Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Quinta parte, septuagésima séptima historia.

Horas después de que Chiang se fuera del edificio en donde estaba Mao secuestrado, la policía se movió y rodeó disimuladamente el hospital abandonado. Fueron avisados por Malan, que le explicó sobre la llamada anónimo que recibió y que le dijo dónde se encontraba su amiga. Los agentes de la ley, poco a poco, se pusieron en todas las puertas que encontraron, armados hasta los dientes. Tenían francotiradores por toda la zona, que buscaban alguna señal sospechosa por las ventanas. El oficial a cargó miró el reloj, mientras se preparaba para decirles a los secuestradores que se rindieran. Eran las nueve y algo de la noche, la hora que le indicaron el secuestrador para que Leonardo dejará el testamento en un cubo de basura, situado en un parque alejado.

Aún así, por mucho que los canadienses registrarán la casa, no encontraron el dichoso testamento y todos estaban muy preocupados. Si no cumplían con las exigencias, matarían a Mao y a la otra mujer que se llevaron. Por eso, decidieron abordar el lugar en donde se escondían supuestamente cuando antes.

Pero allí no se encontraba ni Mao ni Stratus, sino en el otro extremo de la ciudad. En el tejado del edificio, protegidos por la oscuridad de la zona, Los sicarios estaban preparando sus pistolas, poniéndoles silenciador. A pocos metros de ellos, se encontraban Mao y Stratus. Tuvieron que atarlos a una silla, ya que eran capaces de moverse estando inmovilizados de pies a cabeza. Al chino, le pusieron la boca tapada con cinta adhesiva para evitar sus mordiscos. El cuerpo de los sicarios estaban destrozados, tenían heridas por todas partes, les costó mucho sacarlo de la habitación y ponerlo en una silla. Stratus sólo lloraba desconsoladamente.

― A mi me da pena, socio, ¿de verdad, tenemos que matarlos? ― Eso le dijo el sicario a otro. ― ¿Quieres vacaciones en el Caribe? ― Su socio le contestó con la cabeza afirmativamente. ― Pues vamos a volarles la cabeza. ― Y convencidos decididos a hacerlo, se acercaron a ellos para darles un disparos. Alzaron la pistola hacia Mao y Stratus. Él les miró con furia. Si iba a morir, lo haría con dignidad. La señora se veía muy lamentable.

Entonces, una voz, desconocida para aquellos hombres, les gritó esto:

― ¿¡Matar personas sólo por tener vacaciones en el Caribe!? Es lo más asqueroso que he oído. ―

Entonces, esos dos giraron la cabeza y no le dieron tiempo a decir algo, porque una chica los tiró al suelo con un palo de madera, atacándoles por las rodillas. Aquella persona, cuyo largo cabello de color blanco estaba siendo movida por el viento, y con arma en mano; era nada más ni nada menos que Nadezha.

― Siempre te metes en unos líos…. ―

Eso decía, mientras se acercaba a Mao, atravesando a aquellos dos hombres que estaban tirados en el frío suelo, pisoteándolos sin piedad; y mientras su novio, el pequeño Vladimir; llegaba a la escena y rápidamente se dedicó a soltar a quienes estaban atados.

― ¿Cómo has sabido que estábamos aquí? ― Eso le preguntó Mao, cuando le quitaron la cinta de la boca. Nadezha no le contestó, porque entonces esos hombres se levantaron y ella empezó a luchar, dejando a Vladimir la labor de liberar a Mao y a Stratus.

En los primeros minutos, aquellos dos hombres, que intentaban ir a por Nadezha, siempre recibían una paliza con el dichoso palo, pero una y otra vez se levantaban. Les golpeaban por casi todas las partes del cuerpo, mientras ellos se defendían con sus brazos de sus ataques. Aunque los tiraba al suelo, seguían resistiendo. Eso causó un gran asombro a la albina, preguntándose sí ella era tan débil o esos dos eran duros de roer. Aún así, siguió golpeándolos como si no hubiera mañana, con una agilidad casi sobrehumana. Y en un determinado momento, esa arma se le partió por dos y los sicarios, con una gran sonrisa en sus caras, se lanzaron hacia la rusa. Sorprendida, no le dio tiempo para evitar que una de las patadas de aquellos fornidos señores le dieran en el estomago, pero, entonces, fue salvada por Mao, liberado de sus ataduras, quién lo empujó y lo tiró al suelo. El otro saltó hacia al chino, pero la albina le dio un puñetazo que casi le rompió la dentadura del enemigo, y su propia mano.

