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Una cita después de una ruptura, septuagésima historia.

Cuando desperté recibí, la peor noticia del año. El estúpido de mi novio me dijo por teléfono que ya no me quería, que nuestra relación a larga distancia no funcionaba y tenía que terminar ya. Eso hice, tras mandarle a la mierda y salir a la casa de Mao a buscar consuelo.

― ¡Mao, Mao! ― Gritaba su nombre sin parar mientras entraba en su casa, con el descaro de entrar sin permiso. Lo siento mucho, de verdad; pero en aquellos momentos no podría pensar muy bien. Al verla, que estaba a punto de levantarse del suelo; salté hacia ella, que se quedó mirándome fijamente, muy sorprendida; y la abracé, llorando a moco tendido sobre su hermoso kimono de estilo otoñal.

― ¡Mao, Mao! ― Le decía una y otra vez.

― ¿Qué quieres, pesada? ― Eso me decía ella, mientras hacía como si quería que la soltara.

― Solo quiero que mi mejor amiga me consuele. ―

Tras decir esas palabras, que salieron de lo más profundo de mi corazón; ella me pidió que la soltará de una vez, que me iba a decir algo.

― Vamos a ver…― Puso una cara tan seria y linda. ― ¡Tú y yo nos acabamos de conocer hace semanas, hemos pasado poco tiempo y apenas nos conocemos! ¿No crees que es demasiado pronto para ser tu mejor amiga?-

― No. ― Eso le dije a Mao, porque estoy convencida de que estábamos predestinadas a ser las mejores amigas y no importaba el tiempo que llevábamos nuestra amistad.

-Vamos a ver, entiendo que la modernidad nos obliga a ser más rápidos, pero hay cosas que hay que hacerlas poco a poco.  ―Tras dar un gran suspiro, me intentó explicar algo, como si fuera todo un sabio.

Al parecer se acababa de despertar y había perdido una gran oportunidad perfecta de sacar una buena foto de ella, algo que me molestó algo. Pero eso no era lo importante, sino que había venido por otra razón. Así que lo olvidé y decidí ir directa al grano:

― No quiero discursos sobre la amistad, quiero que me consueles. ― Al recordar que me quedé soltera, empecé a llorar, tapándome la cabeza en la mesa, preguntándome el porqué y esperando que Mao me preguntará que me había pasado. Le tuve que dar un empujoncito, porque no se atrevía:

― ¡Mao, me tienes que preguntar que por qué estoy llorando! ― Le repliqué y ella hizo como le mandé, después de suspirar fuertemente. Entonces, se lo conté todo.

Le conté cómo lo conocí, cómo nos enamoramos, cómo me pidió salir y cómo nuestro romance poco a poco llega a desaparecer hasta quedar en nada. En todo ese tiempo ella me escuchó atentamente, o eso creo, porque cuando terminé mi historia estaba casi adormilada:

― ¿A qué es horrible? ¿A qué merece morir? ― Le pregunté, antes de seguir llorando.

― Sí, sí. ― Ella me daba la razón.

― Tú sí que me comprendes. ― Eso era la pura verdad, y la intenté abrazar, pero no me dejaba. Le decía que necesitaba cariño y me replicaba que no era necesario.

Volvía a sentarme y estaba cansada de llorar, y les pedía papel porque los mocos no me dejaban respirar. Mientras no dejaba de sonarme la nariz, mi estomago empezó a rugir sin parar. Me di cuenta de que no había comida nada desde la noche anterior, y pensaba pedirles comida a ellos, pero se me ocurrió algo mejor. Ya que yo había roto con el estúpido ese, lo tenía que celebrar a lo grande, comiendo en un restaurante o algo así, pero era feo no ir sola, así que decidí que Mao fuera conmigo:

― ¡Oye, tú! ¿Adónde me llevas? ― Me preguntaba ella, muy sorprendida, cuando me levanté y la cogí de la mano, sin darme cuenta de que no le dije nada de lo que iba a hacer.

― ¡Pues a ahogar mis penas! ― Le decía eso, esperando ahogar mis penas a lo grande y olvidarme de ese patán. Me replicó que lo hiciera sola, pero yo no podría, necesitaba a alguien a que me ayudará a olvidar.

Al final, decidió acompañarme y convertir este día de luto en uno feliz.

― ¿Adónde vamos? ― Me preguntaba ella, al haber salido de su barrio, yendo hacia al centro de la ciudad. Era normal que lo hiciera, porque no le dije adónde íbamos a comer. En realidad, me di cuenta que no se me había ocurrido a que restaurante íbamos a tomar. Y me quedé en blanco, sin tener ninguna idea en mente, mientras me detenía en mitad de la carretera. Mao, que cruzó al otro lado, al ver que me quede pensando ahí mismo, mientras el semáforo estaba rojo; tuvo que volver hacia atrás y gritarme esto:

― ¡Vuelve al mundo real, que está en verde y nos están pitando! ―

Gracias a Mao, que me gritó esto; me di cuenta que obstaculizábamos a un montón de coches cuyos conductores pitaban como bestias sedientas de sangre, gritando groserías. Asustada, le cogí de la mano y fuimos a la acera lo más rápido que pudimos, casi íbamos a ser atropelladas por uno.

