Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Tercera parte, octogésima tercera historia.

— ¡Entiendo que puede ser agobiante tener muchas hermanas, pero no puedo perdonar lo que han hecho ellas! —

Eso le gritaba una chica enfurecida a Nadezha, quién estaba montando un espectáculo en su puerta, atrayendo la mirada de todos, y cuyo nombre era Thelma Nixon. Eran nuevos en la cuidad desde hace unas semanas y su hermano, llamado Thomas, por diversos motivos no pudo conseguir amistades. Mientras sus padres preparaban todo el papeleo para meterlo en una escuela, él se entristeció por no celebrar su cumpleaños con compañía y ella, para ponerle feliz, preparó una fiesta que invitaba a todo el barrio. Tuvo que pagarles a todos porque a muchos no le atraían eso y lo engañó, diciéndole que era gente que querían conocerle y ser su amigo. Al final, todo se arruinó por culpa de las gemelas Alex y Sanae y éste subió llorando a su cuarto.

— Era una mentira, después de todo. Pronto o temprano el chico lo iba a descubrir y le iba a doler igualmente. — Le replicaba la rusa, diciéndole sinceramente su opinión, después de oír lo que ella hizo.

— ¿Y? Solo lo hacía por su felicidad. — Eso era su excusa ante aquellas palabras, con un tono tan grosero que enfadó a Nadezha.

— ¡Pero le engañaste y le hiciste daño y me echas el marrón a mí, así que vete a callar! — Eso le gritaba encolerizada la rusa, mientras intentaba mantener su ira bajo su control.

Al ver que la situación se estaba saliendo de control, Josefina empezó a pedirles que dejasen de pelear y también les pedía a las demás que le ayudarán, algo que Malan, que solo estaban mirando como una simple espectadora, ni las gemelas, que estaban escondidas detrás de la rusa, dándole la razón; tenían ningún interés en detenerlas.

— No importa, me lo tienen que pagar sí o sí. — Después de que Thelma le replicará esto, mientras ahuyentaba a algunas personas que fueron atraídos por su pelea, alguien decidió intervenir para parar la discusión:

— Déjalo, por favor. Estoy pasando una vergüenza. —

La voz provenía de dentro de las casa y Thelma miró hacia atrás, viendo que era su hermano, quién bajó a la puerta, al ver el espectáculo que estaba tomando su hermanita, con la intención de tranquilizarla. Durante un buen rato habló con ella, consiguiendo su objetivo. Después, los padres invitaron a las chicas, como una forma de arreglar las cosas.

— Lo siento mucho por la actitud de mi hermana, a veces se pone así. —

Les decía el joven Thomas, quién le daba un codazo a su hermana, para que se disculpará. Estaba muy avergonzado de su actitud.

— No, ¡yo soy la que les debo dar disculpas por estas burras que han fastidiado tu fiesta! — Exclamaba Nadezha, igual de avergonzada que el chico. Obligaba a las gemelas a disculparse, aunque ellas se resistían a hacerlo.

— Tu hermana es muy buena persona, ella intentaba hacerte una fiesta. — Intervino Josefina, mientras se comía una fruta que los papás le habían dado. — ¡Debes estar muy orgulloso de ella, por lo menos, no es como la mía! — Añadió, al recordar a su hermana Noemí.

— Pero, aún así, eso me sienta mal. Me hace ver como si no tuviera amigos, o como si fuera un perdedor o un borde que debe dar dinero para que los demás se acerquen a mí. —

La hermana se puso muy nerviosa al oír estas palabras. Se dio cuenta de que podría haberles dado una mala impresión de su hermano con aquella fiesta de cumpleaños por su culpa. Empezó a arrepentirse de haberlo hecho.

— Entonces, solo una solución, ¡seamos amigos! — Eso le dijo Josefa, quién se acercó a él y le tendía la mano con una grata sonrisa. Entonces, aquel chico, se puso rojo y quedó cautivado por ese rostro.

