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Las Gemelas del Este, sexagésima séptima historia.

Un miércoles por la tarde, Mao y Jovaka venían del supermercado, con bolsas en las manos y con la serbia pegada al brazo de él. Clementina no quiso ir a comprar tras ver en la noticia el ataque de terrorista de un país lejano y era incapaz de acercarse a uno sin imaginarse todo eso.

— ¡Como pesan estas cosas! — Protestaba Mao, quién quería llegar rápido a casa.

— ¡Es tu culpa por ver la tele! ¡Qué esa se lo cree todo! — Le regañó Jovaka. Mao, molesto, le dijo que se soltará de él.

— ¡Ni de ninguna manera! — Le decía. — ¡No puedo soltarte, la calle está llena de peligrosas mujeres! — Mao al escuchar eso se le quedó mirando mal, pensando que estaba las veinticuatro horas con chicas a su alrededor y no le había pasado nada, ya estaba acostumbrada a estar con ellas en la misma habitación. Entonces, vieron a pocos metros de su casa, a dos niñas que intentaban esconderse detrás del único poste de luz del lugar, como si estuvieran espiando algo. Se dieron cuenta de que su objetivo no era nada más ni nada menos que el hogar de Mao

— ¡Whoa, éste es la base de Las Buliying girls! — Decía una de ella. Jovaka preguntaba aterrada a Mao de quién estaba hablando y éste se preguntaba por qué estaban mirando su casa.

— ¡Es un escondite perfecto! ¡Nadie pensaría que esa tienda para viejos fuera su escondite! — A Mao le molestó mucho que hubieran llamado a su tienda de antigüedades así, y Jovaka no entendía nada, decía que estaban equivocada.

— ¿Y qué deberíamos hacer?  — Le preguntaba a la otra. — ¡Pues acercarnos y pedirles que nos admiten! — Le contestó y la otra, con miedo, le replicaba:

— ¿Y si nos matan por haber descubierto el escondite? —

Mao, harto de tanto misterio, se acercó a esas chicas y Jovaka le decía que tuviera cuidado, sin soltarse del él ni un momento.

—¡Hey, vosotras! ¿Qué estáis haciendo? — Eso les dijo cuando ya estaba detrás de ellas. Las dos chicas se quedaron paralizadas, pensando que habían sido descubiertas y que sus vidas estaban en peligro. Cuando Mao, al ver que no decían nada; les repitió la pregunta, ellas se miraron la una a la otra buscando una solución. Tras mirarse mucho, decidieron hacer lo que habían planeado, se juntaron las manos y miraron hacia a él y a Jovaka, antes de pedirles esto:

— ¡Queremos unirnos a Las Bullying Girls! — Tanto Mao como Jovaka se quedaron cuadrados al escuchar eso.

Así descubrieron a través de las dos chicas que el instituto entero y gran parte de la cuidad, por culpa de aquel partido de béisbol nefasto, las conocían ahora como “Las Bullying girls”, un grupo violento de chicas delincuentes que sembraban el caos en dónde pasaban, convirtiendo Springfield en un lugar poco seguro para los chicos. Tanto Mao como Jovaka, Alsancia y los canadienses no se podrían creer lo que estaban escuchando. Clementina le preguntaba al gerente qué habían hecho ellas el lunes pasado.

— Entonces, ¿queréis entrar? ¿Por qué? — Eso le decía Mao a aquellas dos niñas que se estaban atiborrando de comida que había preparado Clementina.

Esas dos chicas, que querían formar parte de tal grupo, eran exactamente iguales, como si fueran dos gotas de agua. Mao pregunto si eran gemelas y ellas dijeron que sí. Llevaban el mismo vestido y medias, la misma estatura, el mismo pelo corto y moreno, que apenas llevaba al hombro; y muchas pecas en la cara, debajo de los ojos.

— Yo soy Aleksandra Pilsudki, la de la flor de la derecha. Alex para los amigos. — Eso le dijo una de ellas cuándo Mao preguntó quiénes eran, y se dio cuenta que quería decir con “la flor de la derecha”, tenía al lado derecho de su cabeza una margarita.

— Yo soy Sanacja, la de la flor de la izquierda. Mi padre eligió mi nombre estando borracho, así que quiero que me llamen Sanae. — Eso dijo la otra, la que llevaba una rosa en la parte izquierda de la cabeza.

