Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Sexta parte, octogésima tercera historia.

— ¿Ya es de noche? — Eso se preguntaba Thelma mientras observaba el cielo. — ¿Cuánto tiempo hemos estado perdidos? — Sentía que habían pasado una eternidad allí dentro.

Por fin habían llegado a la superficie, tras pasar horas, o eso sintieron, en aquel laberíntico lugar. Y ahora estaban observando como la luna subía poquito a poco por el cielo nocturno.

— ¡Ha sido horripilante, nunca volveré por aquí! — Por su parte, Josefa gritó esto. Ella se arrepintió mucho de haber entrado al interior del peñón, siguiendo a las demás. Además de haberse perdido en un lugar oscuro, se llevó varios sustos que casi le dieron algo.

A continuación, mientras los demás empezaron a quejarse de aquella visita que tuvieron, Nadezha notó como su móvil no dejaba de vibrar y lo miró. Ya llegaba cobertura al móvil y estaba recibiendo un montón de mensajes y llamadas pérdidas. Gran parte eran de su tía, preguntando si estaban bien y  en dónde se encontraban, también le preguntó si iban a cenar y mencionó que tanto ella como la abuela estaban muy preocupadas. A pesar de que no sabía muy bien que decirles, rápidamente se puso a contestarla. Mientras intentaba, después de responder que estaban bien, darles una explicación satisfactoria, los quejidos de las gemelas le distraían:

— ¡Esta mochila es muy, muy pesada! — Eso decía Alex, que empezó a sentir como le dolía la espalda por culpa del peso excesivo que llevaba.

— ¿Quieres que la lleve yo? — Y Sanae le soltó esto, preocupada por su gemela.

— No se preocupen.  — Entonces, Nadezha se ofreció para ayudarlas, tras mandar su mensaje. — ¡Lo haré yo! —

— Espera, un momento…— Se pusieron muy nerviosas al oír a Nadezha. — ¡No estoy cansada, solo le estaba mintiendo a Sanae para que lo llevará ella! — Le dijo Alex con una sonrisa falsa en su cara y su gemela añadió: — ¡Sí, sí! ¡Es que mi hermana es muy puñetera! — Se puso a reír de una forma tan nerviosa y falsa que levantó sospechas fácilmente.

— Sospechoso… — Comentó Nadezha al notar aquel comportamiento.

— ¿Sospechoso? Nosotras no tenemos nada, nada sospechoso, lo juramos por Dios. — Movieron las manos de un lado para otro para dejar claro que decían la verdad y que no pasaba nada raro, pero solo se vieron mucho más sospechosas que antes. Empezaron a sudar la gota fría, al darse cuenta que todos empezaron a observarlas, salvo Malan, peguntándose por qué esas dos estaban comportándose de esa manera.

— ¿Qué ocurre? N-no hemos hecho n-nada malo, ¡os lo juramos! — Gritó Alex, intentando recuperar la credibilidad que estaban perdiendo.

— ¡E-es verdad! — Añadió Sanae desesperadamente.

Pero, al final, no pudieron aguantar la presión. En cuestión de segundos, tiraron la mochila al suelo y salieron corriendo.

— ¡Eh, vosotras! ¿¡P-por qué huís!? — Les gritaba Nadezha, quién empezó a perseguirlas. — ¿¡Qué habéis hecho!? ¡Por el amor de Dios! —

— ¿Pero qué les ocurre a esas? — Se preguntaba Thelma, mientras las miraba corriendo como locas, mientras Nadezha las perseguía. Parecía una escena de documental, cuando la leona persigue a sus presas.

— Solamente cogieron sin permiso un objeto que pertenece al patrimonio cultural e histórico de este lugar. — Malan respondió con estas palabras su pregunta, dejándolos sin habla. No entendieron qué quería decir ella con eso y le pidieron que lo dijera más claro. Les señaló la mochila, mientras les decía que habían cogido algo de las ruinas y lo escondieron ahí. Josefa decidió abrirlo y comprobar qué era aquella. Al contemplarlo, casi dio un chillido, creyó por un momento que era la cara de una persona.

