Octogésima_segunda_historia

La conquista: Segunda parte, octogésima segunda historia.

Motital Nehru no dejaba de pensar sobre lo que había dicho Mao, cuando éste descubrió que no era un hombre, sino una mujer. Esa frase, el “no soy una chica” no le dejaba dormir, porque no podría dejar de pensar en eso. Deseosa de saber la verdad, intentó acercarse al chino, pidiéndole ayuda o visitándole, con la intención de tener un buen momento para poder decirle que quiso decir con aquellas extrañas palabras. Por desgracia, ella nunca encontró un momento oportuno.

Mientras ella repasaba todos aquellos pensamientos, dando fuertes bostezos de aburrimiento debido a una película de Bollywood muy mala que estaba viendo en aquellos momentos; alguien le llamó por teléfono.

— ¡¿Quién es!? — Preguntó Nehru, muy desinteresadamente, una actitud que cambió totalmente cuando vio de quién era la voz.

— Hola, soy Mao. — Nehru le preguntó con una voz alegre y con mucha caballerosidad que quería. — Pues verás, yo estoy yendo hacia tu casa, si no es mucha molestia. No es para nada urgent…— Una voz que la india no podría entender fue escuchado a través del teléfono. — Bueno, si es urgente…—

— ¡No te preocupes! Un caballero como yo puede dejar sus planes a un lado si una linda señorita viene a visitarlo. — El chino le dijo que gracias, muy cortado. La otra siguió hablando. — ¡Yo, te recibiré con todos los honores posibles, digno de una princesa! — A Mao ni le dio tiempo decirle las razones de su inesperada visita, porque Nehru cortó esa llamada para prepararse. Con una rapidez sorprendente, se puso lo más elegante posible y se puso en la puerta para abrirle.

— Hoy, es el momento de la verdad. — Eso se decía, mientras esperaba en la puerta. — ¡Voy a descubrir que es realmente Mao! — Estaba impaciente, quería saber ya si era una chica o un chico.

Espero unos cinco minutos más, que los usó para ponerse bien su chaqueta elegante de color azul y comprobar si sus pantalones, del mismo color que la parte de arriba, o su pelo estaban bien; hasta que pegaron en la puerta y ella la abrió, mientras ponía una sonrisa seductora y animada.

— ¡Buenas tardes, prin…! — Se calló al instante, cuando vio que no era Mao, sino un anciano que le preguntó sí está era la casa de su hijo. Con mucha vergüenza, le dijo que no lo era. Tuvo que esperar unos minutos más, para que llegara esa persona que estaba esperando.

— Espero que sea ella. — Dijo en voz alta, cuando oyó pegar la puerta, otra vez. Se llenó de alegría y abrió la puerta: — ¡Buenas tardes, princesa! ¡¿Cuál es el honor de tenerla hoy en mi acogedora casa!? — Eso gritó de nuevo, antes de darse cuenta que Mao tenía una compañera.

Una chica, más bajita que Mao, que llevaba una minifalda de color verde, más una camiseta blanca con un estampado de una diosa hindú. Era la hermana de Josefina, Noemí, quién tras molestar al chino sin parar; éste tuvo que acceder a ese favor, que eran nada más ni nada menos que conocer a Nehru. Ésta además se puso una peluca, ya que no quería conocer un chico con un pelo tan corto que ella misma pidió que le cortasen, por el resultado de una estúpida rabieta.

— ¿Quién es esta chica tan adorable? — Eso le preguntó a Mao por la persona que se trajo. Lo dijo por cortesía, o por tener aquella costumbre de decirles cosas bonitas a las chicas, ya que le parecía muy normal. Ella se desilusionó mucho cuando vio que había otra persona, ya que quería estar a solas con el chino.

— ¡Oh, Dios Santo! — Mencionaba esto, en voz alta y totalmente colorada. — ¡Me ha llamado adorable! — Miraba hacia otro lado, incapaz de mirar a aquel supuesto chico, no quería que le viese la cara que puso. Su belleza y sus palabras caballerosas y delicadas le hicieron sentir en el paraíso, una felicidad que provocó que apenas ella pudiera pensar con claridad.

