Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Tercera parte, septuagésima séptima historia.

― ¡¿Aún sigues molesta por lo que te pasó anteayer!? ― Le preguntó Vladimir, mirando frente a frente a Nadezha, muy preocupado.

Estaban en mitad de una cita, comiendo en un famoso restaurante de comida rusa. Nadezha llevaba un buen rato sin probar bocado, muy pensativa. Sólo las palabras de su querido novio la trajeron de nuevo a la realidad. Esto le respondió:

― No, me preocupa. Esa Chiang dijo cosas muy extrañas al verme. ― Estaba recordando cuando la sobrina le estaba hablando como si fuera la novia de Mao o algo parecido. Era un detalle que no se atrevió a contarle a Vladimir y que le estaba poniendo bastante incómoda, ¿por qué ella supuso erróneamente que estaban juntos? Lo decía como si supiera algo que la albina no sabía. Y añadió esto: ― Y Mao actuaba también de forma muy rara. ― Se comportaba como si no quisiera que Nadezha supiera lo que estaba pasando. No puedo dejar de pensar en eso…―

―¡Olvidate de eso! Seguro que no pasa nada. ― Vladimir intentó animarla, poniendo su mejor cara. Nadezha agradeció sus palabras y se forzó a comer. Entonces, su teléfono empezó a sonar.

― ¡Qué inoportuno! ¡¿No podrían llamar en otro momento o qué!? ― Se quejaba, mientras cogía el móvil y se lo ponía en el oído.

Entonces, una explosión de gritos y de sollozos la dejó casi sorda, teniendo que apartar el oído del móvil por un segundo. Vio que le intentaban decir algo, pero era inentendible. Aún así, reconoció esa voz, era Josefina, que estaba llorando a mares.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Nadezha.

― Nadezha… Mao… Mao… Mao…― Le costaba decirle a la albina lo que había ocurrido y sólo mencionaba el nombre sin parar del chino compulsivamente.

― ¿Qué pasa con Mao? ― Le preguntó a Josefina, que decidió callarse por un momento y tranquilizarse, para poder transmitirle esto a Nadezha.

― ¡Lo han secuestrado! ― Se le quedó los ojos como platos cuando lo escuchó. Sintió, por unos momentos, un mareo y como el mundo se retorcía a su alrededor.

En cuestión de segundos, se levantó de la mesa y salió corriendo, sin decirle nada a Vladimir. ― ¿¡Qué te pasa!? ¡¿Adónde vas!? — Le preguntaba su novio, muy confundido. Quería perserguirla, pero no se atrevía a irse del restaurante así como así. — ¡Tenemos que pagar la cuenta! — Le gritó. Después de todo, él sólo tenía dinero para sus chucherías.

— ¡Ese maldito de Mao! ¡Ha arruinado nuestra cita! — Añadió esto, muy molesto

Tras pagar, llegaron a la casa de Mao a toda velocidad. Al llegar a la calle, vieron a todo el barrio en las puertas de su tienda.

― ¿Qué ha pasado exactamente? ― Preguntó boquiabierta. Era obvio que había pasado algo muy grave. Sin pensarselo dos veces, Nadezha se introdujo entre los curiosos, mientras les decía a pleno pulmón que le dejarán paso. Entró de una patada a la casa y se dirigió a toda prisa hacia al salón, con Vladimir pisandole los talones:

― ¿Es verdad que Mao ha sido secuestrada? ― Gritó muy alterada, tras abrir la puerta corrediza sin delicadeza. Observó el salón por unos cuantos segundos. Ahí se encontraban Josefina, Jovaka, Alsancia-Lorena, las gemelas, Malan y los canadienses, pero no encontraba al chino por ninguna parte. Todos miraron al suelo, cabizbajos, llenos de tristeza y preocupación, sus ojos ya estaban rojos de tanto llorar. Luego, movieron sus cabezas con timidez como respuesta.

Nadezha, jadeando sin parar por culpa de la carrera que hizo, apretó con fuerza el puño, mirando con rabia el suelo. Sabía que aquel asunto le parecía preocupante, pero jamás se imaginó hasta donde iba a llegar. Por otra parte, estaba muy preocupada y asustada por Mao, aunque se negaba a reconocer.