― ¿Recuerdas, cuando dábamos palizas juntas? ―

Eso le decía Mao, a Nadezha, mientras los dos se juntaban y se preparaban para darles la paliza de su vida a aquellos dos hombres, que se levantaban de nuevo y, llenos de ira, les decían que las iban a matar ahora mismo, con sus propias manos.

― Sí, los viejos tiempos. ― Ella contestó con mucha añoranza, tras cerrar un momento los ojos, acordándose de aquellas palizas que daban juntas y con las cuales parecían invencibles. Los sintió muy lejanos e incluso como si fuera más que algo inexistente, que solo habitaba en su memorias.

― ¿Podemos ser capaces de coordinarnos, como en aquellos tiempos? ―

Preguntó Mao a continuación, quién también recordaba el pasado, sintiendo una profunda e irreal nostalgia. Nadezha le notó en aquel momento, por su voz, muy triste.

― Sólo hay una manera de saberlo. ―

Y al decir esto, Nadezha se puso en posición de ataque y Mao, que sintió que la albina sonrió por un momento, también hizo lo mismo, mientras los dos hombres lanzaban sus puños más letales contra ellos. Lo esquivaron, agachándose; para darles un puñetazo debajo de la barbilla y luego, se intercambiaron a la velocidad del rayo, para darles una patada a cada uno en el estomago, haciéndoles caer al suelo de nuevo y de una forma mucha más violenta que la anterior.

Con una gran obstinación y dando un montón de maldiciones e insultos, se levantaban de nuevo e intentaron a hacer movimientos de artes marciales que aprendieron de pequeños, pero Mao y Nadezha, con gran coordinación, los esquivaban como si fueran bailarines y les daban patadas y puños en un tiempo récord. Los dos hombres estaban consternados, eran incapaces de golpear a unos simples niños, y no paraba de recibirlas. No importaba lo rápido o lo brutos que fueran, esos dos les esquivaban como si tuvieran capacidades sobrehumanas. Una y otra vez sintieron la dura caída hacia al suelo, y puños certeros que le hacían chillar de dolor. Al final, a la quinta vez que cayeron al suelo, ya no pudieron levantarse y decían perdón sin parar.

Los cuerpos de los dos hombres estaban llenos de heridas y moratones, sus narices desprendían sangre y lloraban como niños chicos, estaban en un estado muy lamentable. La albina y el chino jadeaban sin parar por todo el esfuerzo que hicieron y a continuación, empezaron a sonreír y a reír, como si hubieran hecho algo muy gracioso.

― ¡No nos ha salido muy mal! ― Le decía Mao, mientras le daba palmaditas en la espalda de Nadezha, entre risas.

― Eso parece. ― Le dio la razón Nadezha, quién tenía su mano sobre los hombros del chino, riéndose sin parar; pero paró, cuando sintió que a Mao se le cayó una lágrima, aunque, al final, se pensó que eran imaginaciones suyas.

Entonces, esos dos se dieron cuenta de que estaban actuando de forma muy amigable y gritaron de horror, separándose de golpe. Ellos volvieron a la realidad, al mundo en dónde no eran los mejores amigos, sino supuestos enemigos.

― ¡Oh, Buda! ¡No es el momento de las risas! ― Y luego, Mao se acordó del peligro que corría Josefina.

Se fue corriendo hacia la puerta que unía la azotea con el interior del edificio. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Empezó a aplicar toda la fuerza que le quedaba, con enorme desesperación. Luego, frustrado por sus vanos intentos, empezó a patear la puerta muy alterado. No dejaba de pensar en Josefina y deseaba con todas sus fuerzas salir de ahí y salvarla cuanto antes. Con sólo imaginar el destino que iba sufrir, se ponía histérico.

― ¿Qué pasa? ― Le preguntó Nadezha, quién se unió al momento a abrir la puerta a golpes, incapaz de entender lo que estaba pasando.

― Seguro que esa mujer, la que he liberado, nos ha cerrado la puerta. ―Les dijo Vladimir, consternado. Él vio cómo ella se quitaba del medio mientras Mao y Nadezha luchaban contra aquellos hombres, pero no creyó que los iban a encerrar. Cuando vio que no lo podrían abrir, se encendió aquella idea en su cabeza.

― ¡Maldita sea la puta vecina! ¡La muy desgraciada nos ha encerrado! ―Gritó Mao con todas sus fuerzas.

― ¡He vuelto a salir vivo! ¡De nuevo! ¡Qué suerte tengo, es realmente maravillosa, nadie puede conmigo! ―Mientras tanto, Stratus se alejaba del edificio abandonado, corriendo y gritando como una loca ante la incomprensión de la gente que pasaba a su lado. Estaba eufórica al ver que había escapado de la muerte.

