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Dana y Natáshenka, septuagésima segunda historia.

Cuando Grace se dio cuenta de que se le había olvidado el trabajo que estaba en la casa de Mao, ya faltaba poco para la primera clase. A sabiendas de que solo tenía cuatro horas para entregarlo, llamó al chino pidiéndole que le trajera eso:

— ¡Eh, Cook, ella ya está aquí! — Eso le dijo Ekaterina Sumovov, quién era su compañera de clase, cuando vio por la puerta de la clase a Mao con el trabajo y pegando en la puerta. Para su desgracia tuvo que esperar quince minutos para que terminara la clase.

— ¡Por fin! — Gritó de alivio cuando se terminó la hora y Cook salió a recibirlo. — ¡Ya estaba cansada de tener esto encima! —

— Gracias. — Le dijo Cook, muy feliz, a Mao. Ésta pensaba que este acontecimiento inesperado le daba puntos con su relación con el chino. Ekaterina se quedó preguntándose qué desde cuando eran tan amigas.

— Merezco algo más, creo. Me ha costado mucho entrar aquí y la renacuaja de Diana… — Entonces, se dio cuenta de una cosa. Miró por todas partes, aterrado. — ¡Mierda, he perdido a Diana! — Gritó.

Diana, al ver que Mao iba al lugar donde estudiaba Natáshenka, le molestó sin parar hasta que éste se dignó a llevarla, y se quitó del medio para buscar a su amiga.

En una clase de primero de primaria, estaba Natáshenka haciendo los deberes de matemáticas que se le olvidó hacer, antes de que llegará el profesor; y no se dio cuenta de que alguien se puso detrás suya, viéndola.

— ¿Qué hace Natáshenka? — Esas palabras sorprendieron a la niña, quién giró rápidamente la cabeza hacia atrás y no creía en lo que estaba viendo.

— D-da…¿Dana? — Quedó muy sorprendida. — ¿Qué haces aquí? — Le dijo eso con mucha alegría.

— De visita.  — Le respondió Diana.

— ¡Cuánto te he echado de menos! — La abrazó fuertemente, siendo Diana quién quedó sorprendida de esto. Hacía semanas que no la veía y tras vivir con ella una gran aventura en el campamento, deseaba que volviera a aparecer y a hacer cosas malas juntas. Al llegar el profesor, ellas dos se fueron y éste no se dio cuenta de que Natáshenka no estaba, ni los demás alumnos consideraron la obligación de decirle que ella se fue de la clase.

— ¿Pol qué hemo ido de ahí? ¡Yo quería saber cómo se suma y lesta! — Le preguntaba Diana tras ser llevada por Natáshenka a la azotea. Quería saber cómo era el maravilloso mundo de los números.

— El profe es un plasta y te mandará a otro lado. — Quería evitar que su amiga se fuera del lugar, y también deseaba escapar de la clase porque no lo soportaba, ni la asignatura ni al profesor.

Ahora Natáshenka se quedó pensando qué iban a hacer, no tenía nada preparado, ya que obviamente fue una sorpresa, pero quería hacer cosas divertidas con Dana. No paraba de estrujar su cerebro, pero no se le ocurría nada y fue Diana quién le dio la idea, después de preguntarle por qué estaba tan callada y le respondió que buscaba ideas para jugar. Ella dijo esto:

— ¡Yo quielo hacel ciencia! ¡Mezclal agua de colores! —

La idea que le dio las palabras de Dana fue ir a la clase de química y mezclar líquidos. Querían sentirse unas verdaderas científicas, como el hombre de la manzana y el viejo que decía que la estupidez es más grande que el universo. Rápidamente se fueron al laboratorio, y cuando vieron que estaba cerrada, engañaron a un profesor para que les diese la llaves, aunque la hija de Clementina se quedó pasmada cuando vio que era una tarjeta electrónica.

Queliamos la llave. — Protestó al profesor antes de que su amiga le explicara que esa tarjeta era la llave.

Al entrar, Diana quedó sorprendida ante la magnitud de la sala, ante aquellas mesas más grandes que ella, ante enormes estanterías de cristal llenas de cosas que solo veía ella en la tele. Natáshenka abrió, con la tarjeta electrónica, las estanterías y empezaban a sacar los materiales necesarios y líquidos peligrosos.

Diana, llena de curiosidad, observó cómo su amiga puso varios recipientes de cristal sobre la mesa y le preguntó qué eran esas cosas:

— Esto es un tubo de ensayo. — Le respondió ella, antes de empezar a mezclar sustancias. Diana dio una gran exclamación de sorpresa, antes de preguntarle otra cosa: — ¿Qué estás echando? —

— No lo sé. — Eso le dijo sinceramente su amiga, tras echar un líquido de color azul y otro verde para formar negro. Y atraídas solo por el hecho de los cambios de colores no dejaban de mezclar sustancias hasta que una de esas mezclas se volvió humo, que rápidamente invadió el techo del laboratorio.

