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Atrapados en la escuela, septuagésima cuarta historia.

 

Era un sábado por la tarde y todos estaban terminando de ensayar en el teatro del San Jorge de Capadocia. Entonces, Mao entró en los vestuarios a quitarse el disfraz que tenía.

— ¡Por Buda, cuando terminemos la maldita obra de teatro, me haré el harakiri! — Eso lo decía él, no solo porque le parecía ridículo la obra de teatro, sino también por su disfraz de radio, que no era más que una caja grande con agujeros para los brazos y para la cabeza, que le hacían morir de la vergüenza.

— Ojou-sama, ¿le ayudo a quitarse eso? — Eso le decía Malan, quién entró con él y estaba disfrazada de un tiburón.

— Yo puedo sola. — Le decía mientras se quitaba con facilidad aquella caja de cartón. Escuchaba desde afuera los gritos de Cook hacia a Jovaka, diciéndole que lo hiciera de nuevo, y quería darse prisa a volver ahí, porque si la serbia se daba cuenta de que no estaba a su lado se iba poner loca.

— Tal vez debería enseñarla a cuidarse solita.- Comentó Mao pensando en voz alta, sin darse cuenta.

— Sería interesante. — Añadió Malan, al escucharlo, deseando ver como Jovaka sería capaz de estar independiente de su Ojou-sama. Al ver que éste salía al escenario, lo acompañó.

Allí estaba Jovaka, en el centro del escenario, con un traje de pulpo, y casi con ganas de morirse de la vergüenza, repitiendo mil veces el diálogo.

— ¡Termina de una vez, Jovaka! ¡Qué quiero irme a casa! — Eso decía una Josefina aburrida en los asientos, llevando aún el disfraz de almeja.

— ¡Si no te callas, es normal que no pueda terminar! — Le gritó enfadada Jovaka. Y si no fuese porque Cook les dijo que dejaran de cháchara, hubieran empezado a pelear.

Al salir Mao, casi fue atropellado por las gemelas, que una iba disfrazada de langosta, y otra de gamba; y estaban cogiendo de la mano a Alsancia, quién estaba yendo como sardina.

— ¡Josefina, vete a cambiarte! — Eso le dijo Mao a la mexicana, al ver que ésta seguía aún con el traje. Y de pronto, la luz se apagó.

— ¿Q-qué ha pasado? — Gritaba Josefina aterrada. — ¿P-por qué han cortado la luz? —

— ¡Tranquilízate! ¡Solo se ha ido la luz! — Le replicó Mao. Rápidamente, notó como Jovaka lo apachurraba, diciéndole que no se alejará de ella. Se dijo mentalmente que definitivamente debería enseñarla a estar sola.

— ¡Q-qué extraño! — Se decía Cook, quién intentaba iluminar el lugar con la luz de su móvil, y viendo por primera vez un corte de luz.

Mao giró hacia los vestuarios al escuchar el montón de quejidos que estaban diciendo las gemelas y le iba a decir a Malan que usará su móvil como linterna para comprobar lo que pasaba. Al final, como suponía, se habían chocado contra algo y las ayudó al levantarse.

— ¿Y ahora que haremos? —Eso le dijo Mao a Cook, tras ayudar a Josefina a quitar su traje.

— Pues vamos a salir. — Le respondió Cook y con todo esto dicho, todos se dirigieron hacia al exterior.

Al salir de la sala de teatro, llegaron a la entrada del edificio que ocupaba la escuela de primaria y vieron por sus múltiples ventanas que estaba lloviendo muy fuerte, tan fuerte que parecía un tifón.

— ¿Alguien se ha traído algún paraguas? — Les preguntó Mao a las chicas, al ver esto. Todas dijeron que no.

— Pero si en la tele decía que iba a estar nublado, sin llover ni nada parecido. — Comentó Josefina, muy sorprendida; quién siempre se tragaba el tiempo por culpa de su madre.

— No hay cobertura. — Decía Cook, al ver su móvil y notar que no le llegaba eso, y lo necesitaba para llamar al chofer que la iba a llevar a casa y que, de paso, le dieran unos paraguas.

