Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Última parte, septuagésima séptima historia.

Faltaban veinte minutos para que Josefina se reuniera con Elizabeth en el parque y Chiang estaba escondida entre los únicos y estropeados arbustos que había en la zona, preparando su mando de control para hacer explotar la bomba que estaba en el paquete que llevaba Josefa, y que era realmente lo que había dentro. Su plan era que cuando ella se la entregará, tocar el botón rojo y hacerlas volar, a Eliza y a su amiga.

La sobrina de Mao lo esperaba impacientemente, ya que, si mataba al único objetivo que su padre terrorista no pudo acabar, así podría liberarse de esos horribles sentimientos que la habían torturado desde hace años, que ella ni siquiera entendía ni tampoco era una certeza que pudiera ocurrir eso, pero creería desesperadamente de que esa forma los sacaría de su cabeza.

Mientras tanto, por el camino, iba una Josefina alterada, pero que intentaba ir despacito para que el paquete que transportaba no se cayera. Ella aún se preguntaba qué había dentro para que fuera tan pesado y deseaba abrirlo, pero se aguantaba, porque prometió no ver su interior, o si no, Mao podría morir.

Al final, pudo llegar al parque a tiempo, después de que una ardilla pasara por su lado y eso la distrajera durante unos pocos minutos. Se sentó en el banco en dónde se iba a reunir ella y Elizabeth y dejó el paquete a su lado. Luego, estilizó los brazos y dio un gran bostezo, señal de que se sentía aún adormilada.

― Espero que no tarde mucho… ― Se dijo a sí misma, pensando en Eliza. ― Necesitamos salvar a Mao, cuanto antes. ― Esas palabras le hicieron mucha gracia a Chiang, quién aún pensaba que él estaba muerto.

Chiang se preguntaba cuándo iba a llegar esa enana de Eliza, que quería volarla ya; segundos antes de que ésta apareciera, junto con su sirvienta Ranavalona, quién le saludó a Josefina en lugar de Su Señora.

― ¡Ya estoy aquí! ― Le decía Eliza con la mayor frialdad. ― Ahora bien, quiero saber realmente qué está pasando. ―

― Pero si ya te lo dije. ― Eso le contestaba Josefa, quién se levantaba del asiento y cogía el paquete para entregárselo. ― Según su sobrina, si te doy esto, tú ayudarás a salvar a Mao. ―

Al decir esas palabras Josefina, Elizabeth se preguntaba quién era esa tal sobrina de Mao y cómo sabía de su existencia, y sobre todo por qué le entregaba ese paquete. Todo le parecía muy sospechoso.

― Si eso es de mi interés, lo aceptaré. ― Le respondió Eliza, que pensaba que la única forma de enterarse de este asunto fue abrir ese dichoso paquete.

Entonces, Chiang vio el momento para hacerlas explotar y apretó el botón rojo, pero no hubo ninguna explosión. Lo hizo la segunda vez y tampoco, y lo repitió dos o tres veces más.

― ¿Qué mierda le pasa a esta maldita bomba? ― Eso decía muy enfadada, mientras apretaba el botón compulsivamente.

― Mi Señora, pesa mucho. ― Comentó su sirvienta fiel Ranavalona, quién cogió el paquete en lugar de Elizabeth y buscaba dónde se abría; mientras las otras dos chicas escuchaban unos sonidos muy raros procedentes de los arbustos. Entonces, es cuando escucharon los gritos de Mao y Nadezha.

― ¡Josefina, es una puta bomba! ¡Tírala, rápido! ― Esos les gritaban, mientras entraban en el parque.

― ¿Mao? ― Josefina gritó de la sorpresa.

― ¿No decías que tu amiga estaba secuestrada? ― Eso le preguntó Eliza, señalándolos con la misma sorpresa que Josefa. ― Ranavalona, ¡tira esa cosa, lejos! ― Le gritó a su sirvienta a continuación, y ésta hizo caso la orden y lo lanzó lejos.

El paquete bomba, entonces, cayó en una fuente llena con agua asquerosa y apestosa, y de ranas. Entonces, explotó y todo ese líquido repugnante cayó sobre ellas, junto con aquellos animales muertos, tirando a las cercanas al suelo.

― ¿Qué está pasando? ― Le gritaba Elizabeth autoritariamente, quién no estaba entendiendo nada, a Josefina, quién entendía menos; mientras ella, su sirvienta y la mexicana se levantaban del suelo.

― Yo tampoco lo entiendo. ― Eso le respondió muy confundida.

― Menos mal. ― Se dijo Mao, lleno de alivio, quién cayó al suelo de tanto correr.

Después de perder muchas horas encerrados en la azotea del edificio, salió corriendo para avisar a todos del peligro que estaba Josefina, e irse a la casa de la mexicana, para quitarle la bomba de sus manos, sin éxito alguno.

Nadezha, que acompañó a Mao y corrió también de lo lindo, hizo lo mismo que él; pero con la diferencia de que empezó a reír de felicidad, cuando vio que al final no paso nada.

