —Era Josefina, quién tenía los ojos llenos de lágrimas y parecía estar muy desolada. Es obvio que ella era la persona que pegó la puerta, que, tras haber sido abierta por Leonardo, salió como un cohete hacia la habitación de Mao.

 

Su llanto y sus palabras de auxilio despertaron a Jovaka, quién vio que estaba a pocos centímetros de Alsancia.

— ¡Gracias, Josefina! — Añadió Mao irónicamente, al ver que los ojos de Jovaka se abrieran poquito a poco. Tras unos segundos de calma, la serbia empezó a gritar sin parar, como loca; ante el simple hecho de haber tenido tan cerca de una chica. Ella formó un enorme escándalo que tardó varios minutos en tranquilizarse, aunque por suerte no se puso violenta. Pero sus gritos eran tan dementes que el cuerpo de Alsancia se quedó paralizado de verdad durante unos minutos. Tras todo esto, el desayuno llegó:

-Entonces, ¿qué te pasa?- Y en mitad de la primera comida del día, le preguntó Mao, después de terminar; a Josefina.

-Pueffff vefas, yo…- Intentaba hablar con la comida en la boca y Mao le tuvo que regañar diciendo que no comiera hablará mientras comía.

— Pues veras,…— Decía Josefa, quién empezó a contar lo que le había pasado. — ¿Recuerdas cuando comimos aquella comida que pedimos con las galletitas de la fortuna? —

Mao, se quedó pensando durante unos segundos, preguntándose de qué estaba hablando. Entonces recordó aquel día, treinta de agosto, en el que pidieron comida de un restaurante chino, con galletitas de la fortuna.

— Ah sí, ¿qué pasa con ellas? — Eso le preguntó Mao, tras recordar ese hecho.

— Pues por su culpa estoy teniendo mala suerte con los chicos. — Gritó Josefina. Entonces, todos los que estaban en la mesa recordaron que las galletitas de la fortuna que consiguieron aquel día, no dijeron cosas nada bonitas.

“Sé que tienes un secreto”, eso leyó Mao cuando lo abrió y vio su mensaje, quedando extrañado con tal cosa, preguntándose qué quería decir.

“Serás inútil para siempre”, eso era el de Alsancia, quién se deprimió enseguida al leerlo.

“La mentira gobierna este mundo”, ese era el de Malan, quién formó parte de aquella cena, y la dejó indiferente.

“Gorda”, este era el mensaje que le puso la galletita de la suerte a Clementina, quién lo tiró a la basura enfadada, mientras el de su hija estaba en blanco y el de su primo le decía enfermo, sin saber éste el porqué.

“Un monstruo te visitará pronto”, así lo ponía en el de Jovaka, quién ignoró totalmente aquel mensaje, creyendo que era una tontería para asustar a los niños.

“No tendrás suerte con los chicos”, ese fue el mensaje que le dijo la galletita de la fortuna a Josefina, quién lo tomó demasiado en serio y se puso a llorar, preguntándose qué iba a hacer. Mao, intentado tranquilizarla, le decía que no hiciera caso de eso, que su suerte no iba a cambiar a pesar del mensaje; mientras pensaba que jamás volvería a comprar galletitas de la suerte.

— ¿No creerás que eso te ha maldecido? — Le preguntó Mao, tras recordar el puchero que hizo tras ver su fortuna.

— Pues sí. —  Le respondió Josefina, quién le entraba las ganas de llorar.

A continuación, comenzó a contar la primera semana del curso. Sin entender cómo, ella provocaba sin querer accidentes que afectaban a los chicos que estaban a su alrededor. Al primer día, hizo que uno se resbalará, tras tirar al suelo una piel de un plátano que no le dio tiempo de comer en casa, y que perdiera el autobús escolar. Al bajar de él, se interpuso en el camino de uno que iba patinando y éste la esquivó, chocándose contra un árbol. No sospechó nada, a pesar de que les dio la cara en la puerta a varios chicos, les pisó a unos cuantos con gran fuerza, y muchas más cosas. Eso sí, pedía perdón sin parar. Al segundo día, llegó a sospechar algo, después de caerle el borrador desde un tercer piso y chocar éste en la cabeza de uno, y tras romperse su mochila mientras caía por las escaleras y caer todos sus libros sobre dos de ellos, y tras prestarle a uno un bolígrafo cuya tinta explotó, nadie sabe cómo.

