Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del mal: Cuarta parte, septuagésima historia.

Antes del amanecer, y tras pedir a Ranavalona que una de sus chicas se llevará comida a Malia, quién estaba en una habitación de invitados; Elizabeth ordenó que prepararan la cena para ella y sus invitadas. Así es como ella se sentó en un extremo de la mesa y Sasha en la otra, con una Lafayette, atada de pies a manos y en una silla, con la boca tapada; en el medio. Estaban en el espacioso y enorme comedor, alumbrado con una gran lámpara de araña, y cuyas puertas estaban vigiladas por sirvientas y criados.

— ¿Está buena la comida, Lafayette? — Eso le decía la pequeña Zarina con tono de burla, ya que la negra tenía la boca tapada y era incapaz de comer, y menos de decirle a Elizabeth que se jodiera.

— ¿Ya tienes fecha para su ejecución? — Eso le dijo Sasha, indiferente, con ese rostro que parecía inhumano.

— Aún no. Pero será menos de una semana, será divertido. — Le respondió la Zarina, antes de gritar a sus criados que traigan eso.

— Me estaba preguntado si la General Lafayette no hubiera venido, ¿me hubieses matado de verdad? — Eso le preguntó Sasha a Eliza.

— Tal vez, solo fue una amenaza. — Eso dijo, mientras estaba distraída en oler el vino que le habían traído. En verdad, pensaba que no le hubiera importado matarla, a ella y a su hermana, si Lafayette no hubiera aparecido.

— Entiendo…— Añadió secamente, mientras cortaba con un cuchillo la carne que no iba a comer, ya que solo quería cortar por cortar.

— Aún no me lo puedo creer. No logro comprender cómo supiste que yo buscaba a Lafayette. Fue una sorpresa que hicieras tal trato conmigo. —

Elizabeth, tenía un montón de dudas sobre Sasha y lo qué era ella realmente. Lafayette, no entendía nada de nada de lo que decía.

— Es un se-cre-to…—Intentó parecer graciosa. — En fin, como tenemos un trato, quiero pedirte un último favor. —

— ¿Cuál? — Preguntó eso, muy intrigada.

— Quiero ejecutar a Lafayette con mis propias manos. En una pelea a muerte, como los gladiadores. — El lugar se puso silencioso unos segundos.

— ¿Qué? — Eliza escupió el vino que estaba tomando y se puso a reír —Pensaba que estabas enferma, pero no tanto. — Eso decía entre carcajadas, antes de evitar que se ahogará con su propia risa. Lafayette también quería reír, pero no podría porque tenía tapada la boca.

— Lafayette es lo más parecido a una bestia salvaje. Su fiereza y su comportamiento violento y cuasi animal ha aterrado a bastantes indios y matado a algunos, y eso que es una simple adolescente. Y tú, ¿quieres matarla, tú misma? ¡Estás idiota, perderás tu vida en solo un minuto! —

Eso le molestó mucho a la negra, ya que le trataban como un bicho, y se preguntaba qué estupideces se le pasaba por la cabeza a esa idiota de Sasha. Elizabeth también pensaba algo parecido sobre aquella estúpida.

— Ese es el punto.  — Rió siniestramente, ante una Elizabeth y una Lafayette incapaces de entender que era lo que ella quería hacer.

— Además, otra cosa. Mi hermana debe verlo, sí o sí. — Al escuchar esto, Eliza estalló de risas y Lafayette, incapaz de decir nada, pensaba que era una majareta y que no sabía lo que hacía. Entendía que Malia no lo iba a soportar y que no deseaba a ver a nadie matarse, ni menos delante de sus ojos. Por eso, no entendía por qué quería hacerle eso.

— Vale, vale. — Le decía Eliza, casi muerta de risa. — Lo haré, será bastante divertido. — Lafayette quería preguntarle a la pequeña Zarina furiosamente que si también había perdido la cabeza.

Entonces, entró una estatua de toro de metal y con ruedas, que era el “eso” que pedía Elizabeth, y ésta se acercó a Lafayette para decirle algo:

— ¿Tú sabes lo qué es esto? — Eso le preguntó y Lafayette le quería gritar que le importaba una mierda.

