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Una Mexicana, una rusa y un perro; septuagésima novena historia.

Soy Josefina, creo que ya me conocen, y pues esta vez os voy a contar algo, solo porque estoy aburrida. Se trata de cuándo conocí a Nadezha, aquella chica que tiene el pelo como anciana, es decir, blanquito; dice ser muy rusa, tiene a un niño como novio (Ya saben, el amor no conoce edad ni limites y la verdad, es muy guapo) y antes era amiga de Mao, pero ahora no lo es. En fin, espero que pueda disfrutar de esta pequeña historia.

Fue después de conocer a Mao y a Alsancia, en un día de Agosto del año pasado. Iba a visitar por tercera vez a mi amiga y estaba muy enfadada, porque mi mamá me regañó por algo que hizo mi hermana Noemí. Cuando me di cuenta, me perdí en el barrio otra vez. ¿Quién construyó el lugar? ¿Un chalado o qué? ¡Solo un loco construiría un lugar como laberinto! Al final, pude encontrar la tienda y vi a una chica con un largo cabello blanco gritando a las puertas:

— ¡Y eso que pido un favor! ¿Así me tratas? — Y estaba muy furiosa.

— Ni hablar, no quiero hacer eso, jamás. — Esas palabras eran de Mao y salían de la puerta.

Al parecer, se estaban peleando y yo pensé que Nadezha era su abuela, solo por el hecho de que llevaba pelo blanco, aunque me preguntaba cómo se había conservado tan bien, que daba la apariencia de ser alguien muy joven.

— ¡Hey, Mao, no debería tratar así a tu abuela! — Intervine, diciéndole esto a Mao, quién estaba en la puerta. Me daba mucha pena que estuvieran peleando.

Éstas, sorprendidas por mis palabras, me miraron y preguntaron muy extrañadas: — ¿Qué abuela? —

— Pues ella. — Les señalé lo que yo creía en ese momento.

— Espera…— Nadezha se quedó boquiabierta. — ¡No soy una anciana! Soy una chica joven. — En ese momento me pareció lindo que una anciana no pensase que era vieja, aunque por su cara parecía ser tan joven como Mao.

— Mientras tenga una actitud joven, lo serás. — Eso le dije de una forma muy reconfortante, y recordando las palabras de mi madre cuando le dicen que ya no tiene una edad para hacer cosas de jóvenes.

— Es verdad, abuelita. — Añadió Mao, y dándome cuenta que lo hacía de forma burlona — ¡Hey, Jose…! — Se quedó pensando, aún no se había aprendido mi nombre, a pesar de que es fácil de escuchar y leer.

— ¡Josefina! — Le grité mi nombre con todo mi orgullo.

— ¡Lleva a mi abuela a dar una vuelta! ¡Qué está muy aburrida y yo estoy ocupada! — Mao empujó un poco a Nadezha hacia mí y al parecer, ella le iba a decir algo más, pero yo le cogí de la mano y salí corriendo con ella.

— ¡A la orden, Mao! ¡Vamos, abuelita! — Eso le decía a Mao, mientras nos íbamos y ella nos decía adiós con la mano. — ¡Qué no soy una anciana! ¡Soy una adolescente! — Gritaba desesperadamente Nadezha.

Ella no paraba de decir eso una y otra vez y yo ni le hacía caso. Al llegar al parque, un lugar que los ancianos adoraban, seguía insistiendo:

— ¡Te digo que soy una chica joven, ni siquiera he cumplido los dieciocho años! —

— ¡Déjalo, puede que sea una niña, pero no soy tonta! — Le repliqué con toda la incredulidad del mundo.

Entonces, ella ya no se dejó llevar y nos detuvimos. Yo me quedé viendo que estaba buscando entre sus ropas y sacó su carnet de identidad o cómo sea eso. Ya saben, esa cosa en dónde están todos tus datos.

— ¡Mira la fecha! ¡Mira la fecha! — Me decía eso sin parar y yo me puse a observarlo, intentando entender que me quería mostrar. Entonces, me di cuenta de que no mentía, de que era una chica de catorce años de verdad.

— ¡Cómo es posible, si tienes el pelo blanco! — Grité muy conmocionada, incapaz de creerme que la hubiera tomado por una anciana.

Ella me replicó que era albina y los albinos tenían el pelo blanco. Me sentí tan idiota en aquellos momentos, me morí de la vergüenza. No sabía que existían tales personas y yo la confundí por una ancianita solo por eso, cuando su aspecto y todo su cuerpo dejaban tan claro que era muy joven. Tardé mucho en asimilarlo, en haber llegado a cometer un error tan gordo. La pobre Nadezha tuvo que llevarme al banco y sentarme un rato allí.

— ¡No exageres, por favor! — Me decía, quién me daba palmadas en el hombro. — ¡Entiendo que es raro tener el pelo blanco, pero existe, como los cabellos de color rosa, rojo, azul, morada o lo que sea! ¡Así que no te pongas de esa manera! —

— ¿Hay gente con el pelo morado? — Eso le pregunté, sintiendo tristeza por esa gente que tenía ese feo color en su cabello.

