Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del Mal: El preludio, septuagésima sexta historia.

 

Malia abrió la nevera para ver que había y se la encontraba vacía. La cerró y miró el reloj de pared y no se dio cuenta de que literalmente se estaba derritiendo. De lo que si se daba cuenta era la atmósfera siniestra que la rodeaba, pero decidió ignorarlo. Entró al cuarto de baño sin saber el motivo para hacerlo y se miró al espejo, tampoco se dio cuenta del hecho de que salía sangre de él y estaba cubriendo toda la superficie. Se arregló para salir y se dirigió hacia al salón para decirle a su hermana Sasha y a su madre que se iba a comprar.

— ¡Me voy a comprar, no hagan nada malo! — Eso les dijo, pero no se daba cuenta de algo. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había pasado y se quedó en stock, incapaz de gritar.

En el sofá estaba el cuerpo desfigurado de su madre, con cara de terror, mientras la sangre no paraba de salir de ella inundando todo el salón. Y delante de ella, estaba Sasha a espaldas, sosteniendo un cuchillo en cada mano y riendo sin parar:

— ¿Q-qué has hecho, S-sasha?  — Tartamudeó su hermana, que estaba muy sobrecogida ante tal horrible escena, temblando como un flan.

— Solo estábamos jugando. — Al responder eso de forma burlona, giró hacía ella, mostrándole una sonrisa realmente siniestra, haciendo retroceder a su hermana unos pasos.

— ¡Hermana, vamos a jugar! — Le decía eso mientras se acercaba a Malia, y ésta descubría horrorizada que la puerta se convirtió en una pared y que era incapaz de mover sus brazos y piernas.

— ¡N-no lo hagas, por favor! — Le suplicaba Malia, intentando evitar lo que su hermana quería hacer con ella.

— ¡Si va a ser muy divertido! — Al decir esto, levantó el cuchillo hacia Malia, y ésta no tuvo tiempo para decirle algo, porque le metió el arma en lo más fondo del pecho, justo en el corazón.

Por suerte, todo esto era solo una pesadilla y Malia despertó. Lo primero que hizo fue palpar su cuerpo en busca de una herida y al no tenerlo se alivió mucho. Lo segundo, fue que esperó tranquilizarse, ya que su corazón estaba bombeando sin parar y estaba llena de un sudor frío. A continuación, empezó a asimilar a aquella terrible pesadilla, pidiéndole gracias al cielo de que solo se tratase de un horrible sueño.

Sentía increíbles ganas de ir a la habitación de Sasha y comprobar si estaba bien, pero unos ruidos la sorprendieron y que procedían de la ventana. Se dio cuenta de que alguien le estaba tirando piedras a su ventana, y se estaba tapando su rostro con una capucha de una sudadera que le parecía mona. A pesar de lo sospechoso que se veía, decidió salir a la calle, sin quitarse el pijama, y ver quién era.

— Buenas noches, ¿qué quieres? — Eso le preguntó a aquella persona, tras abrir la puerta de la casa.

— Q-quiero comida. — Tras decir eso, cayó al suelo, ya que sus piernas apenas tenían fuerza; y Malia se acercó a ayudar, al ver que intentaba levantarse.

— ¿Estás bien? — Le preguntaba con toda la preocupación del mundo, mientras la levantaba del suelo. Al bajarle la capucha, se dio cuenta de que esa persona la conocía.

— ¿L-lafayette? — Gritó sorprendida y ella le dijo que se callara y la metiera en la casa.

Malia estaba muy sorprendida, ya que sabía que ella llevaba meses desaparecida, e incluso muchos le daban por muerto. Nunca se podría imaginar que aparecería en su casa pidiendo comida. Quería conocer que le había pasado, pero no quería ser una cotilla; y decidió hacerle huevo frito y hamburguesas para llenarla de energías.

— ¡Espero que esto pueda saciar tu apetito! — Eso le dijo tras terminarlo y ponérselo en la mesa.

Lafayette rápidamente empezó a comer como si fuera un animal y casi se iba ahogar, haciendo que Malia le diese palmadas en la espalda y agua.