— Es un toro — Le siguió hablando. — de Falaris, un instrumento de tortura. Más bien, una horrible forma de ejecución, ¿sabes cómo se usa? — No quería, ya que sabía perfectamente para que lo iba usar Elizabeth, para matarla de la peor forma posible. No quería saber nada más.

— Pues bien meten al condenado en el torito y enciende una hoguera. En su interior, ya que está hueco, se vuelve un horno. Toda superficie arde y literalmente te cocinas ahí dentro. Lo mejor es que los alaridos y los gritos de las víctimas salen por la boca del toro, haciendo parecer que la figura muge. —

Lafayette, al oír esa explicación, se quedó paralizada y aterrada, saliéndole un sudor frío. Se decía a sí misma que Elizabeth era un monstruo, que le iba a hacer una cosa tan horrible que ni ella misma haría a otra persona, por mucho odio que le tuviese. No quería morir así, de esa manera tan horrible. Eliza estaba disfrutando con la cara que le ponía.

— Entiendo que no quiere eso, pero se te presentado una oportunidad. Si matas a Sasha, te libras de eso. — Lafayette no podría creer que dijera eso, ni menos delante de Sasha, pero vio en la siniestra sonrisa de la Zarina que también había sido molestada por esa enana chalada. Y se preguntaba si la hermana de Malia quería morir de verdad, al observar que reaccionaba favorablemente a esas palabras, riendo como hiena. Entonces, la pequeña Zarina le sacó la cosa que le tapaba la boca y le dijo esto:

— ¿Quieres vivir a costa de su vida, verdad? — No le contestó, intentaba por todo los medios no decir nada. Elizabeth, al ver esa cara, le seguía hablando:

— Esa chica ha sido la que te ha descubierto y ha utilizado a su hermana, y según he oído también te ha hecho otras burradas, se ha burlado de ti, te ha engañado, te ha roto el móvil, te ha robado la cartera, saboteó tu debut del día de Shelijonia. Te he hecho un montón de cosas horribles. Es normal sentir odio por ella. Puedes aprovechar este momento y vengarte, por todo lo que te ha hecho. — Quería convencerla y sabía cómo hacerlo.

Lafayette, a pesar de que seguía teniendo cerrado el pico, no paraba de recordar todas las desgracias que le hizo aquella molestosa idiota, desde el primer día que se conocieron hasta aquellos días de octubre.

— Después de haber matado a mucha gente y de librar una guerra, ¿no te atreves a matarla por salvar tu vida? — En realidad, deseaba matar a Sasha, quería hacerle pagar todo el mal que le hizo; pero no quería hacerlo por Malia.

Es más, estaba pensando en Malia, en su propio bien. Quería ayudarla y sacarla de esta jauría de locos y no deseaba hacer algo que le hiciese daño a ésta. Y esto no lo entendía, ¿por qué? Ella es una persona egoísta, entonces, ¿por qué, cada dos por tres, pensaba en aquella chica y en su bienestar?

— Yo soy Marie Luise Lafayette, y nunca me ha importa nadie, solo a mí misma. — Eso dijo ella. Intentaba borrar la imagen de Malia en su mente, porque pensaba que eso no estaba bien, que esa no era ella. Si iba a salvarse, sería a costa de otra persona. Ese era su orgullo, su propio egoísmo.

— Por eso, serás capaz de matar a Sasha Roosevelt.  — Añadió felizmente Elizabeth, quién estaba muy contenta de que le hubiera salido bien el plan. Deseaba ver cómo se mataban mutuamente dos personas que odiaba.

— Eso haré. — Eso le dijo con una sonrisa siniestra a la Zarina, intentando olvidar a Malia. Se obligaba a sí misma a destrozar la única amistad que había tenido en toda su vida y hacerle una gran herida que nunca se curara. Después de todo, ella era Lafayette, una chica horrible que no necesitaba amigos y ni debería querer tenerlos.