— ¡Y juntas hemos venido a unirnos a las Bullying girls! — Gritaron ellas, tras hacer juntas unas poses. Mao se quedó sin saber que decir, los demás también. Y Alex y Sanae tras ver como habían dejado habla a todos, pensaron que los estaban sorprendiendo.

— ¿Y saben? Podemos hacer la función de espías. ¡No, es una especialidad nuestra, que viene de familia! ¡Nuestro papá fue espía polaco en Alemania capitalista! ¡Podemos hacer fotos! ¡Grabar conversaciones enteras! ¡Robar documentos importantes! ¡Fastidiar al enemigo! ¡Y conseguir muchísima información! ¡Y se nos olvidaban, somos hackers profesionales! — Esto lo dijeron al unísono, a la perfección, dejando tan sorprendido a los demás de la sincronización que empezaron a aplaudir por eso, no por otra cosa.

— ¡Sanae! ¡Nuestra presentación ha sido perfecta! — Le decía a su hermana, feliz, al notar como las aplaudían.

— ¡Es verdad! ¡Eso quiere…! — Eso le decía a Alex, igual de contenta, para luego decir juntas, al tocarse las manos mutuamente: — ¡Qué estamos admitidas! —

— ¡Hey, hey, párense! — Les decía Mao. — ¡Esto no es un club! — Les quería explicar que ellos no eran lo que ellas pensaban que eran, un grupo de chicas delincuentes, nada más lejos de la realidad. Pero ellas entendieron otra cosa.

— ¡Es verdad! — Decía Alex. — ¡No podemos entrar por la cara! —

— ¡Eso es! ¡Quiere decir…! — Decía su hermana, para hacer otra vez el numerito de antes y decir esto al unísono: — ¡Hay que demostrar nuestra valía! —

Mao quería decirles que eso no era lo que quería decir, pero esas chicas no le dejaron hablar:

— ¡Demostraremos nuestra valía, jefa! ¡No se preocupe! ¡Espiaremos a su enemiga mortal, a Nadezha nosequé! — Y salieron corriendo de la casa, dejando los platos limpios, sin ningún resto de comida.

— Mao, esto se ha convertido en una guardería. — Le dijo Jovaka a Mao, tras ver lo que había pasado.

— Espero que ellas no nos haya espiado. — Eso dijo Mao, tras escuchar como ellas sabía el hecho de que Nadezha era su enemiga. En realidad, si recopilaron información, siendo la espiada, Josefina, y después las demás, y por estos seguimientos supieron muchas cosas como esa. Las dos chicas también espiaron a la rusa y consiguieron muchas cosas. Dejando eso a un lado, se preguntaba también una cosa muy importante: ¿Por qué querían ellas entrar en este supuesto grupo de chicas delincuentes?

Tras un buen rato andando, las gemelas llegaron a la casa de Nadezha. Estaban algo aterradas ya que la información que consiguieron no hablaba muy bien de ella, más bien decía que era como una osa. Se cogieron fuertemente de la mano para llenarse de valentía y entrar en su casa. Entonces vieron salir de la casa al tío de la rusa, aunque ellas creyeron que era su papá, y decidieron actuar, ya tenían un plan en mente.

— ¿Así que sois amigas de Nadezha y la estáis buscando? — Eso dijo él, tras ver que ellas se presentaban ante como sus amigas y le preguntaban si estaba — Pues no está. — Esa era la respuesta que esperaban.

— ¿Podemos entrar en su casa a esperarla? — Le decían al unísono. Éste dudó pero al final ingenuamente decidió que se quedaran en la casa y que no provocaran molestias hasta que volviera ella, ya que Nadezha le dijo que iba a volver poco después del anochecer, mientras él iba a estar cenando con una mujer que había conocido por Internet.

— ¡Lo hemos conseguido! ¡Ha sido fácil! —Esto se dijeron la una a la otra mientras chocaban los cinco con toda la felicidad del mundo, tras quedarse solas en la casa, y tras decir el tío de Nadezha que se portaran bien antes de irse.

Rápidamente se fueron a buscar algo con que avergonzar a la supuesta enemiga de las “Bullying girls”, información comprometida para ella y al primer lugar al que se dirigieron fue hacia su cuarto, hacia el cajón de la ropa interior.

