Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Primera parte, octogésima tercera historia.

Era el segundo viernes del mes de Octubre y Nadezha estaba sentada en un banco situado dentro de la principal estación de tren de la cuidad. Por el simple hecho de estar allí y tener una maleta a su lado, uno podría adivinar que iba a irse de viaje. Ella leía tranquilamente una novela de Tolstoi para poder perder el tiempo e ignorar la soledad que estaba sintiendo. Ni su tío, ni su novio ni sus suegros le habían acompañado. Su Vladimir se fue a una larga excursión a otra parte de la isla con su clase, para celebrar el Día de Shelijonia. Pudo pedirle a su pariente que le acompañase, pero estaba muy ocupado, ayudando a unos amigos. Y ni quiso molestar a los padres de su amado, que estaban aprovechando estos días para disfrutar como pareja.

En un momento determinado, incapaz de seguir leyendo aquella tan pesada obra, empezó a recordar cuál fue el motivo de hacer aquel viaje solitario.

Unos días antes, después de convencer a Vladimir para que se divirtiera con sus amigos en aquella excursión, se dio cuenta de que no tenía ningún plan para pasar el Día de Shelijonia. Su tío se comprometió a ayudar en el desfilé y no iba a tener tiempo para ella. Sus suegros querían resucitar su vida matrimonial, así que ni atrevió a preguntarles algo. Cuando le comentó todo esto a una tía suya, con quién estaba hablando por teléfono, ésta le dijo:

— ¿Y por qué no vienes a aquí conmigo y con la abuela? —

No muy estaba segura de hacer ese plan, pero su tía le insisto tanto que tuvo que decir que sí, ya que se sentía sola y aburrida, al igual que Nadezha.

Dejó de recordar, ya que le faltaba poco para terminar el capítulo. Cuando lo consiguió, apartó los ojos del libro e intentó ver cuánto faltaba para el próximo tren que le llevaría a Gualeguaychúl, ciudad situada en el sur de la isla y lugar en dónde vivían su tía y su abuela. Entonces, se encontró con una gran sorpresa que la hizo chillar muy fuerte, gritando un insulto en ruso.

Se quedó muy consternada cuando vio que delante de ella se encontraban unas conocidas que no esperaba encontrar en ese lugar, que también dieron un grito y se echaron para atrás al verla chilar. Tras un corto silencio, la rusa pudo reaccionar, diciendo esto:

— ¡Casi me dan un ataque al cora…! — Pero aquellas palabras fueron interrumpidas por aquellas conocidas.

— ¡Déjanos ir contigo! — Gritaron esto, mientras se ponían de rodillas y empezaron a suplicar fuertemente, poniéndole cara de cachorrito.

— Espera…— Nadezha no salió de su asombro, dando un grito de consternación. — ¡¿Qué!? —

Así es como Josefina, Aleksandra, Sanacja y Malan le pidieron a Nadezha que les dejarán unirse a su travesía. Y la obvia respuesta fue ésta:

— ¡Ni hablar! ¡No voy a llevarlas, ni menos ahora, que ya estoy a punto de marcharse! ¡Así que iros a molestar a Mao o algo así! —

Pero, al final, a pesar de su negativa inicial, pasó lo contrario.

— ¡Gracias por sus billetes! — Eso le decía el encargado del mostrado a Nadezha, mientras se los daba. — ¡Espero que se divierta con sus hermanas pequeñas! —

Nadezha le quiso decir algo, pero se calló. Ya estaba bastante fastidiada por el hecho de que apenas le quedaba dinero. Al final, ella se rindió fácilmente ante las artimañas de las chicas:

— ¡Por favor, Nadezha! ¡A mí ya no me permiten ir a las excursiones! ¡Mi familia no quiere viajar y Mao es muy vago para salir de su casa! ¡Te lo pido como amiga! — No pudo aguantar el lloriqueo de Josefina, quién quería desesperadamente salir a algún lado.

— ¡Jamás hemos viajado! ¡Somos pobres y apenas tenemos comida! — Ni a las exageradas mentiras de Alex y Sanae, que atraían las miradas de los curiosos que pasaban por ahí. — ¡Aún así queremos ver mundo! ¡Conocer otros lugares, otras culturas! ¡Haznos este favor, te lo rogamos! —

— ¡Por favor, no nos abandones! ¡Queremos ir contigo, estar a tu lado! — Tampoco a la sobreactuación de Malan, intentando parecer a la joven enamorada que intentaba evitar que su amado se alejara de ella.