— Pues, por supuesto. M-muchas gracias. — Con repentina alegría, le cogió de las manos, con su rostro brillando de felicidad.

A continuación, ella se presentó ante los demás, dando lo que parecía más un discurso que una presentación, tan largo e imposible de entender para que provocó en los demás dolores de cabeza y deseosos de hacerle callar. Todos salvo Thomas, que la escuchaba con tanta atención y mirándola como si fuera un tortolito.

Desde ese momento, todos se dieron cuenta de que aquel joven le gustaba Josefina, salvo ella misma. Él lo sintió como si fuera amor a primera vista.

A continuación, los demás dejaron a Josefina a que siguiera hablando con Thomas, mientras salían al patio para no escucharla más.

— ¡En serio, tu hermana no se calla, ni debajo del agua! — Decía Thelma bastante molesta, mientras veía como hermano no dejaba de observarla.

Estaba levantando una de las mesas de la fiesta, para guardarlas en el garaje de la casa. Nadezha, quién se ofreció a ayudarles a recoger, le replicó esto:

— No es mi hermana, es solo una amiga, supongo. —

Después observó como Malan y las gemelas estaban vagueando mientras, ellas recogían el jardín. Sintió ganas de pedirles que le ayudaran. Y lo iba a hacer, pero entonces la detuvo Thelma, que comentó esto:

— ¿¡Por qué mi hermano no deja de mirarla!? ¡Si es solo una niña normal, con acento raro…pero común! — Nadezha le quiso decir que se olvidará de ellos y que hiciera bien su trabajo. Se arrepintió mucho de no hacerlo, porque ésta no paró de quejarse y cometer errores tontos. No dejaba de decirse a sí misma que le había tocado un gran elemento.

Tras ser regañadas por la abuela, quién llamó por teléfono y decirles que volvieran de una maldita vez. Las chicas decidieron irse.

— ¡Mañana, volveremos por aquí! — Le dijo Josefina a los dos hermanos, mientras se alejaba de la casa y les decía adiós.

— ¡Ten mucho cuidado Josefina, no te vayas con desconocidos ni nada parecido!  — Eso le gritaba Thomas, quién solo miraba a Josefa, y se olvidó de las demás, mientras su hermana miraba con recelos esos consejos.

— ¡Si vienen, os enseñaremos la cuidad, os lo prometo! — A continuación, Thelma les dijo esto como despedida. Esperaba que lo hicieran, ya que el día siguiente no tenía nada que hacer.

— Espero que la comida no esté podrida, con lo que habéis tardado, seguro que lo está. — Esto fue lo que comentó la anciana con muy mala leche, quién las esperaba en la puerta, cuando las vio entrar en la casa. Salvo su nieta, nadie pudo traducir aquellas palabras.

A continuación, fueron regañadas muy duramente por la abuela. Las niñas, a pesar de no entenderla, no le gustaron la regañina.

Después de eso, ella empezó a cocinar y todo el mundo tuvo que ir a la cocina para ayudarla. Pero al ver lo incompetentes que eran, expulsó a todas, salvo la tía:

— ¡No me puedo creer que sean mujeres y no saben ni pelar una mísera patata! ¡Son más inútiles que los hombres! — Eso gritó en ruso, cuando las echó de su cocina.

Al final, preparó una gran cena que fue a gusto de todas, que dejaron los platos más limpios que el oro. No solo disfrutaron de la comida, también de las canciones que soltaba la anciana, muchas de ellas eran música popular de origen ruso o shelijoniano. Intentaron aprendérselas, imitándola más bien que mal. También vieron algunos bailes típicos de la isla gracias a la tía y a Nadezha, que les mostraban cómo lo hacían. Fue tan divertido que se les pasó volando el tiempo y querían seguir, a pesar de que la anciana, al mirar la hora, las mandó a dormir. Aunque para ellas era muy temprano, no se quejaron, porque les daba mucho miedo contradecir a la abuela.

