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Cita canadiense, septuagésima octava historia.

En una habitación de una mansión del suroeste de Springfield, cuyo aspecto recordaba a la casa blanca; estaban jugando dos niñas, la dueña del cuarto, Natashenka Sumovov; y su mejor amiga, Diana Churchill.

Aburridas de divertirse con videojuegos violentos, decidieron jugar al escondite. Así estuvieron un buen rato hasta que se cansaron y se tumbaron en la cama.

― Se nota que eles mejalica. ― Eso le decía Diana y cuya última palabra quería decir “megarica”. Aún no estaba acostumbrada lo rica que era su amiga y la cantidad de cosas que tenía.

― ¿¡Mejalica!? Eso suena como esos tipejos siniestros que escucha mi papá. ― Se estaba refiriendo a Metallica, aquel grupo de rock que tanto le gustaba su padre, el cual siempre lo escuchaba todo lo que podía.

― ¿Y tu papá, apalte de escuchal gente siniestla, qué hace? ― Eso le decía mientras flexionaba las piernas.

― Decía que cuando era un chaval, era un leñador, después se hizo con una empresa que corta arboles y se hizo rico. Sigue con esa empresa. ― Le contestó a su amiga.

― ¿Y tu papá? ― Le preguntó Natashenka a Diana, quién se quedó en silencio, pensando, preguntándose cuál era su padre, ya que no tenía nada semejante, salvo su tío Leonardo, quién para ella era su papá y con esa conclusión dijo esto con la mayor seguridad posible:

― Mamá nunca me ha dicho quién es, pero segulo que es mi tito. ―

― Pero, es tu tito, no tu papá. ― Natashenka apenas entendía que quería decir su amiga con qué su tío es su papá. Para ellas los tíos son tíos y los padres son padres.

― Pero es cómo un papá. Me lleva al palque, me enseña cosas y siempre que le pido que se duelma conmigo, lo hace. ― Le replicó a su amiga, mientras se ponía a mover sus piernecitas lo más rápido que podría.

― Debe ser feo no tener papá. ― Concluyó Natashenka, usando estas palabras porque no tenía otras para terminar la conversación.

Entonces, Diana saltó de repente de la cama. Se le había ocurrido algo mientras estaban hablando y le parecía tan buena idea que sentía como si se le hubiera encendido una bombilla que apareció de la nada, como en los dibujitos que ella veía.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó su amiga algo sorprendida, mientras copiaba a Diana, levantándose de la cama como hizo ella.

― ¡Si no tengo papá, entonces halé que mi tío sea papá legal! ― Le respondió con un grito lleno de inspiración a Natashenka.

― ¿Y cómo piensas conseguir que tu tío se convierta en papá legal? ―

Entonces, intentando imitar a algún persona excéntrico de alguna serie de la televisión, le contó que tenía un plan unir a su madre y a su tío. Según “José”, que así era cómo le llamaba Diana a Josefina, le dijo una vez que estaba bien que los primos se casen, mientras más lejanos, mejor. Su idea era hacer que se enamorasen. Su amiga le preguntó cómo lo iban a hacer y le dijo que la televisión les iba a enseñar. Así que se tiraron el resto de la tarde en ver películas románticas.

― ¿Y bueno, ya tienes una idea de cómo acercarlos y enamorarlos? ― Le preguntó Natashenka a su amiga, tras aburrirse de la última película que veían, que estaba siendo tan cansina que tuvieron que terminarla a medias.

― Una cita. ― Le respondió muy decidida y al momento, creyendo que había encontrado la mejor idea posible y que no iba a fracasar. Entonces, le contó a la oreja a su amiga, cómo tenían qué prepararlo y ella, al terminar, le adulaba, diciendo que era un plan genial e increíble.

En los siguientes días, Diana hizo que tanto su tío Leonardo como su madre le escribieran en un papel. Su excusa era que deseaba aprender a leer, algo que le dio muchísima alegría a Clementina, que terminó obligando a todo el mundo hacerle unas lecciones a su hija para que aprendiese lo más rápido posible, algo que ella no quería y tuvo que soportar.