— ¿Qué es esto? — Y luego, con cara de miedo y asco, sacó la máscara de la mochila, comprobando que solo era un objeto feo y aterrador.

— ¿Por qué se llevan una cosa tan fea? — Añadió Thelma, que lo estuvo observando durante unos segundos. A ella le entró mucha grima e esquivó su mirada de aquella cosa tan perturbadora. Se cuestionó sobre el gusto que tuvieron que tener los antiguos moradores de aquella ciudad de piedra.

Malan decidió explicarles toda la situación, resumiéndolo lo mejor posible y de una forma que pudiera ser muy entendible, algo que consiguió.

— ¡Ya entiendo! — Eso decía Thelma, tras escucharla. — En cierta forma, esta cosa podría ser muy popular entre los coleccionistas. — A pesar de que Malan contó que coger objetos consideraros patrimonio cultura podrían ocasionar multas e incluso ir a la cárcel, ella tuvo la misma idea que las gemelas.

— Espero que no estés pensando en lo que creo, hermana…— Fácilmente vio que su hermana estaba poniendo un rostro que dejaba claro que iba a venderlo a muy buen precio, solo le faltaba que las pupilas de sus ojos se volvieran dólares. Thomas, aterrado por el pensamiento de que la pillarán y la metieran por la cárcel por hacer tal cosa, intentó decirle que no lo hiciera.

— ¡Por favor, esto nos hará rico! — Eso le replicó su hermana, dominada por la codicia. — Muchos idiotas pagaran una fortuna por esa mierda. —

— ¡Pero Malan dice que es malo hacerlo! — Intervino Josefa, que pensaba que debían hacer lo correcto, aunque no sabía cuál era.

— Como dije antes, es ilegal, ya que esto es parte del patrimonio cultural e histórico de la cuidad. — Añadió Malan, quién parecía indiferente por algo que antes ella encontró con mucha emoción. En el fondo, solo querían que dejasen el objeto en paz y mostrárselo a Nadezha y a las autoridades. Se mantenía muy calmada porque sabía que aquel objeto no terminaría en malas manos, aunque también estaba muy cansada y agotada para poder convencerlas de lo contrario, y quería observar cómo se comportaban los demás ante este objeto, algo que creía muy interesante de observar.

A continuación, Thelma intentó justificar su idea de vender aquel valioso objeto: — Esos ladrones se inventaron eso del patrimonio…— Se refería a las autoridades en general. —…para utilizarlos ellos mismos y montarse museos y atracciones turísticas para que la gente lo page por un montón de dólares. — Malan no esperaba que utilizará las razones que provocaron el enfado a Nadezha a su favor. — ¡Qué le den por culo, nosotros pagamos los impuestos religiosamente! —

Salvo Malan, ni Josefina ni Thomas entendieron lo que intentaba decir Thelma, ni tampoco le dieron mucha importancia, porque se dieron de que ya había vuelto Nadezha, quién cargaba las gemelas, que no dejaban de quejarse, como si fueran unos sacos de patatas.

— ¿De qué están hablando? — Y escuchó parte del discurso de Thelma. Luego, se dio cuenta de que ella tenía en sus manos una cosa muy extraña y le preguntó qué era: — ¿¡Qué es eso!? — Lo dijo de una forma que dejaba claro que a ella también le daba mucha grima aquella máscara.

— Pues… — Thelma se lo iba a explicar, pero Malan se le adelantó y le contó todo con muchísima emoción y muy detallado, más de lo que le hubiera gustado oír a Nadezha.

