Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Primera parte, septuagésima séptima historia.

Por primera vez en meses, la puerta de la habitación del padre se abrió, solo con la condición de que entrará su hijo. Desde hacía muchísimo tiempo el anciano se encerró como un hikikomori y solo sacaba la mano para recibir la comida que le dejaban en la puerta, a la hora de la cena. Mao sabía muy bien el motivo de esta decisión, él se había dignado a dejarle entrar porque estaba moribundo. Y así era, en una habitación hecha pocilga, con la tele encendida, siendo la única luz del oscuro lugar; a ese anciano hombre que intentaba respirar le quedaba poco de vida.

― ¿Por qué me has llamado? ― Le decía Mao, intentando mostrarse serio y indiferente, pero le era imposible al verle en aquel estado.

― Por fin me muero…― A pesar de decir eso, mostraba una especie de extraña alegría. ― He tenido una buena y larga vida, ya quería descansar de verdad. ― Y empezó a reír.

― No digas esas cosas. ― Le decía Mao, quién ya estaba llorando. No pudo mostrarse indiferente hacia él, a pesar de que ya sabía desde hace tiempo que le quedaba poca vida.

― Solo quería decirte que…― Tuvo que parar porque le costaba respirar. ―…mi testamento está en ese cajón. Haz lo que quieras con ella y mis propiedades…― Le empezó a dar un ataque fuerte de tos. ― ¡Son tuyos, tanto esta casa como todo el d-dinero que me queda! ―

Después de escuchar lo que ya sabía, Mao inspiró e respiró varias veces, para atreverse a soltarle una preguntar que deseaba saber desde hace mucho tiempo.

― Puedo hacer una pregunta, solo una. ― El anciano asintió. ― ¿Por qué me has obligado a actuar como chica todos estos años? ―

El padre no dijo ni pío, solo empezó a señalar una foto que se encontraba entre un mar de basuras amontonados sobre una mesa. Era la foto de su difunta madre. Mao era incapaz de comprender aquel gesto, solo estaba pensando en que no se muriese. Después de señalar, añadió:

― ¡Has sido una buena chica! ¡Me alegro! ― Eso decía mientras se ponía su mano sobre la parte del pecho en dónde estaba el corazón.

― Soy un chico…― Le replicó muy molesto.

― Para mí, no, no…― Intentaba hablar pero no tenía fuerzas. ― Para mí, siempre serás mi hija,…― Entonces, su cuerpo empezó a sufrir violentas convulsiones. Mao le preguntaba aterrado qué le pasaba, quedándose paralizado, sin poder hacer algo. Y en solo unos segundos, los ojos se le quedaron en blanco.

― ¡Oye…! ― Le decía, esperando que dijera algo. ― ¿Estás bien? ― Y luego. empezó a sacudirle sin parar, gritándole, incapaz de aceptar su muerte.

Pasó una semana para que Mao pudiera organizar todo el viaje que iba a hacer el cuerpo de su difunto padre al cementerio crematorio más cercano, situado en la otra cuidad. Mientras tanto, su cadáver estaba metido en un ataúd, el más barato que encontró, rodeado de todo tipo de flores y con la foto del difunto; en mitad del salón de la casa.

― Aún no me puedo…― Se sonó los mocos varias veces. ―…no me puedo creer que se haya muerto. ― Todavía estaba hecho un mar de lágrimas, a pesar de que había pasado una semana. Junto a Clementina y a Leonardo, estaba en el cementerio viendo cómo lo estaban incinerando.

― Lo siento mucho, Gerente. ― Le dijo Clementina, quién no sabía que decir para consolarlo.

― Es lo normal cuando se te muere alguien querido. ―Añadió Leonardo, aunque sentía que no debería decirlo.

― ¡Qué normal ni querido ni qué leches! Era un hijo de puta, no debería llorar por él. ― Mao se sonó de nuevo los mocos. Tenía en él muchos sentimientos contradictorios en torno a su fallecido padre y apenas tenía una idea clara de cómo comportarse ante la situación.

Aunque intentó todo lo que pudo por mostrarse normal antes las niñas, no quería ponerlas tristes por la muerte de su padre ni que se compadecieran de él o algo parecido.

Mientras tanto en la casa, no había tranquilidad, toda la pandilla estaba ahí. Las gemelas se estaban intentando hacerse cosquillas mutuamente, Jovaka estaba en un rincón esperando que él volviera, Malan le estaba explicando a Josefina sus deberes de matemáticas, sin éxito alguno por el momento; y Alsancia se preguntaba si estaba bien comportarse normal cuando a Mao se le murió el padre.

― ¡Así no, así no! ― Ese grito procedía de la cocina y eran de la pequeña Diana.

