Octogésima_segunda_historia

La conquista: Tercera parte, octogésima segunda historia.

Noemí llevaba un buen rato pensando, con los brazos cruzados, en cómo empezar a conquistar a aquel “príncipe indio”, a Nehru; pero no se le ocurría nada. De tanto pensar, ponía la cara como si estuviera estreñida, mientras levantaba la silla en la cual estaba sentada. Se le ocurrió apuntar todo lo que le ocurriese en un papel, que puso en la mesa de la cocina, pero estaba en blanco.

— ¡Hey, chamaca, si quieres cagar, hazlo! — Eso soltó de forma burlona uno de sus hermanos al verla, que entró en la cocina para coger una dulces, ya que estaba muerto de hambre.

— ¡Cállate wey, qué estoy pensando! — Eso le dijo molesta, al ver que la habían interrumpido.

— ¿En cómo cagar? — Esto preguntó con una voz que parecía la de un idiota, mientras se agachaba con mucho esfuerzo, ya que su gordura no le ayudaba mucho para buscar la comida que deseaba en lo bajo de la estantería.

— No y no, ¡él único que desea cagar eres tú! — Le gritó enfurecida y dio un puñetazo en la mesa, que cayó sobre un lápiz y fue tan fuerte que lo partió por la mitad.

— ¡Qué pedo! — Eso decía, mientras se quitaba del medio, ya que la reacción de su hermana le dio mucho miedo. Noemí lo ignoró, solo se estaba lamentando por el hecho de haber roto el lápiz.

Al no ocurrirle nada para empezar, llamó a Khieu, quién estaba trabajando en el puesto de comida callejera de sus padres.

— ¿Quién es? — Eso preguntó tras coger el teléfono.

— Soy yo, Noemí. — Al escuchar estas palabras, se quedó con la boca abierta y dijo esto a continuación:

— ¿Cómo has sabido mi número de teléfono? — Nunca se lo dio, para que no la molestase por el móvil. Se preguntaba con horror y preocupación cómo lo consiguió.
— No importa eso, me tienes que ayudar. —

Fue directa al grano, le empezó a explicarle con todo lujo de detalles que cómo podría ella empezar relación con su supuesto príncipe indio.

— ¿Y por qué yo? — Eso preguntó Khieu con mucho desánimo y esto le contestó la otra: — Porque eres mi amiga. — En realidad, Noemí cogió a la primera persona que veía en su lista de contactos de su móvil.

— Pues bueno…— Dudada si decir malos consejos para que fracasara o aconsejarla de verdad. — De todas maneras, deberían empezar siendo a amigos, pasar mucho rato juntos, ayudarse mutuamente y todo ese rollo. — Al final, eligió lo segundo, porque si le diría cosas absurdas para conquistar un hombre para acabar éste alejándose de ella, se daría cuenta.

— Se nota que nunca has tenido un novio. — Noemí se estaba aburriendo, ya que todo eso le parecía muy noño, ya que hablaba de las relaciones como si fuera una simple virgen; y la detuvo.

— ¿¡Q-qué, qué!? ¿¡Entonces, por qué me llamas para que te diga cómo empezar una relación!? — Eso le dijo muy enfadada por el teléfono, mientras los clientes que pedían su comida se pusieron a temblar al verla así.

— Para tener una idea. — Tenía uno en la cabeza y era muy simple. — Y ya tengo uno, gracias por escucharme. — Estas palabras de agradecimiento enfurecieron aún más a Khieu y luego añadió algo más, que solo fue echar más leña al fuego: — Estar sola es muy triste, ya te buscarás cualquier patán, ¡ten fe! — Y con esto cortó la llamada, mientras la satánica casi se puso a llorar de la rabia, al ver que Noemí le recordaba cruelmente que estaba realmente sola en el mundo.

— ¡No voy a permitir que esa chalada se lo lleve, ese hombre será mío! — Eso gritó, al final, harta de Noemí. Se dirigió al cielo, levantando la mano y fue una promesa que se hizo a sí misma. Decidió robarle el objetivo a la hermana de Josefina, para demostrar a sí misma y a todos de que podría tener novio y no iba a estar sola para siempre, a pesar de que nadie se había burlado de ella por eso.

La gran brillante idea de Noemí era solamente ir con Nehru al cine. A lo primero pensaba que iban a ir solos, pero supuso que sería demasiado pronto para hacer eso y decidió llamar a más gente, como excusa. Así llamó a Khieu y a Mao, para que fueran con ellos al cine.

Al llegar el sábado, todos, tras ser despertados por Noemí, a través de múltiples llamadas de móviles; llegaron a las puertas del cine adormilados. La hermana de Josefina fue la primera en llegar. Después de pasar horas de pura dedicación en busca de un hermoso look que cautivaría un hombre, este era el resultado: Ella llevaba una chaqueta blanca de botones, que le llegaba a las rodillas y que ocultaba una blusa de color naranja y de mangas largas, con un lacito en la parte del cuello. En la parte de abajo usaba una minifalda blanca y con un borde de volantes, con unas medias con dibujos de gatitos. La segunda en aparecer fue Khieu.

