Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Tercera parte, septuagésima séptima historia.

Nadezha estaba en una cita con su amado Vladimir cuando le llamaron por el teléfono y al contestar la llamada, unos gritos casi le iban a destrozar los oídos y reconoció esa voz, era Josefina.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Nadezha a una Josefina llorosa, que no se le podría entender lo que decía.

― Nadezha… Mao… Mao… Mao…―  Le costaba decirle a la albina lo que había ocurrido y solo mencionaba el nombre sin parar del chino compulsivamente.

― ¿Qué pasa con Mao? ― Le preguntó a Josefa.

― Lo han secuestrado. ― Se le quedó los ojos como platos cuando lo escuchó y se levantó rápidamente de la mesa en dónde estaba comiendo. Vladimir le preguntó qué pasaba y ella le dijo que tenía que ir rápido a la casa de Mao. Así, junto con su amor, se fueron del restaurante, directos hacia allí.

― ¿Qué ha pasado exactamente? ― Eso se preguntaba a sí misma cuando ella y su novio llegaron y vieron a todo el barrio en las puertas de la tienda de Mao. Se dieron cuenta de que muy algo grave había pasado. Les decía a las personas que estaban obstaculizando la entrada que les dejaran paso mientras se introducían en ese mar de curiosos. Al final, lo consiguieron y se dirigieron hacia al salón:

― ¿Es verdad que Mao ha sido secuestrada? ― Les gritó muy alterada a los que estaba en el salón, que se quedaron de piedra cuando la vieron aparecer así de repente. Todos dijeron que sí con la cabeza, tristes y muy preocupados.

― ¡Qué aparición tan repentina! ― Eso dijeron las gemelas, mientras Nadezha se sentaba en la mesa, para sentirse cómoda.

― ¡Sabías que vendrías a ayudar a tu amiga! ― Saltó Josefa hacia ella, llorando sin parar, diciéndole eso y otras frases como “gracias por venir”.

― N-no es mi amiga, por favor. ― Se puso colorada. ― Solo he venido a aquí porque no pienso tolerar ningún secuestro. ― Eso le decía a Josefina mientras intentaba quitársela de encima, ya que la estaba ahogando. Al decir aquellas palabras, hizo una expresión que les pareció a todos lindo y que daba la impresión de que realmente le preocupaba Mao, pero lo intentaba ocultar.

Entonces, después de liberarse del abrazo de Josefina, Malan, tan afectada como los demás, le entregó una carta a la albina y empezó a explicarle la situación con voz serena.

― Mao despareció ayer por la tarde. Cuando volvieron Clementina y las demás, que habían salido a dar una vuelta; vieron que ella no estaba. Despertaron a Jovaka, quién no sabía nada; y empezaron a buscarla sin parar por toda la noche, hasta que los vecinos les dijeron que habían visto como secuestraban a Mao en la calle y meterla en una furgoneta, junto con otra mujer. Por entonces, ya había venido la policía. ― Eso le decía Malan, mientras Nadezha leía la carta. ― Lo encontramos esta mañana, en el correo. Por mi, hubiera llamado la policía discretamente, pero los demás han decidido mantener esto en silencio. ―

La carta decía que Mao estaba secuestrada y, por tanto, para liberarla deberían seguir sus orden es al pie de la letra, o si no moriría. Añadió además que, al día siguiente, ellos iban a recibir su primera orden, que tenían que ir a un determinado parque para recoger un paquete que se encontraba en un cubo de basura. Nadezha leyó aquel papel cinco veces, antes que fuera interrumpida por una Jovaka llorosa:

― ¿Salvarás a Mao, verdad, verdad? ― Le decía eso, llorando ríos y con la cara más triste que haya tenido hasta el momento. Se sentía muy culpable, porque pensaba que si no se hubiera dormido, su querido Mao no hubiera sido capturado.

― Sí. ― Lo dijo con total confianza y con mirada decidida y seria. ― Eso haré. ―

Entonces, se levantó ante la sorpresa de todos y les pidió permiso para ir a las habitaciones. Sospechaba que lo que pasó en los anteriores días, la visita inesperada de la sobrina de Mao y aquel testamento, tenían mucho que ver. Es más, le parecía de todo menos una coincidencia.

