Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del mal: Primera parte, septuagésima sexta historia.

Pasaron días desde que Lafayette había aparecido en su casa, y desde entonces decidió buscarla. Malia sabía que ella no se fue de la cuidad, no sabía el porqué, pero lo creía. En sus tiempos libres, buscaba lugares abandonados que podrían servir como un refugio y preguntaba si habían visto a una chica afroamericana en ellos. A veces le respondían que sí, pero que se fue. No se cansaba de esta búsqueda que parecía inútil hasta que un buen día, con el sol cayendo en el atardecer, la encontró en el hospital abandonado. La vio en la sala de urgencias, sentada en una silla y al lado suya, una soga sostenida con una tubería del techo y preparada para ahorcar a alguien. Con la vana esperanza de lo que estaba observando no fuera cierto, intentó llenarse de valentía para preguntarle si quería suicidarse,  pero no le dio tiempo, porque la otra habló antes:

— Si lo que me quieres preguntar es que si me iba a suicidar, pues ese era el plan, pero al final ni tengo las ganas. —

Eso decía mirando al suelo, en una posición reflexiva. Quería matarse, pero no tenía el valor suficiente para hacerlo. Malia se quedó incapacitada para decir algo, no se le ocurría nada; y Lafayette le seguía hablando:

— Si me has encontrado es porque te he dejado, nada más. Y no sé el porqué. — Tras decirle eso, dio un gran suspiro, y vio como Malia sacaba de una mochila, que llevaba puesta en su espalda, un dulce.

— ¿Quieres? — Eso le preguntó Malia, mostrándoselo, y Lafayette se lo cogió sin pensar, estaba muerta de hambre y comía con tanta rapidez que casi se iba a ahogar.

— Deberías comer con más tranquilidad, tienes que disfrutar del sabor. — Comentó Malia amablemente, mientras la observaba.

Eso rompió la frialdad con la cual habían empezado la conversación y a partir de ahí es cuando se volvió agradable y cálida. Empezaron a charlar tranquilamente y cuando se dieron cuenta, ya había pasado una hora.

— Debería volver, ya es muy tarde. — Eso decía, al recordar todo que tenía que hacer. — ¿Quieres venir a mi casa? — Luego, le preguntó a Lafayette, esperando que dijera que sí.

— No. — Malia no quiso presionarla, aunque le parecía intolerable dejarla en este lugar, que ella no tuviera un hogar en dónde poder refugiarse. Y cuando estaba a punto de irse, Lafayette le dijo algo:

— ¡Espera! — Le gritó y Malia giró su cabeza hacia la negra: — T-tal vez…—Le daba vergüenza decirlo. — Tal vez t-tú podrías v-visitarme de v-vez en cuando. — Esto no era propio de ella. — N-no es porque necesite compañía ni nada parecido, solamente me aburró y necesito tener a alguien con quién hablar. — Suspiró cuando vio que pudo terminar aquella frase y quería morirse de vergüenza, no quería demostrar que quería estar con alguien con quién poder charlar, que necesitaba tener a una persona a su lado.

— ¡Te lo prometo! — Eso le dijo Malia con una gran y radiante sonrisa, la cual hizo que Lafayette mirara hacia al otro lado, muy roja.

Y con esto dicho se fue y desde entonces Malia visitaba a Lafayette cada dos o tres días, trayéndole comida y ropa limpia, e intentando que, por lo menos, se fuera a su casa, pero ésta la negaba siempre. De todos modos, la negra empezó a disfrutar de las conversaciones, por primera vez en su vida:

— ¿Ya has pensando, por lo menos si deseas, volver a casa? — Esto le decía un buen día, mientras le sacaba la comida que le había preparado. Ya era de noche, aunque eso le importaba poco a Malia, ya que su hermana estaba durmiendo y su madre se quedó dormida en el sofá, faltando su trabajo. Estaban en mitad de un parque, cerca de la frontera.

— Sería el último lugar a dónde ir, ni siquiera es mi hogar. — Se lo dijo de una forma muy desagradable, antes de ponerse a devorar la comida.

— Tal vez debería entender tu situación… — Comentó Malia, mientras juntaba su mano delante del pecho. — Tal vez, podría ayudar. — Lafayette, dejó de comer por un momento al escuchar eso.

— ¿Por qué quieres ayudar? —

Le preguntó seriamente, sabía que esa era su intención, pero se preguntaba por qué era la razón. Creía firmemente que nadie deseaba ayudarla, después de todas las perrerías que hizo. Lo único que deseaban los demás de ella era que muriera de una puñetera vez. Por eso, no podría entender el hecho de que Malia le había ayudado y quería seguir ayudándola.

