Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del Mal: Epílogo, septuagésima sexta historia.

Cuando Malia se despertó, se encontraba en el hospital, en una cama. Miró a su alrededor y no veía a nadie. Se quitó las mantas y se levantó poquito a poco y observó la ventana, viendo que todavía estaba cayendo nieve, a pesar de que la cuidad ya estaba blanca. Deseaba que todo lo que sufrió fuera más que una triste y horrible pesadilla, pero, tras saber del doctor que alguien la dejó en las puertas del edificio a altas horas de la noche, empezó a aceptar que todo eso fue realidad. La policía vino un poco después, pero ella era incapaz de contarles algo, ya que todo eso parecía una fantasía extraña y nadie la creería, además de que tenía aún esperanzas de que fuera solo un sueño.

Las perdió cuando vio su casa reducida a cenizas y luego, cuando supo que su madre aún no había aparecido, tuvo que empezar a asimilarlo. Ni sabía dónde estaban Sasha y Lafayette y la única que lo tenía que conocer era Elizabeth von Schaffhaussen, pero no sabía cómo contactar con ella. Tras eso, Nadezha le obligó a que durmiera en su casa para que no lo hiciera en la calle y, a la mañana siguiente, se fue hacia las puertas del Zarato y le pidió al vigilante que le dijera a Eliza que quería hablar con la Zarina.

Contra todo pronóstico, a la primera, ya que pensaba que tenía que hacer un montón de veces; le hicieron caso y le dijeron que iba a tener una cita con la Zarina, en un pequeño restaurante de Springfield. Al día siguiente, fue a ese lugar:

— Voy a ir directa al asunto, ¿qué quieres? — Eso le dijo Eliza, tras sentarse en la silla, junto con su sirvienta Ranavalona.

— Debes de saberlo, es sobre Sasha y Lafayette, ¿dónde están? — Le replicó Malia, con toda la seriedad del mundo.
— Sasha desapareció sin dejar rastro, seguramente fue después de dejarla que te llevará al hospital de Springfield. — La frialdad que notó en esas palabras le hacía pensar a Malia que no decía verdades.

— Puedes creer o no, pero eso es la verdad. — Vio que su cara mostraba desconfianza y le dijo eso, para después pedirle al camarero un café con leche.

— Perdón por desconfiar, ¿y qué pasa con Lafayette? — Malia, al ver que ni siquiera ella sabía dónde estaba su hermana, con tristeza, tuvo que hablar de la otra persona que quería saber dónde estaba.

— La ejecutaré dentro de cuatro días. — Se quedó boquiabierta al escuchar esas palabras, no podría creer que una niña sería capaz de decir esas palabras como si fuera algo normal. Le entraba ganas de vomitar.

— ¿Por qué? — Malia no podría creérselo, se preguntaba qué fue lo que hizo para que una niña deseara matarla.

— No son asuntos tuyos. — Eso lo dijo con el mayor desprecio posible.

— Sí, lo son, ella me ayudó. No voy a quedarme parada al ver que la van a ejecutar. — En verdad, quería salvarla. Vio que había alguna esperanza en Lafayette en el momento en que pudo escuchar sus palabras y soltar aquel cuchillo con el que iba a matar a su hermana. Quería salvarla de la inmensa oscuridad en el que estaba atrapado, antes de que llegara su hora. Y dentro de cuatro días era demasiado poco. Entonces, Malia se puso de rodillas, suplicándole que no la matara una y otra vez, ante un público sorprendido, y que no entendían lo que estaban hablando, aunque tampoco le interesaban.

— ¿Harías lo que sea? — Le preguntó una Elizabeth sonriente, al ver la desesperación de aquella chica que no entendía, pero que se iba a aprovechar de ella.

— Mientras no vaya en contra de mis códigos morales, haré lo que sea. Así que, por favor, no la mates, a pesar de todo lo malo que habrá hecho. — Eso se lo decía llorando, recordando todos sus buenos ratos con Lafayette.

— ¿Sabes? Dicen que una vida no tiene precio, pero para mí, sí, por lo menos ahora. Podemos hacer un trato, si quieres.  — Lo dijo, mirando hacia la gran ventana que tenían en su sitio y mientras tomaba el café con leche que le trajeron.

— Sí, si es para salvar a Lafayette, haré el trato.  — Lo dijo con toda la seguridad del mundo, porque estaba dispuesto a sacrificarse por esa chica.

— Ojo por ojo, diente por diente, eso estaba pensando pero no me daría beneficios, así que he pensando, tal vez, endeudar tu vida para salvar la de ella. Costaría un billón de dólares y pues estarías atada a una deuda hasta que te mueras. Yo diré cómo se hacen los plazos. ¿Alguna duda? —

Al decir esto, pidió a Ranavalona que lo escribiera en el cuaderno que trajeron.

— ¿Puedo ponerle condiciones?  — Eso le decía Malia, mientras esperaba impacientemente a que terminara de escribir Ranavalona.

