Sin categoría

Las niñas y la estafadora, sexagésima octava historia.

Josefa quedó muy afectada por aquel aparatoso partido de béisbol, no pudo reconciliarse con los chicos, ni siquiera pudo limpiar su nombre. Es más, se hizo una leyenda y les pegó la fama a sus amigas, y su madre les quitó la consola a los chicos e iba a controlar la tele para que no hubiera contenidos violentos, ganándose el odio de sus hermanos. Les dio a una gran charla sobre lo horribles que son la violencia y el acoso escolar, así en un intento de que su hija no se volviese delincuente.

Por eso, Malan decidió ir a su casa y sacarla de ahí, le iba a enseñar algo que sabía que la iba a animar.

― ¿Adónde vamos? ― Le decía Josefa, aún con la tristeza que llevaba en el cuerpo tras ese día fatídico.

― Es una sorpresa, así que espera. ― La mexicana, al oír eso, se animó y se quedó callada, preguntándose felizmente qué era eso. Se imaginaba un montón de cosas, algunas rozando el absurdo.

Y no fue decepcionada cuando vio la sorpresa de Malan, que era un puesto callejero de comida mexicana. Josefa gritó de alegría y luego, le abrazó tan fuerte que iba a ahogar a su amiga, quién le pedía que no le apretara tanto.

― ¿Qué hacéis ustedes aquí? ― Una voz conocida les preguntó eso y Josefina al girar gritó de sorpresa.

― ¿Qué haces tú aquí, satánica? ― Era Khieu, quién estaba sirviendo la comida junto a otros dos, que eran sus padres, los propietarios.

― ¡No me llames así, por favor! ― Le gritó, molesta y cansada del mote.

― ¿Pero qué haces aquí? ― Le preguntó Josefina, sin entender que hacía una asiática en un puesto de comida mexicana.

― Sus padres dirigen un puesto de comida que mezcla lo vietnamita con lo mexicano. ― Le respondió Malan a Josefina, quién lo entendió todo; y Khieu se quedó sorprendida de que supiera eso.

― ¡Dos culturas en uno! ¡Oh, Dios mío, por la virgencita de Guadalupe! ― Ella estaba bastante contenta y no sabía qué pedir, todo le parecía muy apetitoso, y deseaba devorarlos todos. Malan, al verla en ese estado, supo que había hecho bien en traerla ahí. Al final, tuvo que elegir la africana, ya que Josefa era incapaz de hacerlo. Khieu le dio envidia que se llevaran tan bien como amigas, mientras las observaba.

― Gracias, Malan. ― Eso le decía Josefina muy agradecida, mientras devoraba la comida sabrosa que había pedido la africana. Estaba llorando de pura felicidad, sitiándose agradecida por tener una amiga como ella.

― Es la sexta vez que lo dices. ― Añadía Martha Malan algo avergonzada, mientras comía como un pajarito lo que compró. Le sorprendía gratamente que se hubiera puesto tan feliz, no se esperaba un efecto de esta magnitud.

Las dos estaban en el parque, sentadas en el banco, cuando apareció por ahí una anciana repartiendo boletos de lotería. Entonces, Josefa pensó comprar uno, por si le tocaba algo; pensando que hoy tenía tanta suerte que incluso podría ganar el gordo, y así repartirlo entre sus amigas, sobre todo una gran parte a Malan por animarla.

― ¡Malan, deséame suerte! ― Eso le dijo a su amiga, tras levantarse y terminar la comida, mientras se dirigía a aquella mujer y sacaba el dinero del mes que le quedaba para comprarlo. Malan se quedó ahí, observando desde lejos. A lo primero, se pensó que quería decir exactamente, pero, al ver a la supuesta anciana, se dio cuenta de lo que iba a hacer ella y decidió esperarla hasta que terminara de comprar.

― ¡Vendo boletos! ¡Si le tocan recibirán un millón de dólares! ¡No se pierdan esta gran oportunidad, señores y señoras! ― Gritaba aquella anciana mujer, mientras se acercaba a los transeúntes que pasaban por ahí. Eran muchos los que compraban, deseando que le tocaran el gordo, ser millonarios y dejar la vida de mierda que creían tener. Ella, entonces, escuchó como alguien la llamaba:

― ¡Hey, venerable anciana! ¡Yo también quiero uno! ― Eso le decía Josefina mientras se acercaba a la mujer.

― ¡Oye, tú! ¡Que aún soy bastante joven! ―Le gritaba molesta tras ver cómo le llamaba “venerable anciana”.

― ¡Perdón, perdón!- Se disculpaba Josefina, mientras le mostraba el dinero. ― Un boleto de lotería, por favor. ― Al oír la mujer eso, se le quitó todo el enfado y puso una sonrisa un poco sospechosa, mientras cogía el dinero y le daba el boleto a Josefina, quién se fue contenta de ahí.