— ¡Esta mujer no tiene nada sexy, sus bragas son de los más infantil! —Eso decía Alex, mientras observaba y comprobaba lo que tenía de bragas.

— Un cuarto de lo mismo con sus sujetadores. ¡Wow, es copa B! — Eso decía su hermana Sanae, mientras miraba el cajón de los sujetadores.

Entonces, de repente, empezaron a escuchar voces, eran de Nadezha y otra persona más. Se pusieron muy nerviosas y empezaron a meter toda la ropa que tiraron al suelo con gran velocidad y nerviosismo. Se sentían atrapadas y no sabían qué hacer, y empezaron a sudar como cerdos, cuando oyeron que estaban subiendo hacia la habitación en dónde estaban ellas.

— ¿Qué hacemos, Alex? ¿Qué hacemos? — Le preguntaba muy alterada su hermana, pero ella actuó y se le ideó un lugar para esconderse. Le decía a Sanae que no se preocupará, que todo iba a salir bien mientras le señalaba que había que esconderse debajo de la cama, y eso hicieron.

— ¡Qué cansada estoy! — Eso dijo Nadezha al entrar en su habitación.

— ¡Aún no te has recuperado del todo, no deberías haber hecho esfuerzo de más! — Le regañaba la otra persona, quién era nada más ni nada menos que su novio Vladimir, algo preocupado por ella, tras ver como se dedicó a cortar leña con su suegro, aún no había pasado mucho tiempo por lo del accidente que tuvo cuando salvó a Sasha.

— ¡Ya estoy bien, no te preocupes demasiado! — Le decía ella mientras se sentaba en la cama, feliz ante el hecho de que estaba preocupado por él y a la vez pensando que tal vez no debería hacer mucho ejercicio físico para no preocuparlo, ya le había visto llorar mucho en el hospital y no quería verlo nunca más.

— El doctor dijo eso. ¡Y no me gustaría que volvieras al hospital! — Eso le decía mientras le abrazaba a Nadezha con ganas de llorar. Después de todo, sufrió bastante cuando se enteró que ella se partió la pierna.

— No te preocupes, haré todo lo posible por cuidarme lo suficiente. — Y se besaron mientras se quitaban la ropa. Mientras tanto las gemelas, que no entendía de que iba el asunto, veían como caía la ropa de la cama al suelo, imaginándose lo que iba a ocurrir a continuación.

— ¡Qué no lo hagan! ¡Qué no lo hagan! — Se decía ellas en voz baja, esperando que no pasase eso, pero ocurrió, y así fue como la infancia de estas gemelas quedó destruido para siempre.

Duró más de lo que esperaban ellas, tuvieron que aguantar más de dos horas de todo tipo de ruidos y movimientos molestos que hacía cama sobre ellas.

— ¡Ha sido horrible! ¡Qué asco! — Eso decía Alex tras ver que por fin se cansaron de tanta marcha y ya estaban durmiendo. No le gustó para nada la experiencia.

— ¡Pues a mí me ha parecido excitante! — Por el contrario, su hermana estaba roja al escuchar todo el rato y le gustó. Alex la miró mal, pero decidió ignorar ese comentario y salir afuera de la cama.

— ¡Yo iré primera! — Le decía a Sanae. — ¡Ten cuidado, Alex! — Le dijo su hermana, preocupada.

Empezó a arrastrarse poco a poco y intentando hacer el menor ruido posible, con el miedo metido en el cuerpo. Y cuando salió de la cama siguió arrastrando, mientras quitaba del medio la ropa que estaba en el suelo hasta la puerta, a pesar de que su hermana le decía que ya podría levantarse.

— ¡Ahora, Sanae! — Le decía eso a su hermana, y ésta tras llenarse de valentía expiando y inspirando se arrastró poco a poco hacia fuera, con el suspense en el aire. Y cuando consiguió salir de la cama, Nadezha se movió y las dos gemelas se quedaron paralizadas, deseando que no se desesperara por nada del mundo. Al ver que no pasó nada, Sanae se levantó y empezó a andar con mucho cuidado.

