Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Cuarta parte, octogésima tercera historia.

—…Y ante nosotras, está este gran edificio colonial, que funciona como archivo municipal. Es quizás uno de los más grandes de toda la isla. —

Eso decía Nadezha, mostrándole a los demás un gran edificio situado en el centro urbano, como si fuera una guía turística. Thelma Nixon se sentía humillada, ya que fue ella quién se propuso a enseñar a aquellas forasteras Gualeguaychúl y al final, una de las visitantes estaba haciendo su trabajo, porque apenas sabía nada de la ciudad en realidad. Por su parte, nuestra albina ya lo conocía como si fuera su casa, gracias al hecho de visitarlo varias veces anteriormente.

Malan era la única que escuchaba con total interés y atención sobre todo lo que contaba Nadezha, llegando a preguntar todo tipo de cosas relacionadas con lo que estaba hablando. Josefina se estaba quedando dormida, dando bostezos cada dos por tres; Thomas solo estaba ocupado en observarla con una cara de tortolito y las gemelas Alex y Sanae estaban más atentas en comer unos dulces que compraron por el camino que por las palabras de la albina. Eran las cuatro de la tarde y se pasaron todo el día dando vueltas por la ciudad, visitando las cosas más interesantes que había ahí, que eran más de lo que habían imaginado. Salvo por la africana y la rusa, todos estaban agotados y querían descansar de una vez, pero éstas dos no paraban. Tras visitar la biblioteca del centro, se subieron en un autobús, algo que provocó alegría en el personal, creyendo que por fin terminaron:

— ¡Por fin, vamos a casa! — Decía Josefina, tras dar un suspiro de alivio, mientras luchaba por no quedarse dormida.

— ¿Qué dices? Solo nos falta visitar una cosa. — Le dijo Nadezha. Tras soltar esas palabras, todos lanzaron un grito de conmoción.

Aquella súbita reacción provocó que la rusa les quisieran preguntar por qué chillaron de esa manera, pero Malan la interrumpió, preguntándole esto llena de emoción: — ¿A dónde? —

— Al lugar más famoso de todo la ciudad, ¡Sus viejas ruinas! — Hablaba de aquel lugar que ella y las demás vieron antes de llegar a Gualeguaychúl en el tren.

Nadezha deseaba volver a verlo de nuevo, habían pasado largos años desde que lo visitó en una excursión a principios de primaria. Lo único que ella recordaba era lo asombroso e impresionante que era aquel lugar y deseaba repetir aquella experiencia. Estaba igual de emocionada que Malan, quién tenía mucho interés en conocerlo desde que lo observó desde el tren. El resto solo quería terminar y volver a casa para descansar. Por desgracia, cogieron la línea que les llevaba directamente a aquel lugar y que apenas pasaba por dónde estaba la casa de la abuela y la de los Nixon. No tenían más remedio que aguantar un poco más. Tras un largo viaje de quince minutos, llegaron finalmente a su destino.

— ¡Ya estamos en las puertas del viejo Gualeguaychúl! — Eso gritaba eufórica Nadezha cuando bajaron en la parada.

Malan también lanzó un grito de euforia mientras levantaba la mano, los demás hicieron lo mismo inconscientemente, aunque fue hecho con los ánimos más bajos posibles, minados por el cansancio.

Aunque veían a las ruinas y la montaña en dónde fueron construidas, les faltaba unos cuatros metros para llegar al recinto, ya que el autobús solo las dejó en la plaza del barrio que creció a costa de la zona turística. Por eso, Nadezha empezó a correr hacia la entrada de las ruinas, siendo seguida por Malan, con la misma energía que ella. Los demás la siguieron como si ellos estuvieran arrastrando una bola de hierro. Tras recorrer la arteria principal, llegaron a otra explanada en dónde al acceso hacia los vestigios de otra época. Y fue entonces cuando la albina se llevó una gran sorpresa:

— Espera, espera… ¿Tengo que pagarlo, en serio? — Le gritaba Nadezha al guarda que vigilaba la entrada. Éste, solo le movió la cabeza para decirle que sí, mientras estaba tan inmóvil como una piedra. Ella no se lo podría creer.

— ¿Cómo que sí? Cuando yo vine aquí la última vez, ¡podrías entrar sin pagar, era gratis! — Le gritaba encolerizada. — ¡Y además es muy caro, carísimo! ¡Son veinte dólares, por el amor de Dios!—

— Es lo que hay. — Le replicó el guardia sin mover ni un músculo. Luego, él les señaló la caseta en dónde entregaban las taquillas para entrar a las ruinas. Nadezha, molesta por su reacción, casi iba a hacer una barbaridad.