— Eso no importa, me llamó Nadezha, ¿y tú? — Me dijo a continuación, dándome la mano, y le contesté, le dije mi nombre, mi familia, desde dónde vivo, de dónde soy, cómo soy, cómo son mis familiares y mis amigos, de cómo me siento feliz de ser mexicana y estadounidense a la vez, mi comida favorita, mis animales preferidos, mis deseos a cumplir en la vida. También le hablé de mi religión, de mis costumbres y un montón de cosas más.

— Vale, vale. Ya lo he entendido. — Eso me decía Nadezha, quién parecía aturdida y cansada. No creo que fuera por mí, ya que siempre habló mucho, y uno nunca se aburre hablando. Por lo menos, eso pienso yo.

— ¿Y ahora qué deberi…? — Y ella soltó esto. Creyendo que ella quería quitar aquel sabor de boca, la interrumpí, diciendo la primera idea que tuve para sentirme bien conmigo mismo.

— ¿Por qué no me llevas a un parque de atracciones? — Esa era mi idea, pero ella lo desechó. Me quedé muy triste y, al ver mi tristeza, me dijo esto: — Te llevaré de comer, yo invitó. — Y yo fui la niña más feliz del mundo durante una hora. Nos fuimos a un restaurante en dónde hacían buffet libre, era un lugar decente aunque la comida era mediocre, pero no me quejaba.

— ¡Vaya por Dios! — Eso decía Nadezha, tras soltar un suspiro. Parecía aburrida. — Ahora soy una niñera. — Eso me molesto, ya que me sentí como si yo fuera una niña pequeña y se lo expliqué: — Yo voy a entrar en la adolescencia, así que no soy una niña. —

— Perdón, perdón. — Eso me decía, sin ver en su cara ningún rastro de que estaba arrepentida, es más, lo decía como si eso le daba igual. Luego, ella me preguntó:

— ¿Tú eres amiga de Mao, verdad? — Me preguntó y yo le dije que sí, mientras devoraba mi comida. Me regañó, diciéndome que no tenía que hablar con la boca llena.

— ¿Tú también, no? — A continuación, le pregunté eso y ella casi escupió el agua que estaba bebiendo, casi me iba a mojar.

— Pues…. — Se quedó callada, como si estuviera pensando en algo. — No somos amigas. — Eso me respondió al final y me pareció algo muy raro.

— Pero estabas en su casa, querías que te ayudará con algo. — Eso eran cosas que hacían las amigas.

— Bueno, nosotras…— Se quedó pensando, con las manos cruzadas. — Solo somos enemigas…—

Eso decía, mientras movía la cabeza de un lado para otro, como si estuviera confundida. Y solo provocó que entendiera menos lo que intentaba decir:

— ¿Por qué son enemigas? — Eso le pregunté.

— Pues… — Volvió a quedarse callada, con la misma postura de antes. Tras unos segundos, decidí cambiar de tema.

— ¿Qué querías pedirle a Mao? — Le pregunté eso, ya que tenía mucha curiosidad. — ¿Por qué quieres saberlo? —

Eso me lo dijo con tanta seriedad que me sentí como una cotilla y tuve que explicarle, para que no pensará que fuera una chismosa: — Para ayudarte, ya que somos amigas. —

— Solamente le pedí que cuidará un perro de un familiar, porque yo tenía que hacer una cosa esta tarde y los perros, por alguna razón, les cae muy bien. — Eso me explicó y entonces me emocioné, y mucho.

— ¿¡Un perro, de verdad de la buena!? — Le pregunté a Nadezha con toda la emoción del mundo. Me sentía como si mis ojos brillaban de la ilusión que me hacía tener un perrito. Mamá los odia y nunca he podido tener, así que naturalmente decidí aceptar esa hermosa tarea.

— ¿Por qué te pones así…? — Eso dijo Nadezha, como si mi reacción le había asustado un poco.

— Yo lo haré, cuidaré al perrito. — Le agarré de las manos y le dije con la mayor ilusión que lo iba a hacer, que iba a cuidar a ese perrito. Y ella no se negó, aunque tenía sus dudas. Después de la comida, me llevó a la casa de su familiar y me la enseñó.

Ahí vi al perrito, que estaba en el sillón vagueando como un gato, ¡era tan adorable! Rápidamente, me lancé hacia él para empezar a abrazarlo sin parar, era muy achuchable.

— ¡No molestes mucho a Nievi! — Exclamó Nadezha, al ver que yo no paraba de abrazarlo. Aunque el perrito no me hacía nada, él se dejaba acariciar y achuchar. No era un animal peligroso.

— No te preocupes, Doge le gusta, ¿¡a qué sí!? — Le repliqué a Nadezha, a la vez que le hablaba a aquel adorable perrito.

