Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Cuarta parte, septuagésima séptima historia.

Al día siguiente, al no poder contactar con Nadezha, no tuvieron más remedio que hacer lo que decía en la carta e irse al parque elegido, hacia el cubo de basura que se encontraba cerca de la salida sur, al lado de un pequeño lago. Leonardo, ya que era adulto y un hombre, decidió hacer esta tarea, porque sería peligroso; y buscó en ese lugar un paquete, con el miedo de que tuvieran una bomba dentro. Tras quedarse petrificado durante unos segundos, mirándolo; al final, se llenó de valentía y lo abrió. En su interior encontró una simple carta.

Buenos días~~
Mañana, a las nueve de la noche, en el mismo lugar, deben usar esta caja para introducir un testamento escrito por el padre de Mao. No lo lean, no avisen a la policía, o su cabeza aparecerá en un correo.
Anónimo

Al volver a casa, se encontró con unos hombres que nunca había visto con Alsancia y Jovaka.

― ¿Quiénes son? ― Se quedó señalándolos.

― Somos de la policía local de Springfield. ― Aquellos hombres, disfrazados de raperos, le enseñaron su placa.

― Pero no tienen…― Para él no tenían pinta de policías normales.

― Estamos de paisano. ― Eso le dijeron, de un modo bastante militar.

― Al final, lo descubrieron. ― Añadió Jovaka, quién estaba en un lado del salón.

Leonardo miró por todos lados, buscando a Clementina; y la vio arriba, detrás de una puerta, observándolos con temor. Era bien obvio que ella se pusiera así, temía bastante a la policía. Él también, pero creía que eran los únicos que podrían salvar a Mao y por eso les explicó todo, enseñándoles la carta. Y empezaron a leer la carta unas cuantas veces.

― ¿Y el tal testamento? ― Le preguntó uno de ellos, después de terminar.

―  No lo sé. ― Leonardo no sabía nada sobre el testamento que la carta mencionaba.

― De todos modos, mientras no encontremos su localización, ustedes deben mentir a todos de que la policía está metida en el asunto. Mientras los secuestradores no sepan nada de nosotros, a esa niña no le harán daño. Eso esperemos. ― Comentaron los policías, antes de marcharse.

Mientras tanto, en la habitación de Malan, ella estaba dando vueltas por la habitación, nerviosamente, esperando alguna llamada que le dijera algo. A está, a las gemelas y a Josefina le dijeron, Clementina y Leonardo, que deberían esperar, que ellas no podrían ayudar, ya que se meterían en una situación poco deseable para los niños. Lo tuvo que aceptar a regañadientes, porque quería salvar a su Ojou-sama pero lo aceptable era dejar que los adultos se ocuparan del asunto. Entonces, su móvil empezó a sonar y rápidamente lo cogió:

― ¿Quién es? ― Preguntó con todo el nerviosismo.

― Yo sé dónde tienen secuestrado a tu amiga Mao. ― Eso dijo secamente la voz de la llamada.

― ¿Dónde está? ― Eso le gritó, primero, para luego decir esto: ― ¿Quién eres tú? ―

― Solo te diré el lugar, nada más. ― Malan decidió no insistir, ya que la persona no quería decirlo. Le parecía, en cierta forma, un chivato y que, por tanto, lo mejor no era saber su nombre, porque podrían pillarlo y matarlo. Además, pensaba que la policía iba a averiguar quién era con sus herramientas.

Y entonces esa misteriosa persona le dijo el lugar en dónde decía que estaba secuestrado Mao y Malan lo apuntó en una libreta. A continuación, le dijo que debería llamar, primero, a la policía y la africana hizo caso del consejo de aquella persona.

Al poco tiempo, en otro lugar, en la habitación de Josefina, estaba ella tirada en la cama, muy triste, después de estar llorando durante horas y sintiéndose inútil. También quería salvar a Mao porque sentía que esa era su deber como amiga, pero Leonardo y Clementina la convencieron de que lo mejor era esperar. Se preguntaba si el chino estaba bien e intentaba no imaginarse nada malo, cuando una llamada telefónica la interrumpió.

― ¿Mao ha sido rescatada? ¿La han podido rescatar?― Eso fue lo primero que dijo cuando cogió el teléfono, gritando de forma histérica, dejando casi sorda a la persona que estaba detrás del teléfono.

― ¡Tranquilízate, tranquilízate! ― Eso le gritaba la persona con quién estaba hablando.

― ¿Cómo me puedo tranquilizar cuando mi amiga está en peligro? ― Y eso le replicó Josefina, muy alterada.

― ¡Si la quieres salvar, pues cállate! ― Dio un gran chillido que casi dejó sorda a Josefa.

― Vale, sea quién seas. ― Al final, se pudo tranquilizar.

― Soy su sobrina y también quiero salvarla.- Le dijo secamente.

― ¿Mao tiene sobrinas? ¡Pero si es muy jovencita para eso! ― Ella nunca se enteró de que Mao tenía más familia en Shelijonia, aparte de su anciano padre, y menos que tuviera sobrinas.  Fue una sorpresa para ella.

―Olvídate de los detalles. ― Josefina oyó un gran suspiro.  ― Quiero reunirme contigo en el parque que está al lado del gran muro. Allí te daré un paquete. ¿Para qué sirve? Eso no te debe importar, ahora. Es para tu amiga Elizabeth. ―

― ¿Y qué tiene ella que ver? ― Se quedó muy sorprendida al oír eso.

