Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Última parte, octogésima tercera historia.

Eran las ocho de la mañana, cuando pegaron en la puerta de los Nixon. El pequeño de la familia les abrió la puerta, mientras la mayor miraba la tele abobada. Vio que eran Nadezha, Josefina y las demás chicas.

— ¡Hola Josefina! — Le saludó Thomas a la mexicana con una sonrisa de oreja a oreja, olvidándose de la presencia de los demás. Ésta le devolvió el saludo con mucho entusiasmo, reacción suficiente para ponerlo nervioso.

— ¿Tu hermana está contigo? — Eso le preguntó Nadezha, pasando por alto el hecho de que él solo saludase a Josefa. Él movió afirmativamente la cabeza. Tras soltar ella un fuerte estornudo, añadió: — ¿Ya está mejor? —

— Comparado con ayer, pues sí. — Eso le contestó su hermano.

Después de que Thelma y Nadezha fueran descubiertas en el río, fueron llevadas a la policía. Le interrogaron durante un buen rato y ellas fueron muy sinceras, les contó todo lo que hicieron. Por alguna extraña razón, los policías se rieron por aquella historia de la máscara, creían que ya nada podría ser encontrado ahí e ignoraron eso. Tras comprobar que no tenían nada grave, salvo un fuerte resfriado; las soltaron por la mañana, a pesar de que la albina no dejaba de protestar y criticar las condiciones en que estaba la seguridad de las ruinas y el elevado precio que tenía la entrada, a gritos. Más bien, ella creía que esa fue la verdadera razón por la que le echaron tan rápido de la comisaria, los los agentes ya estaban hartos de escucharla. Al día siguiente, que era el día de Shelijonia, las dos lo pasaron en la cama.

— ¡Entonces, dile a tu hermana que no se meta en un río en pleno Octubre otra vez! — Le comentó Nadezha a Thomas, recordando con rabia que se había perdido por segundo año consecutivo el día de Shelijonia.

En definitiva, no solo se había perdido el mejor día del año, sino que el hecho de colarse en las ruinas no sirvió para nada, ni pudo protestar y habían perdido para siempre un objeto de grandísimo valor para su pueblo.

Al escuchar esas palabras, Thelma, después de sonarse la nariz, se levantó y se dirigió a la puerta, mientras le reprochaba a Nadezha: — ¡Si no me fueras perseguido, nada de esto había pasado! —

— ¡Si no hubieras decidido vender aquella cosa, mejor dicho! — Le replicó Nadezha.

Al ver que iban a pelear de nuevo, Thomas se interpuso y dijo: — En fin, no deberíamos a ponernos a peleas, lo pasado, pasado está. —

— ¡Eso es verdad! ¡Hagan las paces, porque, después de todo, nos vamos a ir a nuestra casa! — Añadió Josefina, quién sorprendió con aquella noticia a Thelma y a Thomas. Vinieron con ese motivo, ellas querían despedirse de los hermanos.

— ¿¡Os vais!? — Les preguntó Thelma, que deseó que se quedaran un día más. Se dio cuenta de que había encariñado mucho con aquellas personas.

— ¿¡Tan pronto!? — Thomas se puso muy triste al oír eso, no deseaba que Josefina se fuera.

— ¡No pongan esa cara!— Al notar que sus rostros se llenaron de tristeza, Nadezha intentó alegrarlo. — ¡No nos vamos a morir ni nada parecido! —

No esperaba que la noticia de su vuelta a casa les hubieran afligido tanto, solo estuvieron juntos unos pocos días. Incluso creía que a Thelma le iba a alegrar la noticia, después de lo que pasaron en las ruinas. Empezó a darle mucha pena tener que marcharse de esta ciudad. Las demás, también se sintieron igual de apenadas, pero intentaron animarlos.

— ¡Vivimos en la misma isla! — Comentó Sanae y su gemela Alex añadió: — ¡Siempre podemos visitar este sitio! — Nadezha sintió un escalofrío al oír eso, no quería que ellas se volvieran a auto-invitar en otro viaje.