— ¡Es increíble, está lloviendo, dentro de la escuela! — Gritaba Diana, realmente sorprendida y feliz, ante el hecho de que los aspersores del techo se activaran para apagar un supuesto incendio, mientras un sonido fuerte y grave no dejaba de chillar. Creía que era por las sustancias que mezclaron.

— ¡Hay que salir corriendo! — Por el contrario, su amiga, al ver lo que provocaron, le gritaba esto, mientras salían corriendo del laboratorio. No quería que le pillaran los profesores. No pararon de correr hasta llegar en la otra punta del edificio.

Y mientras se recuperaban de la carrera, apareció ante ellas una profesora. No le dieron tiempo para correr y esa mujer se acercó para preguntarles qué hacían fuera de clase. Natáshenka se quedó en blanco, incapaz de pensar en algo que las podría librar del castigo, y de evitar que su amiga fuera echada del lugar, se decía que ya estaban perdidas. Entonces, Diana salvó el día:

— Yo soy alumna nieva y ella me acompaña a hacel pipí. —

Y la profesora se lo creyó, a pesar de que Diana no llevará el uniforme de la escuela, y les dijo que los iba a acompañar al baño y después a las clases, no porque no confiaba en las niñas, sino para perder el tiempo con una buena excusa para llegar tarde a una reunión. Al entrar en los servicios, Natáshenka estaba desesperada:

— ¿Ahora cómo vamos a irnos a nuestra clase? ¡Si vamos hacia ahí, estaremos perdidas! —

— No te pleocupes tenjo un plan. — Eso le replicaba Diana, totalmente segura de sí misma.

Tal plan era decirle a la profesora que su profesor no había venido por enfermedad, y que no recordaban dónde estaban su clase. Les preguntó cómo se llamaba su aula y le dijeron que no sabían. Al final, la mujer decidió ir a la sala de profesores y mirar los que habían faltado esa hora. Al decir ellas que sí al primero que había nombrado, la señora se extrañó, porque pensaba que eran muy pequeñas para ser de sexto de primaria.

— ¡Increíble, tu plan ha funcionado! — Le dijo al oído Natáshenka a su amiga, sorprendida de que le habían salido muy bien las cosas, mientras estaban llegando a su destino. Diana le comentó:

— Y eso que no tenía plan de veldad. —  También estaba muy sorprendida de que hubiera salido bien. La profesora las dejó en la puerta sin entrar para decirle al de guardia que esas niñas habían llegado. Es más, al entrar ellas ni siquiera había uno, todos los chicos estaban disfrutando de su hora sin clase.

— ¿Quiénes sois? — Eso dijeron los niños al ver que habían entrado ellas, con el alivio de que no era profesores.

— Alumnas nievas. — A diferencia de la profesora, nadie creyó a Diana, pero la dejaron estar con ellos hasta el fin de la hora de clase, a pesar de que aquellos pijos observaban a la hija de Clementina con muy mala cara, ya que les parecían una pobretona, con esas ropas que ya estaban pasadas de moda; y eso era algo que molestó a Natáshenka, pero lo ignoró.

Al terminar la clase, los chicos de la clase le dijeron que salieran hacia fuera y estuvieron rondando por todo el recinto, escondiéndose de los profesores. Estuvieron en el gimnasio, en la sala del teatro, en los jardines, jugando como si fueran unas delincuentes que se acababan de escapar de la cárcel. La idea de Natáshenka era que su Dana estuviera con ella hasta que llegara la hora del almuerzo, quería mostrarle la rica comida que vendían en el comedor, e incluso llevársela a su mansión. El comedor era el lugar común para todos los que estudiaban en el recinto, chicos de todas las edades comían aquí con el dinero que le daban sus papás. El lugar en sí, parecía más un lujoso restaurante y el edificio en dónde se alojaba era solo de cristal, salvo la parte de la cocina. Diana no se lo esperaba:

— ¡Incleible, es como en los cuentos de habas! — Gritaba muy sorprendida, mientras se dedicaba a tocar aquellas paredes de cristal.

— Te sorprendes con nada, Dana. — Comentó Natáshenka, mientras observaba a su amiga cautivada por algo que veía todos los días.

Ella ya estaba acostumbrada a los lujos, así que le parecía gracioso. Al entrar allí, lo primero que hizo Diana era acercarse a una de las mesas a ver que estaban comiendo unas chicas ricachonas.

— ¡Buenos días, chicas con dinelo! — Les saludó animadamente, y éstas, al ver a alguien que parecía un pobretón salir de repente, se asustaron.