— ¿¡Doge!? — Ella se quedó algo consternada, poniendo una mala cara; al escuchar el nuevo mote que le puse, ya que Nievi me parecía un nombre muy feo.

— Pues sí, para mí será Doge, este perrito pastor tan lindo. — Eso decía, mientras jugaba con sus patitas.

— Es un Shiba Uni, quiero decir, Shiba Inu. — Me replicó Nadezha, quién, al parecer, sabía de razas de perros, a diferencia de mí.

— No importa, el hecho es que es un perrito muy mono. — Lo elevé al cielo, como aquella escena del Rey León. — ¿A qué sí, Doge? —

No me contestó, ni dio un ladrido. Ahí me pregunté si no le gustaba el nombre que le puse.

Al final, le dieron el visto buena a Nadezha, quién me preguntó si quería hacerlo de verdad y le dije que sí. Me explicó que se lo tenía que regresar, antes de que llegara el anochecer.

— ¡No te preocupes, Doge estará a salvo! — Eso le dije, haciéndole un saludo militar de esos.

A pesar de que le solté con toda la seguridad del mundo, ella me miraba con preocupación, como si no fuera capaz de hacerlo. Yo tuve que poner mi mejor cara para que se le quitaran esos temores. Luego, nos separamos.

Entonces, lo siguiente que hice, mientras llevaba Doge, quién tenía correa, por supuesto; era explicarle por qué le llamé con ese nombre. Le expliqué que era porque salía un chucho que se parecía a él y le llamaban así en el internet, me enamoré del nombre y decidí usarlo cuando tuviera perro y casa propia. Se lo conté todo con pelos y señales durante un buen rato, hasta me di cuenta de que la correa estaba rota y él no estaba conmigo. Me quedé petrificada, al ver que lo había perdido, y empecé a gritar su nombre, llorando sin parar. Era mi primer favor a nueva amiga y lo fastidié todo. Y lo peor es que, cuando me di cuenta, estaba en un parque siniestro, que nunca pisé porque daba mucho miedo. Me preguntaba cómo había entrado en tal horrible sitio y empecé a mirar a por mi alrededor, temiendo que hubiera un monstruo o algo parecido. Luego, me llené de valentía y empecé a buscar al perrito por todo el parque.

— ¡Doge, Doge! ¿Dónde estás? ¡Contéstame! —

Gritaba desesperadamente y no recibía ninguna respuesta, salvo las inexplicables burlas de algún chico idiota que pasaba casualmente. Por suerte, eso me confirmaba que habían personas en el parque y no habían espíritus ni monstruos ni nada parecido, aunque intentaba evitar pensar que los que veía eran locos o asesinos, o peor aún, ladrones de perros.

Estuve un buen rato buscándole, cuando vi que mi mamá me llamaba por el móvil, diciéndome que volviera pronto a casa, que ya era muy tarde; y vi como el sol ya se estaba poniendo. Sentí mucho miedo y ganas de llorar, y no quería decirle a mi nueva amiga que había perdido a su perrito, a mi Doge. Pensaba huir, mientras me agachaba, preguntándome qué podría hacer.

— T-tendré que decirle la verdad, debería… — Eso dije, tras terminar de llorar, y con mi madre llamándome sin parar por el móvil, mientras lo ignoraba, para no ser regañaba duramente. Si yo tenía que sufrir, lo haría después de decirle a Nadezha que le perdí al perrito y rezar para que no se rompiera nuestra corta amistad. Así es cómo me llené de valentía y valor, y me dirigí hacia la casa de su familiar, que no recuerdo ahora quién era.

Al llegar la vi en la puerta, esperando, mientras las farolas iluminaban las calles. Al principio, yo me quedé incapaz de moverme hacia ella, llena de miedo por decirle que perdí a Doge. Y cuando me notó, me puse a temblar, con ganas de llorar.

— ¡Ah, gracias por lo…! — Eso me dijo y produjo que llorará. Me preguntó muy sorprendida: — ¿¡Por qué estás llorando!? —

D-Doge se ha per…per…— Se lo intentaba decir, pero no podría contarle, que perdí al perro, me era imposible.

— ¿Qué le has hecho a esta chica, Nievi? — Me quedé boquiabierta. No entendía con quién hablaba y entonces giré la cabeza hacia atrás y lo vi, Doge estaba detrás de mí.

— ¡Oh, Doge! ¡Estás aquí! ¡Gracias a Dios! —Y lo abracé con toda la fuerza del mundo, tanto que Nadezha me regañó, diciéndome que lo iba a ahogar. De todos modos, yo estaba muy feliz, porque él había vuelto, pero entonces, mi móvil empezó a temblar y lo saqué de mis bolsillos. Vi un mensaje en el que mi madre estaba realmente enfadada conmigo y me decía que me iba a castigar bien duro.

— ¿Qué te pasa? — Me preguntaba Nadezha, mientras yo le pedía que me ayudara desesperadamente, que tranquilizara a mi madre; mientras la cogía de las piernas, llorándole sin parar. Así, fue cómo termina esta historia.

FIN

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