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La primera clase de Alsancia-Lorena, octogésima primera historia.

Alsancia-Lorena sentía que tenía que terminar sus estudios tal vez, en vez de ir a trabajar no cuantificados. Iría a una escuela a aprender y conseguir ingresar a la universidad, que le llevaría a tener un buen empleo. Por eso, ella decidió meterse en un colegio comunitario, situado en el centro de la cuidad de Springfield. Así, en su primer día, por la tarde, fue acompañada por Mao hasta ahí y se quedó observándolo, después de convencer a la persona que la acompañaba que se fuera, que podría sola. A pesar de que le costó mucho convencerle, la verdad es que ni ella misma creía poder hacerlo. Dudaba si entrar en el lugar o no, llena de nervios por el miedo que le provocaba meter la pata otra vez. Al final, un guaperas que pasaba por ahí, al notar su extremo nerviosismo, se acercó y le preguntó si le pasaba algo. Sin ningún motivo aparente, se puso tan alterada y colorada que salió corriendo hacia al interior de aquel edificio que parecía, en diseño y aspecto, a uno famoso de Sídney.

— ¿Qué haces aquí, niñita? ¿Estás buscando a tu papá o mamá? — Eso le dijo la mujer del mostrador, una señora de cincuenta años, muy gorda y con mirada autoritaria; después de que Alsancia entrará al colegio y decidiera acercarse al mostrador para preguntarle.

Cómo era normal, la mujer la confundió por una niña, aún cuando Alsancia era una chica de veintiún años. Eso la molestó mucho, ya que estaba harta de que todos la tratasen como una enana de doce años y se lo iba a explicar con amabilidad, después de inspirar e expirar sin parar para tranquilizarse, aunque no sirvió de mucho y solo provocó irritación a la señora que estaba esperando que le dijera lo que quería de una vez y rápido.

— Y-yo…ten…e-s es que…— Cómo siempre, se atrancó, incapaz de decir algo y eso que esperaba que esta vez, por lo menos, ella podría soltar una mísera frase. Le entraron ganas de llorar por el coraje.

— ¿Te pasa algo, niña? ¿Te has perdido o qué? — Eso decía aquella señora de culo gordo, con una voz poco agradable, a pesar de que aún intentaba mostrarse amable. Tenía pocas ganas de tener a niños molestos, quería que se quitara del medio y no la fastidiase.

La miraba con muy mala leche y Alsancia empezó a sudar de los nervios, al ver que esa mujer se estaba mosqueando con ella. Si no hablaba pronto, le mandaría a la mierda y no podría informarse. La napolitana no creía que la señora supiera el lenguaje de los signos pero, aún así, decidió explicarle que tenía veintiún años y había venido a ahí por las clases “hablando con las manos”, como decían las chicas. Era una medida desesperada.

— ¿Qué mierdas estás haciendo, mocosa? ¿Te estás burlando de mí? —Obviamente no le funcionó y solo sirvió para enfurecer aquella mujer, que creyó que se estaba burlando de ella, lanzándole gestos insultantes.

Alsancia se preguntaba qué podría hacer, ya que le estaba temblando todo el cuerpo y se le estaba llenando los ojos de lágrimas por la impotencia. Ni siquiera se atrevía a coger un bolígrafo y una hoja para poder explicárselo.

— ¡Oye, niña! ¿Adónde vas? ¡No salgas corriendo de mí! — Le gritaba una señora enfurecida, tras ver que Alsancia se fue corriendo hacia al interior del edificio. Ésta intentó decir que lo sentía, pero de su boca no salía nada, era como ver un mimo gritando.

Ya veía que era imposible informarse y lo mejor era irse a buscarlo por ella misma, además de que no quería enfadar aún más a la mujer.

Cuando paró, se sentó en una silla para descansar, que casi le iba a dar un ataque, el corazón le parecía que estaba a punto de estallar. Mientras ella se recuperaba, entonces oyó su nombre y miró por todas partes. Al levantarse, se dio cuenta de que el profesor de una clase estaba pasando la lista y que esa era la suya.

— ¿Alsancia-Lorena Mussolini, está presente? — Eso gritaba por tercera vez el profesor, quién solo repasaba la lista de los alumnos para conocerlos. En ese momento, entró Alsancia, que abrió la puerta con mucho esfuerzo y rápidamente levantó la mano, para decirles que estaba presente. Todos se quedaron mirándola, preguntándose quién era aquella niña.