― Lo siento, Mao, no era mi intención. ¡Solo estaba pensando en qué lugar vamos a comer! ― Me sentí muy mal por casi conducirla a la muerte, aunque ella solo suspiró y añadió que no tenía remedio.

Ella me llevó entonces a uno que conocía y que decía que era el más barato del lugar. Yo, solo quería comer y comer hasta hacerme gorda y olvidar todo lo feo de este horrible y cruel mundo por un buen rato, por eso no me importaba adónde me llevaba. Al final, acabamos comiendo una especie de tacos mezclado con comida asiática de un lugar que no era Japón de un puesto callejero en mitad del parque, o algo así.

― ¡Mao, yo quería comer en un restaurante! ¡No esto! ― Me quejaba, porque yo me esperaba otra cosa.

― ¡Es uno al aire libre! ― Protestó Mao. ― ¡En mitad del parque y barato, así que no te quejes! ― A veces pienso que es ella bastante tacaña, pero de todas maneras, esas cosas que parecían tacos, pero que no lo eran; estaban muy buenas. Más bien, parecía comida asiática mezclada con mexicana.

Al acercarnos y a pedir algo, me di cuenta de que la propietaria era también asiática, al igual que Mao. Me emocioné muchísimo.

En vez de pedir lo que quería, le pregunté qué relación tenía con Mao, si eran primas o algo así; también cómo se llamaba, su número teléfono, sobre su negocio, etc. Creo que me pasé un poco, tanto que la asusté un poquito.

― ¡Mao, Mao, dile a tu amiga que se tranquilicé! ¡Me está poniendo la piel de gallina con sus preguntas! ― Le suplicó a Mao, para que detuviera mi interrogatorio. Y ella así lo hizo, preguntándome si podría parar. Pude darme cuenta de lo que hacía y le pedí perdón, antes de elegir el menú.

Mientras comíamos lo que habíamos pedido, la chica del puesto, después de comentar varias cosas, le preguntó esto a ella: ― ¿Mao, ya dejaste a Jovaka? ―

No entendí la pregunta que le dijo, incluso ahora me pregunto qué quería decir con eso. Y Mao le respondió con esto:

― ¿Preguntas dónde está ella? Pues está en mi casa, durmiendo, o eso espero. ―

La chica del puesto puso una cara muy rara, provocando que Mao se diera cuenta de que eso no era lo que ella preguntaba. A continuación, nos dijo nerviosamente que ignoremos la pregunta, que solo era una tontería.

Yo le hice caso y Mao le obligaba que quería decir ella con todo eso.

Mientras terminaba mi plato, empecé a pensar un poco sobre ella, que debía estar en la casa en aquellos momentos. Bueno, nunca sale a la calle. Jovaka es una chica muy rara tiene una un miedo a las mujeres y pues esa no se deja que se le acerca alguna, salvo Mao; y casi me mata una vez por acercarme demasiado a ella para saludarla.

Al terminar mi plato, me di cuenta de que la chica del puesto había salido de dónde estaba trabajando y se alejó un poco con Mao para hablar de algo. Yo intenté escuchar la conversación, pero no me dejaron. Lo que si me dejó claro que mi amiga no se esperaba oír lo que decía la otra, lo sé porque no dejaba de poner caras raras, como si estuviera escuchando las impresiones de alguien que está loco hacia ella. Después terminó aquella discusión, con una expresión muy molesta.

― ¿Qué te ha dicho? ¡Quiero saberlo! ― Le pregunté, cuando se acercó a mí, que necesitaba saciar urgentemente mi curiosidad.

Mao no me dijo nada y empecé a insistir, porque ese secretismo me estaba matando. Después de pagar la cuenta, y dirigirnos hacia a las afueras del parque; tuvo que decirme algo:

― Solo son tonterías suyas. ― Me decía, muy molesta. ― No es nada interesante y no quiero decir nada. ― Al final, decidí rendirme y olvidarme del asunto.

Tras eso, empezó a volver a su hogar, pero yo seguía triste y sola, aún no había ahogado mis penas, por eso le dije que no nos fuéramos a casa.

― ¡Yo ya quiero irme! ― Me decía molesta y yo le replicaba que se quedara conmigo hasta el final. Tras insistirle mucho, se rindió: ― ¡Vale! ¿Ahora qué quieres hacer? ―

Unos minutos después estábamos saliendo del supermercado, con una bolsa llenas de cervezas.

― ¿Por qué has comprado tantas? ¡¿No me digas que te vas a tomar todo eso!? ― Me preguntó ella, muy sorprendida; al verme cargada de bebidas alcohólicas. Aunque estaba más horrorizada por lo caras que estaban.