Todas se quedaron paradas sin saber qué hacer, no quería quedarse ahí porque ya habían terminado y no querían ensayar más, pero tampoco tenían ganas de salir con lo que estaba lloviendo. De todos modos, Cook se acercó a la puerta para abrirla. A diferencia de otros sitios, la llave era una tarjeta electrónica y la cerradura, una ranura. Como ven, la institución San Jorge de Capadocia estaba a la última tecnología, pero en ese momento se convirtió en un problema, ya que necesitaba electricidad y no lo tenían.

— No puede ser…— Eso decía sin parar Cook hasta que se acordó que no había luz, y se quedó con la boca abierta, al saber que estaban atrapadas.

— ¿Qué pasa? ¿Esa cosa no tiene una cerradura de toda la vida o qué? — Le preguntó Mao, al ver lo mucho que temblaba ella, aunque ya sabían la respuesta.

— Todas las puertas son electrónicas y, por tanto, estamos atrapadas. —Respondió Cook, dejando a todo el grupo sin habla por un momento para luego estallar en un concierto de gritos, orquestados por Josefina, Jovaka y las gemelas.

— ¡Cállense, cállense! ¡Qué no es el fin del mundo! — Les decía Mao, quién intentaba tranquilizarlas de alguna manera, pero no lo hacían, tuvo que gritar de nuevo como si fuera un loco. Así se quedó el lugar en silencio.

— ¿Y ahora qué haremos? — Se preguntó Cook.

Tras estar un buen rato sin hacer nada, y al ver que ni volvía la luz ni la lluvia se detenía, el grupo empezó a recorrer los pasillos de la escuela, que se volvieron a dar vueltas por el lugar. Grace Cook pensó que tal vez había alguna ventana para abrirla y saltar de ella, pero todas las que encontraban estaban muy altas del suelo.

— ¿Hey, Cook, en todos las escuelas debe haber alguien quién los esté cuidando e incluso tienen casa propia? — Decía Mao, quién estaba mirando cómo la tormenta no mejoraba por las ventanas.

— Se supone, aquí tenemos a un montón de vigilantes. — Eso le respondió Cook.

— ¿Y no puedes llamarlos y pedir que nos abran la puerta o algo así? —  Mao le preguntó eso con desesperación, porque tenía ganas de volver a su casa.

— No lo sé. No hemos visto ninguno desde que entramos. — Como era sábado, nadie venía al instituto salvo ellas y los vigilantes que debían vigilar el recinto. Supuestamente deberían encontrarse con alguno, pero eso no pasó desde que entraron en el lugar. Mao dio un suspiro de frustración.

Los pasillos solitarios se volvieron tenebrosos y oscuros, y gran parte del grupo estaba algo aterrado. Quién estaba realmente asustada era Josefina, que temblaba como un flan y estaba pegada fuertemente al brazo de Malan. Ni siquiera se atrevía a mirar hacia delante.

Las gemelas, a pesar de sufrir un poco de miedo, observaron a Josefa aterrada y le entraron unas ganas increíbles de hacerla chillar. Eso hicieron. Las dos le tocaron el hombro bruscamente mientras le soplaban en el oído y ella dio un gran grito de terror que asustaron a todos:

— ¿Qué pasa? — Gritaban Mao y Cook, mirando por todas partes al unísono, antes de enterarse de que fue Josefina. Rápidamente vieron en las gemelas caras de culpabilidad y la miraron mal.

— Solo fue un susto. — Replicaron las gemelas para defenderse.

Entonces, llegaron a la sala de los profesores, al comprobar que podrían entrar. Era un lugar lleno de papeles y mesas, con algunos ordenadores. La puerta estaba medio abierta.

— -¿Y ahora qué hacemos aquí? — Le preguntó Mao a Cook, quién no sabía que hacían ahí.

— Vamos a mirar algo por si nos ayuda a escapar de aquí. — Le respondió Cook, aunque pensaba que no iban a encontrar nada, pero aún así perderían algo de tiempo hasta que volviera la luz.