Nadezha decidió sentarse al lado de la mesa, para poder descansar y poder escuchar la situación con más tranquilidad. Pero Josefina, llena de lágrimas de alegría, la interrumpió. Saltó hacia ella, gritando esto:

― ¡Sabía, que vendrías a ayudar a tu amiga, lo sabía! ―La abrazaba con tanta fuerza, que la estaba ahogando. ― ¡A pesar de todo, aún la quieres! ¡Gracias por venir, Nadezha! ¡Gracias, de corazón! ―

― N-no es mi amiga, por favor. ― Se puso colorada. ― Sólo he venido a aquí porque no pienso tolerar ningún secuestro. ― Forzaba su cara para ocultar su preocupación, pero sólo conseguía todo lo contrario. Todos la miraban con ternura, les parecían muy lindo la actitud de Nadezha.

Después de liberarse del abrazo de Josefina, Nadezha se sentó, Vladimir la imitó en silencio. Él también estaba preocupado, pero no sabía cómo reaccionar. Malan le entregó una carta empezó a explicarle la situación con voz serena.

― Mao despareció ayer por la tarde. Cuando volvieron Clementina y las demás, que habían salido a dar una vuelta; vieron que ella no estaba. Despertaron a Jovaka, quién no sabía nada; y empezaron a buscarla sin parar por toda la noche, hasta que los vecinos les dijeron que habían visto como secuestraban a Mao en la calle y meterla en una furgoneta, junto con otra mujer. Por entonces, ya había venido la policía. ― Eso le decía Malan, mientras Nadezha leía la carta. ― Lo encontramos esta mañana, en el correo. Por mi, hubiera llamado la policía discretamente, pero los demás han decidido mantener esto en silencio. ―

La carta decía que Mao estaba secuestrada y, por tanto, para liberarla deberían seguir sus orden es al pie de la letra, o si no moriría. Añadió además que, al día siguiente, ellos iban a recibir su primera orden, que tenían que ir a un determinado parque para recoger un paquete que se encontraba en un cubo de basura. Nadezha leyó aquel papel cinco veces, antes que fuera interrumpida por Jovaka:

― ¿Salvarás a Mao, verdad, verdad? ― Le preguntaba con insistencia.

Las lágrimas corrían como ríos por sus mejillas y los sollozos le impedían hablar bien. Jovaka se sentía muy culpable, pensaba que si ella no se hubiera dormido, su querido Mao no hubiera sido capturado. Nadezha se apiadó de ella, y de todas los demás. No podría negarse.

― Sí. ― Dijo con total confianza y con una mirada decidida y seria. ― Eso haré. ―

Las niñas abrieron las bocas de par en par, con unos ojos llenos de esperanzas. Entonces, ante la sorpresa de todos, ella se levantó y les pidió permiso para ir a las habitaciones. Sospechaba que lo que pasó en los anteriores días, la visita inesperada de la sobrina de Mao y aquel testamento, tenían mucho que ver. Es más, le parecía de todo menos una coincidencia. No se negaron, le dejaron entrar en las habitaciones. Primero revisó la de Mao, pero no encontró lo que estaba buscando. Tuvo que entrar en la habitación de su difunto padre.

― Perdón por la intromisión ― Rezó Nadezha, antes de entrar.― Pero esto es una cuestión de vida o muerte… ― Le parecía muy grosero aquello de registrar las pertenencias de alguien que murió hace poco. No tardó mucho en encontrarlo.

Al revisar una estantería llena de libros, encontró uno que daba la impresión de estar hecho a mano. Lo sacó y vio que la portada tenía la palabra testamento en inglés:

― ¿Esto es un testamento? ― Se preguntó, mientras miraba el enorme grosor y notaba su peso. ― Pero si parece un libro. ― Estaba llena de dudas, se veía muy sospechoso, otro testamento falso para engañar a la sobrina de Mao. Al final, decidió echarle un vistazo. Sabía que no era el momento para leer, pero necesitaba saber si era el verdadero testamento.

Empezó a ojear su contenido, leyendo todo lo rápido que podría. Comprobó que era más una biografía que un testamento. Era la vida del padre de Mao. Tras leerle unas cuantas páginas, comprendió que el fallecido era de todo menos normal. Se preguntaba una y otra vez si todo lo que estaba leyendo era puras fantasías de un viejo o eran las vivencias de un monstruo.