En realidad, sus verdaderas intenciones es que fueran como muestra para que su amiga, quién sabía leer y escribir, empezará a imitar sus letras. La idea era que ésta hiciese dos cartas para cada uno, haciéndose pasar por ellos, con la intención de reunirlos en una cita juntos.

Fue algo imposible para Natashenka. Ella estuvo practicando cada día para que su letra fuera parecida y decente. Pero las múltiples faltas de ortografía que tenía y lo difícil que era imitar letras, la hartaron. Al final, lo mandó todo al carajo y escribió cómo pudo. Tras terminar su misión, se lo dio a Diana, para que lo revisara y le dijera si estaba bien:

― Está bien, aunque no sé qué dice. ― Aunque ésta no podría dar mejor opinión que eso, ya que apenas sabía leer.

Con un gesto de fastidio y sintiéndose tonta por olvidar que ella era incapaz de entenderlo, se lo intentó explicar:

― Lo que pone es todo el rollo ese romántico, solo eso. ― Aunque, ni ganas tenía de explicarle lo que escribió.

A Diana el contenido de la carta poco le importaba, lo importante es que ya estaba terminaba y les explicaba a dónde podrían reunirse para hacer la cita. El lugar que eligieron fue un restaurante que les parecía perfecto para esas cosas de amor, y con todos los gastos pagados, ya que su amiga iba a pagar la cuenta.

Lo siguiente fue cuando Diana decidió darles las cartas. La de Clementina estaba en los muebles de la cocina y el de Leonardo se le puso en unos de los cajones de la mesa en dónde él pasaba horas esperando clientes. Si ellos no se daban cuenta, ella lo haría. Ese fue el caso de Leonardo, que cuando se sentó en el lugar de su trabajo apenas tocó ni un cajón.

― ¡Hey, tío! ― Le saludó con muchas energías.

― ¿Qué quieres, Diana? ― Eso le preguntó mientras ella se dirigía a su mesa, para señalarle algo.

Mila en tu escritolio, alguien te ha puesto algo. ― Y con esto dicho, se fue corriendo, con una gran sonrisa que ella intentaba ocultar para que no se diera cuenta.

Leonardo, algo extrañado por esa actuación que hizo Diana, decidió buscar entre los cajones. Y encontró una carta:

― ¿Q-qué es esto? ― Estaba muy intrigado, mientras observaba por todas partes aquella carta que encontró. Luego, decidió a leerlo.

Clementina, al sacar algún cuchillo de uno de los cajones para cortar la carne, también encontró la carta y la abrió. Se sorprendió cuando era para ella y leyó su contenido.

Tanto Clementina como Leonardo se quedaron muy extrañados ante la carta que leyeron. Ellos no dejaban de hacerse preguntas en torno a eso. ¿¡Quién era la persona que les mandó esta carta!? ¿¡Por qué les pedían que fueran a un restaurante, uno de los más caros de la ciudad, a las cuatro de la tarde!? ¡¿Por qué tenían que ir elegantes!? Y sobre todo, ¡¿la persona que lo escribió acaso terminó la escuela!? ¡Porque esas faltas de ortografía no eran normales, parecía que un niño de seis años lo había escrito!

La pobre Clementina empezó a imaginarse todo tipo de temores, cada cual más absurdo, y tenía muchísimo miedo. Creyó que ya le habían pillado o algo peor. Rápidamente, ocultó esa aterradora carta y no se lo dijo a nadie, con el temor de que sus seres queridos estuvieran en peligro. No sabía qué hacer, aquellas palabras que parecían ser escrito por un niño pequeño no dejaban de torturarla una y otra vez:

― ¡¿Qué hago, qué hago!? ¡No debería ir, pero si no voy…! ¡Tal vez algo terrible ocurra! ― Se decía a sí misma en voz baja, después de leer la carta otra vez, aprovechando que en su habitación no había nadie.

