Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del Mal: Segunda parte, septuagésima sexta historia.

Llegó la medianoche y aún Malia y Lafayette estaban sentadas en el banco, mirando al suelo. Mientras que la primera intentaba pensar qué podría hacer, a pesar de que aún estaba consternada por todo lo que vio; la otra se preguntaba cómo llegaron a esto y cómo salir viva de ésta. No podría pensar en la posibilidad de huir ahora mismo, ya que, conociendo a esa chica, mataría a Sasha y su primera amiga no podría soportarlo, ni ella. Suspiraba sin parar, incapaz de encontrar una buena solución; su mente apenas le funcionaba.

— ¡Qué mierda! — Eso exclamó, tras hartarse de pensar y pensar; para luego mirar al cielo, el cuál apenas tenía estrellas gracias a la luces de la cuidad.

— Deberías irte. — Esas palabras que dijo Malia de repente, sorprendieron a Lafayette.

— Espera, ¿qué estás diciendo? — Casi se iba a caer del banco de la sorpresa.

— Ella, por alguna razón, va a por ti. Ni pienso llevarte ante ella, eso sería aceptar un horrendo chantaje. Por eso debes irte, yo te pagaré todos los gastos. — A pesar de la poca luz que había, Lafayette podría observa como su cara estaba muy seria, que lo estaba diciendo en serio.

— ¿Y cómo vas a salvarla? Esa niña es capaz de matarla. —

— No lo sé, no lo sé. — Le empezó a salir lágrimas, ya no podría aguantar más. — Pero la salvaré. — Al terminar esas palabras, se limpió la cara y se levantó del banco.

—Ya encontraré la forma de hacerlo. Si la policía no lo hace, tendré que hacerlo yo. — Eso dijo, muy decidida.

Después de esos acontecimientos, ella llamó a la policía para explicarles lo que ocurrió, pero estos, por alguna misteriosa razón, no querían escucharla y ni querían saber nada. Lafayette supo enseguida que Elizabeth tenía algo que ver, que había hecho que los agentes de la ley no se metieran en el asunto. Y le tuvo que explicar a Malia, al ver que no dejaba de llamar, de que era imposible recurrir a ellos, que eran una panda de corruptos.

— ¡No hay más remedio! — Eso decía Lafayette, tras soltar un suspiro, mientras se levantaba. — ¡Te ayudaré! — Le puso la mano sobre su hombro, y Malia le dijo gracias con una sonrisa, haciendo que a Lafayette se le pusiera la cara roja y mirara hacia otro lado, diciendo que solo lo hacía para joder a esa niña tuerta.

Y con esto dicho, decidieron ir a casa de Malia para descansar, ya que estaban muertas de sueño y decía ella que cuando estuviesen repletas de energía ya tendrían una buena idea. Al llegar a la calle, vieron en él una columna de humo, se preguntaban qué había ocurrido. No se esperaban que fuera la casa de los Roosevelt lo que se estaba ardiendo, Malia quedó paralizada al verlo:

— ¡No puede ser! — Eso gritaba, mientras observaba como su casa estaba reducido a cenizas, con la policía precintando el lugar, mientras los vecinos cotilleaban lo que pasaba. A los bomberos les quedaban muy poco para extinguir el fuego. Malia salió corriendo hacia a los policías para preguntarle qué pasó.

— ¿Tú vivías en esa casa? ¡Menos mal, qué te has salvado de milagro! ¡Ese incendio ha sido horrible, hemos durado más de dos horas en apagarlo! —Eso le contestó uno de los policías, tras preguntar ella qué ocurrió, con toda la ansiedad del mundo.

—  ¿Y mi madre? ¿Y mi madre? — Le gritaba al policía, aterrada y con los nervios a flor de piel.

— No lo sabemos. — Le contestó eso el policía, que tuvo que dar esa respuesta porque no encontraba ninguna otra respuesta para no ponerla peor.