— Me llamo Noemí Porfirio Madero, tengo diecisiete años y soy hija de inmigrantes mexicanos. Mi comida favorita es un plato secreto de mi familia y mi color es el rojo, aunque no me disgustan los demás; además de que me encantan los tigres. Estoy en mi peso ideal, voy al gimnasio y hago dieta a menudo…— Se quedó pensando. — ¿Qué más, qué más…? — Nehru rápidamente le dijo que todo eso estaba bien, que era una bonita presentación, algo que puso a la chuca muchísimo más nerviosa que antes.
Estaban en el salón, con las presentaciones. Ella estaba muy emocionaba e intentaba quedar lo mejor posible para su próxima conquista.

Por el contrario, Nehru estaba muy desanimada, ya que notó que se había metido en un lio por culpa de Mao, y le miraba a él con algo de enfado. A continuación, tuvo que soportar a una charlatana Noemí que no dejaba de decir incoherencias y frases sin sentidos, parecía que estaba en las nubes. Incapaz de seguirle la conversación, la india intentaba pensar en alguna idea para encontrar un buen momento para preguntarle a Mao qué estaba pasando, por qué se trajo a esa chica a su casa.

Entonces, la misma Noemí, quién dijo que iba a ir al servicio, se llevó a Mao con ella a rastras, con una estúpida y tonta excusa.

— ¿Ahora qué te pasa? — Eso le preguntó, mientras ella cerrada con pestillo la puerta, algo que incomodó a Mao.

— ¿Qué es lo le gusta y lo que no a este príncipe indio? — Le ignoró, preguntándole esto, llamando a Nehru con un nombre que le pareció muy cursi y exagerado a Mao.

— ¿Por qué lo llamas así? — Sentía que había acabado en grandísimo lío.

— Eso no importa, debo empezar enseguida mis tácticas para enamorarlo. — Le decía esto, mientras ponía sus manos sobre sus hombros. — ¿Estás interesa por él? — Añadió esto a continuación, con la cara más seria que tenía.

— Pues claro que no. — Le respondió Mao de mala manera y Noemí dio un gran suspiro de tranquilidad. — Menos mal, no quería tener una rival en el amor. — Éste, al oír eso, se preguntaba mentalmente qué imagen tenía de su relación. A continuación, le volvió a preguntar lo mismo del principio y tuvo que responderla, mencionando solo lo que sabía para que le dejara tranquilo.

— ¡Pensé que me serías de mejor utilidad! Tendré que descubrirlo poco a poco…— Eso dijo al final, con desilusión y soltando un gran suspiro.

Y con esto salió del baño, mientras Mao le mencionaba que iba a estar en el baño a hacer sus necesidades, siendo solo una tapadera para quedarse ahí durante un buen rato. No quería ver cómo acabaría lo que se proponía hacer la hermana de Josefina.

Al pasar unos cuantos minutos, entró Nehru en el cuarto de baño, como si supiera que ahí estaba Mao.

— ¿Pero qué haces? — Le gritaba Mao. — ¡No ves que estoy aquí! — Intentó emular como si iba a hacer sus necesidades, pero no se atrevió.

— ¿Por qué me la has traído? — Eso le preguntó Nehri, bastante fastidiada.

— ¡ Porque no me dejaba en paz, ni un puto segundo! — Eso le respondió con toda su sinceridad.

— Me has metido en un lio, muy gordo, pero gordo. Las chicas como ella son de las peores. — Se puso las manos sobre la cabeza, preguntándose qué iba a hacer.

— Parece que tienes mucha experiencia en esto, ¿te deben gustar las mujeres? — Eso dijo Mao, mientras se sentaba en el váter, cruzando las piernas.