Mientras Clementina estaba teniendo estrés por culpa de su carta, Leonardo, por el contrario, lo estaba tomando con mucha tranquilidad, apenas le daba importancia. Leía varias veces la carta, en mitad de su habitual trabajo:

― Esto debe ser alguna jugarreta de Diana o algo así. ― Era bien obvio que sospechará de su sobrina, ya qué ésta fue la que dijo dónde estaba la carta. ― De todas maneras, creo que iré. Tal vez, sea una buena sorpresa que no debo perderme. ― Añadía con una sonrisa.

La fecha para la cita era el próximo domingo, dos después. Clementina tuvo que reunir todo el valor que tenía, porque sentía que no debería huir, mientras Leonardo esperaba impaciente que llegara la cita.

Y cuando llegó el día, Clementina salió una hora antes para que nadie sospechara, con la excusa de que iba a comprar algo en el supermercado. Leonardo tuvo que salir corriendo como loco, porque se dio cuenta de que iba a llegar tarde. Mao, algo sorprendido por su salida, le preguntó qué iba a hacer y éste solo le pudo decir que se había reunido con alguien.

Mientras Leonardo corría por las calles, Clementina esperaba con profundo terror en las puertas del restaurante, temblando como un flan y con ganas de salir corriendo. Entonces, oyó como una voz conocida que se acercaba poquito a poco, gritando a voces que iba a llegar tarde.

Se quedó boquiabierta, con una cara que mezclaba terror y sorpresa, al ver que era su primo, y éste se quedó bastante aturdido, al darse cuenta de que Clementina estaba allí, a las puertas de aquel restaurante.

― ¿Q-qué haces aquí? ― Eso le decía Leonardo a su prima. ― Pensaba que habías ido al supermercado a comprar algo. ―

― ¿Y t-tú? ― Ella solo dijo eso, ya que apenas pudo salir del shock. No se lo esperaba encontrarlo ahí y tenía mucho miedo de que se involucrara.
Esas fueran las únicas palabras que se le ocurrió a ella, quién pensaba que él iba a dar una vuelta.

― Pues yo…― Le decía Leonardo, mientras sacaba de su abrigo la carta. No sabía cómo explicarle a su prima que había ido a aquí solo porque se lo ordenó un papel. Cuando su prima lo vio, gritó de sorpresa.

― Yo también tengo la carta. ― Después de gritar eso, ella añadió estas palabras, mientras sacaba y mostraba aquella carta.

Los dos empezaron a observar la carta de cada uno, dándose cuenta de que tenían el mismo contenido. Cada uno pensó en preguntarle al otro si había escrito la carta, pero sabían cómo era la letra del otro y apenas coincidían, además de que ellos no tenían tantas faltas de ortografía, menos Leonardo que llegó a la universidad. Éste se dio cuenta de quién era la verdadera responsable, pero no se atrevió a decírselo a Clementina, cuya cabeza no podría encontrar una razón explicable a lo que estaba ocurriendo. Cerca de ellos, detrás de un coche, los estaban espiando Diana y Natashenka.

― ¿Y cuándo se van a meter en el restaurante? ― Preguntaba Natashenka, quién estaba muy impaciente por pasar a la siguiente fase.

Se sentía algo avergonzada, ya que todo el que pasaba a su lado y las veía, ponían una cara de extrañeza, cómo si se preguntaban qué estaban haciendo aquellas niñas.

― Ten pancenca. ― Eso le respondió, sin darse cuenta de que había dicho mal “paciencia”; y su amiga se preguntó qué quería decir con eso.

A continuación, al darse cuenta de que su prima se estaba poniendo muy paranoica, decidió soltar esto:

― Tal vez, deberíamos entrar. ― Su prima le preguntó muy dudosa, si estaba seguro de hacer tal cosa. ― Creo que ahí dentro podemos descubrir lo que está pasando. ―
No le costó mucho convencerla y tranquilizarla, explicándola que ahí dentro no iba a pasar nada malo. Ella le dio la razón y entraron. Cuando las pequeñas vieron que estaban entraron, se aventuraron a acercarse aún más, yendo de coche en coche como ninjas.

― ¿Así que ustedes son los señores Churchill? ― Les decía el camarero, que era un larguirucho con un buen traje y un extraño y gran bigote.