Pero no encontraba nada que pudiera corresponder con un testamento, así que siguió buscando. Entonces, encontró algo que no esperaba para nada. Sus ojos se abrieron como platos, empezó a temblar y a sudar la gota fría, recuerdos horribles empezaron a atormentarla de nuevo. Cerró el libro y empezó a inspirar e respirar como si le faltase el aire. Intentó llenarse de valor para poder volver a leer aquellas palabras. Cuando se sintió preparada, soltó un suspiro y lo miró:

― ¿Q-qué es… q-qué es esto? ¡Por el amor de Dios! ― Balbuceó, incredula, mientras leía con detenimiento.

Aún así, su cerebro le costaba asimilarlo y tuvo que hacerlo varias veces, mientras su mente reproducía, como si fuera un bucle, el momento en cuando vio a sus padres volar por los aires. Al final, tiró el testamento con la mayor violencia, en una mezcla de ira e incomprensión, y se levantó con la misma intensidad, a punto de llorar. Luego, dio una pequeña carcajada. Se dio cuenta el porqué esa chica, la sobrina de Mao, quería tanto el testamento. No era dinero ni herencias ni nada parecido, sólo deseaba ocultar los crímenes de su padre, del hombre que mató a los padres de Nadezha. A continuación, se agachó para coger el documento que tiró, mientras decía esto:

― Juró que te encontraré, maldita perra y haré que tu lengua saqué todo lo que tengas que decir. ― Comentó en voz baja, con un tono amenazante. Entonces, se levantó y salió de la habitación.

― ¿Has encontrado algo? ― Le preguntó Clementina, al verla salir. Las niñas miraron hacia Nadezha, esperando una respuesta. Pero ella, cabizbaja, no habló, su silencio daba miedo.

Vladimir se le acercó, muy preocupado. Se dio cuenta de que Nadezha estaba furiosa, que había encontrado algo muy desagradable para ella. Quería decir a Clementina y a las demás que no la hablasen. Pero no le dio tiempo, porque la madre de Diana preguntó esto, extrañada: ― ¿Qué pasa? ― Nadezha levantó la mirada y mostró su cara llena de ira, todas quedaron petrificadas. Parecía un oso a punto de atacar.

Vladimir se imaginó qué fue lo que encontró ella y se llenó de preocupación, pero sabía que lo mejor que podría hacer era dejarla tranquila.

― Me llevaré esto. ― Nadezha sólo les dijo esto. Después, empezó a caminar con paso ligero hacia la calle. Todos se preguntaron qué mosca le había picado a Nadezha y luego miraron hacia Vladimir.

― No lo sé bien, pero debe haber encontrado algo muy doloroso para ella. ― Añadió él con tristeza. ― Pero, ¡dejanselo todo en sus manos! ¡Salvará a Mao, de verdad! ―Intentó animar a los demás. Luego, salió corriendo hacia Nadezha.

Mientras tanto, en otro lugar de Springfield, dentro de un edificio abandonado; se escuchaban unos gritos histéricos que procedían de una oscura habitación, cerrada con llave.

― ¡Sois unos hijos de puta! ¡Yo os traje a la niña, por eso me tenéis que soltar y dar mi dinero! ― La que gritaba era Stephanie Stratus, quién participó en el secuestro de Mao. Ahora estaba atada junto a él, chillando como loca. Detrás de la puerta, se encontraban unos hombres cuya misión eran vigilar a los secuestrados. Había pasado unos momentos desde que entraron en la habitación para darles el desayuno.

Al ver que hacían caso omiso de ella, se arrastró por el suelo hasta llegar a la puerta y empezar a golpearla con alguna parte de su cuerpo. Se le veía muy alterada, gritaba y golpeaba como si su vida estuviera en peligro. En cierta manera, lo estaba.

― ¡Tú sí que eres una hija de puta! ― Mao, arrastrándose como una serpiente, se acercaba a ella con la intención de destrozarla a mordiscos. ― ¡Te voy a arrancar todos los dedos! ― Estaba tan enfadado que parecía un ogro. Stratus estaba aterrada, sentía que la habían dejado junto con un monstruo.