El espectáculo que estaban montando y las miradas acusadoras de los viajeros, que sorprendentemente se compadecían de ellas, provocó que Nadezha finalmente cediera, gritando esto:

— ¡Vale, vale! ¡Os dejaré ir! ¡Pero dejen de hacer esto, por favor! — Las chicas celebraron fuertemente su victoria, mientras ella iba a comprar los billetes.

Fastidiada por no haberse librado de ellas, decidió dirigir su enfado hacia una persona, algo que hizo varios minutos después de subirse al tren:

— ¡Espera! ¡Espera un momento! ¡No me fastidies, esas niñas no son mías! ¡No tengo la culpa de nada, por eso no me debes molestar! — Le replicaba Mao, bastante arrepentido de coger el teléfono.

Le llamó una Nadezha muy enfadada que le contó la situación. Le gritó que debería controlarlas más y enseñarles a que no montarán más espectáculos como el que acabaron de hacer. Además, le acusó de haberles comentado que ella iba a viajar, a pesar de que nunca se lo comentó. Mao no entendía lo que pasaba, estaba realmente aturdido por lo que oía.

— ¡De todos modos, tú me vas pagas sus billetes! — Le gritó Nadezha, a continuación.

— ¿Por qué, yo? — Se puso malo al oír eso.

— Tú eres su jefa. — Así de claro se lo dijo.

— ¡Eh! ¡Eh! ¡Esa es una tontería de las gemelas! Yo n… — Y se cortó la comunicación.

Nadezha se dio cuenta de que estaban pasando por un túnel, el cuál cortó la llamada. Intentó llamar de nuevo, pero su móvil se quedó sin saldo. Pensó en esperar que Mao volviera a llamar, pero se imaginó que pasaría de ella y seguiría vagueando en su salón como siempre. Entonces, dio un suspiro de molestia, intentando hacerse a la idea de que se pasaría estos días haciendo de niñera.

A continuación, pasaron casi dos días para llegar a su destino. El tren cruzó gran parte de la costa este de la isla, para luego entrar en el interior de la parte sur. Las chicas no estuvieron quietas, vivieron una pequeña aventura entre los vagones, el cual no tiene cabida aquí y se relatará en otra historia.

El día en que llegaron a su destino, Nadezha se despertó de una manera muy inusual. Las bocinas del tren no paraban de anunciar que faltaba menos de una hora para llegar a la última parada y ella empezó a abrir los ojos poquito a poco. Entonces, intentó levantarse, pero no podría, algo le impedía. Atontada por el sueño aún, creía que su cuerpo solo se sentía pesado y empezó a mirar por todo el vagón-dormitorio. Todas las demás camas estaban vacías, menos el suyo. Entonces, se dio cuenta de que estaba totalmente rodeada, de que las chicas la estaban abrazando como si fuera una almohada. Las gemelas le tenía agarrada por los brazos, Josefina y Malan lo hacían por las piernas. Incapaz de entender cuándo se metieron en su cama, ni por qué la usaban como un cojín ni cómo podrían dormir así; empezó a decirles esto:

— ¿¡Chicas!? ¿¡Podrían despertarse!? ¡Qué ya estamos llegando! —

Ninguna respondió, pero Nadezha siguió hablando, mientras intentaba liberar sus extremidades.

— ¡Vamos a ver, despierten, que ya es hora de levantar y desayunar! —

Tampoco sirvió. Al ver que no iba a conseguir nada hablando, decidió pasar a los gritos. Inspiró e respiró fuertemente para prepararse y dar el chillido que sus vidas.

— ¡Levantaos de una maldita vez! — Se oyó por todo el tren, asustando a los pasajeros y a los trabajadores del tren. Consiguió su objetivo, aunque Nadezha fuera regañada duramente por el revisor.

— ¡Qué gran grito nos diste! — Dijeron las gemelas, después de que Nadezha pidiera perdón por las molestias causadas. — Aún me duele los oídos, ¡qué potencia tienes! —

— Me pregunto cuándo decibelios habrá sido ese grito, ha sido realmente sorprendente. Debe ser unos de los mal altos que he podido presenciar. — Añadió Malan, mientras miraba en su móvil información sobre los gritos y el ruido que podrían producir.