— ¡No te acerques bicho! — Le gritaron de una forma muy desagradable a Diana, enfadando muchísimo a Natáshenka.

— ¡Vosotras lo sois! — Les soltó esto y se llevó a Diana lejos de ellas, mientras se quejaban, muy dolidas, de que le dijeran tales insultos de una forma muy exagerada, a la vez que se preguntaba quién le habían dejado traer a una pobretona, como si estuvieran hablando de una mascota.

— ¡Esas chicas son idiotas, no debes hacerles caso! — Le decía a Diana, no quería que su amiga se sintiera mal por culpa de aquellas brujas. — ¡Tú no eres un bicho! —

— Pues clalo, yo soy una niña, no un bicho. — Comentó Diana, que no sintió nada al ser insultada. Le daba igual.

Natáshenka se la llevó, a continuación, al mostrador de la cafetería, para pedir la comida. Mientras la pequeña Diana observaba la deliciosa comida que mostraban, que se salía la baba viendo aquellos pasteles tan lujosos; su amiga decidió decirle algo:

— Lo siento por lo de antes. La gente de aquí no es muy agradable, son muy mala gente con los pobres. — Dio una pequeña pausa y le avisó a su amiga: — ¡Así que debes tener mucho cuidado! —

Diana, más preocupada observar la comida que tenía delante de sus ojos que en escuchar el aviso de su amiga, le dijo que sí, sin saber realmente lo que quería decir ella. A continuación, empezó a pedirle lo que quería de comer a Natáshenka. Ésta, mientras escuchaba lo que quería su querida amiga, no se percató de que la persona que menos deseaba ver por nada del mundo había aparecido y se acercó a ellas, soltando esta frase:

— Hey, Sumovov, ¿por qué te traes el trabajo de tu hermanita a la escuela? No deberías traer escorias. —

Diana lo ignoró porque estaba más concentrada viendo un típico pastel de fresas y nata, el que había escogido para comerlo; pero Natáshenka giró la cabeza y vio a una chica que le caía muy mal, poniendo muy mala cara. Era Denikin, hija de un importante político de la isla, quién estaba jugando con un abanico, a pesar de que no estaban en verano y apenas hacía calor. Ésta estaba a su lado, esperando al pastel que había pedido. La amiga de la hija de Clemetina no se calló, le lanzó un gravísimo insulto:

— ¡Por lo menos ella no usa mierda de caballo para hacerse esos peinados feos! —

Se burló del pelo de esa chica odiosa, que tenía un peinado ridículo a ojos de los demás. Todo el mundo se rió, humillando a la chica; y Diana le preguntó si era verdad que usaba caca de caballo para hacerse ese peinado.

— ¡Retira lo que has dicho, roja! — Le gritó Denikin, mostrando una cara muy enfadada. Y Natáshenka le replicó que no, y empezaron a insultarse sin parar.

— ¡Niña pelo sangriento! — Empezó Denikin.

— ¡Niña dos coletas-taladros! — Y Sumovov le siguió el juego.

— ¡Niña de papá! — Y se convirtió en una competición.

— ¡Niña pobretona! — En ver quién se decía la cosa más irritante posible.

Mientras esas dos se insultaban sin parar, el pastel que pidió Denikin se lo pusieron en el mostrado y Diana, incapaz de resistirse a la tentación, se lanzó a devorarlo. Se lo comió enterito y estaba tan bueno que pidió uno igual. Y esas palabras, provocaron que ésta se diera cuenta de que la pobretona se comió el dulce que pidió:

— ¿Pero por qué te has comido mi pastel, maldita pobretona? — Le gritó a Diana, muy enfadada y con ganas de llorar.

Polque tenía hambre. — Esa fue su sincera respuesta.

— ¡Maldita! ¡Cómpralo con tu propio dinero, ser pobre no te da derecho comer el de los demás! — Le señaló con el dedo, y Diana, inconsciente, se lo mordió, sin hacerla mucho daño.

— ¡Aaaah, Dios mío! ¡Me ha mordido! ¡Tiene la rabia! — Empezó a gritar como loca y empezó a llorar, pidiendo auxilio a su papá, corriendo hacia afuera. Todos se estaban burlando de ella, sobretodo Natáshenka, que no dejaba de decir que se lo merecía. Diana, por su parte, se quedó pensando. Y tras mucho pensar, dijo en voz alta esta conclusión:

— Pues es normal que tenga labia, soy un humano. — Diana dijo eso porque creía que estaban hablando de aquel sentimiento que llamaban “rabia”, y no sabía que había una enfermedad que se llamaba así.