― ¡Por favor, perdóname, no era mi intención! ¡El dinero me manipuló, esos chicos me mintieron! ¡Yo no tengo la culpa de nada! ―

Todas esas palabras no servían de nada, Mao no iba tener piedad con ella y lo único que podría hacer ella era rezar y pedir clemencia a los de afuera.

― ¿Y si la ayudamos? ― Preguntó uno de los hombres. Los gritos de Stratus le estaban torturando el alma. Medía tanto como un jugador de baloncesto, llevaba una enorme melena, de color moreno; y su piel se veía muy pálida. No tenía cara de ser muy inteligente.

― ¡No, idiota! ¡Qué la china esa nos ataca de nuevo! ¡Mira como me ha dejado el dedo hecho un asco! ― Le replicó el otro.

Era igual de alto, pero tenía una gran barriga cervecera y su cabeza estaba totalmente pelada. Miraba con tristeza un dedo suyo que estaba vendado. Mao estuvo a punto de arrancárselo y lo dejo bien destrozado, hasta le era imposible moverlo por culpa del dolor.

― Pero está atada. ― Esas palabras inofensivas hicieron saltar al otro, quién le gritó de rabia y dolor: ― Estaba atada cuando me atacó. ― Y su compañero se calló, sólo los gritos de Stratus rompían aquel silencio.

Entonces, alguien salió de las sombras, cruzando el pasillo directo hacia los vigilantes. De su boca, saliendo estas palabras: ― ¿Cómo está la princesita? ―

Era la sobrina de Mao, Chieng. Estaba vestida con un mono de trabajo, lleno de manchas y bastante destrozado. Daba la impresión de que había terminado de hacer algo, ya que estaba cubierta de polvo. Ella sonreía maquiavélica, se movía y actuaba como si fuera un villano cutre de una serie para niños.

― Bastante enérgica, aún mi dedo está infectado por culpa de sus mordiscos. ― Le respondió uno de los hombres, mientras le mostraba su dedo. Ella le ignoró totalmente y se dirigió hacia la puerta.

― Voy a entrar. ― Pero cuando acercó su mano al pomo, se acobardó.

― ¡Por favor, no! ¡Suéltame, te lo pido! ¡Tus mordiscos son peores que un dolor de muelas! ― Porque escuchó los gritos de dolor de Stratus, quién estaba sufriendo una enorme agonía.

Chieng, temblando como un flan, miró hacia los hombres y les dijo esto: ― Aunque a lo mejor,… ¿Irán a acompañarme como guardaespaldas? ―

― Usted es su parienta, no le hará daño, además de que está atada. ―

Ninguno de los dos se ofreció, no querían ser mordidos por Mao. Ella los miró con muy mala leche.

― ¡Recuerden que os pago! ¡Tenéis que obedecerme! ― Les replicó autoritariamente.

― Pues nos das quinientos dólares más y te acompañamos. ― La replicaron, haciéndose los inocentes.

― ¡Os he dado casi la mitad que tengo, no puedo daros más, ¡sois unos avariciosos! ― Hicieron gestos para dejarle claro que eso era lo que hay. Ella dejo de insistir. ― Vale, vale, lo entiendo. Esto de contratar sicarios cuesta un ojo de la cara…― Tuvo que llenarse de valor para entrar.

Al final, ella tuvo que entrar, tras llenarse de valor. Al abrir la puerta, vio como su tío perseguía a Stratus, quienes, arrastrándose por el suelo como gusanos, estaban dando vueltas por la habitación sin parar. La mujer no dejaba de chillar, tenía todo el pelo destrozado por culpa de los mordiscos de Mao. Éste, al ver como la puerta se abrió, giró la cabeza hacia su sobrina. Gruñó como un perro rabioso al verla:

― ¿¡Tú, estás detrás de todo esto!? ¡Maldita desgraciada! ― Le gritó encolerizada.

Ya se imaginaba que su sobrina se daría cuenta del engaño y haría alguna de las suyas, pero jamás había pensado que se atrevería a secuestrarle. Se sintió muy frustados al ver como había bajado la guardia.