Al tercer día, todos los chicos empezaron a alejarse y las compañeras, que usualmente no la hablaban, se acercaban a ella preguntándole por qué les hacía tantas cosas horribles a los niños.

—  Pero yo no les he hecho nada, ¡de verdad! —

Con esa respuesta intentaba convencer a todos y a ella misma, quién no entendía que estaba pasando, pero había algo dispuesto a que Josefina provocara inconscientemente daño a los chicos.

Fue en la hora de educación física, al ver como dejó a todos los niños heridos y su profesor la castigó, amenazándola con que la iba a expulsar si iba a seguir actuando así; cuando se dio cuenta de que pasaba algo raro.

— Yo no quería hacer eso, la verdad. — Les decía. — No era mi intención, ¡por favor, creedme! — Pero nadie la creía, todo el mundo pensaba que ella la tenía tomada con los chicos. Algunos rumores circulaban tratándola como una “feminazi” que decidió acabar con todos los hombres del instituto, otros que le gustaba maltratarlos solo por diversión e incluso algunos hablaban de ella como expulsaba su ira por ser rechazada. Todo eso era falso, Josefina no tenía una razón ni motivo para hacerlos daños, ni siquiera era su intención. Al cuarto día, intentó hacer las paces con ellos, demostrándoles que no era ese momento que creían que era.

— ¡No te acerques, monstruo! — Eso le dijo el primer chico al que se acercó, que salió corriendo, siendo atropellado por una bici.

— Yo no te he hecho nada. —  Y esto fue antes de que un chico cayera por las escaleras al ver que había sido llamado por Josefina.

— ¿Tanto nos odias? — Añadió otro, después de que ella se acercara a un grupo, haciéndoles temblar de miedo al ver como Josefina, tenía levantado la mano. Pensaban que les quería pegar, aunque en realidad ella les iba a decir que no quería hacerles daño, que era una buena chica.

— Yo estoy en contra del patriarcado, en serio. —  Gritó uno, tras ver que se le acercó. Salió corriendo y chocó contra las cocineras que transportaba un gran olla que tenía comida dentro y que cayó encima suya, haciéndole gritar por lo caliente que estaba.

Al quinto día, se quedó en casa muy deprimida, a pesar de que su madre intentó llevarla a la escuela a la fuerza. No entendía la razón de que los niños tuvieran accidentes cuando estaba cerca, ni tampoco que todos comenzaran de alejarse de ella, creyendo que era una violenta chica deseosa de destrozar chicos, algo totalmente diferente de cómo era en realidad. Entonces se acordó de aquella galletita.

— Es verdad. Todo eso ha ocurrido. — Les decía Josefina, tras ver cómo todos ponían cara de que no podrían creerse lo que estaba contado ella.

A continuación, todo el mundo empezó dar su opinión, diciendo que eso no era posible, que estaba confundiendo cosas, que era imposible que tuviese tal mala sombra con los chicos. Josefina puso sus mofletes inflados, al ver que nadie la creía y Mao, que notó su reacción, le dio pena y decidió creer en ella:

— Habrá que creerte. — Eso concluyó, sorprendiendo a todo el mundo y haciendo esbozar una sonrisa a Josefa, al ver que Mao creía en ella.

— ¿Y entonces, qué hago? ¿Qué hago?  — Entonces, empezó a preguntar desesperadamente. — Si sigo así no tendré novio y mi madre me castigara a mogollón. —

Todos se quedaron algo desilusionados antes las razones tan simples que tenía Josefina para poder dejar de tener tan mala suerte con los chicos. A continuación, se puso a pensar seriamente cómo poder ayudarla, durante varios minutos. Mientras pasaba esto, Jovaka empezó a decirle a Josefa que eso era inconsciente, que en el fondo de su corazón solo quiere hacer daño a los hombres, con el motivo de enojarla; ésta le replicaba que era idiota y estaba equivocada. Diana, al oír eso, creyó que ella tenía un super poder y empezó a gritarlo a los cuatro vientos, totalmente emocionada. Alsancia también se puso pensativa, pensando en la mejor forma de animar a la pobre mexicana, ya que le daba mucha pena. Debido a los gritos, al hecho de que estaba muy adormilado y apenas su cerebro empezaba a funcionar, dijo en voz alta lo primero que se le ocurrió:

