Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Quinta parte, octogésima tercera historia.

Al llegar a los pies de aquella ciudad excavada en la roca, se quedaron con la boca abierta, se veía mucho más majestoso y imponente visto de cerca. Tras caminar un poco entre la arbolada, mientras rodeaban el peñón, ellos pudieron llegar a la cuesta que les llevarían hacia las ruinas, cruzando por unas especies de enormes piedras que se usaron como torres vigías. Se veía cientos de pequeñas edificaciones que sobresalían de las paredes rocosas, dejando bien claro que eran hechos por la mano del hombre; también se observaba lo que parecían ventanas y entradas hacia al interior, mas cientos de escaleras y ramplas que comunicaban varias partes del lugar. Mientras los últimos visitantes y sus guías turísticos terminaban de conocer aquellos vestigios, ignorando la presencia de los chicos, estos se quedaron un buen rato contemplando aquella maravilla.

— ¿Podemos entrar ahí dentro? — Las gemelas Alex y Sanae fueron las primeras en reaccionar, preguntándole esto a Nadezha. Deseaban meterse en aquel lugar y buscar algo valioso para venderlo.

— ¿¡No decían que iban a protestar conmigo!? — Les replicó Nadezha. En primer lugar, ella nunca pensaba meterse en las ruinas, sino ponerse a gritar que les estaban robando sus monumentos solo para estafar turistas, que ni siquiera se dignaron a terminar la valla. Solo quería montar un espectáculo.

— Eso lo haremos después. — Les respondieron las gemelas de una forma muy desinteresada. Nadezha dio un suspiro de fastidio, porque ya sabía que esto pasaría. Como no podría dejarlas solas ni tampoco podría ponerse a protestar mientras ellos visitaban las ruinas, decidió primero hacer turismo, luego protestar, distrayendo a los trabajadores de recinto, mientras el resto salían corriendo del lugar.

— Pues vamos a hacer turismo. — Eso soltó Nadezha, quién se dirigió hacía al interior de las ruinas. Todos la siguieron sin rechistar, aunque Thelma protestó:

— ¡¿Qué!? Primero entramos para protestar y ahora que estamos aquí, ¡¿vamos a visitar el lugar!? ¡No tiene sentido alguno! — Era incapaz de entender qué les pasaba por la cabeza. Fue ignorada, todos se alejaron, mientras ella se dedicaba a protestar.

Al darse cuenta, salió corriendo para alcanzarlos, gritándoles que no la dejarán sola.

Al subir por la suave pendiente, llegaron a las primeras casas que estaban excavadas en la pared rocosa. Nadezha les decía que no se alejaran del grupo o iban a perderse, aunque nadie la hacía caso. Ella no fue capaz de vigilarlas, ya que las ruinas absorbían toda su atención. Miraba dentro de algunas casas y de cavidades que iban directos al corazón del peñón. Al parecer, según lo que decían varias placas para orientar a los turistas, el lugar estaba tan lleno de cuevas y grutas que parecía un verdadero laberinto.

Tardó bastante darse cuenta de aquel extraño silencio que llevaba un buen rato percibiendo. Se preguntaba por qué las chicas estaban tan silenciosas. Finalmente, decidió mirar a su alrededor, pero solo estaba Thelma:

— ¿Dónde están los demás? — Eso le preguntó, con una mueca de terror. Se quería golpear la cabeza contra la roca por haber sido tan imprudente, o a Thelma por no haberlas vigilado correctamente. Esperaba que ella le diese una respuesta que no le diera un ataque de nervios.

— Y yo que sé, solo estaba preocupada de caerme. — Miraba con temor hacia al fondo. Su cabeza no dejaba de producirle grandes temores y ella se pegaba desesperadamente a la pared rocosa, a pesar de que había espacio suficiente en el lugar dónde estaban, que además era el punto más alto de toda aquella ciudad abandonada, para rellenarlo con más de diez o quince personas. Apenas se atrevía a asomarse al filo, a pesar de que pusieron una buena barandilla para evitar tales desgracias.

Nadezha no se atrevió a echarle toda la culpa, al notar que ella padecía pánico a las alturas, provocando que no pudiera estar atenta de los niños.

— ¡Mierda, se los dije! — Eso gritó, llena de ira y culpabilidad. Salió corriendo como un guepardo con la intención de encontrarlos, mientras Thelma le gritara desesperadamente que no corriera, mientras caminaba con mucho temor y lentitud.

Mientras tanto, en lo más profundo de aquel laberinto, se encontraban las gemelas Alex y Sanae, que entraron en aquel lúgubre lugar en buscar de algún rastro de tesoros. Siendo iluminadas por pequeño focos, intentaban bajar lo máximo que podrían.

— ¿De verdad habrá algún tesoro por aquí? — Eso le decía su hermana Sanae a Alex, que creía que tal vez habían rapiñado todo el lugar y no quedaba nada.

— Seguro, que sí. Algo que los arqueólogos no han visto.  — Le respondió su hermana con toda seguridad del mundo.

— ¿Cómo estás tan segura de eso? — Sanae no estaba muy segura de que estuviera en lo correcto.

