Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Segunda parte, octogésima tercera historia.

— ¡Qué fría tengo las piernas! ¡Me voy a morir de frío! — Eso decía una Josefina que no dejaba de temblar por lo helada que estaba. Tenía puesta una falda linda que le llegaba hasta las rodillas.

— Por eso, yo te dije que te comprará unas medias, o por lo menos una larga. — Le replicó Nadezha, mientras recordaba que sus recomendaciones eran ignorados por la cabezonería de Josefina, ya que solo se encaprichó con la falda que estaba llevando y creyendo que estaría bien protegida del frio solo con eso.

— Pues a nosotras no nos sirve, tenemos las piernas congeladas. — Eso gritaban mutuamente las gemelas, quienes llevaban medias. Nadezha les replicó que eso era porque eran muy finitas.

Mientras las chicas se quejaban por las ropas que compraron y Nadezha les replicaba, Martha Malan estaba yendo a su bola, observando una especie de termómetro que analizaba a que temperatura estaba.

— Estamos a once grados centígrados, supuestamente. — Comentó en voz baja, al ver el resultado que le dio. Todas las escucharon y se quedaron algo extrañadas, nadie había preguntado por la temperatura. Al darse cuenta, la sudafricana tuvo que disculparse y decirles que ignorasen lo que dijo.

Eran las cuatro de la tarde y las chicas volvían del supermercado, después de que la abuela de Nadezha les diera la orden de comprar comida, ya que la que tenían era insuficiente para tantas bocas. Eso sí, después de haberlas hecho prometer que no iban a comprar golosinas ni bebidas ni patatas fritas. Llevaban con ellas la mascota de la tía de la rusa, que Josefina conoció el verano del año pasado.

— ¡Miren que contento está Doge! ¡Estaba deseoso de tener un paseo! — Eso decía tiernamente Josefina, mientras el perro la tiraba de la correa.

— Se llama Nievi. — Le replicó de nuevo Nadezha, era la quinta vez que se lo decía, pero ni le hacía caso. Es más, todas empezaron a llamarlo como Doge e incluso ella misma lo pronunciaba por error a veces.

Iban tranquilamente por las calles de aquella ciudad, desconocida para las niñas, con un cielo despejado y un sol que apenas ayudaba a calentarlas.

Doge, di esto: Wow. Muy Doge. Tan meme. Tanto internet. — Eso le decía Alex al perro, mientras su hermana gemela le intentaba acariciar, pero este la esquivaba. — ¡Déjame tocarte! — Le pedía esto, muy molesta.

Tras cruzar una calle muy transitada, que daba a una vía muy importante para la salida de la ciudad, se introdujeron en un barrio residencial, que las recibió con un olor bien rico.

— ¿Huele a barbacoa? — Eso le preguntaba Sanae a su hermana, mientras olía como un perro.

— No lo sé, pero eso me está haciendo la boca agua. — Le respondió Alex.

— Seguro que están haciendo una fiesta o algo así. — Comentó Nadezha, al percatarse del olor. También empezaron a notar música y un griterío a lo lejos. Las gemelas no lo pensaron dos veces, iban a hacerles una visita.

— ¡Vamos a colarnos en la fiesta! — Eso le dijo Alex a su hermana, en voz baja. Sanae la intentó replicar: — Pero… — Pero estas simples palabras la convencieron: — Solo será un momento.  — Y con esto dicho, se quitaron del medio sin que las demás se enterasen, directas al lugar de la presunta celebración.

— ¿Con este frio? ¿Quién se atreve montar una fiesta? — Josefa preguntó muy consternada. Por nada del mundo ella haría una barbacoa fuera en pleno octubre.

— Mientras haga sol y no llueva o nieva eso es lo que importa. — Eso le respondió Nadezha, mientras miraba el cielo soleado. Ella se preguntaba cuando caería la nieve, ya que deseaba verla de nuevo y por estas fechas era cuándo toda la isla se llenaba de blanco.

A continuación, vino un silencio que duró varios pasos. Martha Malan, ya aburrida por observar la temperatura, se percató de que apenas se oía a las gemelas. Miró discretamente hacia atrás y vio que no estaban. Entonces, les comentó esto a Josefina y a Nadezha: — Por cierto, parece que Alex y Sanae no están. —

— ¿Cómo qué? — Nadezha, miró hacia atrás. — ¿¡En dónde se han metido esas niñas!? — Gritó con mueca de terror, mientras miraba por todas partes, buscándolas.

— Seguro que atraídas por el olor de la comida. — Eso le dijo Josefina. Oliendo de nuevo aquel delicioso aroma, supuso que ellas se fueron directas al origen de ese olor.

Mientras tanto, ellas, Alex y Sanae llegaron al origen del olor, a una casa llena de pinos. Ellas espiaron a través de la alambrada que rodeaba el jardín de aquella propiedad y observaron una gran fiesta. Cientos de niños y niñas jugaban por el recinto, varios adultos charlaban entre ellos, salvo los que estaban preparando una rica carne en la barbacoa; había varias mesas de plástico llenas de aperitivos y platos deliciosos, mas una pobre piñata esperando ser golpeada cruelmente. Por los gorritos, los globitos de colores y cartelitos que felicitaban a alguien, era bastante fácil de adivinar que estaban ante un cumpleaños.