— No, no y no. Me gustan los hombres. Tal vez sea una mujer que se vista de chico, no porque me siento así, sino por otras razones. — Mao le miró con sospecha, recordando todas las veces que hablaba con las chicas de forma rara. — Bueno, las mujeres son hermosas y tienen cosas que no los hombres no pueden tener. Y sí, es verdad que me gusta actuar elegante y atractivo para poner muy alteradas las doncellas, hacer que su corazón se emocione por haber encontrado al hombre de sus sueños y todas esas tonterías, ponerlas tontas, creyendo que un príncipe azul ha bajado de la luna para tratarlas como princesas. Pero es eso es más que un simple juego, las trato bien, como ellas desean, pero luego nada más. Luego esas chicas se chocan contra la realidad y eso…— Y se calló, como si iba a decir algo horroroso. Al final, tuvo que decirlo: — Solo quiero destrozar el corazón de una mujer. — Le confesó eso al chino y éste se quedó mirándola como si fuera un monstruo. — ¡Sí, soy una horrible persona, pero no lo puedo evitar! — Eso gritaba a continuación, reconociendo que tenía un gran pecado y actuando como si fuera una actriz de tragedia.

Mao se levantó del váter, avergonzado de su penosa actuación, y se dirigía a la puerta, cuando fue detenido por Nehru.

— ¡Espera un momento! — Puso a Mao contra la pared, al decir eso.

— ¿¡Oye, qué haces!? — Eso preguntó nerviosamente Mao, al ver el drástico cambió de actitud de ésta.

— Al venir a mi casa por primera vez, dijiste que no eras una mujer. — Al decir esto, Mao recordó que dijo eso, tras descubrir que Nehru era una chica y no un hombre. Y se puso intranquilo, pensando en algo para esquivar la pregunta, mientras se arrepentía por haber soltado eso aquel día.

— ¿¡Yo dije algo como eso!? — Mao se reía nerviosamente. — ¡Qué imaginación tienes! —
Nehru, en vez de interrogarle, supo que la única forma segura de saberlo era comprobarlo, tocarle la entrepierna para comprobar si era una chica o chico. Entonces, ella empezó a deslizar poquito a poco una de sus manos por los muslos hacia arriba, mientras la otra se apoyaba en la pared. Mao no paraba de preguntándole qué estaba haciendo.

— ¡Solo quiero comprobarlo! — Eso decía, intentando poner su cara más seria, pero le salía una de salido, porque estaba excitada, de alguna manera.

— ¡No lo hagas! ¡No lo hagas, maldita sea! — Eso le gritaba Mao, quién cerraba los ojos. Quería que se detuviese, pero no movía sus manos para evitarlo. Estaba muy colorado, casi muerto de vergüenza, y por alguna razón, cerró sus ojos, mientras recordaba que ésta sería la tercera vez que una mujer le tocara la entrepierna para comprobar si tenía eso que llevaban los hombres.

— ¡Arebaguandi, es verdad que eres un hombre! — Eso gritó al tocarle con toda la palma de su mano la entrepierna y descubrir que era un hombre. A pesar de que lo sospechaba, ella se puso a mirar el techo como si hubiera descubierto la verdad de la vida y el universo.

— ¡Oye, tú, podrías soltar tus asquerosas manos! — Eso le dijo un Mao enfurecido y colorado, quién quería evitar a toda costa que la cosa pasará a mayores, porque Nehru no dejaba de espachurrarlos y temía que eso empezará a crecer.

— ¡Quita tus manos de encima! — Eso le gritó al final, empujándole la cabeza, como señal de que le tenía que quitar las manos de encima.

Nehru estaba totalmente descontrolaba y pues Mao tuvo que quitársela de encima de una patada y salió del cuarto de baño, mientras ésta empezó a reaccionar y le pedía perdón. Entonces, se acordó de que tenía a Noemí esperándolo en el salón, quién estaba bastante intranquila.

Con la excusa de que había ido a su habitación a buscar algo, puso quitarse a la hermana de Josefina por un rato, quién le esperaba impacientemente, mirando por todas partes. Se llevó una grata alegría cuando le vio volver:

— Ha tardado mucho, Príncipe indio. — Eso le dijo. — ¿Le puedo llamar príncipe indio? — Le dijo que sí, no le importaba.