— Porque los arqueólogos están todo el día luchando contra organizaciones secretas para conseguir objetos con poderes sobrenaturales.  No le dan ni tiempo para encontrar todas las cosas valiosas — Se creía, al cien por cien, que los arqueólogos eran los mismos que las películas de Indiana Jones.

— Oh, tiene sentido. — Y su hermana la creyó con la misma facilidad.

Y ellas siguieron caminando por aquellos oscuros pasillos, ignorando los carteles, escritos en ruso, de que no estaba abierto al público. Ni siquiera la nula presencia de focos impidió que siguieran adelante, ya que casualmente encontraron una linterna útil, tirada en el suelo.

En otro sitio, Josefina y Thomas estaban solos y perdidos. Josefa buscaba desesperadamente la salida, mientras el chico estaba tan nervioso por estar a su lado que temblaba como un flan.

— ¿Te pasa algo? — Eso le preguntaba Josefa, creyendo que él estaba totalmente aterrado porque estaban perdidos.

— N-no es nada. — Le respondía titubeando, incapaz de creer que estaba a solas con ella. No sabía qué decir o qué hacer, no quería que ese momento se terminase, pero también deseaba lo contrario. Estaba hecho un lío.

— No te preocupes, seguro que vamos a encontrar la salida. — Josefina intentaba tranquilizarlo, a pesar de que ella tenía mucho miedo, pero que, por algún motivo, lo ocultada.

— N-no es eso…— Thomas intentaba mantener sus emociones bajo control, pero solo conseguía preocupar aún más a Josefa.

— Yo estaré aquí, así que no te pasará nada malo. — Que aún intentaba mostrar una imagen de confianza, para no sucumbir ante el pánico de estar totalmente perdidos

Nadezha y Thelma, tras haber buscado por todo el exterior de las ruinas, gritando sin parar sus nombres; no tuvieron más remedio que introducirse en el interior del peñón.

— ¿Dónde estamos? Todo me parece igual. — Preguntaba Thelma, muy consternada, mientras observaba el pasillo que estaba recorriendo. Había pasado unos cuantos minutos desde que entraron y ya estaba sintiendo que estaban dando vueltas, intentando evitar a toda costa la idea de que estuvieran perdidas.

— No te preocupes, ya he visitado este lugar, no nos vamos a perder. — Le respondí Nadezha, quién creía que sus memorias le ayudarían a recorrer aquel laberinto. Al final, tuvieron que pasar varios minutos, yendo de un lado para otro sin encontrar alguna señal para orientarse, para que ella reconociera que sus memorias no ayudaron mucho.

— Retiro lo dicho, estamos pérdidas. —Eso le dijo con mucha vergüenza, tras llegar a un trifurcación. Incapaz de saber si ya habían pasado por aquel lugar o de cuál tenía que elegir, se dio cuenta de la verdad.

Al soltar Nadezha esto, avergonzada; Thelma se puso histérica y empezó a gritarla, como loca pidiendo ayuda.

— ¡Vamos a morir, nos vamos a morir de sed y de hambre! — Y Thelma se puso muy histérica, empezando a gritar como loca. Cayó de rodillas al suelo y, entre lágrimas, le echaba la culpa a Nadezha y pedía ayuda.

— No seas tan exagerada, ni siquiera estamos en peligro.  — Nadezha le intentaba tranquilizar, pero no surgía efecto.

Pero el eco de aquellos gritos de desesperación se extendió por todo la galería, llegaron a los oídos de los demás.

— ¿Qué es eso? — Josefina, al notar aquellos gritos de ultratumba, se puso pálida y abrazó instintivamente a Thomas.

Mientras preguntaba aterrada si lo que estaban oyendo era un fantasma o algo parecido, Thomas soltaba esto en voz baja, incapaz de creer lo que estaba sintiendo: — ¡Oh Dios, m-me está, está, está…! —

Estaba teniendo un contacto corporal con una chica por primera vez en su vida, comprobando de primera mano lo suave y blandita que era Josefina.

Totalmente rojo, estaba agradeciendo mentalmente al fantasma o lo que estuvieran oyendo por darle esta hermosa oportunidad.

Unos metros más abajo, las gemelas, al percatarse de aquel terrible sonido, no pudieron contener la curiosidad y deseaban saber su origen, a pesar del miedo. Subieron a toda prisa y al llegar al siguiente piso, chocaron contra algo, oyendo cómo alguien se caía.

— ¿Q-quién eres? — Gritó Alex con temor, mientras alumbraba hacia la persona con quién habían chocado. Con gran alivio, comprobaron que solo era Malan:

— Solo soy yo. — Eso les respondió ella, que cayó al suelo, mientras se levantaba y se sacudía su ropa. Entonces, las gemelas se dieron cuenta de que llevaba un objeto en una de sus manos, el cual la africana observó detenidamente si había sufrido algún tipo de daño.

—Menos mal que no se ha roto. — Dio un suspiro de alivio al comprobar que estaba ileso.

— ¿Qué eso? — Le preguntaron Alex y Sanae, que observaron un poco aquella cosa.