Ellas no se lo negaron y le vieron entrar en la habitación de Mao, pensando que iba a encontrar alguna pista para salvarlo. Entonces, Nadezha, segura de que lo escondería ahí, rebuscó por todo el lugar. Luego, al ver que se equivocó, decidió visitar al cuarto de su fallecido padre y lo encontró:

― ¿Esto es un testamento? ― Eso lo decía por lo enorme que era. ― Pero sí parece un libro. ―Si no fuera porque ponía testamento en la portada, Nadezha lo pasaría de largo. A continuación, empezó a leer.

Buscando algo para ver si había algo que conectará el testamento, viendo página por página, y tras comprobar que el padre de Mao era de todo menos normal; encontró algo que no esperaba para nada, que la dejó temblando y con los ojos abiertos como platos.

― ¿Q-qué es….q-qué es esto? ¡Por el amor de Dios! ― Eso se decía, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Tuvo que leerlo unas cuantas para confirmar lo que estaba observando, mientras las imágenes del atentado que mató a sus padres. Al final, tiró el testamento con la mayor violencia, en una mezcla de ira e incomprensión, y se levantó con la misma intensidad, a punto de llorar. Al parecer, encontró el porqué esa chica, la sobrina de Mao, quería tanto el testamento, era para ocultar los crímenes de su padre, el cual mató a los suyos. Entonces, se agachó para coger el documento que tiró, mientras decía esto:

― Juró que te encontraré, maldita perra y haré que tu lengua saqué todo lo que tengas que decir. ― Comentó con una voz de ultratumba, en voz baja. Entonces, se levantó y salió de la habitación.

― ¿Has encontrado algo? ― Eso le preguntó  Clementina, cuando todas vieron a Nadezha salir de ahí. Todas le miraron esperando que hubiera una respuesta, pero se dieron cuenta de que algo raro le pasaba. No dejaba de mirar el suelo y sentían una sed de sangre.

― ¿Qué pasa? ― Ella levantó la mirada y todas quedaron petrificadas, al ver su cara llena de ira.

― Me llevaré esto. ― No les contestó, solo dijo eso en cambio.

Ella se fue rápidamente. Todas se preguntaron qué mosca le había picado a Nadezha.

En otro lugar de Springfield, dentro de una oscura habitación, cerrada con llave; se encontraba dos personas atadas, Mao y Stephanie Stratus, quién ayudó a secuestrar al chino y acabó como él. Ahora les estaba gritando a los hombres que estaban detrás de la puerta y que le habían dado el desayuno.

― ¡Sois unos hijos de puta! ¡Yo os traje a la niña, por eso me tenéis que soltar y dar mi dinero! ― Eso les gritaba, pero ellos no hacían caso omiso. Intentaba pegar en la puerta después de arrastrarse por el suelo, aterrada, porque sentía que estaba atrapada con un monstruo.

― ¡Tú sí que eres una hija de puta! ― Le decía Mao, quién se acercaba a ella, arrastrándose por el suelo, para morderla. ― ¡Te voy a arrancar todos los dedos! ― Estaba realmente enfadado.

― ¡Por favor, perdóname, no era mi intención! ¡El dinero me manipuló, esos chicos me mintieron! ¡Yo no tengo la culpa de nada! ― Todas esas palabras no servían de nada, un rabioso y enfadado Mao se le acercaba con motivos nada bonitas. Y ella gritaba de terror y les pedía a los de afuera clemencia.

― ¿Y si la ayudamos? ― Eso le preguntaba unos de los hombres que vigilaban la puerta, uno grande y blanco y con pelo moreno. Esos gritos desesperados le estaban torturando el alma.

― ¡No, idiota! ¡Qué la china esa nos ataca y me ha dejado el dedo hecho un asco! ―Eso le replicaba el otro, igual de alto, pero mil veces más gordo y con la cabeza sin un pelo. Estaba mirando con tristeza un dedo que tenía vendas y que le dolía mucho moverlo.