— ¡Oye, tía! — Pero fue detenida por Thelma. — ¡Cálmate! —

Era incapaz de alzar la voz muy fuerte, porque estaba muerta de vergüenza por el comportamiento que estaba mostrando Nadezha. Todo el mundo que salía o entraba de las ruinas las miraba con atención y ella no quería ser relacionada con una chica que parecía a punto de golpear a un guardia de seguridad solo por el precio de una atracción turística.

— ¡No me voy a calmar, porque esto es un robo! — Le replicó Nadezha, a gritos, como si fuera un ogro. Ésta decidió dejarla en paz, con el temor a ser golpeada. Al final, la albina no hizo nada grave, salvo el hecho de decir montones de cosas nada bonitas hacia a él, a los responsables de la ruinas e incluso al gobierno de los Estados Unidos. Tuvieron que llevársela a la fuerza, al ver que el guardia iba a llamar a la policía, harto de ella.

— ¡No te pongas así, solo son unas ruinas! — Le dijeron las gemelas a Nadezha, tras pasar unos minutos.

Ella estaba sentada en un banco de piedra, al lado de un kiosco; y seguía estando enfadada, gritando todo tipo de sinsentidos. Las gemelas, al notar que su actitud no cambiaba, intentaron tranquilizarla con esas palabras. Querían pedirle que le diesen dinero para comprar algunas chucherías, ya que ellas observaron que no tenían lo suficiente; pero les daba mucha cosa decírselo en su estado actual. Fue en vano.

— ¡Esto es un completa injusticia! — Gritaba Nadezha, llena de furia y rabia. — ¡Malditos useños, ahora nos roban nuestros monumentos y nos cobran un montón para verlos! ¡Serán hijos de puta! — Entonces, ella se levantó y empezó a darle a un árbol puñetazos para tranquilizarse. Todos dieron un gran suspiro al verla actuar así.

— ¡En serio, tranquilízate! ¡Ellas tienen razón, son unas putas ruinas! ¡No es para tanto! — Thelma, aterrada por lo violenta que estaba siendo aquella chica y por ser multadas por aquel comportamiento incivilizado, intervino.

— ¿¡No es para tanto!? ¡¿No es para tanto!? ¡Son nuestras ruinas! — Y solo consiguió que la gritará con tanta intensidad, que creyó que la iba a matar.

— Vale, vale. — Eso le soltaba muy aterrada, al escuchar su réplica.

— Cuando alguien se pone así, deberían dejarla sola por un momento, hasta que desahogue. — Comentó Malan en voz baja a Thelma.

Ella había aprovechado el momento para reunir información en las ruinas, hablando con varias personas, tanto a los trabajadores del lugar como a varios visitantes que salían de ahí; y coleccionando folletos. Se acercó a Thelma, con una sorprendente tranquilidad, como si nada grave estuviera pasando; para avisarle de que sus palabras no servían de nada, antes de leer todo lo que había coleccionado.

— ¿Podemos volver a casa? — Por su parte, Josefa no dejaba de preguntar esto.

Como ella no paraba de repetirlo, a estas alturas todo el mundo la ignoraba, salvo Thomas, que se lo decía a su hermana cuando lo escuchaba. Thelma le replicaba que ya lo sabía y que le dejará en paz.

Cuando Josefa vio que nadie iba a responderla, soltó esto: — ¡Me da pena Nadezha! — Por alguna razón, se compadeció de ella.

Todos los demás se quedaron mirándola, preguntándose qué parte de pena veía en ella. Thomas intentó observarla detenidamente para encontrar el porqué Josefina se compadeció, pero solo sintió miedo por la actitud de Nadezha. Rezó para que Josefa no se volviera como la albina.

— ¡En verdad, es muy caro! — Comentó Sanae con una mueca de horror, al mirar los precios de la entrada en unos de los folletos que se trajo Malan.

— ¿Todo esto solo por una ruinas? — Añadía Alex, mientras ojeaba lo que Sanae tenía en sus manos. — ¡Estos ricos siempre se gastan su dinero en montón de tonterías, le gustan que le estafen! — Con aura de superioridad,  le dio la razón a su hermana y ellas empezaron a burlarse hacia a los ricachones.

A continuación, esperaron un buen rato hasta que Nadezha se cansara de maltratar a los árboles. Y cuando vieron que ella se detuvo, poniéndose a mirar durante unos segundo cómo se destrozó sus manos por usar un árbol como un saco de boxeo, se acercó a ellos y les soltó eso, muy decidida:

— ¡Gente, voy a entrar ahí, sí o sí, sin permiso! — Todos se quedaron con la boca abierta.

— ¿¡Estás loca!? — Le gritó Thelma, al escuchar eso.

— Voy a protestar contra esto, contra el abuso del turismo. Se coge toda cosa histórica solo para hacerlo como museo, para que todos los pringados les tiren dinero. Y lo haré entrando ahí. — Con estas palabras, Nadezha miró hacia la entrada de las ruinas de forma innecesariamente valiente y empezó a andar de forma épica, como si estaba a punto de luchar contra una injusticia o un poderoso enemigo.