— De todos modos, nosotros tenemos internet, nos podemos comunicar. —Malan les mostró su teléfono móvil para dejar más claras aquellas palabras, y luego siguió a lo suyo, se puso a ver fotos de animales que le mando su padre por las redes sociales.

— ¡No exageren! — Les replicó Thelma, intentando parecer indiferente, mientras luchaba por ocultar su tristeza. — Solo me da un poco de pena, porque apenas nos conocimos hace poco. — No quería quedar mal de aquellas chicas que solo conocieron hace poco. Su hermano no pudo aguantar y rompió a llorar, sentía que su corazón le estaba rompiendo en mil pedazos.

— ¡Por Dios, no llores, hombre! — Thelma intentó consolarlo, para evitar que le contagiara su lloriqueo.

— ¡Pero es que, es que…! — Thomas intentaba decir algo, pero no podría, sus sentimientos se habían desbordado y no podría controlarlos.

Y las demás, al verlo llorar desconsoladamente, empezaron a tener ganas de hacer lo mismo. Parecía que de un momento para otro, todo el grupo se iba a poner a soltar lágrimas durante un buen rato.

— ¡No te preocupes, nunca olvidaré los días en que hemos estado juntos, todos nosotros! ¡Me lo he pasado genial! — Josefina, con lágrimas en los ojos, le dio un gran abrazo, mientras le consolaba con aquellas palabras. Solo duró unos pocos segundos, pero aquel amable gesto consoló un poco a Thomas, que le dijo a la mexicana que tuviera un buen viaje. Josefa le dio las gracias mientras se ponía a llorar como un bebé.

— ¡En fin, a pesar de todos los problemas que hemos causado, me alegra de haberte conocido! — Por su parte Nadezha le ofreció un apretón de manos a Thelma.

— ¡Lo mismo digo! — Y ella lo aceptó encantada, con una gran sonrisa.

Aquella despedida se volvió más larga de lo que se imaginaron, ya que, cuando se dieron cuenta de la hora que era, faltaba poco para que el tren saliera. Iban a llegar tarde. Salieron corriendo como locas, mientras los hermanos Nixon les despedían con la mano desde la distancia.

A continuación, se dirigieron con mucha rapidez hacia la casa de la abuela de Nadezha, en dónde la tía las esperaba para llevarlas a la estación de tren. La anciana, que salió a la calle, al observarlas, lanzó un suspiro de alivio, pero luego vio como todo el grupito entraba dentro de su hogar en vez del coche que las iba a llevar. Les gritó esto en su imponente ruso:

— ¡¿Qué hacen!? ¡No ven que se van perder el tren! —

Nadezha tuvo que decirle que a ellas se les olvidaron meter las maletas en el coche, provocando que la anciana protestara. Cuando ya lo metieron y estaban a punto de irse, con el coche ya encendido ella les soltó esto:

— ¡Esperen, un momento! Por lo menos, decirme las gracias, que os he dejado dormir en mi casa. —

Después de que Nadezha tradujera aquellas palabras, las chicas le dieron las gracias con mucha alegría, diciéndoselo en ruso, aunque lo decían tan mal que ni ellas mismas entendieron lo que soltaron. Luego, cuando el coche empezó a andar, alzaron sus brazos para despedirla con todas sus fuerzas, aunque soltándolo en el idioma que ellas manejaban.

— ¡Hasta otra, abuelita! — Le gritaba Alex, mientras su hermana Sanae añadía: — ¡Nos veremos el año que viene, abuelita! — Nadezha puso una mueca de fastidio, al ver que ellas tenían planeado volver a auto-invitarse cuando decidiera volver a visitar la ciudad.

— ¡Qué le vaya bien, abuelita! — Josefina lo gritaba con todas sus fuerzas, provocando que todo el barrio se diera cuenta de su despedida.

— ¡Qué sea capaz de alcanzar los cien años, abuelita! — Y añadió Malan, mientras el resto dudaba de que eso fuera la mejor frase que uno podría pronunciar para despedirse de un anciano.

