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El chino y la india, septuagésima tercera historia.

Era solo el tercer día de ensayo para la obra de teatro que iban a representar a finales de Octubre y ya estaban hartos, salvo Malan quién se lo estaba tomando muy en serio.

— ¿Y si lo dejamos ya? ¡Ya estoy harta! — Eso decía Josefina, que estaba cansada de intentar recordar líneas un montón de veces. Se le daba bien hablar mucho, pero no eso. Se sentó en el suelo del escenario.

— ¡No protestes tanto! ¡Aún hay trabajo que hacer! — Le replicó una autoritaria Cook, quién estaba hablando por móvil con la hermana mayor para intentar que las actividades de la hermandad no chocaran con los días de práctica del teatro. También quería llamar a Candy por lo del vestuario, ya que ella se estaba ocupando de eso.

— ¿Podremos tener un descanso de diez minutos? — Le dijo Mao, quién estaba siendo molestado por las gemelas para que le dijese a Cook que le dieran ese tiempo, porque tenían ganas de hacer pipí.

— ¿Las dos a la vez? — Les preguntó Mao cuando ellas le dijeron que tanto una como la otra sentían ganas de orinar.

— Es que nuestra sincronización es perfecta. — Esa fue la respuesta.

Al responder Cook que sí y aceptar un descanso, Mao se sentó en los asientos y le siguió Jovaka, qué le preguntaba si ella había ensayado bien. Por inercia, le decía que sí y le preguntaba a Alsancia si le gustaba su personaje. Le respondió afirmativamente, pero en realidad no le encantaba, por el hecho de no hablar, pero la pobre tuvo que conformarse, ya que era tartamuda; también creía que ese triste papel aliviaba un poco aquel miedo escénico que intentaba controlar. A los cincos minutos, las gemelas volvieron, esta vez pidiendo a gritos ayuda a Mao:

— ¿Ahora qué os pasa? — Les preguntó Mao, con pocas ganas de ayudar.

— ¡Nos quieren demandar! ¡Nos quieren demandar! — Gritaban sin parar.

En conclusión, tras salir ellas del baño, se le aparece un balón de rugby por el suelo y unos chicos le pedían que se la devolviesen, en un plan estúpido para que ellas se acercaran y ligar. Alex en vez de acercarse, les tiró el balón y cayó sobre un joven, que aterrizó sobre un charco de barro, llenando su ropa recién comprada y muy cara. Éste les exigía dos mil dólares por la ropa y ellas salieron corriendo, al oírlo.

— ¡Ya somos muy pobres, no podremos pagar dos mil dólares! — Les gritaban a Mao, con ganas de llorar, antes el temor de tener que pagar tal dinero que apenas tenían.

A pesar de que Mao tenía pocas ganas de tener pelea con alguien, no iba a dejar las cosas así y les dijo a las chicas que iba a buscar al chico ese, a hablar seriamente con él. Las gemelas se pusieron a decir que Mao era su salvadora, felices de que iba a evitar que le demandara, y con mucho gusto le llevaron a él en busca de aquel chico.

Ese supuesto chico, estaba en un banco, observando cómo su carísima ropa negra de chanel había sido estropeada por el barro y maldiciendo a las niñas, diciéndose que no iba a descansar hasta encontrarlas y sacarlas el dinero que costaba eso. Era un extranjero procedente de Nueva Delphi, hijo de un importante político y rebelde a sus padres, por esa razón, se fue a estudiar a Shelijonia, para huir de lo más lejos de ellos. De pelo corto y de color marrón claro, y con igual tono de piel, estaba lloriqueando por su ropa.

— Es él. — A lo lejos, escuchó las voces de aquellas chicas, la que le habían ensuciado el traje. Se dijo a sí mismo que eran una cobardes cuando giró la cabeza hacia ella y había traído a otra más con ellas. Éste se levantó muy desafiante y mirándolas muy mal. Mao al ver que le puso mala cara, hizo lo mismo.

— ¿Entonces me dan a dar los dos mil dólares que me deben? — Les preguntó, y éstas, al estar detrás de Mao, tenían la osadía de decirle que no.