En la tarde del día siguiente, la mexicana se fue corriendo gritando de felicidad a la casa de Malan. Le decía que le había tocado el gordo sin parar y sin poder la africana detenerla un rato para entender lo que le había ocurrido. Luego, la mexicana se la llevó a la casa de Mao para comunicarles a todos la gran sorpresa de su vida.

― ¡Mao, chicas! ¡Me ha tocado la lotería! ― Eso gritó a pleno pulmón cuando entró en el salón a comunicarles la gran noticia, mientras tenía de la mano a una Malan incapaz de controlarla y saber lo que le pasaba.

― ¡Wow! ¡Eso es increíble! ¡Danos algo!― Ahí estaban las gemelas Alex y Sanae, quiénes fueron las primeras en reaccionar, y le hablaron como si fueran conocidas, cuando era la primera que las veían para Josefa y Malan.
Aparte de ellas estaban Jovaka, quién dormía plácidamente al lado de Mao; Alsancia y Diana, quienes estaban observando con mucha atención como Clementina intentaba terminar un jersey que le estaba costando mucho hacer.

― ¿Quiénes sois vosotras? ¿Qué hacéis aquí? ― Gritó Josefina otra vez, sorprendida de ver a esas chicas, desconocidas para ella, vagueando en el salón junto a las demás. Lo mismo le pasó a Malan, que también se había sorprendido por ver gente nueva en el salón, aunque controló su reacción de sorpresa.

Mao tuvo que hacer las presentaciones y cuando Josefina lo oyó todo, se puso feliz con el hecho de iba a tener como amigas unas gemelas, decía que era el mejor día de su vida. No le importó el hecho de que éstas le habían dicho que la habían espiado. Malan quedó impresionada con esas chicas, por la sincronización que presentaban al hablar y fueran tan iguales.

Después de las presentaciones, Josefina contó su historia. Mao le pidió a Martha que lo mirase en su móvil, para asegurarse si era verdad o no, y Josefina protestaba molesta, al ver que no creían en ella.

Cuando puso los resultados, la africana se los dijo. Se quedó boquiabierto, pero aún así pensaba que era un error y le dijo esto a ella:

― ¡Déjame ver eso! ¡No puede ser cierto…!―

Y éste miró el móvil fijamente, mientras lo comparaba con el boleto, que se lo dio Josefina. Miraba una y otra vez, temblando, incapaz de creerse lo que estaba viendo. Era el mismo número, eso estaba fuera de toda duda.

― ¡Lo ves, Mao! ¡Todo está correcto! ― Decía Josefina, muy orgullosa y feliz por este golpe de suerte tan grande. Las gemelas se acercaron a ver y, al observar eso, se dieron cuenta de algo.

― Sanae, ¿recuerdas que el domingo pasado papá compró un boleto y pensando que le había tocado el quinto premio se fue a la sede a reclamar su dinero y le dijeron que era falso? ―Le dijo a su hermana, tras observar eso detenidamente.

― Es verdad. ― Esa fue su respuesta a su hermana.

― ¿No dirán que es un boleto falso? ― Preguntó Josefina, temiendo lo peor. Entonces,

― ¡Vamos a ver! ―Dijo Malan, mientras se acercaba a ellos y observaba el boleto. Luego, les preguntó a los demás: ― ¿Alguien tiene un boleto parecido a éste? ―

Clementina dijo que sí y los buscó. Tras sacarlos de un armario, las chicas los comparaban con el boleto de Josefina. A simple vista, parecían iguales, pero, después de observarlos detenidamente, comprobaron que era falso.

― ¡No puedo ser!― Eso decía Josefa echándose para atrás y con el shock metido en el cuerpo. ― ¡Es imposible! ― No quería que eso fuera verdad.

― ¡Y yo que creía tener suerte, ahora resulta que es falso! ― Y empezó a llorar de la completa rabia que sentía.

Todos se quedaron callados sin saber que decir para consolarla, mientras Jovaka dormía como un tronco sin enterarse de nada.

Al día siguiente, Malan fue en busca de Josefina, quién estaba aún dolida por eso:

― ¿Adónde vamos? ― Le preguntaba Josefina, con pocos ánimos de andar, mientras veía como la tomaba de la mano.

― Vamos a buscar a esa persona que te ha estafado. ― Decía Malan, muy seria. No estaba dispuesta a dejar las cosas como están. Josefina soltó su nombre débilmente, sorprendida de que quisiera hacer justicia y entrándole ganas de llorar. Ellas la encontraron en el mismo lugar, vendiendo boletos.

― ¡Esa bruja! ― Gritaba una Josefa enfadada, quién iba a por ella y decirle unas cuantas cosas, pero Malan la detuvo.