— ¡No puedo ser! — Cayó de rodillas, poniéndose a llorar frenéticamente. Si apenas aguantó lo que le ocurrió antes, con éste se derrumbó. Y tanto el policía como Lafayette empezaron a animarla, a decirle que tal vez ella estaba viva.

La negra estaba segura de que esto también era obra de Elizabeth, y su rabia y odio hacia ella aumentaron sin parar. Al desahogarse, después de pedirle a la otra que la llevara lejos del lugar, llevándola ésta a un parque cercano; le pidió perdón por comportarse.

— ¿Por qué dices eso? ¡Como si fuera algo malo ponerse así! — Eso le replicó Lafayette, quién no entendía porque ella pedía perdón por algo así.

— Pero me siento mal por ponerme así…— Eso decía Malia, aún con cara de tristeza. — Y eso que aún no sabemos si estaba en casa durante el incendio. — Se levantó del banco en el que estaban sentada e intentaba forzar una sonrisa, dándose ánimos a sí misma, porque pensaba que aún había esperanzas. Lafayette, a pesar de que pensaba que no debía obligarse a sí misma para subirse la moral, eso le conmovió aún más, haciendo que pusiera una pequeña sonrisa sin darse cuenta.

— ¿Y ahora qué vas a hacer? — Eso le dijo Lafayette, intentando ponerse lo más seria posible.

— ¡Iré al trabajo de mi madre! — Eso le respondió. No deseaba volver a ese antro, ni tampoco quería que Lafayette viera que su madre trabajara en una profesión detestable para ella; pero ese lugar era el último en dónde podría encontrarla. Y allí se fueron ellas, con el sol a punto de salir por oriente.

Tardaron casi dos horas en llegar a ahí, no solo por lo lejano que estaba, sino por lo cansadas que estaban. Y cuando Lafayette vio que tipo de lugar era el trabajo de su madre, se quedó boquiabierta. Era un edificio de dos tres o cuatro plantas, situado casi en las afueras de la ciudad, con un gran cartel de neón con una imagen de una mujer quitándose la ropa. Era bien fácil adivinar lo que era:

— ¿Esto no es un….prostíbulo? Tiene toda la pinta. — Le preguntaba Lafayette, mientras Malia miraba hacia otro lado, deseando que la tierra la tragase.

— Mi madre trabaja allí. — Al escucharlo, la negra gritó, no se lo podría creer, y le preguntó si era camarera o algo que no estaba relacionado con la prostitución, y ésta tuvo que decirle la verdad. No sabía qué decir, estaba bastante incómoda por saber que Malia era literalmente una hija de puta.

Le contó que su madre era del continente y, por razones que nunca le quiso relatar a su hija, vino aquí y se hizo prostituta. Y a pesar de que usaba el condón gran parte de su jornada, se había quedado embarazada unas pocas veces. De ahí salieron ella y su hermana, salvándose del destino de haber sido abortadas. Malia se salvó de milagro y ésta evitó que Sasha muriera.

Lafayette solo se quedó callada y se sintió agradecida de no haberle tocado una madre como esa, no soportaría el hecho de ser hija de una prostituta. La otra suspiró, por lo desagradable que le resultaba que su madre trabajaba en ese tipo de profesión.

— ¿Y tu padre? — Preguntó Lafayette, tras pasar las dos un buen rato en silencio. Sabía que esa pregunta le iba a ser incomoda, pero su curiosidad pudo más y le dijo eso, arrepintiéndose a los pocos segundos después de decirlo.

— Nunca lo he sabido, ni el de Sasha. Tuvo que ser algunos de los clientes que he tenido mi madre. — Lafayette se quedó callada al escuchar esas palabras, ya se dijo que era suficiente por hoy, ya era bastante desagradable la conversación.

— Ni jamás pensé en buscarlo, sería, aún más, incómodo ir a su casa y decirle si soy su hija. Y sería muchísimo peor si tuviese una familia. —

Siguió hablando Malia, que se preguntaba quién sería su padre por unos momentos. Y Lafayette, al oír todo eso, recordó cosas que no deseaba, en relación con su familia, y decidió cortar la fea conversación, diciéndole que cómo se llamaba su madre, para ir ella a preguntarlo por el antro. La iba a acompañar, pero la detuvo, porque veía en su cara que no le gustaban esos sitios.