La clase no estaba muy llena, solo habían ocho alumnos en una clase llena de mesas para treinta personas. Al lado de la ventana estaba un hombre viejo, que tenía el mismo aspecto que el de un borracho. En el centro se encontraba una señora, que lo único distintivo que tenía eran unas grandes ojeras, y a su lado el típico chico desesperado por tener novia. Junto a la pared, se encontraba el resto que eran un grupo de inmigrantes hispanos. El profesor, alto y gafotas, mal afeitado, con un extraño pelo de color rosa y ropa elegante; le preguntó a Alsancia, mientras se ponía correctamente las gafas, esto:

— ¿Quién eres tú, chiquitina? — Eso le preguntó con voz de sabiondo. Alsancia se quedó expirando e inspirando para relajarse y poder así decir su nombre. Todos seguían mirándola, preguntándose qué estaba haciendo esa niña. Al final, cuando estaba segura de que iba a hacerlo, gritó:

— ¡Yo soy Alsancia…! — Cuando ella se dio cuenta de que dijo esto sin tartamudear, no se lo podría creer. Movía los brazos de felicidad, sonriendo de oreja a oreja, celebrando que por fin pudo soltar una frase sin cortarse; y todos se quedaron más extrañados que nunca.

— Vuelve con tus padres, por favor. Estos adultos necesitan aprender. —

Esto le dijo, al acercarse a ella, y ésta se quedó boquiabierta unos segundos. Cuando se dio cuenta de que ellos solo creían que era solo una niña molesta, ya estaba fuera de la clase, tras ser empujada por el profesor. Se preguntó con nerviosismo qué iba a hacer, ahora que la habían echado.

Tenía que demostrar que era Alsancia-Lorena, una chica adulta de veintiún años y no una chiquilla de doce años. Se acordó de que tenía su carnet de identidad y la buscó entre los bolsillos de sus pantalones, no lo encontró por ninguna parte. Entonces, ella se dio cuenta, como si hubiera tenido un shock, de que se le había olvidado y cayó de rodillas al suelo, sintiendo toda una idiota. Luego, empezó a planear otra idea para entrar. Mientras espiaba por la ventanilla de la puerta para inspirarse y tener una buena idea de cómo demostrar que era una alumna más, apareció un hombre anciano, casi esquelético y con gafas, aunque con éstas apenas podría ver bien.

— ¿Tú qué haces aquí? — Aquella voz ronca asustó a Alsancia, quién giró la cabeza rápidamente y casi iba a dar un pequeño grito de la sorpresa.

La pillaron espiando, así que se puso muy colorada, quería que la tierra la tragase, y muy nerviosa, porque no sabía cómo explicarle lo que estaba haciendo, ni siquiera sabía cómo podría reaccionar.

— ¡Vamos! — Entonces, cogió a Alsancia de las manos y se la estaba llevando. — No deberías haberte separado del grupo, hemos estado muy preocupado por ti. — Ella se daba cuenta de que la estaban confundiendo de persona. — Klara, no hagas esto más, ¿vale? — Impotente, le era incapaz de explicarle que no era esa niña.

Así, aquel anciano que era un profesor de música y que había traído a su patrulla para practicar en el salón de actos, ya que la escuela en dónde daba eso estaba en reformas; se la llevó hacia aquel lugar. Al entrar, Alsancia vio a un montón de niñas y a unos adultos, que eran obviamente sus profesores, hablando entre ellos; mientras contemplaba lo enorme e impresionante que era aquel sitio a dónde se la llevaron.

— Caesar, Klara ha vuelto…— Eso le decía uno de los profesores al otro. Le estaba avisando que la niña que desapareció había vuelto, pero fue interrumpido por el anciano.

— Pues claro, la tengo aquí. — Le replicó el profesor Caesar, mientras señalaba a una Alsancia, a punto de morir de vergüenza, que sabía que se había metido en un gran lio. Todos se quedaron boquiabiertos, dándose cuenta de que el anciano educador había metido otra vez la pata, por culpa de su ceguera.

— Pero si ella está ahí. — Añadió una profesora, mostrándole a Klara, y el anciano se acercó mucho para verla. Entonces, éste se dio cuenta de que se había equivocado.

— ¿¡Entonces, a quién he traído!? — Gritó sorprendido con su voz ronca, mientras Alsancia, con la cara muy roja, salió corriendo de ahí, siendo lo único que se le ocurrió.

Corría llorando, llena de rabia y preguntándose por qué le ocurría todo eso, si solo ella quería estudiar, nada más. Sentía como si Dios no lo quería. Por eso, decidió volver a su clase y sentarse, estar callada y no hacer nada en la próxima hora, ya les mostraría que era una adulta. Pero antes de eso, tenía que tomar un descanso, ya que hizo demasiada carrera otra vez para su corazón.

Tras eso, volvió a ahí, esta vez andando. Al llegar, abrió la puerta con gran dificultad. Mientras se recuperaba del esfuerzo, maldiciendo el hecho de que las puertas del lugar fueran tan pesadas, todos se quedaron mirándola.

— ¿Otra vez, tú? ¿Qué quieres? — Le preguntó el profesor algo irritado, ya que su aparición repentina le cortó su introducción a sus alumnos sobre su clase, que era el de lengua y literatura inglesa.