― ¡Espera, Josefina! ― Le decía Malan mientras sacaba una fotografía con su móvil. ― Vamos a esperar un poco. ― Ella deseaba observar a aquella mujer y a recopilar pruebas, fotografiando momentos claves.

Y así estuvieron observando a aquella vieja vendiendo falsos boletos, y la seguían, ya que se movía por otros lugares engañando a muchos. Al final del día, se fue hacía al mismo barrio dónde vivía Mao.

― ¿Por qué está aquí? ― Se preguntaba Josefina cuando veían que esa mujer entraba en aquel barrio de calles estrechas que era un completo laberinto.

Y más perplejas se quedaron cuando vieron que esa anciana llegó y estaba abriendo la puerta de una casa que estaba al lado de la de Mao. Sabían que allí, que fue la antigua casa de Jovaka, vivía una mujer que no era tan vieja como la que estaban viendo, había algo muy raro. Malan decidió salir a la acción y se acercó a ella:

― ¡Oye, señora! ― Soltó Malan, sorprendiendo a la presunta anciana, que giró su cabeza hacia ella y dio un pequeño grito.

― ¡Yo no devuelvo el dinero! ¡Si no te ha tocado, aguántate!  ― Sin que Malan dijera nada, esa persona soltó esto muy nerviosa y alterada. Luego, intentó huir, pero su largo vestido de flores la hizo caer y darse un buen golpe contra el suelo. Entonces, las chicas descubrieron que esa mujer llevaba una peluca, que se le cayó por la caída. Se quedaron boquiabiertas.

― ¿Y por qué has estado estafando a todos? ―

Eso le preguntó Josefina más tarde, después de que Stephanie Stratus las invitará a la fuerza a su casa.

Tenía la intención de silenciarlas para evitar que dijeran la verdad, de que ella se disfrazaba de mujer mayor para vender falsos boletos de lotería.

― ¡No digas esas cosas! ¡Yo solo estoy haciendo negocios! ¡Estoy jugando limpio! ― Mentía descaradamente. ― ¡Yo he estado vendiendo boletos para conseguir dinero y dárselo a los pobres! ― Intentaba quedar bien, aunque en realidad quería ese dinero para comprarse un ordenador nuevo. Ninguna de las dos niñas se creía nada de lo que estaba diciendo esa mujer y ella lo notaba por sus caras.

― ¿Y pasa algo malo por vender esas cosas? ― Se defendió antes esas caras que le acusaban.

― Son falsos y los haces pasar por auténticos. Es un delito. ―Le replicó secamente Malan, y Josefina añadía que su amiga tenía toda la razón, que eso era malo. La mujer se dijo para ella misma que esas niñas se lo creían demasiado, pero las iba a bajar de pedestal, porque tenía un plan que creía que era muy buena y no podría fallar.

― Es verdad, un delito es un delito, pero si no se enteran, no lo es. Sobre todo cuando forman parte de él. ― Rió como hiena, creyendo que iba a ser fácil sobornar a unas niñas.

― ¿Qué quieres decir? ― Soltó Malan muy precavida, mientras se preguntaba qué quería esa mujer. Josefina se puso nerviosa al oír esas palabras y ver esa risa siniestra. Esa mujer no tramaba algo bueno.

― ¿Por qué no se unen a mí y venden boletos? Os daré mucho dinero. ― Esto lo dijo mostrando a las chicas un montón de billetes. Malan supo rápidamente de lo que se trataba, una especie de soborno.

― ¡Cuántos billetes! ―Gritaba Josefina al verlos. Ahora ella estaba atrapada en una encrucijada.

Los billetes le decían a la mexicana que lo hiciera por ellos, imaginándose la cantidad de cosas que se compraría ella. Entonces, Josefina recordó los acontecimientos de cuándo encontró por casualidad un montón de dólares y lo que sufrió por eso, y no deseaba pasar por lo mismo. No quería engañar a los demás, eso no lo haría una niña buena como ella; pero ese dinero la atraía, quería tenerlo.

La mujer veía como hacía efecto mostrar aquellos papelitos verdes, ya que una de ellas estaba dudando y seguro que aceptaría con mucho gusto.

Miró hacia la otra y le parecía ver que también estaba dudando. En realidad, Malan estaba pensando que había que hacer a la vez que observaba como Josefina dudaba. Había llegado a la conclusión de que tenía que dar una buena lección a esa mujer, hacerla arrepentir de utilizar a unas niñas para sus engaños y por eso se le ocurrió una idea.

―Señora… ― Le decía a ella, quién le molestó que le llamara así. ―Yo y mi amiga vamos a hablar del tema un segundo. ― Josefina le preguntó qué quería decirle y ésta le contó en secreto el plan que tenía.