— ¿Un partido de béisbol, tal vez? — Todos se quedaron sorprendidos por lo que había dicho, y Mao, al darse cuenta de que dijo una gran estupidez, añadió, intentando darle poca importancia. — Bah, tonterías. — Entonces. Josefina gritó de alegría:

— ¡Eso es! Si perdemos un partido de béisbol los chicos se darán cuenta de que soy inofensiva y se llenaran de orgullo y no se acercaran a mí con temor. —

Para la mexicana, eso era una idea estupenda, digno de un genio; aunque los demás, y especialmente Mao; no entendía cómo ese plan absurdo podría ayudar a que ella dejará de tener mala suerte con los chicos.

Maldiciendo el hecho de haber soltado tal burrada, intentó convencer a Josefina de que eso no era una buena idea, pero fue en vano. Al final, de alguna manera, terminaron en un campo de béisbol, en un lunes por la tarde.

— No entiendo cómo hemos llegado a esto. — Comentó Mao, después de suspirar fuertemente, mientras daba vuelta por el campo.

No solo Mao estaba ahí, también estaban Malan, Alsancia, Diana, Jovaka, y Josefina, quién era el cerebro de un plan que llevó a cabo y las obligó a participar en tal cosa, que no era nada más ni nada menos que tener un partido de béisbol. Nadie entrenó, ni siquiera sabían cómo funcionaba aquel juego, pero eso era parte del plan, ya que tenía que perder de todas maneras. Así, tal vez los chicos verían que Josefa no era un peligro para ellos e incluso podrían mantener un partido amistoso, lleno de diversión.

Con eso en mente, se lo dijo al club de béisbol de su instituto, lleno de niñatos engreídos y creídos, que se pusieron a temblar con solo verla y fueron incapaces de decirle lo contrario, temerosos de sufrir una paliza por parte suya. Ella creyó que aceptaron rápidamente por actuar muy coqueta y linda. Y ahora estaban esperando a que ellos aparecieran, y la mexicana aprovechó para dar un supuesto discurso para animar a su equipo, que no vamos a relatar.

— Mi plan es maestro, nada puede fallar. — Añadió como comentario final a todos, llena de entusiasmo. Pero había otras personas, que no pensaban que todo iba a salir tan bien:

— Apuesto a que vamos a acabar mal. — Le dijo Jovaka en el oído a Mao.

En realidad, no era solo Jovaka, sino el resto también pensaba lo mismo, tenían el presentimiento de que este partido solo iba a empeorar las cosas. Había una persona que no pensaba eso, ni lo otro; era Diana, quién solo le importaba jugar al béisbol y estaba esperando impacientemente al equipo rival.

Al final, llegaron con su indumentaria oficial, con todo lo necesario para jugar; vinieron, con temor, pero también con esperanzas; a demostrar al monstruo de Josefina que ellos no se iban a quedar de manos cruzados ante su reinado de terror. Todos los chicos le mandaban ánimos y fuerzas, ya que el club de béisbol era la última esperanza para a los muchachos del instituto. Miraron al frente, ante todas esas chicas.

— ¡Qué alegría que estén aquí! — Añadió Josefina, llena de felicidad, al ver que habían llegado para darle a ella y a su equipo una paliza.

Pero esas mismas palabras pusieron al equipo rival la carne de gallina, que, al ver esa gran sonrisa alegre, llena de presunta inocencia; creyeron ver una gran perversidad y monstruosidad que daban pavor, y tradujeron esa frase como que estaba deseosa de empezar la torturar y hacerlos sufrir con el máximo dolor posible. A pesar del miedo que tenían, se llenaron de valor y se pusieron en sus posiciones, empezando de una vez el partido del club de béisbol contra Josefina y sus amigas.

La primera en coger el bate era Alsancia, que era incapaz de levantarlo y lo estaba arrastrándolo hasta la base a duras penas. Todos los chicos la veían con tanta pena que deseaban pedir cambiar de jugador, porque le daban mucha lástima que fuera la bateadora. Mao y las demás tenían esos mismos sentimientos, salvo Josefina, quién le decía que lo estaba haciendo muy bien, con la firme convección de que esa debilidad ayudaba a mostrar a los chicos que eran indefensas. La tartamuda se animaba una y otra vez, diciéndose mentalmente que lo podría hacer, que era capaz de hacerlo.

