Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Quinta parte, septuagésima séptima historia.

La policía rodeó disimuladamente el hospital abandonado. Según Malan, era el lugar en dónde le dijo la llamada anónima que estaba secuestrado Mao. Así, poco a poco se ponían en todas las puertas posibles para entrar, observaban con sus francotiradores alguna señal sospechosa en las ventanas y el oficial se preparaba para decirles a los secuestradores que se rindieran. Eran las nueve y algo de la noche, y era la hora indicada para que Leonardo dejara el testamento en el cubo de basura de un parque alejado, y como no lo hizo, porque no lo habían encontrado, decidieron abordar el lugar antes de que mataran a los secuestrados.

Mientras tanto, en otra parte de la cuidad, en otro edificio abandonado, en su techo, dos hombres preparaban sus pistolas para algo horrible. Iban a matar a dos personas que estaban atadas y que eran nada más ni nada menos que Mao y Stephanie Status. El chino tenía la boca tapada con cinta adhesiva, ya que no paraba de hablar; y la vieja solo estaba llorando desconsoladamente.

― A mi me da pena, socio, ¿de verdad, tenemos que matarlos? ― Eso dijo uno de los dos hombres que contrató Chiang para hacerle el trabajo sucio.

― ¿Quieres vacaciones en el Caribe? ― Su socio le contestó con la cabeza afirmativamente. ― Pues vamos a volarles la cabeza. ― Y convencidos decididos a hacerlo, se acercaron a ellos para darles un disparos. Entonces, una voz, desconocida para aquellos hombres, les gritó esto:

― ¿¡Matar personas solo por tener vacaciones en el Caribe!? Es lo más asqueroso que he oído. ―

Entonces, esos dos giraron la cabeza y no le dieron tiempo a decir algo, porque una chica los tiró al suelo con un palo de madera, atacándoles por las rodillas. Aquella persona, cuyo largo cabello de color blanco estaba siendo movida por el viento, y con arma en mano; era nada más ni nada menos que Nadezha.

― Siempre te metes en unos líos. ― Eso decía, mientras se acercaba a Mao, atravesando a aquellos dos hombres que estaban tirados en el frío suelo, pisoteándolos sin piedad; y mientras su novio, el pequeño Vladimir; llegaba a la escena y rápidamente se dedicó a soltar a quienes estaban atados.

― ¿Cómo has sabido que estábamos aquí? ― Eso le preguntó Mao, cuando le quitaron la cinta de la boca. Nadezha no le contestó, porque entonces esos hombres se levantaron y ella empezó a luchar, dejando que Vladimir los terminara de soltar.

En los primeros minutos, aquellos dos hombres, que intentaban ir a por Nadezha, siempre recibían una paliza con el dichoso palo, pero siempre se levantaban y, en un determinado momento, esa arma se le partió por dos y ellos se lanzaron hacia ella. Sorprendida, no le dio tiempo para evitar que una de las patadas de aquellos fornidos señores le dieran en el estomago, pero, entonces, fue salvada por Mao, quién lo empujó y lo tiró al suelo. El otro saltó hacia al chino, pero la albina le dio un puñetazo que casi le rompió la dentadura del enemigo, y su propia mano.

― ¿Recuerdas, cuando dábamos palizas juntas? ― Eso le decía Mao, a Nadezha, mientras los dos se juntaban y se preparaban para darles la paliza de su vida a aquellos dos hombres, que se levantaban y, llenos de ira, les decían que las iban a matar ahora mismo, con sus propias manos.

― Sí, los viejos tiempos. ― Ella contestó con mucha añoranza, tras cerrar un momento los ojos, acordándose de aquellas palizas que daban juntas y con las cuales parecían invencibles. Los sintió muy lejanos e incluso como si fuera más que algo inexistente, que solo habitaba en su memorias.

― ¿Podemos ser capaces de coordinarnos, como en aquellos tiempos? ―

Preguntó Mao a continuación, quién también recordaba el pasado, sintiendo una profunda e irreal nostalgia. Nadezha le notó en aquel momento, por su voz, muy triste.

― Solo hay una manera de saberlo. ―

Y al decir esto, Nadezha se puso en posición de ataque y Mao, que sintió que la albina sonrió por un momento, también hizo lo mismo, mientras los dos hombres lanzaban sus puños más letales contra ellos. Lo esquivaron, agachándose; para darles un puñetazo debajo de la barbilla y luego, se intercambiaron a la velocidad del rayo, para darles una patada a cada uno en el estomago, haciéndoles caer al suelo de nuevo y de una forma mucha más violenta que la anterior.

Con una gran obstinación y dando un montón de maldiciones e insultos, se levantaban de nuevo e intentaron a hacer movimientos de artes marciales que aprendieron de pequeños, pero esos dos, con gran coordinación, los esquivaban como si fueran bailarines y les daban patadas y puños en un tiempo récord.

Al final, a la quinta vez que cayeron al suelo, ya no pudieron levantarse y decían perdón sin parar. Nadezha y Mao jadeaban sin parar por todo el esfuerzo que hicieron y a continuación, empezaron a sonreír y a reír, como si hubieran hecho algo muy gracioso.

― ¡No nos ha salido muy mal! ― Le decía Mao, mientras le daba palmaditas en la espalda de Nadezha, entre risas.

― Eso parece. ― Le dio la razón Nadezha, quién tenía su mano sobre los hombros del chino, riéndose sin parar; pero paró, cuando sintió que a Mao se le cayó una lágrima, aunque, al final, se pensó que eran imaginaciones suyas.