A pesar de las cuerdas que le tenían inmovilizado brazos y piernas, Mao fue capaz de dar un salto con la intención de darle el mordisco de su vida. Chiang se puso blanca, gritó de terror y cerró la puerta a toda velocidad.

Con el corazón a cien, cayó al suelo, con las burlonas miradas de los vigilantes y su tío golpeando la puerta como un loco. Al ver que estaba a salvo, empezó a reírse para recuperar la compostura. ― ¡Chúpate esa, zorra! ― Le gritó con actitud de superioridad.

― Si no estuviera atada, no te sería tan gracioso el asunto. ― Le gritaba Mao desde el otro lado de la puerta.

― Bueno, dejando de lado todo esto…― Se puso seria. ― ¿Creías que me ibas a engañar? ― Le habló con desprecio.

― Lo cierto es que te había subestimado, creía que no llegarías tal lejos por un estúpido testamento. ― Le replicó con insolencia. ― Eres tal como aparentas, una hija de la grandísima puta. En fin, ¿por esa tontería me has secuestrado? Eso es tan patético. ― Intentó ser lo más hiriente posible. Más o menos, lo consiguió. Chiang, presa de la furia, golpeó la puerta. Mao hizo lo mismo como respuesta.

Chiang dio varios quejidos por el dolor que le supuso aquella acción, acariciándose la mano como forma de alivio. Eso la tranquilizó. Cruzó los brazos y añadió esto:

― Lo cierto es que esa mi intención original antes de planear tu secuestro, pero he cambiado de idea. ― Mao tragó saliva. No quería ni imaginar lo que estaba pasando por la mente de su sobrina. ― Bueno, lo que tenía pensado ese presunto testamento era quemarlo, para que mi padre no se convirtiera oficialmente como el “Halcón Rojo”, pero mientras investigaba cómo conseguirlo, encontré algo mucho mejor. ―

― ¿Ah, sí? ¿El secuestrarme? ― Le dijo con tono burlón. Chiang le ignoró, siguió hablando, esta vez con sarcasmo.

― Parece ser que estos últimos años has hecho muchas amigas y estas muy bien acompañada. Sobre todo de chicas, debes sentirte en el paraíso, ¡debe ser genial eso de tener un harem! Me alegro mucho por ti, ¡tanto que me das ganas de vomitar! ―

― ¡¿Qué intentas insinuar!? ― Le preguntó Mao, alterado. Se puso a temblar cuando ella empezó a hablar sobre Josefina, Malan y todas las demás. Sabía que ella era capaz de hacerles daño.

― Esas niñas te quieren mucho, ¿eh? ― Chiang forzó una voz dulce, pero sus intenciones estaban claras. ― Harían lo que sea para salvarte, ¿no? ― Mao se quedó en blanco, aterrado. Su sobrina esperó su respuesta, pero, al ver su silencio, decidió añadir esto: ― Pues yo he creado un plan muy genial, ¡en el que tus amiguitas van a participar! ― Terminó de hablar, para empezar a reír como psicópata.

― Si le tocas un solo pelo, ¡te juró que te mataré! ― Le gritó con todas sus fuerzas y empezó a golpear la puerta con más fuerzas. Su cabeza no podría pensar bien, sólo estaba pensando en ellas, aterrado con la idea de que Chiang les hiciera daño. ― Me importa una mierda si seas mi propia sobrina. ―

Ésta se burló de su tío, viendo su impotencia. Lo estaba disfrutando. Siempre le gustó eso de atormentar a Mao. Los sicarios sintieron un poco de asco por Chiang, ese no era la forma de tratar a la familia. A pesar de todo, pasaron de eso, el trabajo era lo primero sobre todo.

Entonces, Stephanie Status aprovechó el momento e intervino, exigiéndole respuestas: ― ¿¡Y mi dinero!? ¿¡Y por qué estoy atada!? ¡Creía que éramos aliadas! ― Se arrepintió mucho de haber sido convencida para atraer a Mao a la trampa.

Con total frialdad, Chiang le respondió: ― Es para despistar la policía, así que tardaran mucho en descubrir qué relación tienen cuando estén muertas. ―

Tanto Mao como Status, se quedaron con la boca abierta. Ésta último chilló como un condenado a muerte. Al parecer, en su plan incluía que ellas dos no deberían quedar con vida.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s