Y con estas cosas en mente, al llegar a la base, intentaba levantar el bate, con mucho esfuerzo. El lanzador apenas se atrevía a tirar la pelota, y cuando lo hizo, fue muy flojito, tanto que la pelota cayó al suelo al suelo antes de llegar, teniendo que contarlo como el primer strike.

Con mucho esfuerzo y tesón, Alsancia pudo levantar el bate del suelo y sostenerlo en el aire, mientras lanzaban la segunda pelota. Y cuando iba a  moverlo para darle, perdió el equilibrio, cayendo bruscamente al suelo.

Casualmente el bate salió volando y cayó en el receptor, a quién le partió la cara y cayó también al suelo. Al ver lo que hizo, se puso pálida, incapaz de  creer que le hizo daño a alguien; y empezó a decirle perdón varias veces con el lenguaje de los signos. Eso no mejoró la casa, es más, a los chicos le parecieron que les estaban insultados en toda su cara.

— Esa chica se ha hecho la debilucha para romperle la cara. ¡Estamos condenados! — Gritó horrorizado uno de ellos.

En sus imaginaciones, Alsancia apareció como un ser sediento de sangre, que engaña a sus víctimas haciendo el papel de una chica débil e inocente.

Alsancia, tras ver que era incapaz de explicarles a los muchachos que no le quería hacer daño al receptor, que solo era un horrible accidente y estaba muy arrepentida por lo que hizo; volvió a la cueva, totalmente deprimida. El resto, que sabían que ella no podría hacerle daño ni a una mosca y eran incapaces de asimilar lo que había ocurrido, le empezaron a animar. Josefa intentó evitar en pensar que eso era culpa de su mala suerte. Después de la napolitana, le tocaba a Malan.

— ¡Estoy preparada! — Eso le gritó al lanzador, cuando ella se puso en su posición, segura de sí misma, preparada para batear la pelota. Y lo hizo tan bien, que parecía un jugador profesional.

— ¡Increíble! — Decía uno. — ¡Jamás vi algo como eso! — Añadió otro. Y mientras estaban así de atontados, incapaces de reaccionar por la buena jugada que vieron; Malan pasaba con mucha facilidad por las bases.

— ¡Vamos, reaccionen chicos, que ella os va a ganar! — Les gritaba Josefa al equipo rival, al ver que Martha lo estaba haciendo demasiado bien.

El resto del equipo estaba igual de sorprendidos que el rival, que se dio cuenta de que ella iba a hacer un homerun perfecto e intentaron evitarlo, aunque fue en vano.

Malan lo hizo todo perfecto, pero ocurrió un pequeño accidente. Cuando iba a llegar al Home plate, inconscientemente se deslizó por el suelo para hacer una entrada triunfal. Lo que no se lo esperaba, es que su pie chocara con las piernas del receptor, que era sustituto del otro, y lo tiró al suelo.

— ¡No había previsto esto! — Añadió Martha, sorprendida también de que había hecho daño a otro jugador.

Ahí es donde todos los demás empezaron a pensar que algo raro estaba pasando, que no era normal que ocurriera lo mismo dos veces. Aún así, seguía siendo simples sospechas e intentaron dejar esos pensamientos, sobre todo Josefina, que era la que más se negaba a pensarlo. Después de que Martha volviera a la cueva y Josefina empezará a regañarla por haber hecho eso y hacerlo tan bien, en el equipo rival, todos estaban aterrados.

— Esto ya no es un juego, de verdad esas chicas nos quieren dar una paliza literalmente. — Añadió uno de los jugadores, que estaba tan aterrado que deseaba salir corriendo y volver a su casa salvo y sano.

— ¡No te asustes, solo debe ser una coincidencia! — Le gritó el capitán del equipo rival, intentando mantener el ánimo del equipo.

Ahora era el turno de Diana, quién cogió el bate y se puso en su posición. Josefina le gritó esto: — ¡La tercera vez es la vencida! ¡Así que muchos ánimos Diana! — Ésta le respondió con un simple “ok”.