Al mismo momento, la policía descubrió que le habían engañado. Tras entrar y registrar cada palmo del hospital abandonado, sólo se encontraron a una pareja que pillaron en pleno acto de copulación, y que estuvieron a punto de ser acribillados por las balas. Los pobres orinaron del miedo.

― ¡Maldición, estos hijos de puta nos han engañado, al parecer! ― Eso gritó muy enfadado unos de los gordos de la policía, al ver que no habían secuestrados ni secuestradores y todo aquella operación que hicieron fue una total pérdida de tiempo.

Mientras Mao, Nadezha y Vladimir se quedaron encerrados en la azotea, y la policía maldecía a los secuestradores por engañarles; Josefina, quién estaba en su cuarto, miraba fijamente un paquete que había puesto sobre su cama. Ella estaba llamando a su amiga Elizabeth von Schaffhausen.

― Por favor, contesta, por favor…― Rezaba para que la contestará, ya que muchas veces no le cogía el teléfono. Oír los pitidos que se escuchaba antes de que alguien contestara le parecía eterno. Al final, sus plegarias surgieron efectos.

― ¿Qué quieres? ―Elizabeth le respondió con indiferencia. Josefa se alegró mucho y a continuación le soltó con mucho nerviosismo todo lo que pasó, hablando tan rápido que su supuesta amiga tuvo que calmarla a voces para que se lo explicara.

― Mi amiga Mao ha sido secuestrado y su sobrina dice que tú serías capaz de salvarla si te doy algo, un paquete, seguro que está lleno de billetes o algo muy valioso. ― Eso último se lo inventó, no sabía que había dentro. ― Por favor, reúnete conmigo en el parque cercano de tu casa a las nueve de la mañana. ―

Elizabeth se quedó muy rallada cuando la escuchó. Ella no sabía nada de nada ni le importarba Quiso ignorarla, al escuchar que le iban a dar “algo valioso”, le entró la curiosidad. Se preguntaba que cómo nadie le contó tal cosa, mientras le decía que sí a Josefina. Aceptó, ya que el día siguiente no tenía nada que hacer y eso le parecía demasiado interesante para poder ignorarlo. Por otra parte, al oír su respuesta, Josefa empezó a pedirle las gracias sin parar, llorando de felicidad, al ver que estaba cerca de salvar a Mao.

― ¿En qué estupidez se ha metió esa y sus amigas? ― Eso se preguntaba Eliza, tras cortar la llamada y llamar a Ranavalona, para decirle que mañana iban al exterior.

Josefina, tras terminar su llamada con Elizabeth, se dio deprisa para llamar al número que le dejo la sobrina de Mao. Recordaba, como unas cuantas horas antes, ellas se reunieron en un parque y ésta la entregó aquel paquete con el cual iba a salvar a Mao supuestamente.

― No la abras, ya que es sólo para Elizabeth. ― Eso le decía y ella le contestaba que sí.

― No le digas a esto, a nadie. El secuestrador se enterará y la matará. ― Eso fue otra cosa que le dijo y por la cual, Josefina también contestó afirmativamente.

También recordaba lo duro que era aguantarse y mirar qué había dentro del paquete. Sentía cómo su curiosidad le obligaba a abrirlo y luchaba para no hacer tal cosa, porque, después de todo, lo prometió.

― ¿Ah, ya lo has conseguido? ― Le preguntó Chiang, cuando contestó la llamada de Josefina.

― ¡Sí, sí! ¡Lo hice! ¡Le voy a entregar tu paquete a las nueve! ― Le gritaba, llena de felicidad, Josefina. ― ¡Seguro que ella podrá salvar a Mao! ―

― Sí, seguro que sí. ― Lo dijo con un tono irónico muy obvio, y que Josefina no notó.

Le pregunto dónde era, a continuación, y le pidió que le volviera a repetir la hora de la cita. Josefina, sin sospechar nada, se lo volvió a decir.

― ¡Pues bien, espero que todo salga bien! ― Y con esto concluyó Chiang, que deseaba terminar rápido con la llamada para poder reírse de Josefina, ya que la sobrina de Mao creía que éste ya estaba en el más allá.

― Rezaré mucho por eso. ― Eso le dijo Josefina, antes de cortar la llamada, llena de esperanza.

En ese instante, Chiang empezó a reír de forma diabólica en la cabina telefónica. La gente la miraba con miedo, preguntándose qué mosca le había picado a esa chica.

Sentía que su venganza estaba cerca, que matar a Elizabeth le ayudaría a escapar del terrible sentimiento que la llevaba años persiguiendo desde que perdió a su padre.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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