Eso les preguntó, después de ver que ellos se sentaron en la mesa que la carta decía.

― ¿Cómo lo has sabido? ― Gritaron muy sorprendidos, al ver que dijeron sus apellidos. Clementina llegó a creer por un minuto de que ese era un policía infiltrado y le habían atrapado.

― Porque pidieron una mesa. ― Eso les respondió, enseñándoles que realmente tenían una mesa para ellos.

― Espera, nosotros no hemos pedido nada. ― Estaban algo asustados, porque ninguno recordaba haber pedido una mesa, ni siquiera el hecho de haber venido al propio restaurante.

Parecía que ninguno de los dos era muy listo para darse cuenta de que era fácil de deducir que la persona que les escribió la carta fue la que reservó la mesa. Por lo menos, no eran lo suficiente rápidos para llegar a esa simple conclusión.

― Supongo que alguien le han hecho una reserva en secreto, no es la primera vez que pasa. De todos modos, yo os recomendaría que lo hicieran, no todos los días pueden tomar algo aquí. ―

Y con este consejo, decidieron pedir algo al camarero, ya que éste les estaba esperando. Todo iba según lo que había planeado Diana, algo con lo cual su amiga le alababa, diciéndola que era un genio.

― ¿Q-qué está pasando? ― Se preguntaba Leonardo con gran preocupación, mientras leía la carta.

Ya dudaba de que Diana fuera la que estaba organizando esta cena. Era demasiada pequeña para poder reservar una mesa por su cuenta.

― N-no lo sé, p-pero es demasiado siniestro. ― Le replicaba Clementina, temblando como un flan. ― Deberíamos irnos. ―

Ella aún creía que era la policía, que les estaba teniendo una trampa.

― No creo que sea algo tan horrible. ― Añadió Leonardo, después de llamar al camarero de nuevo. Ya que habían reservado una mesa, decidió aprovecharlo, aunque los precios del lugar le parecían muy elevados.

― Yo huelo que es algo horrible. ― Eso decía, mientras miraba por todos lados, para ver indicios de peligro, con mucha paranoia, con su cuerpo aún temblando de miedo. Leonardo, entonces, empezó a pensar que tenía que hacer algo para tranquilizarla de una vez. Al final, fue la comida, que la tranquilizó, olvidándose de lo sospechoso que le parecía la situación.

― ¡Nunca imaginé que las gambas fueran tan ricas! ― Exclamaba con mucha felicidad, mientras comía con delicadeza una sopa de marisco que pidió al azar su primo.

― ¡Q-qué bien! ― Eso le decía su primo algo decaído, mientras observaba con temor aquel plato que tomó y que parecía de todo, menos apetecible.

Al final, aunque le alegraba mucho que su prima estaba disfrutando de la rica comida, empezaba a preocuparse por lo que costaba todo. Mientras él elegía lo más barato, Clementina pidió lo más delicioso que parecía, sin importarle lo que costaba, ni de las calorías, a pesar de que presuntamente ella estaba en dieta. Rezaba para que mañana ésta no se pusiera a llorar por haber engordado un kilo o más.

Mientras tanto, afuera del restaurante, aquellas dos, que estaban escondidas detrás de un árbol, le entraron hambre con solo observarlos comer.

― ¿Tienes comida por ahí? ― Le preguntaba Diana a su amiga, mientras ponía su mano sobre su estomago, que rugía como un león.

― Pues no…― Eso le respondió.

Entonces, Diana se levantó, ya que esas dos estaban agachadas, y le decía, mientras le daba la mano a su amiga.

― ¡Vamos a buscal comida! ¡Hay comida celca de aquí! ―

― ¿Y ellos? ― Le preguntó a Diana, señalando a Clementina y a Leonardo.

Tardalan mucho tempo en comel. Son toltugas. ― Y con esto dicho, se fueron al puesto de comida callejera más cercano y comieron lo más deprisa posible.

Al volver, ellas se encontraron a Clementina y a Leonardo saliendo del restaurante.