Ella respiró e inspiró varias veces, mientras ponía una mirada tan seria que dejaba a todos los presentes bastante sorprendidos ante tal determinación en una niña tan pequeñaja. Levantó el bate, poniendo una extravagante posición de batear; en señal de que podrían lanzar la pelota y el lanzador hizo caso. Entonces, gritó: — ¡Allá voy! —

Pero lo que nadie esperaba es que ella no le diera a la pelota de béisbol, sino bateó otras pelotas, las del pobre receptor que no pudo reaccionar. Tras dar un gran chillido de dolor, cayó al suelo y empezó a retorcerse, mientras todo el mundo miraba atónito ante lo que habían visto.

— ¡Bien, bien! — Gritaba Diana, mientras lo celebraba como una victoria, haciendo todo tipo de poses que hacían los deportistas cuando ganaban algo.

— ¿Qué haces? — Le gritó Josefina, que se acercó a Diana, incapaz de creer que ella hiciera esto adrede.

— Pues dalles una paliza. — Respondió Diana con una sonrisa en la boca, mientras hacía el gesto de la victoria.

El equipo rival, mientras levantaban a su compañero y lo llevaban a su cueva, oía aterrados aquellas palabras de Diana, que consiguió que sus sospechas se volvieran realidad.

— No, lo que dice ella no es cierto. — Y Josefina intentó arreglar el malentendido que creó Diana, diciéndoles esto a los chicos.

— Os dalemos tantos puñetasos que ni vuestras mamás os va a reconocer, ¡peleles! — Y Diana gritó esto, haciendo imposible que Josefina pudiera resolver el malentendido.

— Realmente eso ha dolido…— Añadió Mao, mientras sentía escalofríos al recordar esa escena, hasta sintió que le dolió con solo verlo. — ¿Desde cuándo Diana tiene tanta mala intención…? —  Empezó a preguntarse si la televisión estaba siendo una verdadera mala influencia para ella.

Por el contrario, el equipo contrario aún estaba consternado por lo que estaba pasando y algunos empezaban a sobreactuar dramáticamente, mientras traían al pobre receptor que sufrió el ataque de Diana a cuestas:

— ¡Bill, Bill, Bill, resiste! — Su amigo le decía que estaba bien. — ¡No te mueras! — Protestó otra vez, diciendo que no le mataran tan pronto. Luego, mientras ignorando a su querido compañero, le gritó al líder del equipo: — ¡¿No lo ves capitán!?  ¡Nos quieren destrozar, es cien por cien realidad! —

El capitán no dijo nada, porque era cierto. Entonces, intervino otro jugador:

— ¡Capitán, deberíamos rendirnos! ¡Esto no es un sueño, han venido a aquí a rompernos la cara! —

— Debemos huir, cuanto antes, mejor. — Añadió otro, que temblaba como un flan. Y su compañero que estaba al lado, comentó esto también:

— Tenemos que llamar a la poli y que nos protejan. —

— ¡¿Eres idiota o qué!? ¡Nadie nos tomaría en serio! Esas horribles chicas se harán las santas y nosotros quedaremos como los malos malosos. —

Miraron hacia las chicas y vieron que estas les estaban observando, y se pusieron pálidos, ya que sus imaginaciones hicieron dibujar unas miradas que deseaban sangre, mientras se mostraban adorables e inocentes. Con la rapidez de un rayo, ellos giraron desesperadamente sus cabezas hacia al otro lado, intentando ignorar eso. Al ver el estado del equipo, el capitán se llenó de valor y les gritó:

— ¡No! — Él también tenía miedo, pero tenían algo que defender, y tenían que luchar. — ¡No podemos! ¡Por el bien de los hombres, no podemos permitir perder esta batalla! ¡Y s-sí la estamos perdiendo, tenemos un orgullo que mostrar! ¡Hay que pelear hasta al final! —

Sus gritos de ánimos pudo levantar la moral del equipo que estaba en los suelos. Si eran hombres de verdad, tenían que demostrarlo hasta al final, eso era lo que creía el capitán y lo que transmitió al resto.

Jovaka fue la siguiente. Antes de salir, se decía mentalmente que estaba del parte de los chicos y que iban a ganar con ella. Por eso, la serbia se preparó a conciencia para perder y pensaba no tocar la pelota por todos los medios. Salió con el bate siendo arrastrado, y al llegar a su posición ni siquiera lo levantó del suelo, mientras le decía nerviosamente esto al lanzador:

— ¡V-vamos, lanza la pelota! — Dio una sonrisa confiada que aterró a los jugadores del equipo rival, mientras pensaba que esto de perder a propósito iba a ser muy fácil.