— ¿Y por qué deberían dártelos? — Eso le dijo Mao, aunque ya sabía la respuesta que le iba a dar.

— Porque me han ensuciado el traje. — Para él era una razón muy importante, a ojos de Mao y de las gemelas, algo muy estúpido y por el cual no se debería denunciar.

El traje podría ser lavado, aparte de que era rico y podría comprar todas las que quisiese.

— ¡Qué horrible! ¡Es lo peor que he oído en toda mi vida, tan horrible que me hace llorar de la pura tristeza! — Ironizó Mao, burlándose cruelmente de él, haciendo que las gemelas también se unieran a la burla, riéndose del joven.

— ¡Dejen de burlase o les denunció por calumnia! ¡Yo no soy moco de pavo! — Les amenazó a Mao y a las gemelas, sintiéndose burlado, en frente de todos. Quería dejar que alguien tenía que pagar lo que le hicieron a su carísimo traje.

Mao, asqueado por tanta insolencia, sacó de sus bolsillos una bola de arroz envuelto en papel de aluminio y, tras quitar el envoltorio, se acercó a él y, antes de que éste preguntara qué iba a hacer, lo estrelló en la cara y se la refregó. Todos los que estaban alrededor se quedaron miraron y el indio muerto de la vergüenza salió corriendo, no sin antes decir:

— ¡Te vas a arrepentir de lo que me has hecho! ¡Te lo juro! — Mao solo le dijo que adiós y que tuviera mala suerte, y las gemelas le sacaban la lengua y le decían idiota. Fue un acontecimiento que al chino se le olvidó rápidamente.

Pero al llegar el fin de semana, mientras todos estaban desayunando, en la puerta de la tienda empezó a escucharse golpes sin parar. A Mao esos ruidos le molestaban, decía que no le podrían dejar descansar ni un día, y se levantó de la mesa para decirle al que haya venido que le dejaran en paz. Cuando abrió la puerta, entonces lo vio y lo recordó, era el chico de aquel día:

— He venido para decirte… — Mao le cerró en todas las narices, no quería que le fastidiara el desayuno.

— ¡Eh, tú! ¡Eso es de muy mala educación! ¡Te voy a denunciar si no me abres! — Eso le gritaba mientras pegaba compulsivamente la puerta. Entonces Mao le abrió la puerta, solo para decirle esto:

— ¡Deberías conocer con cuál cosa podrás denunciarme y cuál no! ¡Y en este caso, yo tendría el derecho de hacerlo porque me estás molestando! —Y con esto dicho, le cerró la puerta otra vez.

— ¡Pero no me cierres la puerta otra vez, maldita! — Le gritaba sin parar y no dejó de hacerlo hasta que Mao tuvo el honor de abrirle la puerta y dejarlo entrar a su salón. Estaban sentados en la mesa, mirándose el uno al otro, mientras los demás estaban observando que estaba pasando.

— Quiero mis dos mil dólares más trescientos por tirarme a la cara comida o te denuncio. —

Al pedir éste otra vez dinero, el chino se levantó a la cocina, buscó el resto de pastel que quedaba en la nevera, lo cogió y se fue al salón para chocarlo contra del chico.

— Ahí tienes mi respuesta, jódete. — Eso le decía Mao mientras se sentaba, y mientras el otro se limpiaba su rostro, ante la cara de sorpresa ante todos.

— ¡Ya está bien de humillar al pobre Motilal Nehru! — Le gritó.

— ¿Quién es ese? — Le gritó Mao, levantándose.

— ¡Yo! — Hizo lo mismo que Mao.

Los dos mostraban caras furiosas y con ganas de matarse el uno al otro, pero Mao, al ver que así no llegaban a ningún lado, se le ocurrió algo para evitar pagar una cantidad de dinero que no estaba dispuesto a gastar:

— Espera, tengo una solución perfecta…— Con esto dicho se fue a la tienda. Nehru se quedó extrañado por el cambio repentino de Mao, paso de estar a malas pulgas a estar contento en cuestión. Lo supo enseguida, porque sobre él fue echada un montón de ropa.