— Pues yo estaba teniendo un sueño muy bonito. Estaba a punto de recibir un óscar y entonces ese grito lo arruinó todo. — Y Josefina protestó, muy triste por haber vuelto al mundo real.

— Es que vosotras no os despertabais con nada, tuve que ir con medidas drásticas. — Les replicó Nadezha, mientras se quitaba el pijama.

— Además, ¡¿por qué estabais en mi cama, abrazándome!? — Luego, les soltó esto, mientras se ponía la ropa limpia. — ¡Entiendo que seamos chicas, pero no os paséis de la raya, por favor! —

A los pocos segundos de haber pronunciado esa última frase, se dio cuenta de que dijo un sinsentido. Las chicas lo ignoraron, ya que empezaron a soltar sus excusas para usar a Nadezha como una almohada.

— Es porque teníamos frio. — Eso le dijo Sanae.

— Necesitamos el calor de una osa. — Añadió Alex. Nadezha le molestó mucho que le dijeran “osa” y le advirtió, con el puño en alto, que no lo dijera más.

— La presión social me ha superado. — Esa fue la excusa de Malan, a pesar de que ella fue la primera en hacer eso.

Yoff es pofrr quel…— Sacando su cabecita fuera del cuarto del baño, Josefa intentó explicárselo también, aunque con el cepillo de diente en la boca. Nadezha le dijo que terminara de cepillárselos antes de hablar.

Tras escuchar sus excusas, Nadezha miró hacia a la ventana, al notar que la luz del sol ya estaba saliendo y poquito a poco empezaba a iluminar los campos que ocupaban un valle y las montañas, algunas muy altas y con sus cumbres llenas de nieve, que las rodeaba. Entonces, vio algo que le dejó muy asombrada e invitó a las chicas que lo observaran, quienes se apilaron en el cristal rápidamente. Se escucharon gritos de sorpresa y fascinación.

— Eso fue Gualeguaychúl. —Eso les decía Nadezha. — Es decir, la antigua ciudad. — Añadió esto para dejarlo claro.

— Es como Mesa verde. — Le comentó Malan, maravillada por el hecho de encontrarse con los restos de un antiguo pueblo de Shelijonia, que recordaba mucho a las construcciones del pueblo Anasazi.

Estaban viendo a lo lejos, entre la pared rocosa de una peña, una especie de cuidad esculpida sobre la misma piedra. Entonces, una voz informatizada empezó a decirles a los pasajeros que ya estaban llegando a Gualeguaychúl.

Al salir del tren, vieron que la estación tenía un aspecto bastante anticuado, como si fuera un simple y enorme edificio hecho de ladrillos, procedente de los años cincuenta.  Las niñas apenas entendían lo que decían las personas que estaban en la estación, que eran muy pocas. Después de todo, estaban hablando en ruso, idioma que apenas entendían, y no veían a nadie que hablaba en inglés.

— ¡Wow! ¡Se siente como si estuviéramos en Rusia! — Eso gritaban las gemelas muy sorprendidas, ya que, a pesar de que en Springfield había rusoparlantes, había mucha gente que hablaba en inglés. Ellas eran las únicas en aquel lugar que lo pronunciaban y la gente las miraba raro.

— Es normal, esto fue de Rusia. — Eso les respondió Malan, mientras recordaba que habían zonas en Shelijonia en que los angloparlantes no superaban ni el 20% de la población.

— Y aún lo somos. Espiritualmente, somos rusos. — Y Nadezha les replicó esto de una forma desagradable. Sin querer, sacaron su lado nacionalista ruso y al darse cuenta, les pidió perdón por haber soltado eso.

Al salir de la estación, es cuando Nadezha por fin vio a su tía y a su abuela, quiénes la estaban esperando al lado del sitio en dónde se ponían los taxis.