― Ella tiene el poder para salvar a Mao, pero tienes que darle algo a cambio, y esa es mi paga. Y cómo es tu amiga, nadie mejor que tú para hacerlo. ― Josefa se preguntaba cómo sabía ella que Eliza era su amiga. ― Pero no se lo digas a nadie, que el secuestrador la matará, antes de tiempo. Incluso ha engañado a tus amigas para que vayan a un lugar equivocado. Sé de lo que hablo. ―

Josefina entonces se puso seria y le dijo que sí, que, si eso tendría que hacer para salvar a una amiga, lo haría. Confiaba plenamente en esa chica, ya que era familia de Mao y los familiares siempre luchaban por los suyos, o eso siempre le decía su madre. Tras eso, le explicó dónde era el lugar de la reunión y a qué hora, y le dijo que sí, a todo. Al terminar la llamada, Josefa gritó a pleno pulmón, que iba a salvarla, que el mal no iba a vencer.

Mientras tanto, en una cabina telefónica, en el otro lado de la cuidad, una chica salió de ella, riéndose como una psicópata, al ver que tanto Malan como Josefina habían mordido el anzuelo y su plan iba marchando, como ella había planeado. Y con esto en mente, se dirigió hacia un lugar concreto, pero, entonces, se encontró con Nadezha, quién la observaba con una gran mirada de odio y rencor, que hicieron que Chiang diera un paso hacia atrás.

― Hola, Nadezha. ― Le saludó con nerviosismo.

― ¡Quiero hablar con contigo, ahora! ― Eso fue lo único que le dijo.

Por la tarde, después de tener una conversación con Nadezha que deseaba olvidar, volvió muy enfurecida al lugar en dónde tenía secuestrados a Mao y a Status. Los guardianes que cuestionaban la puerta le preguntaron si quería entrar, y ella dijo que no, ocultando el hecho de que tenía miedo de que su tío le mordiera. Solo le iba a hablar, detrás de la puerta. Y cuando Mao oyó su nombre, se puso a gritarla e insultarla, sin parar.

― ¡Cállate, maldito maricón! ¡Qué he venido a contarte mis planes! ― Eso le gritó, llena de ira. Mao se calló, ya que quería saber qué estaba tramando.

― Como dije antes, al principio, quería ese puñetero testamento, para quemar una gran prueba contra mi padre. Como he estado haciendo en los últimos años. Amaba a mi padre, a pesar de que estaba un poco ido de la cabeza, y creía en esa mierda del comunismo. ― Dio un golpe en la puerta. ― Cuando no hacia esas cosas, era el mejor padre que ninguna niña podría desear. Por eso, cuando lo mataron, me sentí sola y triste. ― Se le notaba, por su voz, que estaba llena de una ira irracional.

― Cómo bien sabrás, secuestró a una niña, de una familia realmente importante, que gobernaba con mano de hierro, esta parte de la isla. Y él lo pagó caro, lo desparecieron de la faz de la tierra. Nunca encontraron su cuerpo, ni el de sus compañeros, pero todos sabían que estaba bien muerto. ― Dio unos golpes más a la puerta. ― Esa niña aún sigue viva, y para calmar este sentimiento, estos deseos de venganza; la mataré. Haré lo que no hizo mi padre en vivo. Asesinaré a Elizabeth von Schaffhausen. ―

Mao se quedó de piedra al comprobar que su sobrina estaba como una cabra, todos los demás que oían aquella turbia historia también mostraron un sentimiento parecido. Ella siguió hablando:

― ¿Y cómo? Por eso he creado este plan, primero engañó a la policía, diciéndole a la niña en kimono el lugar equivocado, luego, te mató, y al final, Josefina, su amiga, le entregará un regalo a esa enana, que hará… ¡boom! ―

Entonces, empezó a reírse maniacamente, mientras Mao empezó a decirle que era un monstruo, que Josefina no tenía nada que ver y que la dejara en paz. También la insultaba y maldecía más aún que nunca, mientras le daba golpes fuertes a la puerta, para que se abriera.

― Grita todo lo que quieras, no habrá salvación. ― Eso le dijo con burla, mientras iba a punto de irse, pero entonces, Status le preguntó otra cosa:

― ¡Ha sido una historia muy bonita, y todo eso! ¿Y yo, qué? ¡No tengo nada que ver, solo quería dinero! ― Le gritaba desconsolada.

― ¡No te preocupes, tú también, morirás! ―Y con estas palabras, se fue Chiang con la mayor tranquilidad, mientras Status le gritaba el porqué desesperadamente.

― ¡Qué yo tengo una hija, una preciosa hijita! ¡Tenga piedad de mí! ¡Por favor! ― Eso le decía, mientras Mao se quedó callado. Sabía que estaba sola en su casa y no tenía conocimiento de que tuviera algún hijo. Era bien que era una mentira más solo para ablandar a aquella loca. Luego, volvió a gritar maldiciones e insultos.

― Esa chica está como una cabra. ― Eso dijeron, consternados, los vigilantes, totalmente sorprendidos por la locura insana de aquella chica.

-¿Entonces, por qué la ayudan?- Les gritó Mao también, consternado ante que esa gente dijera esos comentarios, mientras la ayudaban en su fechoría.

― ¡Por el dinero! ― Gritaron alegremente.

― ¡Os daremos un tiro en la nuca, nos dan nueve mil dólares a nosotros y marcharemos a vivir unas hermosas vacaciones en las hermosas playas del Caribe! ― Se imaginaban estar en una playa de aguas cristalinas, tomando el sol, rodeado de chicas lindas y tetonas, mientras tomaban un delicioso whisky.

Se le salía las babas de solo con pensarlo y Mao deseo que todos los sueños de esos dos idiotas se fueran por el retrete y sufrieran de lo lindo.

― ¡La obsesión que tiene la gente por el dinero! ―

Exclamó Status indignada, poniendo un rostro lleno de ira, mientras Mao la miraba mal, dejándole claro que era una hipócrita de cuidado. Después de todo, ella cometió una barbaridad solo para tener dinero, al igual que ellos.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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