— Sabes, hay personas que al ver la cantidad de maldad que existe en este mundo se preguntan sinceramente por qué pasan estas cosas. Si tenemos un Dios tan bueno y misericordioso como dicen, si existe; cuál es la razón para tener que sufrir y de que exista el mal. Muchos llegan a la conclusión de que es puro cuento y dejan de creer en él. Pues a mí me paso al revés. —

Lafayette le quiso decir que no quería oír un discurso sobre Dios, pero le dio, por primera vez, corte cortarla por la mitad y siguió escuchando. No entendía muy bien que tenía que ver el Altísimo con querer ayudarla:

— Yo necesitaba una explicación, y la encontré. Dios tuvo la libertad de crear este mundo, es decir, pudo no haberlo creado, y cuando él creó al hombre, con su inteligencia y todo eso, creo el mal y el bien. Él es un ser omnipotente, pero ni él mismo puede escapar de las mismas consecuencias de sus actos, y por eso no podrá erradicar el mal. — Y Malia se sentó.

— Si lo piensas así, pues vale. — Eso decía Lafayette solo por decir, quién se ponía cómoda en el asiento, mientras la escuchaba.

— Eso podría ser pesimista, pero nos dio la libertad de elegir el buen camino y el malo, y de poder cambiar a tiempo. Yo, desde siempre, he querido ayudar a los demás, pero especialmente a aquellos que han hecho mal y hacerlas ver el camino correcto. —

Lafayette notaba la gran sinceridad que brotaba de sus palabras y decidió callarse para no decir nada feo ni rudo, hasta que terminara. Malia, tras terminar, se acordó de su hermana Sasha y de su promesa, de que iba a evitar que se convirtiera en un criminal y de hacerla una buena ciudadana; y al recordar que sus esfuerzos parecían inútiles se entristeció.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Lafayette, al ver cómo su cara se volvió de pronto triste.

— Nada, solo estaba recordando a alguien. — Eso le respondió Malia, olvidándose de eso; para decirle a continuación esto: — De todos modos, deseo ayudarte a que puedas avanzar, ¿no vas a esconderte toda la vida, verdad? —

— Psé, pues claro que no, cuando tenga el valor me quitaré la vida. —

— ¿Aún sigues con esas cosas? — A Malia le aterraba aún que deseaba matarse. — Aún puedes cambiar, si mejoras como persona, tal vez todo en tu vida puede cambiar. —

— Es demasiado tarde, ya estoy hundida en lo más mierda, no tengo nada que ver con este sitio.  — Le dijo eso Lafayette. Ella sabía más que nadie que ya no tiene remedio, hacía tiempo que no lo tenía. Estaba acabada.

-¿Alguna vez has tenido una amiga?- Entonces, Malia le preguntó esto de repente. No entendía qué tenía relación eso con lo que querer suicidarse.

— Yo…— Pensaba mentirla, pero le dijo la verdad. —…Nadie.  —

No quería dar lastima y no quería ver que ella se apiadará de ella, pero en vez de eso, vio que le estaba dando la mano, con una sonrisa.

— ¿Qué estás haciendo…? —Le preguntó.

— Ser tu amiga, si no tienes una, yo me ofrezco voluntaria. — La sonrisa de Malia mientras le daba la mano cautivó a Lafayette, quién no sabía si estrechárselo o no, ya que le daba vergüenza el solo hecho de hacerlo, de que supiera de que le gustaría tener una amiga. Esa no era ella, su papel era ser una perra sin amigos, odiaba por todos, que ha fracasado en su cometida de huir de su mundo y obtener lo máximo en el otro; pero se dio cuenta de que quería desesperadamente tener a alguien con quién hablar, con poder entenderse y otras más cosas que solo podrían hacer las amigas.

Al final, poco a poco, ésta acercó su mano hacía la suya y cuando iba a tocarla, entonces ocurrió algo inesperado. Un montón de luces aparecieron delante de esas chicas, iluminándolas, y éstas se quedaron boquiabiertas, sin saber qué estaba pasando exactamente. Entonces, una figura se puso delante de las luces para hablarles.

— Te tengo que dar las gracias, seguirte nos ha ayudado para encontrar a Marie Luise Lafayette. —

Tanto una como la otra, gritaron sorprendidas. Conocían perfectamente a esa niña y eso las dejó con la boca abierta. Lafayette gritó su nombre y Malia dijo que era la chica de la Nochebuena, y entonces se preguntaron la una a la otra, con mucho asomo, qué si la conocía:

— Es a mí quién debería dar las gracias, tuerta. —

Eso lo dijo otra persona más que apareció en escena, y que tanto Malia y Lafayette reconocieron rápidamente, gritaron el nombre de Sasha. Pero por su tono de voz la notaban distinta, no había nada de burla acida en ella; sino, más bien, una distinta. No parecía la misma de siempre.