Ella empezó a inspirar e expirar para relajarse y decirle que tenía que estar en esta clase. Se acercó al profesor, cuando creyó que ya estaba lista, y entonces se resbaló y casi se iba a caer. A pesar de que pudo mantenerse de pie, después de dar unos saltitos con un solo piecito, mientras movía los brazos para tener equilibrio; empujó al profesor, quién estaba cerca de una ventana, y se cayó, gritando. Todos se quedaron boquiabiertos, con muecas de horror.

— Y-yo…yo…— Aterrada por lo que hizo, intentó decir que lo sentía mucho, pero al no poder hacerlo, salió corriendo sin parar, diciéndose mentalmente que no era eso lo que quería.

Con lágrimas en los ojos, se preguntaba por qué siempre le pasaba estas desgracias, si alguien le había maldecido o algo, porque esto no era normal.

— ¡Ay, qué daño! — Eso decía el profesor, quién se levantaba del suelo.

Por suerte para él y Alsancia, la ventana estaba situada a pocos centímetros del suelo, aunque el pobre cayó sobre la acera, que le hizo mucho daño a la espalda. Mientras tanto, ella se chocó contra una chica que transportaba café para sus compañeros de trabajo, se le había derramado todo.

— ¡Oye, niña, ve con más cuidado! — Le gritaba endurecidamente, sin saber que unos de los café que transportaba se le salió volando, no sabemos cómo, y cayó en la calva de su jefe, que casualmente estaba pasando por ahí. Eso fue la gota que colma el vaso, porque estaba muy estresado.

— ¡Eh, tú! — Esas aterradoras palabras la escuchó la trabajadora, quién se puso a temblar y miró hacia dónde provenía la voz. Ahí estaba su jefe, realmente enfadado, con una cara que parecía el mismo diablo y con café ardiente encima de su cabeza. Supo enseguida lo que había hecho.

— ¡Lo siento, jefe! ¡No era mi intención! — Eso le decía desesperada, mientras rezaba a Dios para que no la despidieran por mala conducta.

Alsancia se quitaba del medio, dando unos pasos y girando hacia atrás para correr otra vez hacia la salida. Lo único que solo quería en esos momentos, era salir de allí antes de su mala suerte le jugará más malas pasadas.

Por desgracia, tuvo que chocarse con alguien de nuevo, esta vez con el anciano que iba muy mal de la vista.

— ¡No deberían correr por los pasillos! — Eso gritaba el anciano, quién había salido del cuarto de baño, intentando señalar a Alsancia con su mano como señal de enfado, sin darse cuenta de que lo estaba haciéndolo hacia la dirección incorrecta.

Alsancia iba a repetir el mismo proceso, dar unos pasos para atrás y salir corriendo, pero al primero, ella pisó algo, lo observó y se dio cuenta que había aplastados las gafas de aquel hombre, dándole un gran shock. Por eso, se calló e intentó hacer el menor ruido para que el anciano no se enterrase y quitarse del medio. Y casi iba a meterse en otro pasillo sin saber realmente a dónde ir, cuando oyó el gritó del educador que empujó por la ventana.

— ¡Tú, niña! ¡Detente, que te voy a llevar ante tus padres para que te den la regañina de tu vida! — Al oírlo, Alsancia giró la cabeza y lo observaba, persiguiéndola. No tuvo mejor idea que hacer lo mismo de antes, correr otra vez, aún cuando le parecía que le iba a dar un ataque al corazón.

Y así es como ella se introdujo de nuevo en el salón de actos y se dirigió, sin pensarlo, hacia detrás del escenario y esconderse ahí, a pesar de que había mucha gente que la verían. Entonces, tropezó, pero esta vez con un cable. Cayó al suelo, ella y los grandísimos altavoces, que estaban sobre una mesa. Y uno de ellos fue sobre el cuadro eléctrico de la sala, que estaba más bajo de lo permitido y lo destrozó, provocando un gran cortocircuito en todo el edificio.

Una hora y media después, en la casa de Mao, al ver que el teléfono sonaba y nadie lo cogía, el chino se tuvo que levantar y contestar.

— ¿Quién es? — Les preguntó Mao con muy poco interés.

— Llamamos desde la comisaria. — Al escuchar eso, Mao se quedó muy sorprendido, aunque mantuvo la compostura.

— ¿Y qué quieren? — Quería saberlo, ya que no él no había hecho nada molesto desde hace meses.

— Para decirle que no debe dejar a su hija o hermana venga sola a una escuela comunitaria. La tenemos retenida aquí, ¡y lo qué ha liado! —

Estas palabras, al principio, le fueron muy confusas hasta que se acordó de Alsancia-Lorena, de que la llevó a una escuela de esas y rápidamente colgó el teléfono para salir pitando hacia a la comisaria.

Mientras tanto, en aquel lugar, la napolitana estaba en una silla, cabizbaja y muy deprimida, diciéndose que jamás iba a ir a volver a aquel lugar, nunca más.
FIN

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