— ¡Entonces,…! — Tardó un poco en asimilarlo, para luego dar un grito lleno de furia: — ¡Vosotras, entregarme eso ahora mismo, por nada del mundo les voy a dejar que lo vendan! ¡Ese es parte de nuestra nación! —

Nadie esperaba tal reacción, ni siquiera Malan que preveo que no se iba a enfadar, pero no tanto; le pusieron la piel de gallina con solo escucharla. Nadezha no iba a permitir que una cosa que era parte del patrimonio cultural e histórico de su tierra fuera a acabar en malas manos.

— ¡No te pongas así es una máscara, una simple máscara! — Eso le decía Thelma, temblando de miedo, mientras la intentaba tranquilizar.

— ¡Lo están menospreciando! —  Solo provocó que le gritara con más furia que antes.

— Vamos a ver, esa gente lo pondrá en un museo y hará que todos vayan a pagar por verlo, por mucho dinero. Y es el mismo estado el que te obliga a hacerlo. ¿N-no es lo mismo que con estas ruinas? Tú lo dijiste. Antes, era gratis la entrada y ahora, la gente tiene que pagar muchos dólares por un lugar que ni siquiera están los mínimos de seguridad. A esta cosa no lo tratarán bien. Si lo vendemos caerá en unas buenas manos que lo cuidarán como si fueran su propio hijo. — Con este argumento le fue igual de peor. Las gemelas, Josefa y Malan les miraban como si fuera una estúpida, ya que ella no conocía a Nadezha y el hecho de que, cuando ésta veía algo que no era justo, era imposible decirle la contraria.

— ¡Ni en broma! ¡Dame esa máscara! — Le gritó como nunca y fue a por ella como si fuera un toro, mientras soltaba a las gemelas de forma delicada.

Instintivamente Thelma, muy aterrada, salió corriendo con la máscara entre sus brazos, mientras gritaba auxilio. Sus chillidos se expandieron por todo el lugar, mientras iban de un lado para otro, e hicieron atraer la atención.

Los demás, sin saber si tenían que detenerlas o dejarlas así, oyeron voces de personas que no eran ni Thelma ni Nadezha. Eran los pocos guardias  nocturnos que vigilaban presuntamente el parque que, atraídos por esos chillidos, se estaban acercando.

— Mejor nos quitamos del medio. — Dijeron al unísono Alex y Sanae.

— ¡¿Y Nadezha y la otra!? — Añadió Josefina, que se sentía muy mal por abandonarlas a su suerte.

— Ya se lo apañaran solitas. — Le replicaron las gemelas.

— ¡¿Y la máscara!? — Preguntó Malan y le respondieron que eso ya daba igual, mientras salían corriendo.

— ¡Nos veremos más tarde, hermana! — Y Thomas comentó esto en voz baja, antes de seguir a las chicas y escapar del recinto.

Mientras el resto huía a toda velocidad, Nadezha seguía persiguiendo a Thelma como si fuera una leona, sin que ninguna se diera cuenta de que la iban a pillar. Tan centrada estaba la chica que sostenía la máscara de su papel como presa, que se introdujo sin pensar en un rio que pasaba por el recinto:

— ¡¿P-pero, pero…!? — Nadezha no salía de su asombro. — ¡¿Pero qué haces idiota!? ¡Estamos cerca del cero, por el amor de Dios! — No podría creerse que ella se metiera en el rio a unas temperaturas nada adecuadas. Debían estar alrededor de los cinco grados centígrados o menos, ya que hacía frío, pero no el suficiente para congelar el agua. Horrorizada ante lo que le pudiera pasar, decidió lanzarse directamente a aquellas frías aguas para sacarla lo más rápido posible.

Thelma, intentando soportar lo helada que estaba el agua, intentó pasar al otro lado del rio. Creyendo que no era muy profundo, a pesar de que había algunos rápidos; pasó a toda velocidad y sin tomar ninguna preocupación. Entonces, sin saber a que llegó a una parte muy profunda, se hundió como un plomo. Sacó su cabeza del agua y empezó a luchar para mantenerse a flote, mientras gritaba desesperadamente:

— ¡Ayuda, ayuda! ¡Me estoy ahogando! ¡Oh Dios, me voy a morir! —

Mientras movía las manos con mucha desesperación para no ahogarse, ella se arrepintió muchísimo de no haber aprendido a nadar cuando tuvo la oportunidad.