— ¡Qué gran fiesta se están montando está gente! — Añadían las gemelas, muertas de envidia. — ¡Deben ser muy ricos para montar tal cosa! —

No dijeron ni una palabra más, se miraron la una a la otra y con una sonrisa de diablillo, decidieron colarse en la fiesta, divertirse un rato y comer hasta reventar. Buscaron por la alambrada algún hueco. Tuvieron mucha suerte, encontraron un enorme agujero, situado en una parte muy escondido, por el cual entraron con poca dificultad.

Con total desvergüenza empezaron a pasearse por el jardín como Pedro por su casa, sin que nadie se diera cuenta de que se habían colado, siendo su infiltración un completo éxito. Lo primero que hicieron fue dirigirse hacia la comida. También aprovecharon para reunir información:

— ¿Qué es esta fiesta? — Le preguntaron a un gordo de once años con aspecto de nerd, que se estaba zambullendo sin parar las patatas fritas de un plato.

— ¿No lo saben? Es el cumpleaños de aquel chico. — Les respondió aquel chico con mucho desagrado, mientras les señalaba al cumpleañero, que estaba sentado en la mesa central de la fiesta. Esas dos no le dieron mucha importancia, tenían que aprovechar que el gordo estuviera distraído para quitar del medio todo lo que quedaba en el plato.

— ¿Y cómo se llama? — Le preguntaron otra vez, mientras él se daba cuenta de que no había más patatas y se fue a otro plato para devorarlo sin cuartel, algo que las gemelas querían evitar.

— ¡Y yo que sé, solo he venido por la pasta! ¡Me dijo su hermana que si venía me daría unos diez dólares! ¡Casi todos estamos aquí por eso! — Les gritó de mala gana. Solo quería comer tranquilo y que le dejaran en paz esas niñas. Las gemelas, molestas por su actitud, le entraron ganas de tirarle la comida a la cara.

Pero ellas rápidamente se olvidaron de eso, al descubrir que todos los que entraron en la fiesta solo lo hicieron por el dinero. Les pareció algo muy triste y patético, pero eso no las detuvo a lamentarse por haber entrado sin permiso al cumpleaños, querían esos diez dólares.

— ¿¡Diez dólares!? — Le exclamaron al chico. — ¡Qué poco es eso! —

Ahora que sabían la verdad, decidieron aprovecharse y exigir más, gritando esto: — ¡Vamos a exigirle más dinero! ¡Diez dólares es muy poco! —

El chico ni las hizo caso, ya estaba bien con sus diez dólares. Las gemelas decidieron, a continuación, dirigirse hacia al cumpleañero y exigírselo.

El pobre, que cumplía aquel día diez años, era de una familia del continente que vino al sur de Shelijonia a vivir por cuestiones de trabajo. Tenía un pelo moreno y rebelde, y era algo más alto que las gemelas. Estaba muy feliz. Había pasado dos semanas desde que llegó y no pudo hacer amigos, creyendo que iba a pasar su cumpleaños solo. Y de repente, toda su clase y casi todo el barrio llegaron para celebrar su nacimiento. Aunque todo le parecía muy extraño, lo ignoró, disfrutando de la fiesta. Muy poco le revelarían la verdad, que todo esto solo era una elaborada mentira.

— Buenas. — Llegaron las dos gemelas, saludándole dócilmente. El cumpleañero se quedó muy extrañado, esas caras no les parecía nada familiares. A continuación, le gritaron esto:

— ¡Diez dólares son insuficientes! — Era bien obvio saber que se quedó boquiabierto cuando oyó esas palabras, el cumpleañero no podría salir de su asombro.

— ¡¿Hola, quiénes sois!? — Les dijo esto, nerviosamente.  — ¿¡Qué quieren decir con eso!? — No entendía lo que estaba pasando.

— ¿Qué no daban diez dólares para que fuera a tu fiesta? — Añadieron mutuamente. Él se quedó en blanco y todo el lugar se quedó en silencio.

— Debe ser muy triste si haces eso, es como si no tuvieras amigos. — A continuación, Alex soltó esto como burla, sin medir el daño que le causó esas palabras. Borró todo rastro de felicidad que había en el cumpleañero.

— Creo que te has pasado un poco, Alex…— Le dijo Sanae en voz baja a Alex. Ésta, al notar su reacción, tuvo que reconocerlo: — Eso parece…—

Entonces, salió de la nada una chica que las gritó fuertemente.

— ¿¡Pero qué hacéis!? ¡No le digáis eso! — Las gemelas no pudieron reaccionar a tiempo, se quedaron paralizadas, mientras pensaban que la habían fastidiado.