— ¡En mi tienda hay de todo! ¡Puedes comprar alguna si te apetece, algunas son de los años veinte e incluso del siglo diecinueve. ¡Así estaremos en paz! — Eso decía Mao, quién pensó que podría hacer negocios con aquel tipo y así conseguir matar dos pájaros de un tiro: Evitar que le dé la tabarra y ganar dinero.

— ¡Oye, tú…! — Le gritaba, mientras se quitaba aquellas ropas viejas de encima, no quería comprar nada sino que le diera el dinero. Hasta que el  responsable de su humillación en público no hiciera eso, no le iba a dejar en paz.

— Un treinta por ciento de descuento. — Dijo Mao, pensando que los descuentos le atraerían.

— ¡Qué no! ¡Qué no! ¡No quiero comprar, quiero mis dos mil dólares! —

Mao al ver que su plan no funcionaba, decidió echarlo de la casa y solo con enseñar un palo de madera, asustó al ricachón.

— ¡Ya me voy! ¡Ya me voy! ¡Pero te denunciare y te sacaré todo lo que tienes! — Y con estas palabras salió corriendo hacia la calle, gritando como si fuera una mujer. Esto le hizo dar cuenta a Mao de que su voz y aspecto eran más femeninos que masculinos, pero no le dio importancia. Ahora tenía pensar cómo evitar que ese chico le denunciara. Sabía que ganaría, pero no tenía ni ganas de tener un juicio. Y siguió pensando hasta que el resto llegó y se enteró de lo que había pasado. Se quedaron muy sorprendidas cuando lo escucharon.

— ¡Es rico! ¡No necesita dos mil dólares, así que debe dejar de joder! — Le decía Sanae.

— ¡Seguro que es un ex-rico y vive en la pobreza y engaña a todos con que tiene billetes! — Dijo por su parte Alex.

— ¡Es una mala persona, no debería hacerte eso!- Protestaba Josefina, le parecía muy mal que esa persona intentara hacer esas cosas.

— Yo tengo un montón de dólares zimbabuenses. — Comentó Malan, quién estaba recordando cuando le dio una lección a aquella estafadora.

— ¿Para qué sirven? — Le preguntó Mao, mientras se estirazada en el suelo.

— Para nada, es dinero inútil, ni está en circulación. —

— Entonces…— Iba a decir que no le iban a servir parar, pero se le ocurrió una idea. — ¡Malan! — Le gritó de repente. — ¡Dame todas esa basura! —

Malan supo que Mao se daría cuenta de que podrían serles útiles, por eso se los mencionó; y con una sonrisa le dijo que sí. Al final, se le ocurrió una idea muy similar al que tuvo la africana, cuando le ocurrió el incidente de la estafadora. Era darle esos papeles sin valor dentro de un sobre muy bonito y hacer que firmara un documento que le impedía que él no pudiera denunciarle y evitar un juicio que iba a resultar grotesco. Con todo esto, lo primero que hizo fue buscar su dirección.

Al día siguiente, Motilal Nehru se estaba bañando cuando alguien empezó a tocar el timbre sin parar. Gritaba que le dejaran en paz, pero no se daba cuenta de que estaba en un segundo piso y esas voces no la iban a escuchar.

— ¡Ahora a ver que quién es ahora! — Eso decía, mientras salía del baño y se ponía una bata de seda.

Mao no quedó muy impresionado ante su casa, a pesar de su aspecto modernista, que parecía un cubo gigante con extraña ventanas, y pequeño tamaño, a pesar de tener dos pisos. Cuando Nehru abrió la puerta, dio un grito al verle:

— ¡Oye, qué tampoco soy tan horrorosa! — Le replicó Mao.

— ¿Q-qué haces aquí? —  Le preguntó a Mao, y éste le enseñé un sobre y un documento.

— ¿Qué coño es esto? — Esa fue su otra pregunta, al observar esas dos cosas, y como no se daba cuenta, Mao se lo tuvo que explicar y éste le dejó entrar, pidiéndole que pasara.