Pero lo que no esperaba es que, cuando vio la pelota de béisbol salir hacia ella, su cuerpo tuvo un acto reflejo y golpeó la pelota, con tanta fuerza que se la devolvió al lanzador y chocará contra su cara, tirándole en el suelo y con un diente menos.

Mientras el equipo rival corría hacia a su otro compañero caído en combate para socorrerle, Josefa, muy enfadada le gritó esto a Jovaka: — ¡Idiota! — Y ella se la devolvía con más insultos. Entonces, se pusieron a pelearse.

— ¿Tú las entiendes? — Eso le preguntó un jugador uno a su capitán, incapaz de comprender por qué se estaban peleando.

Ninguno podría entender que querían esas chicas realmente y cuál era el propósito de este absurdo partido. No comprendían el porqué la jefa de las feminazis que querían partirles la cara se peleaba con sus seguidoras cada vez que ellas atacaban a uno del equipo rival, si esa era su intención. Ni siquiera el capitán, que respondió la pregunta con esto:

— ¡A las mujeres no hay quién se las entienda! —

El próximo era Mao, que, al enterarse, no dejó de suspirar y poner cara de puro cansancio. A pesar de que no quería participar en esta estupidez, salió hacia su posición, arrastrando el bate como si fuera un condenado a muerte. Lo único que deseaba con toda su alma era volver a casa y vaguear.

Al llegar, le preguntaron esto: — ¿Preparada? — Respondió con un sí, totalmente desmotivado, y levantó el bate, que ni siquiera lo iba a mover.

Y no se movió ni un músculo, cuando la pelota fue lanzada. Por desgracia para el receptor, que no lo detuvo con su guante, sino con su entrepierna. Cayó al suelo, gimiendo de dolor; mientras todo el mundo miraba con la boca abierta. Mao miró hacia atrás y gritó esto, totalmente incrédulo:

— ¡¿En serio!? — Luego, dijo estas palabras: — ¡No es mi culpa! — Y se fue del campo.

En aquel momento, Josefina tuvo que aceptar lo que parecía ser la verdad, después de observar cómo sus amigas hicieron daño inconsciente a los chicos del equipo rival.

— ¡Oh dios! ¡Os he pegado mi mala suerte! ¡Esto es horrible! — Gritaba aterrada, maldiciendo a aquella horrible galleta de la suerte. No solo le trajo la mala suerte sino que se la contagió a las demás, sintiéndose fatal.

— Es totalmente ilógico, pero no hay una explicación racional para esto. — Comentó Malan, muy pensativa ante lo que estaba ocurriendo. Le parecía interesante, pero no podría asimilar que esto tuviera otra razón que no fuera sobrenatural, aún cuando no tenía ni idea de lo que pasaba.

— ¡Genial, yo también tenjo un supelpodel! — Por su parte, Diana gritó llena de felicidad, deseosa de convertirse en una super villana.

— Tengo que reconocerlo, pero esto ya es siniestro…— Añadió Mao, que tampoco podría entender lo que pasaba. Algo parecido pasaba con Alsancia y Jovaka que le daban la razón al chino.

Ya llegó el siguiente turno, y el equipo estaba aterrado:

— ¡Capitán! — Le decía uno. — ¡Es su turno! — Él puso una cara de puro terror, al saber que era la próxima víctima. Quería huir, escapar bien lejos pero tenía que quedar bien, luchar por sus compañeros caídos, aún cuando sabía que era imposible. Por lo menos le quedó el consuelo de que atrevió a enfrentarse a ese monstruo. Lleno de valor, salió al campo, siendo animado por todo su equipo y que se callaron de golpe, cuando vieron quién iba a entrar:

— ¡Es mi turno! — Gritaba Josefina mientras salía al campo e iba a su posición. Cuando estaba preparada, con el bate en alto, dijo esto:

— ¡E-estoy lista! —

Intentó parecer lo más alegre posible, a pesar de que sentía que su genial plan ya había fracasado hace rato. A pesar de todo, aún cuando creía que había dado mala fama a sus amigas, esperaba y rezaba para que le saliera a ella bien, que la maldición que aquellas galletas no hiciera efecto esta vez.