— Ah, ¿has encontrado lo que buscabas? ¡He estado esperando mucho! — Eso le preguntaba, intentando ser lo menos cotilla y lo más formal posible. Mientras formulaba aquellas palabras, ella juntaba sus dedos a la vez que miraba nerviosamente por todos lados.

— Perdón por esto, es inconcebible para mí hace esperar una dama. Espero que aceptes mis disculpas. — Decía esto, mientras se sentaba con total elegancia. Esas palabras pusieron más colorada a Noemí.

— Da igual, da igual. Me he divertido, viendo todas estatuas chinas, ¿te deben gustar mucho China? — Para seguir con la conversación, ella cambiaba de tema, señalando a los las múltiples esculturas que adornaban las estanterías de estilo victoriana que tenía en la habitación.

— Eso es hindú, de la India. — Esas palabras fueron como un horrible flechazo a Noemí, que había demostrado si incultura e ignorancia, delante de su objetivo a conquistar.

— L-lo que importa es que son de Asía. — Eso dijo Noemí, tartamudeando, intentando corregir su error. Al terminar aquella frase, ella empezó a reír nerviosamente. Mao volvía al salón, viendo esa escena y comprobando lo bien que actuaba Nehru y observando con pena como Noemí metía la pata sin parar. Al final, al llegar la noche, decidió que era cosa de que se fueran de su casa.

— Si me permiten, hermosas damas, ya es hora de que tengan que ir a sus casas. Yo debo hacer mis cosas y no podré cenar en mi linda casa ni podré acompañarlas. — Eso les dijo, mintiéndolas con una sonrisa elegante en la cara. Solo era una excusa para echarlas de una vez. Luego, añadió: —Me alegro de haberla conocido, Noemí. — Les besó en la mano a Mao y a la hermana de Josefina, cuyo corazón estaba a cien.

— ¡Oh, por el amor de Dios, es lo más caballeroso y gentil que he conocido en mi vida! ¡Supera a todos esos payasos que he tenido como novios! —

Eso gritaba a pleno pulmón, en mitad de la calle y bastante colorada. Aún seguía estando en las nubes, teniendo fantasías sin parar entre ella y aquel “príncipe indio”. Por el contrario, Mao, molesto por todo lo que paso, la ignoraba olímpicamente. Él no paraba de maldecir a la idiota de Nehru, preguntándose por qué siempre que querían comprobar que era hombre, tenían que tocarle el pito.

A pesar de que no quería saber nada de aquella india que se hacía pasar por un hombre fabuloso, tuvo que recibir una llamada suya, después de llegar a casa y pasar un buen rato vagueando.

— ¿Qué quieres? — Le contestó Mao con poco interés, al saber que era Nehru.

— ¡Oye, esa chica está colada por mí! ¿Me podrás ayudar? — Le dijo esto, casi gritando, a continuación.

— A mi no me metas en esto, sobre todo por lo que me has hecho hoy. —Mao estaba muy enfadado aún.

— Tú la has llevado hasta mi casa y te juró que si esa chica está enamorada de mí, pues se pegara como una lata a mí. — Eso le replicó, quitándose la culpa de encima. — Lo siento mucho por lo de antes, ¡de verdad! — Al notar el silencio, tuvo que añadir eso.
— De todos modos, ¡vas a romperle el corazón! — Eso le mencionó Mao, mientras se rascaba la cabeza, con cara de que no le interesaba para nada lo que iba a ocurrir.

— Pero es de ese tipo de mujeres que persiguieran su objetivo sin parar, ella mismo me lo reveló, ¡le gusta los tigres! — Mao no entendía nada, ¿qué tenían que ver los tigres con todo esto? — Con las que me trato, son las que nunca se acercan a mí, sino me miran a lo lejos. No sé si me entiendes, pero siento que ella no me dejará en paz hasta que nos convirtamos en novios. —

— ¡Ah vale! ¿Ahora puedo dormir? — Eso le dijo Mao con gran frialdad.

— ¡Haz lo que quieras! — Eso le contestó Nehru, molesta por la poca atención que Mao le daba. Entonces, oyó como éste descolgaba el teléfono.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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