—  Así que dentro de este sobre esta mi dinero.  — Lo miraba con una sonrisa, pensando que por fin consiguió recompensación por la humillación que tuvo.

— Y éste es mi documento para que me fi…-Entonces, Mao se dio cuenta de que fue demasiado rápido y abrió el sobre antes de que firmara. — ¡Oye, no lo abras! — Pero fue demasiado tarde, porque se dio cuenta.

— Pero si este dinero se dejó de circular en el dos mil nueve. — Conocía la historia que había detrás del zimbabuenses, y su cara sorprendida se volvió a una rabiosa, al ver que le intentaban engañar.

— ¡Serás hija de puta! — Le gritó, y Mao al escuchar esas palabras, se enfadó de igual manera y con muy mala leche le pegó en toda la cara que lo hizo volar. No lo pudo evitar, no quería acabar de esta manera.

— ¡Ah, perdón, no era mi intención! — Añadió Mao, muy arrepentido; pero el daño ya estaba hecho.

Nehru gritó de terror, pidiendo auxilio; y diciendo que hay una loca en su casa y subió rápidamente a su habitación.

Mao le siguió a explicarle que no lo era y entró, ya que, aunque la puerta estaba cerrada, no tenía pestillo. Entonces, descubrió un hecho bastante irónico y escalofriante.

— ¡O-oh, por Buda…! — Se quedó muy boquiabierto, viendo el cuerpo desnudo de Nehru, mientras se ponía la ropa, porque no iba a salir a la calle en bata. Pero no fue eso lo que conmocionó a Mao, sino que esa persona no tenía pito, sino una concha. Era una mujer, no un hombre. Ésta se quedó paralizada, al ver que esa horrible “chica” descubrió lo que era realmente.

— En realidad, yo no me llamó Motilal Nehru, mi verdadero nombre es Kasturba Makhanji. — Eso le dijo a Mao, que después de descubrir su secreto, se sentaron en su salón a hablar del asunto y le preguntó qué quién era realmente.

— Ese nombre es uno que me inventé cuando llegue aquí. — Al ver la cara de Mao esperando que dijera algo más, ella tuvo que decir eso.

— ¿Y qué historia interesante tienes para tener un nombre falso y hacerte pasar por un hombre? — Eso le decía Mao mientras cogía unos dulces que había en la mesa

— Verás yo…— Le daba corte hablar sobre su historia. —…Pues huí de mi casa, con todo el dinero que pude conseguir para evitar casarme con la persona que me juntaron mis padres. — Todo lo decía, mientras lo recordaba con amargura.

— ¡Qué cliché suena eso! — Comentó Mao, quién no dejaba de zampar bollos.

— Por mucho cliché que sea, eso fue lo que ocurrió. Yo les dije que no, que todos los demás menos él, pero decían que ya lo habían acordado hace años y no se iba a deshacer por nada del mundo.  —Se lo explicó, con toda la seriedad del mundo.

— ¿Te ibas a casar con una mala persona o qué?  — Al decir esto, el falso chico se levantó y buscó entre los armarios algo, era una foto y se la enseño.

— ¡Oh, por Buda! — Mao quedo sorprendido por la belleza de aquel sujeto, llegando a escupir lo que estaba comiendo. Era tan gordo como un cerdo, tenía una cara llena de granos y una mirada de enfermo horrible.

— ¿Ya lo entiendes, no? — Eso le preguntó a Mao y éste, aunque le daba pena el hombre de la foto, comprendía perfectamente porque esa chica, disfrazado de chico, no quería casarse con él y le dijo que sí.

Nehru decidió, por su parte, olvidar el asunto de los dos mil dólares y le pidió a Mao que no se lo contara a nadie. Éste le dijo que sí, que mientras no había que pagar nada, mejor que mejor. Y antes de despedirse, el chino quería decir también su secreto:

— Por cierto, yo no soy una chica. — Eso le dijo rápidamente antes de alejarse, y Nehru se quedó boquiabierta, intentando pensar qué quería decir con eso. Cuando le quiso preguntar, ya no lo veía por ninguna parte.

FIN

 

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