— ¡Lo has conseguido, Sanae! — Le gritó su hermana, celebrando que pudieran haber salido de la cama y la abrazó muy fuerte. Se olvidaron de una cosa, de que aún estaban en la casa de Nadezha y de que no debían dar gritos, o si no iban a despertar a la osa de la casa.

— ¿Quiénes sois? — Esas frías palabras hicieron girar las cabezas de las gemelas hacia la cama, y veían a una Nadezha que las observaba con una mirada aterrada. Entonces repitió la pregunta y gritó como un ogro, espantando a Alex y a Sanae, saliendo ellas corriendo como un cohete.

— ¡No huyan! — Les decía una Nadezha enfadada que las perseguía desnuda.

Y éstas, viendo que estaban en peligro, para salvar el pellejo, no tuvieron mejor idea que encerarse en el cuarto de baño.

— ¿Qué hacemos, Alex? — Eso decía a su hermana, mientras veía que no había una ventana de su tamaño para escapar y como Nadezha golpeaba furiosamente y sin parar la puerta pidiéndoles que abrieran la puerta o si no la abriría ella por la fuerza.

— ¡No te preocupes, necesito tiempo! — Eso le decía a Sanae, mientras aprovechaba el momento para hacer pipi. Ésta al ver lo que estaba haciendo, le regañó diciendo que no era el momento para eso, que estaban en peligro. Gracias a eso se le ocurrió una idea.

Y Nadezha, siguió golpeando sin parar, gritándoles que abrieran la puerta. Quería saber por qué estaban en su casa esas desconocidas y regañarlas fuertemente por eso. Entonces tocaron el timbre y ésta cesó de golpear, diciendo que ya iba. Dándose cuenta de que estaba desnuda se fue a su cuarto a vestirse, olvidándose de esas chicas.

— ¡Aquí tiene la pizza Carbonara con cebolla y la Chicken and Cheese de tamaño familiar que han pedido! — Esto dejó boquiabierta a Nadezha, que tras abrir la puerta vio como le traían pizza, y de las más caras, a su casa sin que ella lo había pedido.

— ¡Aquí tiene la cuenta! — Le decía el repartidor mientras le entregaba el papel de la factura. — ¡Espero que sus hermanas lo disfruten! — Eso dijo a continuación, al ver a las gemelas salieron del baño y estaban andando de puntillas por el salón. Se quedaron paralizadas al notar que las señalaba, cuando Nadezha le preguntó que estaba diciendo.

— ¡Esas pizzas son muy buenas, te lo aseguro! — Eso dijo nerviosamente Alex por decir algo.

— ¡Lo mejor de todo Springfield! — Añadió, por su parte, su hermana Alex.

Más tarde, en la casa de Mao, el teléfono empezó a sonar y, tras cogerlo Leonardo y ver quién era, se lo pasó al chino.

— ¡Gerente, es Nadezha! — Le decía a Mao, quién protestaba por levantarse del suelo y se preguntaba molesto qué quería ella.

— ¿Qué quiere…? — Mao, tras coger el teléfono, no pudo terminar la frase porque Nadezha le empezó a gritar con furia y sin parar. Éste le decía que se tranquilizase.

— ¿Y cómo me voy a tranquilizar? ¡Has enviado a unas niñas a que entren ilegalmente a mi casa! — Le gritaba eso mientras Mao escuchaba mucho ruido de fondo. Eran las gemelas zapándose las pizzas que habían encargado mientras Vladimir comía algún trozo, ya que no tenía mucha hambre.

— ¿Espera qué? — Decía Mao, acordándose de las gemelas. — ¡Oh dios, lo han hecho de verdad! — No se creía que aquellas niñas hicieran eso en eso.

— Pues bien, ahora es tu responsabilidad. — Eso le decía a Mao mientras su novio le decía a las gemelas, que comían sin parar, que dejasen un trozo para Nadezha.

— ¿Y por qué la mía? — Le parecía injusto eso.

— Fastídiate, pero me vas a pagar las pizzas que han pedido. — A Nadezha le dolían esas pizzas, porque se quedó sin nada de su paga al pagarlos.

— ¿Qué? ¡De ninguna manera! — No sabía qué había ocurrido, pero al escuchar que tenía que pagar se puso malo, y no quería ni gastar ni un céntimo. Y se lo iba a decir claro a Nadezha, pero ella cortó el teléfono, cansada de hablar con Mao.

FIN

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