Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Segunda parte, septuagésima séptima historia

Mao suspiró molesto, tras haber leído el testamento de su padre, que parecía más una autobiografía suya, por sexta vez. Estaba recordando cuando les visitó su sobrina, una experiencia desagradable que quería olvidar.

Ocurrió a altas horas de la mañana, unos fuertes golpes en la entrada de su tienda y que era escuchado desde su habitación, lo despertaron con el pie izquierdo. Se preguntaba quién era tan temprano, con un tono enfadado y adormilado, mientras iba a abrir la puerta. Se arrepintió mucho de abrirlo cuando vio que era Chiang Mei-ling, a pesar de que sabía que tarde o temprano iba a aparecer.

― ¡Cuánto tiempo, primo! ―  Le saludó, intentándolo parecer muy contenta de verle, pero se notaba que era más falso que nada.

― Soy tu tío. ― Le replicó secamente.

― Me siento vieja si te llamó así. ― Después de todo, ella era mucho mayor que su propio tío.

― ¿Y qué quieres? ― Le preguntó, mientras su sobrina entraba en la casa.

― Solo quiero el testamento de mi abuelo. ―  Le contestó ella, al entrar al salón, y Mao le dijo que el anciano no le dio nada ni un centavo a ella y que no tenía nada que hacer por aquí.

― No me interesa el dinero, me interesa…― Casi se le escapó su verdadera intención. ― ¡Mierda! ― Se mordió la lengua.

Y Mao, al escucharlo, sospechó y decidió que no le iba a dejar que lo cogiera, ya que, para que haya venido a aquí, tenía que ser algo muy gordo, relacionado con ella o con sus padres. Se maldijo por no haber leído todo el testamento, le era tan aburrido y largo que solo leyó las primeras cuatro páginas.

― Te tengo que decir que no vayas a su cuarto, su testamento es mío y me dijo que hiciera lo que me diese la gana. ― Eso le dijo Mao, deteniéndola para impedir que empezara a subir por la escalera.

Su sobrina giró bruscamente su cabeza hacia él y le gritó con mucha mala leche. Ya estaba demasiado nerviosa y esa simple respuesta la enfureció, porque quería conseguir eso a toda costa. En vez de convencerle con dinero para que se lo diera, le empezó a insultar irracionalmente, haciendo que Mao hiciese lo mismo, quién no entendía la obsesión que tenía ella por aquel testamento.

Al final, los gritos despertaron a todos los demás que dormían y, al ver que ya había muchos testigos, la sobrina se tranquilizó, diciéndole a Mao que hiciese lo mismo y así lo hizo. Chiang decidió entonces usar lo que quería hacer desde el principio, maldiciendo su explosión de ira.

― Si me lo das, te daré dos mil dólares. ― Eso le dijo, mostrándole un montón de billetes a Mao, quién al verlo, empezó a babear. Él estaba atrapado en una encrucijada. Quería el dinero y le importaba bien poco ese testamento, pero no quería entregárselo, porque sabía que había algo que a ella no le gustaba, y quería saberlo, para encontrar ahí una forma para fastidiarla, ya que le hizo muchas cosas malas en su infancia y deseaba venganza. Por eso, se quedó callado durante mucho tiempo, pensando qué hacer con su sobrina, que no dejaba de decirle que lo aceptara; y con los demás de la casa viéndolos, sin entender lo que ocurría.

― ¡Trato hecho! ― Eso le dijo al final Mao, quién le estrechó la mano a su sobrina, intentando disimilar su asco hacia ella y mostrar una gran y falsa sonrisa. La otra hizo lo mismo, con el mismo desprecio disimulado.

Le dijo la sobrina que iba a buscarlo y Mao le replicó que se quedará esperándolo, que lo hacía él. Entró en el cuarto de su fallecido padre y cogió un montón de hojas que estaban escritas en chino, apenas entendible para él. Salió con eso, diciéndole que era el testamento. Ésta, al verlo, se lo quitó rápidamente de las manos y salió corriendo de su casa. Mao suspiró aliviado al irse ella, estaba irritado y no deseaba verla nunca más. Se rió internamente al ver que su plan había dado resultado. Le dio el documento equivocado, la había engañado y con la velocidad del rayo, tras decirles a los demás que no nada, se metió en la habitación y empezó a leer aquel escrito que le dejaron.

Al leerlo por séptima vez, tuvo que asimilar que ahí contaban cosas que le dejaban perplejo, sobre él, su padre y Chiang y sus padres.

Vio muchos motivos para que su sobrina lo deseara a toda costa, pero no sabía cuál exactamente. Leía sin parar ese testamento y se quedaba muy sorprendido de lo loca que fue la vida de su padre. Nacido en el norte de China, vivió en su juventud en Taiwán, tras ser invadida por los japoneses. Se unió al ejército imperial y estuvo en Corea provocando crímenes horribles contra ellos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, formó parte del ejército rojo chino y tras la victoria de Mao, participó en varias guerrillas comunistas en el sudeste asiático.

Al final, cansado de tanto batallar y luchar, volvió al Japón por la década de los ochenta y se casó con una japonesa mucho más joven que él. Tuvieron muchos hijos, siendo éste último Mao, que se esparcieron por todo el globo. Uno de ellos terminó en Shelijonia, quién ayudó a su padre a falsificar su identidad para que pudiese entrar en los Estados Unidos sin problemas. Japón, tras descubrir su pasado, y temeroso de sufrir una polémica y volviesen a recordar lo que hizo durante la Segunda Guerra Mundial, decidió expulsarlo del país discretamente.