La anciana entendió aquellas despedidas tan bien que soltó esto: — ¿Pero qué dicen? No soy su abuela. —

Tras verlas marcharse, miró hacia atrás y observó su casa. Respiró aliviada, ya iba a estar tranquila de nuevo. Pero, al notar aquel silencio, ella se puso muy melancólica. Durante el tiempo que estuvieron, esas ruidosas chicas le dieron vida. Desde sus protestas por el hecho de que tenían que usar faldas hasta las cenas en dónde le pedían que cantara canciones tradicionales o les contará cosas de su juventud, le recordaron aquellos lejanos días en dónde era una mujer joven que cuidaba con mucho amor y paciencia a sus hijos. Al deshacerse de aquellos sentimientos, entró en su hogar, mientras decía en voz baja: — Ya estoy vieja para estas cosas. —

— ¿Por cierto, cómo se ha puesto la anciana cuando se ha enterado de que fui detenida? — Le preguntó Nadezha a su tía, en mitad de su viaje hacia la estación. Ella quería saber cómo su abuela se sintió, después de conocer el hecho de haber entrado ilegalmente en las ruinas. Cuando volvió a su casa, sufrió una fuerte regañina de su parte, pero después ésta le dio un pequeño elogio. Su tía no tardó en contestarla: — Se puso muy orgullosa de ti, decía que lo hiciste muy bien, que si fuera una moza haría lo mismo, protestando por lo mismo. — Cambió de marchas y añadió: — Yo creo que hasta has provocado un revuelo en la cuidad. — Se rió levemente, tras decirlo.

— ¿Por qué? — Eso dijeron todas al escucharla, sobre todo Nadezha, que creía que haberse colado en las ruinas no sirvió para nada.

— Después de propagarse la noticia de que unas niñas entraron fácilmente en nuestro principal monumento, se descubrió las graves irregularidades sobre el mantenimiento del lugar como atracción turística. Los diputados de la oposición le exigen al alcalde dónde está el dinero que se han gastado, cuando ni siquiera se han dignaron a terminar las medidas de seguridad mínimas. Es más, se nos han ocultado cosas y están pidiendo que lo saquen a luz, y esto es solo la punta del iceberg, detrás se está descubriendo una verdadera red de negocios sucios y dinero negro. Haz abierto la caja de Pandora, Nadezha. —

Las demás niñas perdieron todo su interés cuando vieron que la tía de Nadezha empezó a hablar de política y decidieron ir a lo suyo.

— ¿Corrupción, no? — Nadezha le preguntó esto a su tía, a continuación, algo molesta.

— Lo mismo de siempre, la verdad. — Le respondió su tía, dando un suspiro de aburrimiento. Luego, se quedaron calladas y no hablaron más del tema. Las niñas no dejaron que el silencio se extendiera por el coche, hablando sin parar sobre lo divertido que fueron estos días.

Al llegar a la estación, las niñas salieron corriendo hacia la estación, la albina les gritó que no corrieran. Al dar unos pasos, su tía le preguntó:

— ¿Por cierto, Nadezha, aceptas mi propuesta? —

Nadezha se detuvo, se acordó de lo que hablaron hace unos días. Se quedó en blanco, sin saber que responderles durante unos pocos segundos. Las chicas, llenas de curiosidad, preguntaron de qué estaban hablando.

— ¡Ya lo pensaré, después de todo! — Y eso le respondió, tras salir del bloqueo.

— Ya veo…— Añadía su tía en voz baja, expresando decepción. — Aún no estás lista. Bueno, no importa, seguiré esperando. — Nadie la oyó.

A continuación, empezó a sonreír y agitó sus manos en señal de despedida, mientras le gritaba a su sobrina: — ¡Espero que sea pronto, Nadezha! —

Nadezha no supo que decir, solo le devolvió la despedida. Se acercó a las chicas, que le preguntaron otra vez de qué estaban hablando:

— De algo que no interesa. — Eso les respondió.

FIN

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