― ¡Qué lalipo han sido hoy! ― Gritó de sorpresa Diana, mientras corrían para no perderles de vista, ya que habían girado en una esquina, hacia una avenida. En realidad, ellos fueron lentos como tortugas, lo que pasó es que perdieron mucho tiempo en ir y volver, más esperar para que le diesen la comida. Mientras éstas le alcanzaban, Clementina y Leonardo charlaban:

― ¡Al final, no ha pasado nada! ― El primo lo decía muy intrigado, quién esperaba que fuera la travesura de alguien.

No entendía nada, aunque se preguntaba si Diana realmente, que fue la que le dijo dónde estaba la carta, sabía la verdad. No creía que lo hubiera sido ella, debía ser una cómplice o algo así. De todas maneras, ¿¡qué razón le impulsaban, sean quienes sean, a hacer que él y su prima tuvieran una buena comilona en un restaurante muy lujoso!?

― ¡Qué extraño! Hasta nos dijeron que ya habían sacado el pago de la cuenta bancaria, cuando no tenemos ninguno. ― Clementina también sentía que había mucho misterio, pero estaba aliviada de que nada malo había ocurrido, aunque seguía en alerta.

― Tienes razón, pero en fin, sea como sea, hemos comido muy bien. ― Concluyó Leonardo, tras soltar unas risas, que contagiaron a su prima, que también rió

― Ni que lo digas. ― Y añadió ella finalmente.

Luego, se callaron y siguieron andado, mientras las pequeñas los vigilaban de cerca. Tras varios minutos de silencio, Natashenka empezó a protestar:

― No dicen nada interesante, ¡qué aburridos son! ― Esperaba ver alguna escena de amor con toda la impaciencia del mundo.

Pacenca, pacenca. ― Eso le decía Diana y su amiga se quedó de nuevo, pensando qué quería decir con eso, sin descubrir aún que estaba diciendo mal “paciencia”.

Y tras un buen rato, después de entrar en un parque, Clementina le tuvo que decir algo a su primo:

― ¿Tú no sientes que estamos siendo observados? ― Eso le preguntó, temblando de miedo. Desde hace un rato sentía que alguien les estaba observando y harta de aguantar, se lo tuvo que decir a su primo.

― No, ¿por qué? ― Éste miró por detrás, pero no observó nada, salvo que un arbusto se movió. No se dio cuenta de que era Diana y su amiga, que se escondieron rápidamente cuando él giró la cabeza.

― S-siento como que alguien nos vigila, desde detrás. ― Entonces oyó como un arbusto se movió y gritó. ― ¡Alguien nos está siguiendo! ―

― Oye, seguramente… ― No pudo terminar la frase porque ella salió corriendo y él tuvo que perseguirla. ― ¡Tranquila, mujer! ― Le gritaba sin éxito.

Y tuvo que correr, y sintió a la gente mirándole mal, como si él le iba a hacer algo malo a su prima; pero los ignoró. Diana y Natashenka les seguían, yendo de arbusto en otro, de árbol en árbol. Al final, pudo alcanzarla y aprovechó para recuperar el aliento.

―T-tranquilízate…S-seguro que no es nada, es solo tu mente. ―

― Pero es la verdad. ― Entonces, vio como unas personas se escondieron rápidamente en otro arbusto, sin darse cuenta de que era su propia hija y su amiga; y abrazó de miedo a su primo, quién sentía como Clementina le estaba ahogando con sus propios pechos, mientras le señalaba hacia aquellas plantas.

― ¡Ahí está! ¡Ahí está! ― Le gritaba, mientras él, totalmente rojo, le intentaba decir que le soltara, que le iba a ahogar.

― ¡Ah, perdón, lo siento mucho! ― Le soltó, al ver que estaba casi blanco.

― No pasa nada, pero tranquilízate. ― Eso le decía, mientras recuperaba el aliento. A continuación, Clementina tardó unos minutos para tranquilizarse.

― Tal vez podrían ser imaginaciones mías. ― Eso dijo, al estar tranquila, y al no sentir ningún supuesto peligro.

― Eso, eso. Esa faceta tuya, a veces, es horrible. ― Añadió Leonardo, tras darle unas palmaditas en el hombro. Esas palabras le molestaron.