— ¡Ya voy, ya voy! — Por suerte, Nadezha se lanzó a rescatarla. — ¡Ya te voy a sacar de ahí! — Nadó rápidamente hacia dónde estaba Thelma, como si fuera un profesional.

Al alcanzarla e intentar cogerla para sacarla, se dio cuenta de que sus pies tocaban el fondo, no era tan profundo como parecía. Mientras Thelma seguía agitando las manos como si ella fuera a ahogarse en medio del mar, Nadezha, al comprobar que solo le llegaba hasta al pecho, se le quedó mirando durante unos segundos con muy mala cara. Lanzó un suspiro de molestia y le dio un grandísimo tortazo para tranquilizarla y que dejara de montar tanto drama. Y lo consiguió:

— ¡Eso duele, maldita! — Le gritó, después de recibir aquel golpe tan doloroso. — ¡Casi me ibas a romper la mandíbula! —

Sin darse cuenta, el golpe provocó que ella dejara de montar escándalo y se olvidará de que estaba ahogando. Sus pies tocaban al suelo, aunque el agua le llegaba al cuello. Mientras Thelma protestaba por el dolor que le causó aquel guantazo, Nadezha le dijo:

— Al parecer, me he metido en el agua para nada. — Lo soltó con cara de total indiferencia. — Puedes tocar el fondo y todo. —

Entonces, Thelma se calló y se dio cuenta de que era verdad, no se iba a ahogar. Al notar que había montado un espectáculo, empezó a sonrojarse fuertemente, muerta de vergüenza. Luego, se puso a tiritar por el frío y entonces se acordó de la máscara:

— ¡Mierda! — Gritó Thelma. — ¡La máscara se me ha caído! —

— ¡¿Eres idiota o qué!? — Le replicó la albina, tras escucharla.

Eso significaba que la máscara, que se mantuvo escondida durante siglos, se volvió a perder, tal vez para siempre por la estupidez de una chica.

— ¡Tú eres la idiota! ¡Si no te hubieras puesto de ese modo, no había pasado nada! — Y empezaron a pelearse, olvidándose de que aún seguían en el río, corriendo el peligro de coger una neumonía o de sufrir hipotermia.

— ¡Mi enfado era muy evidente! ¡Querías vender algo que pertenece a los shelijonianos, algo imperdonable para nuestro pueblo! — Y la señaló con el dedo como si fuera una criminal.

— ¡¿Qué derecho le da a los shelijonianos eso si no eran de los rusos, sino de los indios que vivieron aquí?! —

— ¡Nosotros colonizamos estas tierras, por tanto todo lo que hay en la isla es nuestro! — Y dio una palmada en su pecho para dejarle claro quienes mandaban ahí.

— ¡Vosotros se lo robasteis a los indios! — Aún así, la pelea no parecía tener fin.

— ¿Y vosotros, qué? ¡Los useños habéis conquistado y robado trozos de países sin compasión! — Nadezha la cogió del cuello, totalmente fuera de sí. Esa discusión ya le estaba sacando lo peor de ella.

— ¡Por lo menos…! — Thelma, acojonada por aquella cara tan aterradora que estaba poniendo Nadezha, se calló. Quiso decirle unas cuantas cosas, pero, entonces, alguien las interrumpió:

— ¡¿Pero que hacen adentro del agua!? ¡Se van a morir de frío! —

Era el guardia de seguridad que se quedó muy consternado al encontrarse a dos chicas metidas en el agua en aquellas horas y con esas temperaturas. Rápidamente, cogió el móvil y llamó a la policía y la ambulancia, con el miedo de que esas dos idiotas cayeran enfermas por hipotermia.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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