Estaba para fallar y no dar ni una, para demostrarles que ella solo era una una inofensiva chica que no haría daño ni una mosca, social y buena gente.

Si lo consiguiera, tal vez los chicos se le volverían a acercar y podría finalmente tener amistades masculinas. Se imaginaba a ella misma dándoles la mano al capitán por el partido, mantener una amistad con él o con sus amigos e incluso terminar saliendo con uno de ellos. Mientras Josefina estaba ocupada con su fértil imaginación, el capitán estuvo llenándose de valentía para gritar esto:

— Y-yo también. — Eso decía, rezando por primera vez en su vida y esperando una pequeña esperanza, un rayo de sol para los todos chicos del instituto, para no sucumbir ante la tiranía de aquella chica y sus maléficas seguidoras.

Y no es solo el capitán, todo su equipo empezó a rezar por él y por ellos. Algunos incluso juntaban sus manos desesperadamente, mientras cerraban sus ojos para no verlo; y otros seguían animándolo:

A continuación, el capitán añadió en voz baja, después de besar la pelota, para tener suerte; esto: — ¡Esto va a por vosotros! —

Esto lo dijo pensando en todos los que habían caído y los que confiaban en ellos. Y luego, lanzó la pelota con todas sus fuerzas, quería mostrarle a aquel monstruo en forma de chica que iba a luchar hasta al final.

Y Josefina solo movió el bate a lo tuntún, evitando golpear la pelota. Cerró los ojos inconscientemente, mientras rezaba a la virgen de Guadalupe que protegiese a aquel chico de algún desagradable accidente por culpa de la maldición. Entonces, oyó esto: — ¡S-strike uno! —

Abrió los ojos poquito a poco y miró hacia al receptor. Al ver que había detenido la pelota, puso una gran sonrisa que irradiaba mucha felicidad, sin darse cuenta de que el chico que lo paró, tenía un rostro que expresaba horror, y aún más cuando vio la alegría que mostraba Josefina. También ignoró un golpe que se oyó muy fuerte ni gritos que pedían ayuda desesperadamente

— ¡Lo he hecho, chicas! ¡He fracasado! ¡Ahora no creerán que soy un monstruo! — Eso les gritaba con toda la felicidad del mundo a Mao y a las demás, mientras daba saltos de alegría y corría hacia ellos.

Y cuando llegó a la cueva, vio que todas tenían una expresión de seriedad y preocupación que alertó a Josefina.

— ¡¿Q-qué pasa!? — Preguntó aterrada.

— ¡Deberías mirar atrás! — Le respondió Mao, mientras le señalaba al lanzador. Ésta giró la cabeza y lo vio.

Todos los del equipo rodeaban a su capitán, llorando desesperadamente, diciendo que su muerte no sería en vano, mientras que él, que casi perdió la conciencia, se puso en modo dramático y estaba dando sus últimas palabras. Josefina se dio cuenta de lo que hizo, sin querer lanzó el bate hacia al cielo y aterrizó en su cabeza.

— ¡Monstruos, sois unos monstruos! — Y los chicos del equipo rival le empezaron a decirles cosas. — ¡Comparado con esto, el patriarcado es muchísimo mejor! — Gritando de rabia y sufrimiento. — ¡Nos has matado al capitán! — Mientras llamaban desesperadamente a la ambulancia.

— ¡¿Qué he hecho para merecer esto!? — Gritó Josefina con todas sus fuerzas, al ver lo que había hecho. Mao y las demás se quedaron en blanco, aún incapaces de asimilar que hubieran destrozado inconscientemente y literalmente a un equipo de béisbol.

Este acontecimiento se grabó a fuego en aquellos valerosos jugadores de béisbol que lucharon contra la imposición de la tiranía y el terror de la mexicana llamada Josefina. Su terrorífico combate que acabó en una triste y humillante derrota se circuló por todo el instituto, y luego por toda la cuidad. Springfield se sumió en una época de oscuridad y caos, bajo las manos de unas chicas tan violentas y feroces como leones, tan malvadas como los nazis y los comunistas, tan fuertes y poderosas como elefantes o bombas nucleares, y sobre todo están llenas de odio terrible hacia los hombres. Así nació una leyenda, la de “Las Bullying Girls”.

O así dicen los rumores.

FIN

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