— ¡Buenos días, abuela, tía! — Las saludó, hablando en ruso, gritando con toda la felicidad del mundo, mientras se acercaba a aquellas dos. Las chicas imitaron a Nadezha, llegando al punto de intentar pronunciar lo que dijo ésta, letra por letra, sin saber realmente lo que estaban diciendo. Entonces, la anciana habló, deteniéndolas en el proceso:

— ¿Quiénes son todas esas niñas? ¿Por qué nadie me lo ha dicho? — Eso lo dijo con su voz ronca. Las niñas se quedaron paralizadas, al ver la cara de ogro que tenía la abuela de Nadezha e intentando comprender que quiso decir la anciana. La empezaron a observar de pies a cabeza:

Aquella mujer, que tenía el mismo nombre que su nieta, ya que los padres de la albina la bautizaron en honor a ella; era muy pequeña, cuya altura apenas superaba el de las niñas. A pesar de las arrugas y del hecho de que estaba sosteniendo un bastón, parecía más joven de lo que era, parecía tener sesenta años, cuando en realidad había cumplido este año los cien. Ésta, por su parte miró a la chica que estaba a su lado, preguntándole si sabía de esto.

— Bueno, es que se me olvidó decirle. — Eso le dijo ella con una sonrisa nerviosa.

Ella es Alesxi Vissariónovich, la hija menor de la abuela de Nadezha, una mujer con nombre de hombre. Un poquito más alta que la media de las mujeres, llevaba un vestido elegante que mezclaba el blanco y azul, parecía haber salido de una pasarela de moda. Era muy diferente a los ropajes de la anciana, que llevaba un vestido rustico que parecía hecho con piel de oso. Al igual que el resto de la familia, llevaba el pelo blanco.

A continuación, la anciana empezó a regañarla por no haberla avisado, ya que esa era su casa y tenía que saber cuánta gente iba a ir, aparte añadió que no le gustaba nada traer desconocidos a su casa. Ella le decía que lo sentía mucho y que, según su sobrina Nadezha, aparecieron de repente y la convencieron. Las niñas afinaron al máximo sus oídos, intentando entender, aunque solo fuera una frase, descifrar aquel idioma que ya deberían saber.

Al final, se cansaron de intentar traducir al ruso y empezaron a hablarle a Nadezha.

— ¡La alta para ser vieja se ve muy guapa y increíblemente joven! — Eso le dijo Alex a Nadezha en voz baja, para que sus familiares no se enterasen.

— Pero si ella acaba de cumplir los veintiocho años. — Nadezha les dijo esto, dejando a las gemelas muy sorprendidas. Luego, añadió: — ¿Por qué se sorprenden? ¿Es por el pelo blanco, no?  —

Les costó mucho responderle que sí, porque creían que su respuesta iba a enfadar a Nadezha, a pesar de que reaccionó muy normal al oírlo.

— ¿Y por qué todas las de tu familia tienen pelo blanco? — Y Josefina aprovechó para preguntarle esto a Nadezha.

— Y yo qué sé, genética, tal vez. — Eso le contestó sin darle apenas importancia, ya que apenas le interesaba saber eso.

—  Sería muy interesante estudiar cómo tu familia es albina, incluso tengo alguna que otra teoría ahora mismo. — Añadió Malan, que, con la mano bajo la barbilla, se puso a pesar sobre ese tema.

Entonces la anciana se dirigió hacia las niñas, que se pusieron a temblar cuando lo notaron, salvo Malan que estaba absorta en sus pensamientos.

 

— Ustedes, niñas no entrarán en mi casa, a menos de que se pongan una falda. — Y entonces les dijo esto, sin saber que ellas no hablaban ruso.

— Al parecer su manía por los pantalones no ha desaparecido. — Nadezha comentó esto, tras soltar un gran suspiro de alegría. Su abuela apenas había cambiado, algo que la hizo sentir muy nostálgica. Por algo, ella se puso una falda larga antes de que el tren llegara a su destino.

— ¿Q-qué ha dicho tu abuela? — A continuación, todas las chicas le preguntaron a Nadezha esto.

— ¡Qué no entraran en su casa a menos de que lleven falda! —  Y todas se miraron y vieron que tenían pantalones, menos Martha Malan, que llevaba un hermoso kimono con imágenes de pájaros. Entonces, dieron un chillido de incomprensión, ya que querían descansar en una casa de una vez; y les preguntaban a Nadezha qué iban a hacer ahora.

— Bueno, habrá que irnos de compras. — Eso fue su respuesta.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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