― Pero está atada. ― Esas palabras inofensivas hicieron saltar al otro, quién le gritó de rabia y dolor: ― Estaba atada cuando me atacó. ― Y su compañero se calló, solo los gritos de la habitación que ellos vigilaban rompía aquel silencio. Entonces, alguien entró:

― ¿Cómo está la princesita? ―Era la sobrina de Mao, Chieng, vestida con un mono de trabajo; y les preguntaba a esos dos el estado de su tío:

― Bastante enérgica, aún mi dedo está infectado por culpa de sus mordiscos. ― Eso decía, mirando con pena su dedo.
― Voy a entrar. ― Eso les dijo y cuando iba a abrir la puerta, vio los gritos de dolor de la vieja que la ayudó, y le entró miedo:

― Aunque a lo mejor,… ¿Irán a acompañarme como guardaespaldas? ― Eso les comentó, tras pensar que necesitaría a más gente para sentirse segura y mantener la llave entre manos.

― Usted es su parienta, no le hará daño, además de que está atada. ―

Ninguno de los dos se ofreció, no quería ser mordidos por Mao. Al final, ella tuvo que entrar, tras llenarse de valor. Al abrir la puerta, vio como su tío perseguía a Status, quién tenía el pelo hecho polvo por culpa de los mordiscos; en una persecución absurda y ridícula, como un gusano persiguiendo a otro.

― ¿¡Tú, estás detrás de todo esto!? ¡Maldita desgraciada! ― Mao, al ver que alguien abrió y era nada más ni nada menos que su sobrina, saltó hacia ella para morderla, como si fuera un perro rabioso. Ésta, tras dar un grito de horror, cerró la puerta rápidamente y empezó a reírse de su tío:

― Si no estuviera atada, no te sería tan gracioso el asunto.  ― Le gritaba Mao desde el otro lado de la puerta.

― Bueno, dejando de lado todo esto…― Se puso seria. ― ¿más bien, creías que me ibas a engañar? ― Mao, entonces, recordó que la engañó, dándole algo escrito en chino en vez del testamento.

― ¿Por esa tontería me has secuestrado? ― Le gritó lo más fuerte posible.

― Estuve pensándolo seriamente, pero no es eso lo que yo quiero ahora, porque he cambiado de idea. ― Mao se quedó pensando, muy molesto, en qué monstruosidad se le estaba pasando por la mente de su familiar

― Bueno, la idea original era quemar el testamento para que nadie se diese cuenta de que mi padre no se convirtiera oficialmente como el “Halcón Rojo”, pero mientras investigaba cómo conseguirlo, encontré algo mucho mejor. ― Eso lo decía, mientras ponía mis brazos se cruzaban.

― ¿Ah, sí? ¿El secuestrarme? ― Le dijo con tono burlón y ésta lo ignoró, seguía hablando.

― Esas niñas te quieren mucho, ¿eh? ― Mao se quedó en blanco.

― Harían lo que sea para salvarte, ¿no? ― Ella le siguió hablando, poniendo una voz dulce de forma forzosa.

― Pues yo he creado un plan muy genial, en el que tus amiguitas van a participar. ― Comentó de una forma burlona y cruel, para terminar en risas de psicópata.

― Si le tocas un solo pelo, te juró que te mataré. Me importa una mierda si seas mi propia sobrina. ― Él lo entendió perfectamente, quería utilizar a Josefina y a las demás para algo horrible, y quería evitarlo. Empezó a golpear la puerta, a pesar de que estaba atado, usando su propio cuerpo.

Entonces, le tocó el turno a Stephanie Status, quién le pedía que le diese su dinero y la liberará:

― ¿Y mi dinero? ¿Y por qué estoy atada? ¡Creía que éramos aliadas! ―

― Es para despistar la policía, así que tardaran mucho en descubrir qué relación tienen cuando estén muertas. ― Cuando dijo esto, tanto Mao como Status, se quedaron con la boca abierta. Al parecer, en su plan incluía que ellas dos no deberían quedar con vida.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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