― ¡Mierda, mierda! ¡Más que mierda! ¡Todo se ha ido al garrete! ¡Maldita sea! ―

Eso gritaba Chiang, llena de ira y frustración, quién vio que todo su plan se estropeó y no tuvo más remedio que salir por patas de ahí. Entonces, giró hacia detrás para salir corriendo y se encontró con una de las chicas de Mao, Malan, que se puso en medio.

― ¿Tú eres la que está detrás de todo esto, eh? ¡No te vas a escapar tan fácil! ―

Eso le decía con palabras de aparente tranquilidad, mientras apretaba sus puños y mostraba una cara de enfado que asustó a Chiang y decidió por ir a la izquierda. Y fue detenida por las gemelas, quienes tenían la misma cara que Martha, mientras movían unas tijeras que tenían ellas en sus manos.

― ¡Hey, no te vayas tan rápido! ― Eso le decía Alex de forma burlona y llena de sadismo.

― ¡Después de todo, no irás de rositas! ― Y de la misma manera, se lo decía Sanae. Soltaron una risa diabólica y que proclamaba venganza a los cuatros vientos. Entonces, Chiang se giró para escapar por la derecha, hasta que sintió un cabezazo en todo su estomago, que la hizo caer al suelo.

― ¡Ay, mi estomago! ― Exclamaba mientras se tocaba el estomago por el dolor, y mientras abría los ojos y veía a una Alsancia más mosqueada como nunca.

― ¡Yo, jamás he sentido tantísimas ganas de pegar a una mujer! ― Esas palabras hicieron que girara su cabeza de nuevo y que viera a una Jovaka rabiosa, deseosa de destrozarle toda la cara.

Chiang se sentía realmente rodeada y no veía ninguna salida. Todas esas chicas deseaban darle la paliza de su vida y eso le ponía la carne de gallina.

― ¡L-lo siento, mucho! ¡No era mi intención hacer esto! ¡De verdad! ―

Intentó pararlas poniéndolas cara de cachorrito y pedía piedad de una forma realmente lamentable y patético, pero nada de eso se ganó a esos corazones llenos de odio y resentimiento hacia ella, la persona que intentó matar a su querido Mao y que intentó volar a Josefina. Y tenía razón Chiang, le iban a mostrar la mayor paliza que había tenido en vida.

― ¡Mao, Mao! ― Le gritaba el nombre de su tío para que la salvara, pero éste le giró la cabeza y le insultó con la mano, dejándola claro que se jodiera. ― ¡No me hagas esto! ¡Perdóname, por favor! ―

Y entonces fue apaleada como nunca, mientras gritaba desesperadamente.

― ¿Qué está pasando aquí? ― Eso se dijo Elizabeth, quién veía la escena y aún no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. No sabía de dónde salían esas chicas que golpeaban a ese bicho raro, ni tampoco la razón por la cual le intentaron matar con una bomba ni por qué Nadezha estaba con ellas. Se sentía tan pérdida que le entraban ganas de mandarles todos a la mierda y volver a su reino.

― Me encantaría saberlo, de verdad, Mi Señora. ― Eso le contestaba Ranavalona, quién estaba igual de confundida que ella.

― ¡A mí también! ― Añadió Josefina, quién miraba con los ojos como platos la escena, junto a su amiga Elizabeth y Ranavalona.

Así terminó esta historia, con la mala siendo golpeada por casi todas las niñas, con Josefina, Elizabeth y Ranavalona más perdidas que nunca, con una Mao y una Nadezha que respiraban tranquilas, ya que no había pasado nada malo; y con la policía en camino. Bueno, estaba casi terminado, solo faltaba una última escena, transcurrida horas después, en las puertas de la casa de la rusa, quién llamó al chino para darle algo, después de que en su hogar tuvieran una fiesta por lo bien que acabó la cosa.

― ¡Aquí tienes el testamento de tu padre! ― Esto fue lo primero que dijo al verle, tirándole aquel testamento, que parecía más un libro.

― ¿Qué? ¿Qué haces tú con eso? ― Eso le gritó totalmente sorprendido, tras cogerlo en el aire con sus manos.

― Si no fuera por esto, no te hubiera salvado. ― Dio una pequeña pausa, mirando con seriedad a Mao. ― Y si no fuera por él, seguiría engañada. ―

Eso le decía Nadezha con aparenta frialdad. Mao permaneció callado, mirando hacia otro lado, dándose cuenta de lo que le estaba diciendo realmente.

― Quiero saber toda la verdad, con tus propias palabras. ― Ella le siguió hablando.

― Está en esa cosa, no hace falta que te lo diga. ― Eso le replicó Mao con falsa indiferencia. Se notaba que se sentía molesto y no quería saber nada más de lo que estaban hablando.

― Hay algo que ese testamento no me dijo, fue tu sobrina y eres el único que me lo puede comprobar. ―

Al decir eso, le miró fijamente, esperando que le dijera la respuesta, pero éste seguía mirando hacia otro lado, con unos ojos que decían que dejará ese tema.

Al ver que seguía con su incómodo silencio, decidió terminar esta conversación y entrar en su casa, antes de decirle esto:

― Estaré esperando, entonces. ―

FIN

 

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