— ¡Cállate, por favor! — Eso le replicó con tono muy malhumorada, ya que le molesto que le dijera tuerta.

Lafayette no sabía qué estaba pasando, salvo que estaba jodida, de verdad; ya le había pillado la maldita Zarina y sentía no iba a pasar nada, ni para ella ni Malia. La hermana de Sasha estaba peor, no entendía en qué tipo de situación se habían metido y se preguntaba desesperadamente qué estaba ocurriendo.

— ¿Qué mierda está pasando? — Eso gritó Lafayette. Malia la regañó por decir palabrotas. Luego, Elizabeth respondió:

— No tienes derecho de exigir nada. — Eso le decía a Lafayette, mientras preparaba su pistola, aunque, esas dos no veían claramente que estaba haciendo. — ¡Ahora, entrégate! —

— ¿En serio, tú crees que me voy a entregarte así como así? — Le habló burdamente Lafayette. No se iba a entregar por las buenas, ni por las malas, antes muerta que ser capturada. Por eso, empezó a mirar discretamente por todas partes, buscando una salida:

— Ya sabía esa respuesta, pero no quería hacer un alboroto… — Mientras Elizabeth decía eso, Malia se puso delante de Lafayette, con los brazos extendidos.

— ¡Vamos, Lafayette, corre! — Le gritaba Malia. No entendía nada, pero supo que ella estaba en peligro y decidió evitar que la capturasen. A pesar de lo decidida que estaba, temblaba un poquito por el temor de que le podría pasar algo malo.

— ¿Estás idiota?  —Le gritó eso. No podría creer lo que estaba haciendo ella.

— Me sorprende que estés protegiendo a Lafayette. — Eso dijo Elizabeth a Malia. No solo se sorprendía, sino que le hacía gracia que esa chica defendiera a tal perra.

— ¡Si tus intenciones son malas, entonces no te voy a dejar que vayas a por ella! — Eso le dijo, avisándola, y realmente decidida a evitar que fueran a por Lafayette. Ya había dejado de temblar.

Elizabeth, al escuchar esto, se mordió la uña de los nervios. Quería hacer evitar en todo lo posible hacer un espectáculo. Su plan originalmente era esperar a que Malia la dejara sola, e intentar rodear el lugar con coches de una organización que ella manejaba por el parque sin que nadie se diese cuenta. Pero la estúpida de Sasha le arruinó el plan, obligando a todos encender las luces antes de tiempo, pero aún así pensaba que podrían irse de allí antes de que los vecinos se enterasen. Ahora que esa chica estaba dispuesta a entretener a los demás para que Lafayette escapara, tenía que hacer otra cosa, y rápido. Si la mataban o la dejaban herida, podrían provocar algunas molestias que no deseaba. Y pensando y pensando, tuvo una idea bastante irracional, pero creía que podría funcionar. Por eso, decidió hacer su plan desesperado y cogió a Sasha, y la apuntó con la pistola.

— ¡Esto no venía lo que acordamos! — Le gritaba una anormal Sasha, que no le soltó ningún chiste ni burla.

— ¡Sasha! — Gritó Malia, quién salió corriendo a salvar su hermana, y fue detenida, cuando Eliza le dijo que no diera un paso más, con la arma mirando hacia ella.

— ¿Estás loca? — Le gritó Lafayette, a pesar de que pensaba que ella haría lo mismo o peor si estuviera en su lugar.

— ¡Un día! ¡Solo daré un día y la idiota ésta morirá! ¡Si no me entregas a Lafayette, mañana, morirá a esta hora, en mi palacio, en la entrada de las caballerizas! ¿Entendido? — Esto decía mientras iba hacia atrás con su rehén.

— ¿Por qué lo estás haciendo? ¿Por qué le haces eso a tu propia amiga? — Le gritaba eso, incapaz de entender lo que estaba pasando. Solo quería que fuera un sueño más, que su hermana no estuviera secuestrada.

— Nunca hemos sido amigas, aunque ahora hemos sido aliadas…— Dijo esto, después de meterse en el coche. Y de repente, todas esas luces, que eran de los coches, se movieron y se alejaron de ellas, pero Malia no corrió, se cayó de rodillas al suelo, intentando asimilar lo que había vivido.

En menos de unos minutos, había aparecido una chica que conoció en Nochebuena con su hermana para pedir que Lafayette se entregara, y sin saber ella cómo, todo acabó con su hermana siendo secuestrada, de alguna manera por la misma chica. La negra le parecía que había entrado en shock y a punto de llorar. Verla así la hizo trizas corazón y unas ganas de locas de matar a Elizabeth, más que nunca. Al sentir esto, no se podría explicar cómo estaba teniendo esos sentimientos por otra persona, cuando nunca le importó nadie y se preguntó qué le estaba pasando.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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