— ¡Oye, oye, nos vas a meter en un lio si haces tal estupidez! — Añadió Thelma, en un intento por detenerla. No deseaba meterse en problemas, no quería que sus padres la matasen por entrar ilegalmente en un recinto, sobre todo porque su hermano pequeño estaba a su cuidado.

— No os obligó a ir, ¡porque esta es mi lucha! — Nadezha se detuvo un momento para soltarle estas palabras, actuando como si fuera un verdadera heroína. Thelma, muy consternada ante esa exagerada actitud, empezó a preguntarse qué si se había vuelto loca. Luego, descubrió que ella no era la única que perdió un tornillo.

— ¿Te podemos acompañar? — Le preguntaron las gemelas a Nadezha. La emoción de entrar en un recinto sin permiso era demasiado atractivo para no ignorarlo y sucumbieron fácilmente a la tentación. Ellas querían sentirse como en una película de espías, entrando a lugares prohibidos; y gratis además.

— Yo también me voy a manifestar. — Y Malan también se unió. Sabía que la protesta no tenía sentido y era ilegal hacerlo, pero deseaba ver aquellas ruinas y no iba a perder ninguna oportunidad.

— ¿Pero no tienen cabeza o qué? — Les gritó a las chicas que se unieron, incapaz de creer lo que estaba pasando.

Indecisa, no sabía qué hacer y se dirigió a los que estaban en duda. Veía a Josefina muy nerviosa, quién estaba dudando si participar o no. No quería meterse en un lío e acabar a la comisaría, pero quería ir con ellas, creía que hacer eso se convertiría en un hermoso recuerdo de la adolescencia. Tras mucho dudar, eligió esto:

— ¡Yo también! ¡Yo también! — Les gritaba a las demás, mientras corría para alcanzarlas. Y ya solo quedaban Thelma y su hermano pequeño.

— ¡Espérame! — Por desgracia, al ver cómo Josefina se iba, la siguió como si fuera un perrito, dejándola sola.

Con la boca abierta, se quedó mirando cómo se alejaba, incapaz de decirle que estaba cometiendo una locura. Enfadada con su hermano y sintiéndose sola, no tuvo más remedio que elegir lo incorrecto. Salió corriendo para alcanzar al grupo.

— Yo también tendré que ir, ¡pero si nos ocurre algo, será tu culpa! — Eso le gritaba a Nadezha, mientras los alcanzaban. La albina solo emitió una pequeña respuesta, que molestó un poco a Thelma.

A continuación, con la esperanza de encontrar algún hueco o una entrada abandonada para entrar, empezaron a rodear la valla de metal que separaba las ruinas del resto del mundo. Fueron por la derecha, introduciéndose entre los árboles, con cuidado de que alguien les viera. Tras caminar un buen rato, después de pasar por un complicado camino lleno de molestas ramas, ellos salieron del barrio y estaban detrás de las ruinas. No se esperaban ver lo que vieron. Creyeron que aquel muro rodeada todo el recinto, pero vieron que era incompleto, parecía que se olvidaron de construir lo que quedaba y lo dejaron a medias. Algo que enfureció muchísimo a Nadezha:

— ¡Esos desgraciados! — Parecía que echaba humo. — ¡Ni siquiera se han dignado a terminar una puta valla, lo han dejado a medias! ¡Y luego ellos tienen la caradura de pagar la entrada a precios elevados! — Empezó a patear el suelo por la rabia que sentía — ¡Serán ladrones! —

— Aunque, es cierto. Si construyen una valla, por lo menos, deberían hacer el favor de rodear toda la zona. — Añadió Thelma, sorprendida ante tal chapuza.

Nadezha no podría consistir aquel fraude, les hacía pagar un montón de dólares para entrar en un sitio que ni siquiera cumplía con buena seguridad. Incluso empezó a pensar que el dinero al que dedicaron a ese muro acabó en bolsillos ajenos y eso la enojó aún más de lo que estaba. Entró al recinto con una mirada tan aterradora que congelaba de miedo a los presentes, mientras daba pasos fuerte y violentos, y soltaba sinsentidos.

— ¿No está mejor así? — Le preguntó Sanae a su gemela al oído. — Pero es un poco rollo, es muy fácil. — Le contestó Alex, algo decepcionada. Tener la valla hecha a medias quitaba un poco la emoción.

— ¡No puedo esperar, quiero ver todo eso ya! — Por su parte, Malan entraba felizmente al recinto, llena de emoción. Los demás la siguieron.

— De esta me voy a arrepentir. — Comentó Thelma, tras dar un gran de suspiro de fastidio, antes de meterse en el recinto.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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