― ¡Nadezha, se te va a quemar! ― Ese grito era el de Vladimir, el pequeño novio de la rusa; y estaban observando con terror como ella intentaba hacer una receta china que le gustaba mucho a la hija de Clementina. No le estaba saliendo bien, es más se le empezó a quemar la sartén.

― ¡Por el amor de Dios! ¡Qué alguien traiga agua o algo que no sea nada inflamable para apagar esta cosa! ― Gritaba Nadezha, al ver que casi iba a quemar la cocina. Por suerte, se pudo apagar y evitar un incendio.

― ¡Eles hollible en la coquina! ― Le decía Diana, mientras comprobaba el mal estado que quedó la sartén.

― Por eso te dije que no quería hacerlo. ― Le replicó a la pequeña, ya que ésta no paró de molestarla hasta que no le hiciera su comida favorita.

Nadezha estaba en casa de Mao, después de que Clementina le pidiera el favor de vigilar la casa y las niñas. Se arrepintió de haberlo aceptado porque ya estaba cansada de tener de aguantarlas y se preguntaba como el el chino y la canadiense podría soportar a aquella tropa. Y mientras ésta pensaba cómo iba a decirle a Mao que destrozó su sartén, alguien estaba pegando en la puerta de la tienda sin parar.

― ¿Quién es? ― Se dijo en voz baja. Luego, se dirigió hacia allí, mientras gritaba: ― ¡La tienda está cerrada por hoy! ―

La persona no contestó y siguió pegando. Esa actitud irritó un poco a Nadezha, preguntándose por qué no contestaba, que eso era de mala educación; mientras cruzaba la tienda a la velocidad del rayo.

Y cuando abrió la puerta, se quedó realmente sorprendida. Era alguien que ella reconoció enseguida, a pesar de que pasaron años desde la última vez.

― ¿¡Chiang Meg-gay!? ― Gritó su nombre, mal dicho porque apenas lo recordaba. No se podría creer que la volvería a ver tras tantos años.

― Mi nombre es Chiang Mei-ling, Nadezha. ― Le replicó, mientras la miraba con ganas de matar a alguien.

La conoció en su infancia, cuando era amiga de Mao, y esa chica con pinta de nerd era su sobrina, hija de unos de los múltiples hijos que dejó el padre del chino por el ancho mundo. Su pelo estaba muy corto y era de un color verde, llevaba unas gafas culos de botella enormes y llevaba una ropa muy casual y fea. Ésta se quedó mirando de pies a cabezas a la albina y ella se sentía muy incómoda. A continuación, empezó a hablar

― Jamás pensé verte aquí, con un delantal, en su casa…― Nadezha, se quedó preguntando qué quería decir ella con eso. ― Y hasta parece que has parido a una patrulla. ― Eso decía, al escuchar las voces que procedían de la casa.

― ¿Qué estás diciendo? ― Realmente no sabía de qué estaba hablando.

― Yo pensé que os habíais separado y todo, pero nunca me imaginé esto. Seréis muy felices, ¿no? ¡Me dais asco! ― La pobre Nadezha no sabía cómo reaccionar, porque literalmente no tenía ninguna idea de que estaba hablando, pero pensaba que mejor debería cambiar de tema.

― De todas maneras, ¿qué haces aquí, no deberías estar en el cementerio, a despedirte de tu tío? ― Ella le preguntó eso, porque le era muy extraño que estuviera en la casa, ahora, que había pasado una semana desde que murió su abuelo y no lo visitó.

― Solo he venido por unos papeles, ese viejo enfermo me importa una mierda. ― Eso dijo sin apenas emoción, y molestó mucho a Nadezha.

― No le faltes el respeto a tu abuelo. ― Le replicó, intentando esconder su enfado.

― Déjame entrar. ― Ni le respondió, le ordenó como si Nadezha fuera alguien de poca monta, haciendo aumentar la ira de ésta aún más.

― Primero tienes que hablar con Mao y ya te dejare entrar. ― Eso le dijo Nadezha, quién pensaba que Mao no estaría cómodo si era desagraciada, ya que tanto él como ella tenían una opinión muy mala de Chiang; entrará en su casa sin su permiso.

― ¡Vaya con tu esposo! ― Entonces, exclamó esto, dejando a Nadezha boquiabierta.

― ¿Qué? ― Gritó Nadezha. ― ¿Qué? ― Volvió a gritar, incapaz de creer de que ella estaba pensando en eso. ― ¿Qué estupidez estás diciendo? ¡Yo no tengo ningún tipo de relación con…! ― Entonces, se dio cuenta de una cosa.

― ¿Cómo sabes que Mao…? ― A pesar de que eran familiares, Nadezha creía que no sabía nada de que su tío era un travestí.

― Me sorprende más que tú lo sepas. ― Lo dijo con frialdad. ― De todos modos, tengo que entrar. ― Empujó a Nadezha, intentando entrar por la puerta, pero ésta no se dejaba.