Stephanie Stratus quería saber de que hablaban, pero decidió no hacerlo, pensando que su amiga, que parecía ser la inteligente, la convencía de que lo mejor era ser sobornadas por ella. Creyó que estaba en lo cierto cuando escuchó esto de aquellas niñas:

― ¡Vale, aceptamos el trato! ― Le dijo Malan, hablando por ella y por Josefina, y teniendo como resultado un montón de boletos por repartir. Les dijo a ellas como tenían que hacerlo: Ir por las calles repartiéndolos, con ropas de pordiosera y hacer como si tuvieran alguna discapacidad para dar más pena, les recomendó ir como ciegas. Otro consejo es que trataran de hablar de decir que estaban ayudando a una organización de esas que ayudaban a los demás.

― ¡Y por cierto, esto es un secreto entre nosotras! ― Les dijo Stephanie Stratus antes de echarlas de su casa.

― ¿Y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer con todos estos papelitos? ― Eso preguntaba Josefina en su cuarto tiempo después, quién estaba observando los papeles que le habían dado para vender con poca simpatía. Estaba con Malan, después de pedirle que durmiera con ella. Fue muy inesperado para la africana, que decidió no preguntar la razón.

― Ya te lo dije. ― Le decía Malan. ― El plan es simple y consiste en hacer como que hemos vendido todos los boletos falsos, entregándole dinero falso. De mi padre tengo un montón de dólares zimbauenses, podemos entregárselos, evitando que los vea antes. ― Eso era el plan de Malan, el que estaba en marcha para darle una lección a esa mujer.

― ¿Y cuánto vamos a esperar? ― Le preguntaba Josefina, mientras se ponía el pijama, tras decirle Malan que tenían que esperar unos días antes de entregárselos. ― Una semana. ― Esa fue su respuesta.

Y así pasó una semana, con la mujer molestándolas una y otra vez. Estaba impaciente y creía que, al ser ellas unas niñas, podrían conseguir el dinero más rápidamente. Al final, Josefina y Malan volvieron a su casa a mostrar todo el supuesto dinero que habían recolectado metido en una cartera.

― ¡Ah, por fin! ¡Lo habéis traído! ― Eso gritaba de felicidad al ver los billetes verdes.

Se sentía orgullosa y contenta de haberlas utilizado para conseguir dinero, e incluso pensaba conseguir su ayuda otra vez. Luego de reír como una loca,  les pedía impacientemente que le dieran la cartera. La africana temió que los observará y se diese cuenta de que no eran dólares estadounidenses, pero ésta solo miró por arriba.

― ¡Oh, gracias! ¡Habéis ayudado a los pobres! ― Les decía ella felizmente, mientras pensaba en el nuevo ordenador que se iba comprar. ― ¡Os daré lo vuestro! ― Y con esto dicho, le dieron a Josefina y a Malan un montón de dinero. Después, las echó de su casa.

― ¡Cuánto dinero! ― Decía Josefina, sorprendida, mirando el montón de dinero que tenía entre manos, imaginándose las cosas que iba a comprar.

― Son falsos. ― Le dijo Malan a Josefina, tras observar detenidamente aquellos dólares, y Josefina gritó decepcionada.

― No te preocupes, la engañada será ella. ― Añadió victoriosamente la africana, mientras le señalaba a Josefina como salía de su casa aquella estafadora, corriendo como loca, pensando en comprar en ese hermoso ordenador que vio hace meses.

Se fue a la tienda de informática en dónde estaba aquel ordenador con la cual estaba encaprichada y que deseaba conseguirlo ya. Al estar ante el establecimiento, vio que estaba ahí, en el mostrador; y se quedó mirando al cristal como si estuviera hechizada. Por fin, iba a conseguir aquella cosa que tanto deseaba desde hace meses y se auto-elogiaba por haber sido capaz de engañar a unas niñas y hacerlas trabajar mientras ella estaba en el sofá.

Entró con toda la confianza del mundo y se sacó los billetes, sin darse cuenta de lo que eran realmente, y se lo mostró al dependiente.

― ¡Todo este dinero por ese magnífico cacharro de ahí! ― Eso le decía mostrando sus mejores artes, mientras señalaba al ordenador y le daba el dinero. Éste, al verlo, se dio cuenta y, al ver la cara de gran confianza que tenía ella, pensaba que le estaba tomando por tonto, mirando con desprecio aquellos billetes que no valían nada.

Cuando llegaron Josefina y Malan a la tienda en dónde ella iba a comprar, vieron como la policía la sacaban de la tienda, gritándoles que unas niñas le había engañado. Josefina empezó a reírse y Malan le sacó una foto con su móvil. Ésta se dio cuenta y les miraba con ganas de matarlas. La mexicana le sacó la lengua y Martha hizo otra foto, mientras la introducían en el coche de policía.

FIN

 

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s