— Vale. — Y le respondió Eliza con una simple palabra.

— Esa deuda no será heredada a mis descendientes y cuando muera será el fin de mi préstamo.  — Ranavalona escribió todo eso que dijo ella.

— ¿Algo más? — Ranavalona, tras oír eso, esperaba que no tuviera escribir nada más.

— No. — Se lo dijo de una forma contundente, porque estaba dispuesta a estar endeuda, de estar atadas de manos a pies toda su vida; ya que, para ella, iba a salvar a una persona, por muy mala que era, y lo aceptaba con mucho gusto.

— Entonces, firma aquí. — Elizabeth le dio el papel, en el que escribieron el trato y el bolígrafo, y ella lo firmó.

— ¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias! — Se sintió muy feliz, al ver que había conseguido a salvar la vida de alguien.

— No te entiendo, ¿por qué deseas tanto salvar a ese bicho? — Elizabeth, no podría entenderlo, quién podría salvar su vida por alguien como Lafayette, porque para ella, nadie en su sano juicio lo haría.

— Todos merecemos una segunda oportunidad, ella también.  —Esa explicación partió de risa a la pequeña Zarina, que le parecía una gran estupidez.

— ¡Tonterías! ¡Esa perra no se merece eso! ¡Deja de soñar, la gente como ellas jamás aprenderán! — Se reía de ella, ya que eso le confirmó sus sospechas de que era una completas gilipollas, de esas que querían ser más buenas que nadie.

— ¡Yo creo lo contrario, Elizabeth! ¡Todos merecen ser salvados, de sus pecados, de sus errores, incluso tú! — Esto lo dijo con toda la seriedad, pero sin enfadarse; y sus palabras hicieron a Eliza pasar de las risas al cabreo.
— ¿Yo? ¿Qué dices? — Le gritó tan fuerte, que todos los clientes y camareros giraron la cabeza hacia ellas.

— Eres una persona horrible, perdón por decirlo. — Se sintió muy mal por decirlo, pero era la verdad. — ¡Pero…! ¡Pero, eso no significa que estás condenada, porque puedes cambiar! — Esto lo dijo con la mejor de sus sonrisas, haciendo enfurecer aún más a Elizabeth.

— ¡Me gusta cómo soy, no soy una estúpida como tú! ¡Y te demostraré que yo puedo conseguir todo, a pesar de lo horrible que soy como persona! —

Se lo decía, alzando el dedo hacia su cara, y estaba hecha una furia, porque se hartó de sus estupideces. Y le soltaba eso, porque sabía que tenía el poder, la capacidad y las herramientas suficientes para hacer arder el mundo.

— ¿Entonces, te gusta el hecho de ser horrible? — Le preguntó inocentemente Malia, y la pequeña Zarina explotó.

— No me miento a mí misma como hacen los demás, lo acepto. Y no cambiaré, ¿ahora, merezco ser salvada? — Le cogió del cuello, gritándola; dejándola claro que no era ese tipo de personas horribles de este planeta que se creen buenos.

— Sí, y aunque fueras Hitler, también. — Esto solo empeoró las cosas, y Ranavalona le pedía a Malia que se callase y la gente del restaurante se quedó parado sin hacer nada, parecían quedarse paralizados al ver esa escena.

— ¡Qué gracia! ¡Lo que merezco es tu odio, y punto! — Y la tiró al suelo de una brutalidad enorme.

— ¡Y no lo tendrás! ¡No voy a odiarte, porque muchas cosas malas que hagas! — Malia no desistía aún, a pesar de que el odio hacia esa niña la inundaba. Intentaba eliminarlo, porque no quería odiar a nadie; mantenerse serenaa pesar de lo que le estaba haciendo Eliza.

— ¡Serás, hija de puta! — Se lanzó a ella para ahogarla. — ¡A ver si esto te aclaras tus ideas! — Estaba descontrolada y la estaba dejando sin apenas aire. — ¡Vamos, hazlo, enfádate, ódiame, porque sé que en el fondo que lo sientes! — Le gritaba una Elizabeth llena de ira, y todos los del restaurante inmediatamente las separaron.

Malia, al poder respirar, tenía los ojos llenos de miedo, como si había visto al diablo; y se quedó así, en el suelo, sin decir nada, mirando fijamente y con temor hacia la pequeña Zarina. Cuando las cosas se tranquilizaron, ella le dijo esto a Elizabeth, antes de irse.

— ¡Lo siento mucho, no debí haberla provocado! — Eso le comentó sinceramente, mientras en su interior luchaba para evitar reconocer que odiaba a alguien.

— Espero que tu vida sea un infierno, no. Lo deseo.  — Le replicó con una gran mirada de desprecio y odio, antes de subirse en el coche de caballos. Y al irse, Malia se dijo a sí mismo que lo iba a aguantar, no importa lo que le pasará, con una cara seria mientras observaba el cielo lleno de nubes.

FIN

 

 

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