Al volver Lafayette, le dijo que no se encontraba ahí, que se lo preguntó a todas las putas que vio; y que tenían que irse rápido. La pobre Malia estaba tan decaída que ni ganas tenía de preguntar y solo la hizo caso, sin saber que la negra le rompió la cara a los porteros del prostíbulo y por eso tenían que salir pitando.

A pesar de lo decaída y cansada que estaba, Malia se forzaba mucho en animarse para buscar a su madre por la ciudad, intentaba parecer que estaba bien. Pero la búsqueda no tenía ningún resultado, e ir a la policía para preguntar de lo del incendio tampoco, porque aún no encontraron ningún rastro que fuera de un ser humano, algo que levantaba los ánimos a Malia, pero que aún no le quitaba la tristeza en la cara. Tras salir de la comisaría, el cual entró sola porque Lafayette ni loca se metía, según sus palabras; se fueron al puesto de comida callejera más cercana.

— ¡Toma esto! — Eso le decía Lafayette a Malia, entregándole la comida que pidieron de un puesto que mezclaba comida asiática con mexicana y un refresco.

— Gracias. — Eso le dijo, tras darle una sonrisa forzada, se quedó viendo la comida, con los ánimos más bajos posible. Apenas tenía hambre, pero se obligada poco a poco a comerlo para no poder desfallecer, ya que llevaba desde el mediodía de ayer sin comer nada.

— ¡Oye, tú! ¡Si no quieres comer, pues no lo hagas! — Eso le decía Lafayette, que le ponía mal verla así, tanto que le quitaban las ganas de comer.

— Perdón. — Eso fue lo único que dijo, mientras pensaba sin parar en todo lo que había ocurrido desde ayer. Se preguntaba qué había ocurrido, cómo llegaron las cosas a este punto, por qué su hermana se estaba comportando tan extraña y por qué fue secuestrada por su propia amiga; y por qué ésta quería a Lafayette, dónde se encuentra su madre y más preguntas. Todo esto le parecía un sinsentido, no encontraba ni pies ni cabeza.

Lafayette en vez de pensar en lo que había ocurriendo, pensaba algún buen plan para rescatar a la fastidiosa de Sasha, evitando que fuera atrapada por Elizabeth. Tras forzar mucho su cerebro, se le puso ocurrir algo:

— ¡Ya tengo un plan para sacar a tu hermana de ese apuro! — Eso le dijo a Malia, tras venirle un plan, que fue una completa revelación. Y la otra se quedó en blanco unos segundos, antes de acordarse de que tenían que salvar a Sasha.

— ¿Estás segura de que funcionará? — Eso le preguntó Malia a Lafayette, quién tenía dudas de que podría salir bien su plan. Ya estaban en el lugar más inhóspito de la cuidad, una pequeña calle hecho de piedras, que se salía de la urbanización para meterse en un bosque, cuyo final era una gran puerta, situado en el muro que separa la cuidad del Zarato.

— Más le vale, o si no estaremos pérdidas.  — Le respondió Lafayette, mirando por todas partes y divisando que alguien estaba delante de la puerta, le molestó que estuviera ahí. Aquel, al verlas, no dijo nada, sacó de su bolsillos fotos para revisarlas y después observarlas a ellas. Era bien obvio que alguien les tomó una fotografía sin permiso.

— Ah, vale. Sois de las fotos.  — Eso dijo en ruso y entonces gritó hacia al otro lado de la puerta, y empezaron a abrirla.

— ¡Es un soplo de aire nuevo ver a gente nueva pasando por aquí! — Eso decía el hombre, mientras ellas entraban con la cara extrañada. Una apenas comprendió lo que dijo y la otra no pudo entenderlo. Así es como entraron, con plan en mano, al Zarato, dispuestas a salvar a Sasha.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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