Era una máscara de piedra que daba mucha grima, parecía que intentaba imitar a un rostro humano lleno de agonía y dolor. Rápidamente las dos chicas miraron hacia al otro lado, intentando ignorar aquella cosa que le estaban poniendo los pelos de punta.

Martha Malan, muy emocionada, empezó a explicarles que lo encontró en el interior de una de las supuestas viviendas, tras descubrir un lugar de almacenamiento oculto, mientras se ponía a descansar. Luego, se puso a contarles a las chicas, sin que éstas le preguntaran, por qué le parecía un objeto tan interesante, montando todo tipo de teorías estrafalarios para explicar sus funciones o sus usos. Cuando Alex y Sanae, cansadas de escucharlas, la interrumpieron, les dijo que enseñárselo lo más rápidamente posible a Nadezha, creyendo que se iba a alegrar mucho.

Entonces, Alex le gritó esto: — ¡No se lo digas a Nadezha! —

— ¡¿Por qué!? — Preguntó Malan. Sanae también dijo lo mismo y su hermana le respondió al oído que esa cosa podría sacarles de la pobreza.

Aunque no habría necesidad de decirlo en voz baja a su hermanita, ya que luego se le contestó lo mismo a Malan: — Porque con esta cosa, podemos ganar mucho dinero. — Pensaba en dárselo a Mao y que éste lo vendiera a un gran precio, así ellas ganarían mucho dinero. Y en caso de enseñárselo a Nadezha, ésta se lo regalaría a un museo sin ningún otro beneficio.

— Es patrimonio cultural, sería ilegal. Están en las leyes. — Les replicó Malan, quién entendió perfectamente sus intenciones, y quería avisarles de que estaban proponiendo hacer un delito.

— ¿Qué es eso? — Las dos chicas se quedaron muy extrañadas, incapaces de entender que quería decir ella con “patrimonio cultural”. Era la primera vez que lo oían en su vida. Al ver la cara que pusieron al escucharlo, Malan quiso explicarles paso a paso aquel concepto y por qué era un delito lo que estaba proponiendo.

— Mejor no, no. — Ellas se negaron, moviendo la mano de un lado para otro. Ya aguantaron una larga e incomprensible explicación sobre una máscara que daba grima, no querían que le hablasen de leyes.

— Necesitamos dinero. — E intentaron mostrarle pena, aunque no fue nada conveniente.

— Yo no. — Malan se creyó que se referían a las tres.

— Nosotras sí. — Ellas le replicaron y, a continuación, empezaron a contar la pobreza que sufrían, mezclando mentiras y verdades, desde el verdadero hecho de que su padre estaba en una secta y todo el dinero que conseguía iba directo al grupo, hasta la falsa historia en dónde eran perseguidos por la mafia china.

— Por eso, ¡por favor, regala esa cosa para nosotras, lo necesitamos para salir de la pobreza! — Concluyó Alex, tras soltarle todo eso.

— ¡Es una cuestión de vida o muerte! — Añadió Sanae, que además hizo teatro. Para generar pena, empezó a suplicarla y lanzar ojos de cocodrilos.

Al final, lo consiguieron, Malan soltó estas palabras: — ¡Os lo daré! — Y se las dio. No cayó ante aquel chantaje emocional, pero todo el esfuerzo que pusieron para que cayera en la trampa provocó que Martha decidiera dárselos.

 

— Pero si Nadezha se entera nos mata. — De todos modos, ella respiraba tranquila. Estaba realmente que la albina las iba a pillar de todos modos, no conseguirían ocultarlo.

— ¡Haremos todo lo posible para ocultarlo! — Ni las gemelas estaban muy seguras de conseguirlo, pero lo iban a intentar de todas maneras.

Entonces, empezaron a escuchar el eco de unas voces que poquito a poco se volvían más claros y parecían muy familiares. Malan rápidamente se dio cuenta de que eran de Nadezha y las demás. Les dijo a las gemelas que ya estaban cerca y escondieron la máscara en una mochila que Sanae llevaba encima desde que salieron a conocer la ciudad. Recorrieron veloces por aquellos pasillos y tras subir unas escaleras, se encontraron con el grupo.

— ¡Por fin estamos juntos! — Exclamó Nadezha muy aliviada, tras verlas sanas y salvas.

— ¡Qué alivio! — Añadió Josefina muy feliz de que todos se habían reunidos.

Las gemelas y Malan le saludaron y le hablaron como si no hubieran hecho nada. Nadezha aprovechó para gritarles esto:

— ¡No vuelvan a separarse de nosotros! ¿¡Sabéis lo preocupada que yo estaba cuando me di cuenta de que no os veía por ninguna parte!? —

Fue el inicio de la larga regañina que les hizo a todos, incluyendo a Thelma, que no fue capaz de defenderse y explicarle que todo fue culpa del vértigo. Todos le dieron todo tipo de excusas, algunas muy convincentes y otras no tanto, mientras le pedían perdón. Al terminar con eso, decidieron a buscar la salida, porque aún estaban perdidas.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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