Entonces, Elizabeth, al oír lo que deseaba, se fue, diciendo que la cena ya había terminado y que llevaran a Lafayette al calabozo. Y Sasha se acercó a la negra para decirle algo:

— No tengo nada contra ti, general Lafayette, pero esto es por Malia. —

— ¿Qué coño dices? — Se preguntaba extrañada. No entendía por qué decía aquellas estúpidas palabras.

— Da igual el resultado, ya que, de todos modos, esto nos separara a Malia y a mí. — Su respuesta no le aclaró nada.

— ¿Qué? ¿Estás idiota? ¿Tienes mierda en el cerebro? — No podría entender lo que quería decir y por eso lo único que hacía era insultar.

— Quiero que ella vea realmente lo que soy, y si sacarte las tripas es necesario, lo haré, delante de sus propios ojos. — Dijo eso con una sonrisa de un loco, para acabar en risas. Se puso rápidamente furiosa. Sabía que Malia quería a su hermana y que no soportaría ver que su Sasha matara a alguien, delante de sus propios ojos. Se dio cuenta de la horrible persona que era esa enana y le dio rabia que tratara así a su hermanita mayor:

— ¡Hija de puta! ¡Le vas a hacer eso a tu propia hermana! — Tenía ganas de destrozarla viva e intentaba soltarse, pero no podría. Hasta cayó al suelo, de tanto mover la silla y gritar como loca.

— ¡Hey, no te alteres, a quién voy es a por ti, no ella! Aunque es cierto que ha habido veces que he querido apuñalarla, con mis propias manos. —

Eso lo dijo con toda la naturalidad del mundo, terminando con unas risitas y haciéndose pasar por adorable.

— ¡N-no puedo creérmelo! — Se puso más histérica. — ¡T-tu hermana es demasiado buena…! ¿Por qué le ha salió, como hermana, una hija de puta como tú? — Eso gritaba, mientras Sasha salía del lugar. Le daba rabia que Malia tuviese un familiar tan horrible. Una hermana que siempre le ha ayudado, que siempre le ha protegido y defendido, que siempre ha estado preocupado por ella y que intentaba hacerla mejor; ¿y qué recibe a cambio? Hacerla ver en contra de su voluntad como mataba a alguien. Y al llegar al calabozo, se pudo tranquilizar, solo un poco.

— ¿Qué me está pasando? — Eso gritó a pleno pulmón. Sentía que había algo raro en ella, desde hace tiempo y todo por culpa de una persona.

— ¡Malia! ¡Malia! ¿Por qué pienso tanto en ella? ¡Es solo una idiota que es utilizada por su propia hermana! —

No podría entenderlo, mejor dicho, no quería entenderlo. Sabía que, por primera vez en su vida, sentía algo, que le parecía totalmente nuevo y demasiado extraño. Jamás sintió eso con su abuelo, o con su madre, o por su padre biológico, con nadie; pero no quería realmente pensar qué era, sentía que eso la volvería una blandengue o entrar en un territorio desconocido que no quería descubrir.

A pesar de eso, su mente inconscientemente no la dejaba en paz, mostrándole todos aquellos ratos en los que pasó con Malia, tanto para crear un discurso, con ayuda de un tal Cicerón; como todas esas noches en que ella la buscaba, le daba comida y hablaban entre ellas. Al recordarlos, sentía una extraña nostalgia, como si esas pequeñas escenas tenían una pequeña felicidad que nunca volvería a ver. Incluso le entraron las ganas de llorar, aunque consiguió no derramar ni una sola lágrima.

Deseaba salvar su vida, ya se le pasó las ganas de morir, sin saber cómo; pero no quería matar a la hermanita de Malia, delante suya. Tampoco quería que la matase Sasha, no solo porque quería vivir, sino porque sería un shock para su hermana. Por otra parte, deseaba matarla por todo lo que le hizo, pero eso no lo quería hacer con su única amiga mirando aquella lamentable escena. Lo mejor es que no hubiera muertos ni pelea, pero era imposible, alguien tenía que morir y ella igualmente lo iba a contemplar, o incluso sería capaz de sacrificarse poniéndose entre las luchadoras.

— No sé que voy a hacer. — Eso dijo en voz alta, deseosa de que ocurriera un milagro que evitará aquella pelea.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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