Mientras la anciana les mostraba a las niñas dónde iban a dormir, Nadezha estaba apoyándose sobre la barandilla del balcón de la casa. Observaba el mar, el cual podría avistarse a pesar de las múltiples montañas. Podría preguntarse cuánto kilómetros había desde dónde estaba hasta la playa, pero estaba ocupada en otra cosa.

— ¡Qué rica está su comida! ¡Es mil veces mejor que la mía! — Se sentía fatal por su nivel de cocina y envidiaba a su abuela.

— ¡Ya aprenderás a cocinar en condiciones! Me han dicho que puedes cocinar algunos platos. — Exclamó su tía, quién también estaba ahí.

— Pero son básicos, y no me salen tan bien como esperaba. — Se imaginó las miles de veces que se le quemaron los huevos fritos.

— Entiendo… — Eso dijo su tía, para quedarse luego todo en silencio. Al pasar unos minutos, ella abrió su boca para preguntarle algo a su sobrina.

— ¿Recuerdas la promesa que me hiciste? — Al principio, Nadezha no sabía de qué estaba hablando ella, así que empezó a pensar.

Tras pasar unos minutos, se acordó de algo.

— Eso lo dije cuando era una cría, allá por los ochos o nueve años… — Se puso nostálgica al recordarlo. — No recuerdo cuándo, pero era niña. — Y miró al cielo.

— ¿Pero lo recuerdas? — Le preguntó su tía.

— Un poco borroso. — Eso le respondió Nadezha, mintiéndola, ya que lo recordaba con mucha claridad. Estaban delante de las tumbas de sus padres cuando se lo dijo. En esa escena también estaba alguien a quién no deseaba recordar, ya que le producía dolor. Su tía, entonces, le soltó lo que ella le dijo en aquel momento:

— Cuando sea grande, me uniré a ti y haré lo que todo un shelijoniano, un ruso de corazón debe hacer. Liberar a su patria de las garras de aquel que nos invadió con engaños y se alzó como nuestro dominador. Algo así. —

Nadezha pensaba que se iba a avergonzar al oír esas palabras, pero tuvo una extraña nostalgia al oírlos, recordando múltiples cosas de su infancia.

— Ya veo. Lo tuve que decir de una manera más sencilla, era solo una niña y no podría decir palabras tan complicadas. — Comentó Nadezha, mientras intentaba recordar cómo eran exactamente sus palabras.

— ¿Aún quiere mantenerla? — Entonces, su tía le saltó con otra pregunta.

— ¿Qué quieres decir? — Que ella no pudo entender bien.

— Cuando cumplas la mayoría de edad, unirte a mí y meternos en política juntas para luchar por la independencia de Shelijonia, romper con Estados Unidos. — Nadezha rió un poco al escuchar eso. Se imaginaba como si fuera una presidenta, vestida con un elegante traje que mostraba todas sus curvas, viéndose muy épica, solucionando todos los problemas de la gente, independizar su tierra y siendo querida por todos.

— Eso sería hermoso. — Se deshizo de todas esas fantasías. — Pero la política es horrible y no creo que podría acabar bien. — Ella lo sabía muy bien y le hacía gracia que su cerebro le mostrase imaginaciones que le parecían muy poco realistas, demasiado rosa para ella.

— Entiendo. Podríamos acabar corrompidas por el poder y traicionar nuestros ideales. Si somos leales a nuestras ideas, seremos silenciadas. Y de todas formas, tendremos que ensuciarnos las manos, sí o sí. Pero, aún así…—

Se quedó callada unos segundos, mientras entraba en el salón, para luego decirle esto: — Pero me harías muy feliz que te unieras a mí. —

— Me lo pensaré. — Eso le dijo su sobrina y ella se fue. Nadezha se quedó en silencio, observando la luna, preguntándose qué pasaría si lo aceptará.

Quería que su tierra se librase del país que lo dominaba, no le importaba meterse en la política para conseguir que ese sueño se volviera realidad. Pero le daba mucho miedo hacer eso, no quería convertirse en un peón más del sistema y en una mujer corrupta.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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