— ¿No crees que vas un demasiado elegante para ir al cine? — Eso le preguntó Noemí, al observar que estaba mejor vestida que de costumbre. Aparte de los pantalones vaqueros, tenía una blusa a cuadro con diferentes tonos de azules.

— ¿De qué hablas? Yo siempre me visto así. — Eso le dijo con total seguridad, a pesar de era una mentira bien obvio. Y se lo decía de forma desafiante, provocando que Noemíse diera cuenta de sus verdaderas intenciones.

— Yo pensaba que era tu amiga. — Eso le dijo con amargura y frialdad. Sabía que le había retado quién iba a conseguir el amor de Nehru.

— Yo nunca dije que lo era. — Y esto fue la réplica de Khieu, quién deseaba darle una lección, porque creía que la utilizaba por conveniencia.

— Ese chico será mío. — Tras quedarse mirando la una a la otra durante unos segundos, como si fueran dos vaqueros del viejo oeste; se dijeron esto.

Unos varios minutos después, llegó Mao, por un lado, y Nehru, por otro. El chino iba con una yukata con estampas de pajaritos y Motital iba con un traje de color marrón claro, vestía como si fuera un gran empresario. Las dos, al verla, se fueron hacia ella, mientras ignoraban al chino.

— ¡Estás guapísimo! ¡Siempre vistes tan bien! — Eso le decía, por un lado, Noemí. — ¿Me recuerdas? ¿Me recuerdas? Soy la chica del puesto a adónde Mao siempre te lleva a comer. — Agregó, por otro lado, Khieu.

— Buenos días, chicas. — Mao, por su parte, las saludó pero fue completamente ignorado por ellas.

Las dos le tenían echado el ojo a Nehru y ésta se empezó a agobiar, al notar que no solo una, sino dos hembras en celo iban a por ella y le miraba a Mao, con cara de preguntarle qué hacía la chica del puesto callejero. Y entonces se empezaron a pelear por su presa:

— ¿Por qué él debería recordarte? Yo no recuerdo a toda la gente que hace la comida que pido en el restaurante. — Eso le gritaba Noemí con todo el desprecio a Khieu, mientras agarraba un brazo de su príncipe indio.

— Por lo menos, yo no llamé a Mao para que me presente a alguien. — Le replicó, haciendo lo mismo que ella.

— ¿Y eso es malo? — Eso le preguntó muy enfadada y cada una soltó el brazo de su presa para dedicarse a lanzarse graves acusaciones e insultos. Nehru aprovechó para quitarse del medio y acercarse a Mao.

— ¿Qué está pasando? ¿Por qué ha aparecido la chica del puesto? — Le preguntaba esto a Mao en voz baja. La pobre no entendía lo que estaba ocurriendo y rezaba para que no aparecieran más chicas de la nada para perseguirla.

-¡Y yo qué sé! Pero el cine será de todo, menos tranquilo. — Contestó Mao, indiferente. Se arrepintió mucho de no haberse negado a ir, porque no él quería aguantar una pelea estúpida de chicas por un mismo hombre.

Las chicas dejaron de pelear, al ver que no estaba su príncipe indio y se fueron a por él, preguntándole en dónde estaba. — Diviértete con esas tigresas. — Eso le decía Mao con burla, mientras aquellas dos se lanzaron contra su objetivo. Después, empezaron a mirar la cartelera.

— ¿Podemos ver ésta? — Les decía Khieu, que tras pasar un buen rato buscando, encontró algo que le emocionaba y se los señalaba. Todos miraron su elección y cuando lo vieron se le quitaron las ganas. Era una película supuestamente de terror, pero parecía que iba a estar más dedicada a muertes exageradas de personas que chorrean litros de sangre.

 

— ¿Y sí podemos ver esa película? — Nehru, para ahorrarse ver una película de muy mal gusto, señaló otra película, que parecía ser la típica comedia romántica. Todos aceptaron encantados, para evitar ir al otro.
— ¡Esperen…! — Khieu intentó cambiarles de idea y hacerles ver la película que ella quería.

— Yo también quiero ver eso. — Pero no quería cuestionar al “príncipe indio”. — ¡Seguro que estará muy bien! — Ella intentó cogerle el brazo a Nehru, pero fue detenida por Noemí, quién se puso en su camino: — ¡No seas tan fresca! — Tras decir eso, se quedaron mirándose y mostrándose la una a la otra los dientes como si fueran perros enfrentados. Se notaba que entre ellas había más que fuego, y Mao y Motital las miraban con pavor.

Después de convencer a Mao de pagar su entrada, ya que éste pensaba que el precio era un robo y se estaba peleando con la gente de la taquilla; se fueron a la sala y se sentaron, mientras se apagaba las luces y aparecían en pantalla los anuncios.