El padre de Mao, quién le fue denegado la entrada tanto en China, como en Taiwán o en Vietnam, gracias a su pasado; pidió ayuda para entrar en América, sin que ellos se diesen cuenta de quién era. Tras la muerte de su joven esposa, empezó a cerrarse poco a poco.

Mao se decía que todo esto era un buen material para una película o una serie de televisión. También se preguntaba que cuántos hermanos podría tener en el mundo, porque vio que, antes de casarse con su madre, tuvo cientos de amoríos en cada lugar que visitaba. Era un donjuán y dejó embarazadas a muchas por toda Asia.

Y no solo hablaba sobre él, sino de casi todas las personas de su alrededor. Desde el mismo Mao y su madre pasando hasta a sus compañeros de las guerrillas más queridos. Al volver a repasar el testamento, se fue al lugar en donde hablaba de su hijo de Shelijonia, el padre de Chiang. No decía cosas que le favorecían muy bien, a pesar de que en el texto se notaba el cariño que le tenía, contando cómo era su vida. Siguió el mimo camino que su padre, volviéndose comunista y entrando en un grupo terrorista, que había muchos en Shelijonia; y a pesar de la caída de la URSS. Se tuvo que casar por obligación, tras dejar embarazada a la que sería madre de su sobrina, y rompieron al poco tiempo.

Tras provocar más de treinta atentados, y tras matar a siete u ocho personas, desapareció y nunca se supo de él, junto a otros compañeros. Mao pensó que su sobrina quería coger el testamento porque hablaba de su difunto padre, ¿tal vez para borrar un testimonio de lo que era o por conocer su pasado? Lo que si sabía es que quería evitar que esto llegara a manos de Nadezha, porque estaba relacionado con la muerte de sus padres, es más, fue su hermano el culpable directo de aquellas lamentables muertes.

Al repasar eso de nuevo, se dio cuenta de una cosa que lo dejó sin habla y que no se dio cuenta, porque sus pocas ganas de leer le impedían tragarse todo el testamento, porque parecía un libro bien gordo. Descubrió que su padre estaba al tanto de un secuestro que su hermano cometió y que parecía horrible. Ahí se dio cuenta lo cruel y despiadado que podría ser su familiar. Secuestró a una niña pequeña, de una de las mayores familias de la isla y pedía su liberación por supuestos motivos políticos. Decía que si no hacían lo que querían, le arrancaría cualquier parte del cuerpo de la chica. Mao se quedó más perplejo al ver que esa pequeña no era nada más ni nada más que aquella amiga de Josefina, una horrible persona que fue capaz de ponerle un arma en la espalda, Elizaberth von Schaffhausen. Entonces, recordó que ella llevaba un parche en uno de los ojos y le entraron de vomitar del asco.

― ¡Nadie en su sano juicio haría eso, nadie…! ― Eso se decía sin parar, consternado. No recordaba a su hermano y por tanto no conocía cómo era, pero no podría aceptar que alguien fuera capaz de sacarle un ojo a una niña, porque creía que eso era lo que le hicieron. Se levantó bastante molesto, cansado de leer el testamento, y decidió olvidarse de eso por un buen rato.

Al salir de la habitación y tras bajar al salón, Clementina aprovechó para decirle que iba a salir con Diana, su primo y Alsancia, para ir al parque. Al irse ellas, Mao subió arriba y vio cómo dormía plácidamente Jovaka en su habitación. Entonces, alguien empezó a pegar en la puerta de su tienda sin parar.

― ¿Han vuelto? ¿Tan rápido? ― Se preguntaba muy extrañado. ― Debe ser porque olvidaron algo. ― Se dijo eso, yendo rápido hacia la puerta para abrirles y no eran ellos, sino otra persona. Era la vecina de la casa de al lado, la vivienda que fue el hogar de Jovaka.

― ¿Qué quieres? ― Le preguntó Mao, quién no podría quitar la vista de encima al ridículo y extraño peinado que tenía. Se preguntaba si llevaba una peluca o algo porque ese pelo en forma de galaxia no podría ser creado por manos humanas.

― ¿Me ayudas con llevar mis bolsas del supermercado? ¡Es que el coche está afuera y pesan un montón! ― Eso decía, intentando actuar muy joven.

―Tengo anemia, así que no puedo cargar mucho peso. ― Intentó utilizar una excusa para librarse del marrón, porque no tenía ganas de cargar bolsas a una señora que le caía tan mal.

― Sé una buena vecina, ¡porfi! ― Intentó mostrar cara de cachorrito, pero en vez de conmover a Mao le dio tanta pena ver cómo intentaba actuar como joven que no tuvo más remedio que ayudarla.

― ¡Vamos, señora! ― Al decirle eso, ella saltaba y decía “yupi” como si fuera colegiala y Mao le decía que parase, porque le daba mucha vergüenza ajena. Tras atravesar aquel laberinto de calles, llegaron al lugar y éste vio una furgoneta negra, que le daba mala espina.

― ¡Bueno, señora, abre la puerta! ― Eso le dijo a la mujer y, de repente, se abrió la puerta trasera y unos tipos de negros salieron, atrapando a Mao. Le inmovilizaron, poniéndole un pañuelo con cloroformo y le metieron en el coche.

― Ahora gente, ¡denme mi dinero! ― Les exigió la mujer, creyendo que se lo darían, pero, en vez de eso, le hicieron lo mismo que Mao y la metieron en el coche, saliendo éste corriendo a toda velocidad, provocando algún que otro accidente por el camino.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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