― Ah, perdón. No quería molestarte. ― Lo notó por la mirada de enfado que le puso, y que le pareció algo lindo.

― No importa, eso… ― Decía Clementina, mientras empezó a recordar cosas. ― Me ha recordado a los viejos tiempos. ―

― ¿Cuándo te decía que no iba a dormir contigo porque tenías miedo a la oscuridad, pero al final tenía que aceptar y al llegar la mañana, había pipí en la cama? ― Eso fue lo primero que se acordó.

― Lo del pipí eras tú. Es más, siempre te gritaba asqueroso cuando veía que lo hiciste en la cama. ― Eso le dijo para molestar a su primo, después de que dijera algo muy embarazoso para ella.

― Pero, a pesar de todo, siempre venías a por mí, cuando tenías algún problema. ― Leonardo mostró una sonrisa que cautivó a Clementina, provocando que el corazón se le pusiera a cien.

― Pero, ¿de qué están hablando? ― Preguntaba Natashenka, quién apenas no entendía nada y su amiga solo le pidió silencio, diciéndole que ya iba algo interesante.

― Incluso cuando yo… ― Entonces, ella recordó las locuras que cometió cuando conoció su primer amor, un profesor suyo, y de cómo acabó su relación con él, quién se suicidó, tras enterarse de que había dejado embarazada a una menor de edad.
Y recordó todo lo que le ayudó su primo, todos los consejos que le decía pero que ignoraba, y que, a pesar de todo, siempre mantuvo en secreto aquel amor que mantenía ella con ese hombre. Además estaba recordando el hecho de que Leonardo intentó evitar que ésta huyera al extranjero estando embarazada y al final, acabó yéndose junto con ella. Entonces sintió, como siempre, ganas de disculparse por todo lo que le hizo, y él lo notó: ― ¿Otra vez? Ya te aceptado tus disculpas mil veces. ―

Pero ella estaba sintió otro sentimiento diferente y en vez de disculparse, sintió que deseaba darle las gracias, porque al recordar todo eso, vio que casi nunca estuvo sola, que él siempre la acompañó.

― Gracias por acompañarme. Gracias por haber estado junto a mí, todo el rato. ― Eso le dijo de repente, sorprendiéndole. Ella juntó con sus manos con los suyos y se le quedó mirándole con una cara que cautivó a su primo. Tanto él como ella se pusieron rojos, llenos de extraños sentimientos que no comprendían, incapaces de apartar la vista de los ojos del otro.

―Yo…― Eso fue lo único que se le ocurría Leonardo, que intentaba entender qué le estaba pasando a él y a su prima. Ésta no dijo nada, solo esperaba algo que aún se figuraba muy poco definido.

Aunque pasaron solo unos pocos momentos, a ellos se le hicieron eterno, como si el tiempo hubiera parado. No, como si nada existía salvo el uno y el otro. Leonardo se preguntaba desde cuándo su prima se había vuelto tan linda, y ésta no dejaba de sentir mariposas en el estomago, dándose cuenta de que estaba esperando algo que jamás creía que llegaría a imaginar.

Entonces, se dieron cuenta de que sus sentimientos hacia la otra persona, tal vez era mucha más que una relación entre primos, entre familia. No se lo podrían creer, ni Leonardo, que le costaba comprenderlo; ni Clementina, que se preguntaba por qué no se había dado cuenta ahora. Muchísimos pensamientos pasaban por sus cabezas, desde la culpabilidad por sentir que se habían enamorado de un familiar hasta decirle a la otra persona que le amaba.

Pero, al final, un impulso gano muchísima fuerza en sus mentes. Leonardo, deseaba besarla de la forma más apasionada posible. Clementina quería que le diera un beso tan apasionado que la hiciese sentir en el cielo.

Entonces, Leonardo decidió atreverse y poquito a poco acercó sus labios hacia los de Clementina, que lo esperaba impacientemente.