Las gemelas se le adelantaron, quienes ya estaban buscando entre los cajones, y sacaron un archivador cualquiera. Por curiosidad, querían ver si había algo interesante, como, por ejemplo, secretos muy profundos de profesores, y lo que encontraron fue fotos de hombres haciendo cosas muy desagradables. Rápidamente, lo metieron en el cajón y se fueron a otro intentando olvidar lo que habían visto. Todo el mundo buscó algo que les permitiera salir, pero no encontraron nada.

— Aquí no hay nada. — Decía Cook, mientras cerraba el último cajón que observó. — Mejor deberíamos ir a otro lugar. —

Realmente no sabía que iban a hacer. Dar vueltas para perder el tiempo le parecía la única idea que se le ocurrió y todos, con decepción, empezaron a salir de ahí cuando de repente se encendió la luz. No le dieron tiempo para gritar de felicidad porque la puerta se cerró de repente, separó al grupo en dos y a los pocos segundos se apagó. Dentro de la sala estaban Josefina, Malan, Sanae y Jovaka; y afuera, Mao, Cook, Alex y Alsancia.

— ¿Qué? — Gritó Mao, al ver lo que había ocurrido. — ¿Qué ha pasado aquí? —

Mientras soltaba esas palabras, la puerta empezó a ser golpeada sin parar por Jovaka, quién le estaba llorando a Mao, y por Sanae, quién le gritaba a su hermana. Alex se pegó a la puerta intentando abrirla, mientras le decía a su gemela que la iba a rescatar, sin éxito alguno.

— ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! — Se decía Josefina, cagada de miedo. — ¡Esto lo ha hecho un fantasma! ¡Estamos perdidas! — Pensaba que todo esto no había pasado por casualidad, que alguien hizo eso para separarlas e incapaz de pensar en otra cosa, se sentó en el suelo y no paraba de decir cosas bonitas, en un intento desesperado para escapar de la realidad, llorando a moco tendido.

— ¡Mao, Mao! — Gritaba sin parar Jovaka. Al ver que no servía de nada golpear la puerta se tiró al suelo y se puso en posición fetal.

— ¡Alex, Alex! — Sanae hizo lo mismo que la serbia, estaba en el suelo en posición fetal llamado a su hermana sin parar. Malan estaba ahí sin saber cómo poder tranquilizar y animar a las tres que estaban con ella. Mientras afuera de la sala, Alex aún intentaba abrir la puerta.

— ¡Maldita puerta! ¡Abre, abre, deja libre a mi hermana! — Le gritaba. Estaba llorando, no quería dejar sola a su querida Sanae, quién se sentía indefensa sin ella. Eran gemelas y por tanto no eran nada si están separadas. Alsancia no sabía qué hacer, Cook se quedó sorprendida de lo mal que se ponían ellas cuando no estaban juntas y Mao, por su parte, estaba dispuesto a romper la puerta que las separaban.

— ¡Quítate, Alex! — Le gritó, mientras preparaba su pierna para el ataque. — ¡Voy a partir esta puerta por la mitad! — Ésta se quitó.

— ¡Espera, espera, si lo rompes, tendremos que pagarlo! — Le gritaba Cook.

—Mientras no se enteren, no pasan nada. — Eso le gritó Mao, antes de dar una gran patada que parecía salir de los videojuegos y decir a pleno pulmón el nombre de su ataque.

— Patada destruye-puertas. — Un nombre muy original que parecía más bien irónico porque no rompió la puerta, sino que dejó a Mao tirado en el suelo, chillando del dolor por el golpe que dio. Alsancia se acercó a él, para preguntarle si estaba bien.

— Esa puerta debe ser de puro acero. — Se dijo a sí misma Cook, al ver lo que pasó. Entonces, ella vio una luz a lo lejos, que parecía provenir de una linterna. Estaba en el fondo del pasillo, en un cruce con otro.