― Hasta que vuelva Mao, no voy a dejarte entrar. ― La rusa sentenció tajantemente, poniéndose en posición de combate.

― ¡No te pongas así, blanquita! ― Le replicó, rabiosa por no poder entrar; pero estaba muy aterrada por la posibilidad de recibir una buena paliza. Luego, añadió esto: ― ¡Bueno, cuando vuelva, ya hablaré con él!- Y con esto se marchó, dejando a Nadezha con un mal sabor de boca.

Tras entrar, todas las chicas empezaron a preguntarle con quién había hablando, pero ella solo les contestaba que mejor no deberían saberlo. Intentó no darle importancia, pero decidió volver a la casa de Mao al día siguiente, para descubrir por qué Chiang Mei-ling había vuelto.

― ¿Qué haces aquí de nuevo? ― Le preguntó Mao, algo molesto, cuando vio que la chica que había venido era Nadezha. Estaba haciendo lo mismo de siempre, vaguear en el suelo mientras veía en la tele junto con Alsancia y Jovaka.

―Después de ayudarte ayer y me hablas en ese tono ¡Vaya insolencia, la tuya! ― Le replicó con la misma intensidad que Mao y tenía ganas de decirle alguna que otra cosa insultante, pero decidió ir al grano:

― ¿Al final, tu sobrina ha aparecido por aquí? ― Mao, al escuchar eso, dio un gran suspiro y tardó en darle su respuesta. Intentaba bloquear su mente como si no deseaba recordarlo, pero fue sincero y le tuvo que decir que sí con toda la amargura del mundo. Nadezha decidió contarle lo que pasó el otro día, a pesar de que él ya lo sabía. Luego, le preguntó.

― ¿Y qué quería? ― Estaba muy intrigada por el comportamiento que mostró.

―Nada importante, solo unos documentos. Me pareció muy exagerada, ya que los quería a toda costa. ― Le respondió Mao, mientras cambiaba de canal. Le miró a Nadezha de muy mala gana, como si decía que debería irse; y eso le irritó a ella.

― ¡Ya me voy, ya me voy! ― Eso decía Nadezha, pero antes de salir del salón fue llamada por Clementina, quién había salido al salón, después de darle un baño a su hija. ― ¿Puedo hablar contigo, un segundo? ―

Nadezha le dijo que sí, y Clementina le preguntó a Mao si estaba bien. Él respondió algo moleste que hicieran lo que diesen la gana. La canadiense se la llevó a su habitación y le empezó a explicar la situación:

― Después de la visita de su prima, la Gerente está muy irritada, la verdad. Hasta se pelearon. ―

― ¿De qué hablaron exactamente? ― Le preguntó la rusa toda intrigada.

Se lo iba a decir, pero entonces Mao apareció en la habitación y les dijo:

― Pues que quería el testamento de mi padre, no sé porqué. ―

La rubia tetona se puso nerviosa al verle entrar, le decía que no podría callárselo; y el chino le replicó que nunca le pidió que lo escondiera.

― ¿Entonces, me has mentido? ― Eso le preguntó furiosa, Nadezha, al sentir que le intentó engañar. Eso le trajo recuerdos desagradables.

― Todo lo que yo dije era verdad. Además, si te interesa saber, la engañé y se llevó uno falso. ― Eso le respondió Mao a regañadientes. Por alguna razón, deseaba dejarlo como un secreto para Nadezha y estaba visiblemente molesto por no haberlo conseguido. Por otra parte, no se sorprendió antes el hecho de que Mao engañará a su sobrina.

― ¿Y por qué desea el testamento? ― Le preguntó la rusa a continuación, pero sentía que Mao no le iba a decir la razón.

Después de todo, esa chica dejo claro que lo despreciaba el día anterior y recordaba que su abuelo tampoco le tenía mucho cariño. Parecía una buitre que solo quería llevarse parte del cadáver de su familiar, aunque presentía que había otra razón mucho menos común que quedarse el dinero.

― Y yo qué sé… ¡Tal vez quiera dinero que dejo él o algo así! ― Se notaba en su cara que estaba mintiendo, sabía muy bien el porqué y Nadezha le miró de forma acusadora. Pero en vez de insistir, decidió irse.

― Me voy a casa. ― Y con esto dicho, salió de la habitación hacia la calle, diciendo a todos adiós. Todo este raro asunto le parecía muy sospechoso y pensaba investigarlo, y Mao, conociéndola, sabía que ella hará lo que sea para averiguarlo, abriendo en el proceso un cajón de mierda. Clementina estaba desilusionada, porque deseaba preguntarle a Nadezha qué relación tuvo su gerente con su sobrina en el pasado, si pasó algo gordo entre ellos; ya que lo vio entre esos dos no era normal. Después de todo, esos dos fueron amigas y crecieron juntas, por tanto creía que debía saber algo.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.

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