Entonces, toda la cafetería se quedó en silencio y todos los chicos del lugar se pusieron pálidos. Entonces, empezaron a soltar gritos de terror y todos se levantaron de sus sillas y empezaron a huir como locos, aterrados con la tonta idea de que fueran mordidos por aquella niña y ser infectados por una enfermedad, que apenas conocían de qué se trataba. En fin, lo entendieron al revés y protagonizaron un acto ilógico y estúpido; dejando el lugar vacío, con solo Diana y Natáshenka, más los trabajadores.

— ¡Qué exagerados son! — Concluyó la amiga de Diana, totalmente boquiabierta, al ver lo que había ocurrido.

— Ni que lo digas. — Eso le dijo uno de los trabajadores que estaban en el mostrador del comedor, mientras los demás se ponían a reírse de aquellos estúpidos ricachones que odiaban con toda su alma.

Diana, después de estar asombrada ante el hecho de hacer huir a todos esos chicos, pidió el pastel que quería y le preguntó a su amiga si quería uno.

Mientras Natáshenka estaba pensando en qué hacer y Diana devoraba su primer pastel, entró en el lugar alguien que llevaba buscando a Diana desde hace horas, era Mao, quién al ver todos esos ricachones huyendo, supo que la hija de Clementina se encontraba ahí. Al verla ahí, gritó esto, atrayendo la atención de las dos pequeñas niñas: — ¡Por fin te encuentro! —

Diana le saludó enérgicamente, como si ignoraba el hecho de que hubiera hecho algo malo; y Mao le replicó, muy enfadado: — ¡¿No sabes que no debes separarte de tus mayores cuando te da la gana o qué!? —

Mao se quedó en la puerta con el propósito de recuperar el aliento, ya que no dejó de dar carreras de un lado a otro por todo la institución. Diana, con una sonrisa, le dijo una excusa muy mala:

— Es que cuando me di cuenta, no estavas. Ibas muy lapido.

Mao dio un gran suspiro de fastidio y solo añadió: — De todas formas, ¡no te escapes de nuevos! — Y Diana movió la cabeza afirmativamente.

Entonces, vio a Natáshenka, quién se quedó callada, mirándole de mala manera; y la reconoció rápidamente: — ¡¿Tú eres la hermana de la hermana mayor, no!? —

Mao comprendió las verdaderas razones de Diana para ir a aquel lugar y quitarse del medio, solo quería visitar a una amiga. Por su parte, ella le lanzó otra pregunta:

— ¿Qué quieres hacer con Dana? — Eso le dijo hostilmente a Mao, poniéndose delante de su amiga, para defenderla.

— Llevármela a casa. — Eso le respondió.

— No, ni por asomo. ¡Aún no hemos terminado de jugar! — Le gritó. No deseaba por nada del mundo separarse de su amiga, porque sentía que no la iba a ver más.

— Ya estoy cansada, quiero irme a casa. ¡Así que me la llevaré sí o sí! —

Mao se acercó, levantó a Natáshenka para quitarla a un lado, mientras evitaba hacerla daño, ya que ella estaba pataleando; y cogió a Diana para ponerla sobre su hombro, que no hizo nada para evitarlo. A continuación, la amiga se aferró las piernas del chino para que no se moviera y éste decidió, tozudamente, andar a pesar de eso.

— Suéltame las piernas. — Le gritaba Mao, mientras intentaba andar desesperadamente. — ¡Vamos, mujer! —

— ¡No y no! — No dejaba de mover negativamente la cabeza. — ¡Quiero estar un rato más con Dana! —

— Ya la habéis liado bastante en este lugar. Otro día será. — Y Natáshenka siguió diciéndole que no, sin parar. Diana, al ver lo mucho que su amiga quería estar con ella, le dijo esto a Mao:

— ¡Yo también quiero jugar un rato con Natáshenka! — Y Mao le dijo lo mismo, le respondió que no. Entonces, Diana empezó a suplicarle, y su amiga también. Las dos se pusieron a gritarles suplicas sin parar, montando un molesto espectáculo, que consiguió que finalmente el chino tuviera que ceder.

Al final, tuvo que ir a su hogar con esa niña.

— Siento mucho las molestias que te está causando Natáshenka, hermana. ¡Ya te lo recompensaré! — Eso le decía Ekaterina Sumovov, tras ver cómo fue llamada por Mao, para comunicarla que su hermanita estaba en su casa, y se iba a quedar a dormir.

Se quedó muy aliviada, porque estaba preocupada, no sabía nada de ella en toda la tarde. Le molestó mucho que su hermana y su amiga montaran tan espectáculo y hubieran provocado problemas en la escuela. A pesar de todo, le parecía tierno el hecho de que Diana desapareció para buscarla.

—Ya estoy acostumbrada, para bien o para mal. — Eso le replicó Mao, suspirando por el hecho de que su casa se volvió en una especie de guardería, mientras Diana y Natáshenka cantaban juntas el opening de los dibujos animados que estaban saliendo en la televisión.

FIN

 

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