— ¡Mao, chicas! ¡He visto al vigilante! ¡Vamos a buscarle! — Cook les gritaba, mientras salía corriendo.

— ¡Espera! ¿Qué hacemos con ellas? — Le gritaba Mao. — No puedo dejar sola a Sanae. — Añadía Alex a Cook. Y ésta se volvió a ellas, con pocas ganas de explicarles lo que les iba a decir.

— La única manera de sacarlas de ahí es encontrarnos con el vigilante y pedirle que encienda el motor de emergencia o cómo se llame eso. —

Y empezó a correr, mientras que Mao tuvo que coger a Alex porque sabía que ella no se iba a dejar ir. Ésta le decía que no la alejaran de su hermana sin parar; y Alsancia empezó a seguirlas. No entendieron que quería decir con “motor,” ya que Cook lo estaba diciendo mal y se estaba refiriendo realmente a un generador de electricidad para casos de emergencia. Era la única llave normal del lugar y la que podría encender aquel cacharro que podría devolver la luz al lugar y abrir las puertas del despacho de profesores. Y estaba en manos del vigilante.

Ella, al llegar al primer cruce y al no saber por dónde fue, se introdujo por la primera que vio, siendo la izquierda; y el resto la siguió. Entonces, empezaron a dar vueltas sin parar en busca de lo que Cook presuntamente vio.

— ¿En serio lo has visto? — Le preguntaba Mao, ya hartó de buscar algo que no había visto.

— Pues seguro que sí, no fueron imaginaciones mías. — Le respondió Cook, aunque ya no estaba tan segura de sí misma. En ese momento, una luz apareció detrás de ellas y un grito los asustó a todos.

— ¡Hey, niñas! ¿Qué hacen aquí? — Esa fueron las palabras que las hicieron gritar.

Era el vigilante, que cayó al suelo, por lo sorpresivo que fueron esos gritos que le dejaron bien asustado. Se giraron y se aliviaron que solo fuera un guardia, y a continuación, se alegraron por encontrarlo. Éste les empezó a preguntar qué estaban haciendo, y ellas le decían todo lo que le habían pasado.

— En fin…— Decía el vigilante. — Si es eso entonces vamos a buscar el generador. — Eso dijo como conclusión, y en ese momento volvió la luz.

— ¡Qué graciosilla está hoy la luz! — Comentó Mao, cuando vio que volvió casualmente cuando encontraron al vigilante. Volvieron a la sala de profesores para rescatar a sus compañeros.

— ¡Oh, Mao! ¡Por fin, por fin, estás aquí! ¡No me abandones nunca más! ¡Nunca! — Jovaka fue la primera en reaccionar cuando abrieron la puerta, saltó hacia a él llorando de la alegría, y éste le decía que se tranquilizara, que no era para tanto.

— ¡Yo te he echado de menos! — Le decía Alex a Sanae. — ¡Yo también, no era nada sin ti! — Y esto era lo que ella le decía. Se estaban abrazados fuertemente, felices de poder estar juntas de nuevo.

— ¡Por fin ha vuelto la luz! ¡Por fin han vuelto los demás! ¡Estoy tan contenta! — Gritaba de pura felicidad Josefina, mientras se estaba secando las lágrimas, y mientras Alsancia suspiraba tranquila. Cook se decía que por fin había terminado todo y Malan suspiró de alegría, ya que las chicas se habían tranquilizado. El vigilante se quedaba mirando la escena cuando la luz volvió a irse, y mientras todos estaban en la sala de profesores.

— ¡Otra vez! — Decía Mao, enfadado. — ¿Por qué hoy hay tantos cortes de luz? —

A todos, especialmente Josefina, se le quitaron la alegría y el vigilante quedó aterrado, porque estaba consciente de que estaban atrapados en la sala de profesores, sin posibilidad de salir.

— ¡Chicas…! — Les decía. — ¡Estamos atrapados! — Y grandes gritos invadieron la sala, mientras un gran rayo alumbró el lugar por unos momentos, poniendo más dramatismo al asunto.

FIN

 

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