Era la hermana de aquel chico, una chica de diecisiete años, con un cuerpo bastante formado y con un pelo moreno, cuyo flequillo le cubría toda la frente y que le llegaba a los hombros. Tenía un característico tatuaje de mariposa en el rostro, en la mejilla izquierda. Llevaba una sudadera que decía algo obsceno y unos pantalones vaqueros que le quedaban muy grandes y se le caía de vez en cuando. Se dirigía hacia ellas con gran enfado y miedo, ya que no quería que su hermano se enterase de la verdad.

— No es verdad, solo es una tontería de estas chicas.  — Le gritó a su hermano, quién estaba en blanco; intentando engañarlo aún más.

— ¿Pero quienes sois? ¡No estáis en la lista de invitados! — Luego, se dirigió a las gemelas, gritándoles esto. Éstas se pusieron a temblar, al ver que la habían descubierto.

— ¡Es que nosotras somos unas invitadas sorpresa! — Las gemelas se excusaron con esto, antes de salir corriendo como locas.

— ¡Hey, niñas, volved ahí! — Les decía con la intención de perseguirlas, pero una frase de su hermano la detuvo, que tras darse cuenta de toda la farsa, soltó estas palabras con tristeza: — ¡Ya lo entiendo todo! —

— Todo esto es solo otro de los trucos de mi hermana. — Y a continuación, gritó esto.

— Solamente quería hacerte feliz, es que te sentías muy triste y todo eso, ya que nadie iba a ir a tu cumpleaños. — Su hermana intentó explicárselo.

— Además de que ellos…— Intervinieron sus papás, refiriéndose a sus amigos. —…han venido por voluntad propia.

Ninguna explicación sirvió, el chico les gritó a todos esto: — ¡Idiotas, es que sois idiotas! — Antes de introducirse a su casa, con la intención de ir a su cuarto a llorar.

Tras ver como el cumpleañero se fue de la fiesta, se formó un silencio que duró varios segundos, los invitados tardaron en reaccionar.

— ¿La fiesta ha acabado? — A continuación, algunos de los invitados empezaron a preguntarse esto, tras observar ese espectáculo.

— ¿Nos podemos ir? — Y otros les preguntaban a los anfitriones esto, ya que la situación se les hizo tan incómoda que no tenían ganas de estar ahí.

— Te lo dije, si lo descubría, su autoestima se iría al carajo. — Eso dijo su padre, después de que el silencio se fuera.

— Hay miles de capullos en el mundo que invitan con dólares a todo el mundo y no pasa nada. — Eso le replicó su hija, molesta por la reacción exagerada de su hermano.

— Ya entenderá que lo hiciste por él. — Tras decir este pequeño consuelo, el padre siguió a lo suyo. Puso los últimos preparativos para acabar con la carne que les quedaban, junto con sus amigos, como si no pasara nada.

Ésta empezó a gritarles a los demás que la fiesta ya había terminado y que se fueran yendo. Salvo por los amigos de sus padres, el resto empezó a irse de la fiesta, yendo por la puerta trasera del jardín. Malhumorada, empezó a observar el fin del cumpleaños que le hizo a su hermano y entonces, se encontró a las chicas que le arruinaron la fiesta, saliendo debajo de una mesa, ya que se escondieron ahí, andando de puntillas para que no le pillaran.

— Vosotras, ¿adónde os vais? — Les gritó furiosamente, tanto que asustó a su padre y a sus amigos, que tiraron carne al suelo sin querer.

Las gemelas se paralizaron, al momento. Luego, al ver que esa chica iba a por ellas, salieron corriendo y empezaron a dar vueltas por el jardín de la casa. Entonces, se oyó el timbre de la casa. El padre se fue a abrirlo y, al hacerlo, se encontró con Nadezha, Malan y Josefina.

— Perdón por molestar,… — Le decía Nadezha. —…pero, ¿aquí han entrado dos niñas muy iguales, que son gemelas, a su fiesta? — Él dijo que sí y de repente, aparecieron ellas, Alex y Sanae, saliendo por la casa y abrazando a la rusa.

— Nadezha, ayuda. — Les gritaba. — ¡Nos quieren pegar! —Pero, al final, fueron golpeadas por la misma Nadezha, quién estaba muy enfadada y muy preocupada, que les dio unos fuertísimos tortazos en sus traseros.

— Así aprendéis a no desaparecer de la nada. — Les gritó esto, después de darles su merecido. Las gemelas le pidieron disculpas, mientras ponían sus manos en sus traseros por el dolor. Josefina y Malan aprovecharon para preguntarles que habían hecho.

Entonces apareció la hermana del cumpleañero, quién le preguntó a Nadezha, con muy malas pulgas:

— ¡¿Son tus hermanas!? — Nadezha, bastante aturdida por la situación, le iba a decir que no, pero ni la dejó hablar: — ¡Por culpa de esas chicas, mi hermano está llorando, quiero alguna compensación! —

Nadezha se quedó en blanco, lanzando un grito de incomprensión. Luego, se dirigió a las gemelas, temiendo fuertemente que estas hubieran cometido alguna barbaridad, preguntándoles esto: — ¿Qué habéis hecho? —

La única respuesta que recibió fue que aquellas dos se pusieron a silbar, haciéndose las inocentes.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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