Y mientras ellos estaban a pocos centímetros de besarse, las dos chicas que los espiaban reaccionan ante aquella escena tan romántica:

― ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Se van a besar!―

Gritaba Natashenka, que parecía que estaba muchísimo más emocionada y nerviosa que los mismos que se iban a besar. Su pequeño corazón de doncella latía a cien, mientras se tapaba la cara de la vergüenza, aunque mantenía un gran hueco entre sus dedos para seguir obsérvalos.

― ¡Qué lapido! ― Diana también estaba emocionada y feliz. Por fin había conseguido su objetivo y le duró menos tiempo de lo que pensó. Aunque no estaba tan alterada como su amiga, que no dejaba de chillar como una fangirl.

Éste puso sus manos cálidas sobre la cara de Clementina, mientras aún seguía acercando con total lentitud sus labios hacia las de su querida prima, agachando su cabeza para alcanzarlos. Inconscientemente, ésta se puso de puntillas, para darle más facilidades o para que se apresurara a hacerlo.

Entonces, Leonardo se detuvo, cuando vio que las manos de Clementina se le tocaban cada extremo de la cara, mientras le decía esto:

― La verdad es que yo te…―

Le costaba muchísimo decirlo, pero sentía que tenía que soltarlo, que no podría más. No solo bastaba con un beso, ella quería dejar en palabras sus verdaderos sentimientos hacia aquella persona que siempre la acompañó, que siempre estuvo a su lado y siempre la apoyó, a pesar de todas las desgracias y meteduras de pata que había cometido.

Después de todo, no hubiera llegado tan lejos, jamás hubiera conocido la verdadera felicidad, si no fuera por él.

Aún así, le costaba demasiado decir aquellas palabras, a pesar de que tenía que hacerlo. Y no lo entendía, ¿¡por qué le era tan difícil hacerlo!?

Leonardo sabía lo que iba a decir y que a ella le estaba costando mucho. Quería decirle que no se preocupará, que él respondería sus sentimientos. Aún así, decidió esperar, que ella reuniera tiempo para soltarlo.

― ¡Déjense de miradas, tenéis que besaros de una vez! ― Gritaba una Natashenka muy roja, que parecía que le iba a dar un ataque de nervios.

A las niñas se les estaba haciendo eterno esa escena y les estaba carcomiendo por dentro. Querían que se besaran de una vez.

Entonces, alguien apareció en escena, arruinando aquella escena romántica.

― ¡Hola….! ― Aquel saludo hizo volver a Clementina y a Leonardo a la realidad, que giraron la cabeza hacia la persona que le saludaron.

Y era Josefina, que los vio y los saludó, acercándose como un torrente para saludarlos. Y tenía una cara que mostraba que estaba algo impactada por lo que estaban haciendo. Se quedó boquiabierta. Los canadienses también, que se alejaron del uno al otro, con un rostro de pánico.

Después de un silencio que duró pocos segundos, Josefina, que estaba más roja que un tomate, se atrevió a hablar:

― ¿Ustedes…― Estaba tan sorprendida que tenía ganas de chillar de emoción. ―…se estaban besando? ―

― No, no, Josefina. ― Eso le decía Clementina, muy nerviosa. ― Nada de eso. ― Añadía Leonardo, que estaba igual que su prima.

Agitaban las manos nerviosamente y movían las cabezas de un lado para otro diciéndole que no, tan rojos como Josefina.

― Entonces, no se estaban besando. ― Ellos Movieron la cabeza de forma afirmativa. Josefina miró hacia al otro lado y, tras reír como boba, añadió irónicamente: ― Claro, claro…― Con esto, se confirmaban sus sospechas.

Clementina y Leonardo estaban tan alterados que empezaron a reírse de los mismos nervios, tras escuchar esas palabras de Josefina:

Desde el lugar en dónde se estaban escondiendo Diana y Natashenka veían con mirada de pura molestia y enfado hacia Josefina:

― José, lo ha alluinado. ― Decía Diana, con una cara de fastidio. ― ¡Maldita seas, has arruinado su beso! ― Su amiga sentía lo mismo, pero mucho más intenso. Había perdido una escena que hubiera sido mágica.

Y así fue como acabó el primer intento de Diana de convertir a su tío en su papá legal.

FIN

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