Y mientras ésta se recuperaba, Malia observó como su pelo le llegaba hasta los hombros y estaba hecho un asco. También su piel, que parecía haber sido destrozada por la sarna y estaba adornada por cientos de cicatrices. Eso la dejó pensando qué cosas tan horribles le había ocurrido, antes de darse cuenta de que olía fatal:

— ¡Necesitas un baño! — Le dijo eso y a Lafayette eso le sintió fatal, y le quería decir unas cuantas cosas, ninguna bonita; pero le faltaron las fuerzas para replicarla. Tampoco las tuvo para que no la obligara ir al cuarto de baño a bañarla.

— ¿Q-qué haces? — Le decía Lafayette, mientras Malia le quitaba la ropa, que estaba sucia y bastante destrozada. — ¡No soy una niña! — Le gritaba.

— ¿Tienes fuerzas para poder lavarte en condiciones? — Le preguntaba  Malia, tras recoger la ropa que le quitó, para llevarla a la lavadora; y a la vez pensando en buscar nueva ropa para Lafayette. Horrorizada, se dio cuenta de que estaba esquelética.

— P-pues claro que sí, me puedo bañar solita. — Le replicaba mientras abría el grifo de la ducha, dando un pequeño grito por lo fría que salía el agua. Molesta al principio por tener que bañarse, recordó entonces lo bien que se sentía el agua caliente, y quería quedarse ahí un buen rato. Creía que se había olvidado de cómo enjabonarse o lavarse el pelo, pero lo hacía como siempre lo había hecho. A mitad de su ducha entró Malia, quién le traía la ropa limpia.

— ¿Q-que te ha pasado para haber terminado así? — En vez de irse de ahí, se quedó en el cuarto de baño a hablar con Lafayette, quería saber que le había pasado y ayudarla. No le contestó.

— Han estado buscándote desde hace meses. Tu familia debe estar muy triste por tu desaparición.  — Añadió Malia, al ver que no le contestó; y a Lafayette casi le dio risa esas palabras.

— Seguro que no.  — Le replicó secamente.

— Muchas veces nosotros creemos que los demás no nos quieres, cuando no es verdad. — Malia creía absolutamente que había gente que la quería, a pesar de lo mala que pudo haber sido ella.

— Y aunque fuera cierto, lo mejor es que yo siguiese desaparecida, o mejor…— Se calló por un segundo. —…muerta. — Después de todo, había perdido su oportunidad de triunfar en la vida, volviendo al mundo que odia con fuerza, el suyo. Pensaba tal vez que debería morir.

— ¡No digas eso! — Le gritó, impactada por esas palabras.

Lafayette se quedó mirándola. Se decía que ella no sabía absolutamente nada. Buscó un tesoro para conseguir que su riqueza le llevara lejos de ahí, pero al final terminó en un reino atrapado en el pasado. Pensaba que le habían ofrecido una oportunidad y al final fue solo una ilusión que casi la iba a devorar.

Con ganas de vivir, volvió a Springfield y se sentía tonta, al ver que había vuelto al mismo punto de partida, quedándose sin fuerzas para seguir sobreviviendo. Deseaba morir, pero contradictoriamente no quería. Esa mirada tan seria que puso hizo que Malia le hiciese esta pregunta:

— ¿Qué cosa has hecho para que quieras desaparecer? — Malia se sentía mal, no solo por hacerle esa pregunta, sino porque estaba pensando mal de ella. Algo gordo le tuvo que ocurrir para querer desaparecer de todos. Lafayette se quedó callada, no quería contarle nada, que a ella todo eso le debería importar una mierda. Malia, al ver eso, decidió atreverse aún más.

— S-si has cometido algo horrible, creo que aún estás a tiempo de aceptar tu responsabilidad y entregarte a las autoridades. — No lo quería decir, pero tenía que hacerlo, o eso creía ella que esa era su obligación. Se sintió mal, porque tal vez la estaba acusando de cosas muy graves sin tener ninguna prueba. Lafayette le dio eso un poco de risa, porque había cometidos monstruosidades, pero un lugar en el que apenas llegaban las leyes.