Entonces, esos dos se dieron cuenta de que estaban actuando de forma muy amigable y gritaron de horror, separándose de golpe. Ellos volvieron a la realidad, al mundo en dónde no eran los mejores amigos, sino supuestos enemigos.

― ¡Oh, Buda! ¡No es el momento de las risas! ― Y luego, Mao se acordó del peligro que corría Josefina y se fue corriendo hacia la puerta que unía la azotea del edificio. Estaba cerrada al parecer, porque éste no podría abrirlo, por mucha fuerza que hiciese.

― ¿Qué pasa? ― Le preguntó Nadezha, quién se fue a la puerta, para abrirla también.

― Seguro que esa mujer, la que he liberado, nos ha cerrado la puerta. ―

Eso les dijo Vladimir, quién vio cómo ella se quitaba del medio mientras Mao y Nadezha luchaban contra aquellos hombres, pero no creyó que los iban a encerrar. Cuando vio que no lo podrían abrir, se encendió aquella idea en su cabeza.

― ¡Maldita sea, la puta vecina! ¡La muy desgraciada nos ha encerrado!―

Gritó Mao con todas sus fuerzas, mientras unas pocas calles más abajo del edificio en dónde estaba, Stephania corría como loca y riendo como una, al ver que había escapado de la muerte.

Y todo esto ocurría, mientras la policía descubría que le habían engañado. En el hospital abandonado no había nadie, salvo una pareja que pillaron en pleno acto de copulación.

― ¡Maldición, estos hijos de puta nos han engañado, al parecer! ― Eso gritó muy enfadado unos de los gordos de la policía, al ver que no habían secuestrados ni secuestradores y todo aquella operación que hicieron fue una total pérdida de tiempo.

En otra parte de la cuidad, en casa de Josefina, ella miraba fijamente un paquete que había puesto en la cama, mientras llamaba a su amiga Elizabeth von Schaffhausen.

― Por favor, contesta, por favor…― Rezaba para que la contestará, ya que muchas veces no le cogía el teléfono. Oír los pitidos que se escuchaba antes de que alguien contestara le parecía eterno. Al final, sus plegarias surgieron efectos.

― ¿Qué quieres? ― Eso dijo la persona del otro lado del teléfono, quién era Elizabeth, obviamente. Josefa se alegró mucho y le soltó con mucho nerviosismo todo lo que pasó, hablando tan rápido que su supuesta amiga tuvo que calmarla a voces para que se lo explicara.

― Mi amiga Mao ha sido secuestrado y su sobrina dice que tú serías capaz de salvarla si te doy algo, un paquete, seguro que está lleno de billetes o algo valioso. ― Eso último se lo inventó, no sabía que había dentro. ― Por favor, reúnete conmigo en el parque cercano de tu casa a las nueve de la mañana. ―

Elizabeth se quedó muy rallada, cuando la escuchó. Ella no sabía nada de nada ni le importaría, si no fuera el caso de que le iban a dar “algo valioso” y le entró la curiosidad. Se preguntaba que cómo nadie le contó tal cosa, mientras le decía que sí a Josefina, ya que, después de todo, el día siguiente no tenía nada que hacer y eso le parecía demasiado interesante para poder ignorarlo. Por otra parte, al oír su respuesta, Josefa empezó a pedirle las gracias sin parar, llorando de felicidad, al ver que estaba cerca de salvar a Mao.

-¿En qué estupidez se ha metió esa y sus amigas?- Eso se preguntaba Eliza, tras cortar la llamada y llamar a Ranavalona, para decirle que mañana iban al exterior.

Josefina, tras terminar su llamada con Elizabeth, se dio deprisa para llamar al número que le dejo la sobrina de Mao. Recordaba, como unas cuantas horas antes, ellas se reunieron en un parque y ésta la entregó aquel que iba a salvar a Mao.

― No la abras, ya que es solo para Elizabeth. ― Eso le decía y ella le contestaba que sí.

― No le digas a esto, a nadie. El secuestrador se enterará y la matará. ― Eso fue otra cosa que le dijo y por la cual, Josefina también contestó afirmativamente.

También recordaba lo duro que era aguantarse y mirar qué había dentro del paquete. Sentía cómo su curiosidad le obligaba a abrirlo y luchaba para no hacer tal cosa, porque, después de todo, lo prometió.

― ¿Ah, ya lo has conseguido? ― Eso le dijo Chiang, cuando contestó la llamada de Josefina.

― ¡Sí, sí! ¡Lo hice! ¡Le voy a entregar tu paquete a las nueve! ― Eso le gritaba, llena de felicidad, Josefina. ― ¡Seguro que ella podrá salvar a Mao! ―

― Sí, seguro que sí. ― Eso lo dijo con un tono irónico muy bien obvio, pero que Josefina no notó, en absoluto

Le pregunto dónde era, a continuación, y le pidió que le volviera a repetir  la hora de la cita. Josefina, sin sospechar nada, se lo volvió a decir.

― ¡Pues bien, espero que todo salga bien! ― Y con esto concluyó Chiang, que deseaba terminar rápido con la llamada para poder reírse de Josefina, ya que la sobrina de Mao creía que éste ya estaba en el más allá.

― Rezaré mucho por eso. ― Eso le dijo Josefina, antes de cortar la llamada, llena de esperanza.

En ese instante, Chiang empezó a reír de forma diabólica en la cabina telefónica, siendo la mirada de todos los que pasaban a su alrededor y se preguntaban qué mosca la había picado a esa chica con aspecto de loca.

Sentía que su venganza estaba cerca, que matar a Elizabeth le ayudaría a escapar del terrible sentimiento que la llevaba años persiguiendo desde que perdió a su padre.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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