— ¡Miren, miren lo tristes que están esos músicos millonarios, al ver que miles de sus discos se piratean y pierden cientos de dólares! ¡Pobrecitos! ¡Ahora no podrán comprarse su helicóptero privado! —

Esto decía un anuncio contra la piratería, que estaba siendo muy largo para los presentes, pero fue aprovechado por las chicas, que intentaron agarrar la mano de su “príncipe indio”. Primero intentó hacerlo Noemí, quién estaba a la izquierda, mientras tomaba un refresco de cola. Al notarlo, Nehru quitó su brazo del apoyabrazos y ella lo palmeaba, buscando el cuerpo de Motital sin éxito. Al mismo tiempo, lo hacía Khieu, quién se puso a su derecha y intentaba hacer lo mismo, con los mismos resultados que tenía su rival.

— ¿Dónde está? — Eso decían en voz baja, mientras Nehru veía esto como el principio de que no podrá ver toda la película en paz. Ella ya quería irse a casa. Mao seguía enfadado por lo caro que era el cine, prometiéndose a sí mismo que jamás volvería a ir a uno, nunca más.

Tras empezar la película, tanto Khieu como Noemí, pensaron en nuevas estrategias.

— Ya se han acabado mis palomitas, ¿me puedes dejar comer las tuyas? — Mintió Noemí, que intentó dar pena y acercarse así a Nehru.

— Y a mí el refresco, ¿podríamos compartirlo nosotros? — Añadió Khieu, quién decidió hacer un paso más allá, mintiendo también.

— ¡Qué asco! ¿No te estás pasando un poco? — Noemí puso muecas de asco y se tapo la boca para hacer entender que eso le era vomitivo.

— ¿Y tú? — Le replicó la otra a la hermana de Josefina. Y empezaron a lanzarse puyas mutuamente, empezando a molestar a los demás que querían ver la película.

— ¡Eh, chicas! ¡No peleen! Yo ya me lo he comido y bebido todo. No hay necesidad que unas bellezas se estén peleando en el cine. — Nehru intentó tranquilizarlas, hablando como un caballero, pero incapaz de retener lo intranquilo que estaba al tener a aquellas lobas peleando por ella. Al escucharlo, las dos le gritaron con entusiasmo: — Pues toma el mío. —

— ¿No decían que se lo habían acabado? — Eso les decía Mao, mientras aprovechaba la pelea para comerse las palomitas de Noemí poquito a poco, sin que ésta lo supiese. Las dos intentaron buscar una excusa, pero solo consiguieron que todos los espectadores les pidieran que se callasen.

Y eso no fue el último, siguieron con variadas y estúpidas estrategias, como agarrarle del brazo cuando vieran algo que parecía aterrador, a pesar de que en la película no había tal cosa; intentar mancharlo con su bebida para limpiarle la ropa, contarle anécdotas de su vida para que su “príncipe indio” se conmocionase entre más cosas. Y Nehru ya estaba harta, no podría aguantarlo más, deseaba decirles que era una mujer que se disfrazaba de hombre, para ver si le dejaba en paz. Pero pensaba que estaban locas y se imaginaba que la matarían en plena sala de cine por eso. Y cuando vio que Mao, que tampoco él las podría soportar, se iba a los servicios, deseaba acompañarlo y espero unos minutos más para ir al baño, mientras varios espectadores se quejaban de ellas e incluso pedían al guardia que las echarán.

— ¿Estás aquí, Mao? — Eso dijo, al entrar en el servicio de mujeres y abriendo la puerta de forma brusca. Se lo encontró, mirándose al espejo, comprobando si su peinado estaba bien.

— ¿Tan pronto te has cansado de ellas? — Tras girar su cabeza hacia Nehru y al escuchar sus palabras, le soltó esto, en vez de preguntarle qué estaba haciendo en el baño de las mujeres.

— Es inaguantable, esas dos son bien activas. Yo solo trato con pasivas. — Eso decía, mientras se ponía las manos a la cabeza, en clara señal de lo molesta que estaba, sin darse cuenta de que una chica, que salió del váter, se le quedó mirando, incapaz de entender que hacía un chico ahí.

— Eso suena muy mal, en todos los sentidos. —Eso le replicó Mao.

— Da igual, da igual. Tengo que librarme de ellas y ya. — Gritó Nehru llena de frustración, mientras se apoyaba sobre las encimeras del baño.

— Fácil, diles que tú nos la quiere y ya está. ¡Le rompes el corazón, ya se buscarán otro! ¡¿No es lo que haces siempre, príncipe indio!? —

A Mao eso le parecía muy bien fácil, aunque se sintió muy mal consigo mismo por haberlas pronunciado, eso le trajo recuerdos muy feos para él. Nehru le miraba con cara de que no lo entendía. Éste pudo adivinar muy bien aquel rostro y añadió esto:

— ¡Por Buda! Te lo demostraré…— Le decía Mao, mientras le tendía la mano. Al final, sin desearlo y a sabiendo de que se iba a arrepentir mucho por hacer aquella acción, sintió que la debía ayudar, tras decir esas cosas.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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