— ¿Has llamado a la policía? — Le preguntó Lafayette.

— Aún no, pero lo haré. Si has hecho un crimen o no, tu familia debe saber que sigues viva. — Le dijo Malia muy seria.

Entonces, Lafayette terminó de ducharse, se limpió toscamente con la toalla y empezaba a ponerse su ropa mientras le decía a Malia:

— Pues hazlo, pero yo me iré de aquí. — Le dijo de una forma vacilante a Malia.

— No estás en condiciones de andar, deberías dormir. — Le decía Malia, mientras ella salía del baño con la ropa puesta.

— Pero entonces, llegará la plasma. — Concluyó la negra.

Lafayette bajó al segundo piso, dirigiéndose hacia la puerta a la calle. No quería ser encontrada con la policía, ni menos con su supuesta familia, y creía con gran seguridad que si la pillaran, la Zarina la encontraría y la mataría. Esa era su razón de vivir, seguir escondida como una rata para no ser encontrada por una reina que le deseaba cortar la cabeza con sus propias manos. Se decía a sí misma que esa razón de vivir era un asco y tal vez debería matarse o algo parecido, ya que toda su vida era un montón de basura.

— ¡E-espera! — Le gritó Malia, quién la siguió hasta la puerta de la calle, para convencerla de que esperase a la policía, de que todos se diesen cuentan de que Lafayette seguía viva.

— ¡Por favor! ¡Piensa en tus seres queridos! — Le gritó eso. Ésta, al tener solo recuerdos amargos y odiosos de todos, se reía, se decía a sí misma que no tenía ninguno, nadie tenía una pizca de amor para ella. Entonces, giró hacia Malia y le dijo esto:

— ¡No seas estúpida! Si quieres, llama a la policía, diles que he estado aquí, dales pruebas, inventarte teorías idiotas, pero yo no me quedo. ¡Así que, adiós! — Y con esto, se iba a ir de una vez, pero Malia decidió preguntar algo más.

— ¿Y por qué has aparecido por aquí? ¿Por qué me has buscado? —

Eso se preguntaba Malia, si Lafayette no quería aparecer, entonces porque le había llamado a ella, no lo entendía. Apenas se habían visto unas pocas veces y no sabían casi nada de la otra. Sabía que había desaparecido solo por las noticias y los cárteles de búsqueda. La negra le iba a decir que eso era porque sabía que era la única persona que le podría pedir comida, porque estaba sin fuerzas, pero decidió no decirle eso.

— ¡Y yo qué sé! —  Solo le respondió esto y Malia la dejó marchar, para sorpresa de Lafayette, que creía que no iba a parar de insistir.

Después de verla partir, Malia entró en la casa y se fue a la cocina para llamar a la policía. Pero, al final, no lo hizo.

— Tal vez, si le dejó tiempo, ella sea capaz de arrepentirse de lo que ha hecho e ir a la policía. —

Esa fue su conclusión después de dudar durante un buen rato, con el teléfono en las manos, con llamarlos o no, mientras observaba  al reloj de pared de la cocina para saber qué hora era. Sabía que eso no estaba bien, pero quería dejar que fuera ella quién se entregase voluntariamente.

Volvió a la cama, pensando si podría ayudar algo más con todo este asunto; después de observar a su hermana que estaba durmiendo plácidamente en su cama. Ese terrible sueño que tuvo y que no dejaba de recordar era quizás lo que menos deseaba ella en este mundo, el objetivo por el cual luchaba cada día, que Sasha no se convirtiera en un monstruo. Rezó fuertemente para que aquel escenario no se volviera realidad:

— ¡Qué tengas lindos sueños! — Soltó en voz baja estas palabras a su hermana, antes de irse. Al abandonar la habitación, Sasha levantó los ojos, se había pasado todo el rato haciéndose la dormida y lo había escuchado todo.

FIN DEL PRELUDIO

 

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