― Me emborracharé hasta tener coma elíptico y así ahogaré todos mis sentimientos hacia ese idiota. ― Ese era mi plan, ir a mi casa con Mao y emborracharnos juntas, aunque esa última parte del plan se me olvidó decir.

― ¿Por no te ahogas las penas con otra cosa? ―Me preguntó.

― Es por eso que existe el alcohol, no hay cosa mejor. ― Y esa fue mi respuesta.

Y mientras volvíamos al parque, para cruzarlo, y así llegar a mi casa; nos quedamos un rato aún más, porque yo quería verlo entero. Ese lugar era muy grande, y nos costó un buen rato verlo todo.

― ¡Qué increíble es el arte! ― Eso decía yo mientras observaba unas grandes estatuas que habían puesto hace poco ahí.

― ¡Oh sí, esos perros deformes son un gran arte! ― Añadió Mao al contemplarlos. Al igual que yo, ella también sabía que esas estatuas eran una gran obra de arte, algo único y original.

― Son gatos. ― Según el autor, quién dejó la descripción a los pies de las estatuas, éstos representan gatos extraterrestres, aunque a mí me parecían más cabras que gatos.

También había unos lagos con cientos de patos, cisnes y otros tipos de pajaritos nadando en sus aguas. Quería lanzarles comida y que se acercaran a nosotras, y por eso compré gusanitos de un puesto de chucherías que pasaba por ahí, y que decía que muchos clientes hacían lo mismo. También nos dijo que tuviéramos cuidado, aunque no supe qué quería decir con eso hasta que lo descubrí en primera persona. Las palomas fueron a por mí, para quitármelos.

― ¡Fuera, bichos! ¡Fuera, ratas! ― Les gritaba Mao, mientras me estaba salvando de esos pájaros, espantándolas a todas. Le dije que era mi heroína, que me había salvado.

― No digas estupideces. ― Me replicó. Después de esto, salimos del parque, mientras estaba anocheciendo.

Al final, llegamos a mi hogar y me arrepentí mucho de haberla traído, porque estaba un asco. Toda la ropa limpia y sucia estaba amontonada en mi casa desalmada, la bolsa de basura estaba casi llena y los platos sucios estaban acumulados desde la semana pasada. Y Mao, en vez de decirme que no pasaba nada, que ella también era así o algo para no sentirme mal por tener la casa así; me dijo esto:

― ¡Eres una puerca! ― Protesté por esas palabras, diciéndole que fuera más considerada con una dama como yo y que tenía una autoestima muy baja por culpa de la ruptura con ese estúpido. Luego, tras quitar toda la porquería que había en la mesa, me senté en el sofá y empecé a beber:

― ¿Quieres beber? ― Le pregunté a Mao respondió que no, mientras hacía algo en mi casa y que no di mucha importancia.

Como bebí dos botellas de golpe, mi visión empezó a ponerse muy borrosa y ver dobles. A pesar de eso, me di cuenta de ella estaba limpiando mi casa y, muerta de vergüenza, por hacerla trabajar en mi propio hogar, intenté ayudarla, con la cerveza en la mano y una movilidad que daba pena. Y poquito a poco, mi memoria se volvía cada vez más confuso, hasta que no pude recordar nada. Creo que me pasé mucho con la bebida, aunque reconozco que jamás fui una buena bebedora.

Al final, desperté con un terrible dolor de cabeza, en mi cama.

― ¿Qué ha pasado?  ― Eso me preguntaba, mientras me palpaba la cabeza del dolor, y notaba un fuerte olor a vomito.

Apenas recordaba lo que había pasado hace unas horas. A mi lado estaba Mao, durmiendo como un tronco. Rápidamente, miré por la ventana y vi que era de noche aún. Mi pobrecita cabeza estaba llena de dudas, incapaz de recordar algo. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ella a mi lado, en la cama? ¿Por qué me sentía tan mal?

― ¡Mao! ― Le intentaba despertar, moviéndole el hombro.

― ¡Déjame en paz! ―Eso me decía, mientras me intentaba espantar como si fuera una mosca.

― ¡Por favor, despierta! ― Le pedí que lo hiciera, teniendo que insistir muchísimo. Cuando se hartó de escucharme, se levantó, protestando y preguntándome qué quería. Entonces, ella se dio cuenta de una cosa.

― Espera… ― Se quedó en blanco por un minuto. ― ¿Qué ha pasado? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué hacemos aquí? ―

Me di cuenta entonces que Mao estaba más pérdida que yo, miraba sin parar todos lados a la vez que se quejaba de su dolor de cabeza. Ella me miró con ganas de respuestas, y yo no podría mentirla, tuve que decirle la verdad.

― No lo sé. ― Entonces, nos mirábamos la una a la otra, aterradas. No sabíamos que hicimos esa noche y era un sentimiento realmente feo, pero gracias a esto pude olvidar a mi ex novio para centrarme en lo que había pasado esa noche.

FIN

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