octogésima_séptima_historia

La sicaria: Cuarta parte, octogésima séptima historia.

Si por aquellos días estaba bien “emo”, me puse aún peor en los siguientes. Pero eso no me impedía a hacer mi trabajo, porque lo hice muy bien; y tenía que reconocerlo, aquel descabellado plan que hizo Elizabeth había funcionado, demasiado para mi gusto.

— ¡Entra, entra, no hay mucha gente en la comisaría! — Eso me decía alguien que iba con traje de policía. Yo había entrado en el garaje, sin preocuparme de que las cámaras me iban a verme. Por suerte, no había nadie, salvo él, quién vigilaba la puerta de las escaleras.

— ¿Así que tú eres la que mandaron? — Eso me preguntó. Parecía de todo, menos policía.

— ¿Eres un poli? — Le dije extrañada, preguntándome por qué estaba ayudándome.

— Yo haré el resto, borraré todas las huellas. No hablemos más. — Y con estas palabras me dio unas llaves y un mando, que me dijo que era para abrir la puerta de la celda; y entré, pensando que aquel hombre era un estúpido corrupto que obedecía a la perra de Eliza. La verdad, no le di importancia y caminé con cuidado por aquel lugar. Me dieron los planos y memoricé dónde estaban los calabozos, que, por suerte, solo estaba la persona que iba a matar. Tuve una increíble suerte, ya que nadie me encontró. En cierta manera, me sentía extraña, porque iba a matar a alguien que no tenía nada que ver conmigo, que podría haber matado a la enana de la Zarina, si no fuera tan estúpida.

— Por Dios, me ha tocado una loca…— Eso dije en voz baja, al entrar a los calabozos, y oír como alguien estaba riendo como chalada. En cierta forma, era una pura ironía que yo dijera eso. A continuación, se calló de repente,  seguramente por oírme, mientras yo me acercaba a su celda, observando el mando que me serviría para abrirlo. Al llegar, eso hice.

— ¿Quién eres? — Eso me preguntó aquella chica. Era una puta asiática, con cara de lerda, que me recordaba mucho a la maldita de Mao, llevando un traje carcelario. Me hizo mucha gracia, porque me imaginaba a aquella china desgraciada en la cárcel. Se puso a temblar, al verme, y me quedé observándola, sin decirle nada.

Y de repente, empecé a acordarme de Malia, así sin más. Me la imaginaba poniéndose delante de ella, deteniéndome y suplicándome que no lo hiciera. Si supiera lo que iba a hacer en ese momento, ¿seguiría aceptándome? ¿Se arrepentiría de haberme salvado?

Se me quitaron las ganas de hacer tal cosa, no deseaba matar a esa chica, porque no podría mirar a Malia a la cara. Seguro que pensaba que yo había cambiado, que me volví buena. Nada más lejos de la realidad, me había vuelto peor de lo que era antes. ¿Para esto era se había sacrificado para salvar mi vida? Me di mucho asco, pero no tenía remedio. Entonces, me había dado cuenta de que definitivamente yo no tenía salvación, ya hacía tiempo que estaba condenada.

— ¿Quién eres? — Eso me preguntó aquella chica por segunda vez. Me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo y me quité todas esas tonterías, hasta que terminará el trabajo.

— ¿Qué quieres? — Eso me gritó, cuando le mostré el cuchillo que escondía, para que se diese cuenta de mis intenciones. Y solo dio unos pasitos para atrás, hasta chocar contra una pared, y empezó a gritar a los guardias sin parar.

— No te oirán. — Le decía con una voz de ultratumba. — Todos se han ido a una fiesta, a celebrar un nacimiento. — Le solté eso por decir algo, pero era algo bien estúpido.

— ¡Esto es una negligencia, deben de tener, por lo menos a uno, para vigilar la celda! — Eso empezó a chillar la nena, mientras yo me acercaba hacia ella.

— No es nada personal, pero debo matarte. — Concluí, mientras me preparaba para matarla. Iban a ser las últimas palabras que ésta iba a oír.

— ¡No lo hagas! ¡No lo hagas! ¡Por favor, te lo pido! — Entonces, se puso a gritar y a llorar sin parar, desesperadamente, creyendo que así podría cambiarme de idea. Me dije mentalmente que eso le pasaba por no haber matado a Elizabeth. Le hinqué el cuchillo en todo su estomago y esa perra ni se defendió, empezó a gritar de dolor, cayéndose al suelo. Se tapaba la herida con sus manos mientras pedía ayuda sin parar. De verdad, me estaba empezando a doler la cabeza con su estúpido griterío.

— ¡Qué escandalosa eres! — Eso le decía, mirándola unos segundos, antes de tirar el cuchillo al suelo e irme de allí.

— ¡Ya he terminado mi trabajo! — Me sacudí las manos. — Te dejo esto. — Le tiré mi cuchillo. — Después de todo, hagan las pruebas que hagan, todos decidirán que esto será un suicidio. — Eso era lo que pensaba la perra de Elizabeth, conseguir que cerrasen el caso de su asesinato como un suicidio. Y con esto dicho, cerré la puerta con el mando y me fui, dejándola morir. Salí con tranquilidad de la comisaría, para luego correr como loca por las calles.

— ¡Maldita sea, maldita sea! — Eso gritaba mientras corría por la cuidad, incapaz de creer lo que había hecho. Era una noche tan helada que mi sudor que recorría mi cara se congelaba, pero, aún así, seguía corriendo con gran histeria.

— ¿Por qué, por qué? —Gritaba sin parar. Eso me preguntaba, por qué había terminado de esta forma, porque mi estúpida vida siempre terminaba así, ¿qué había hecho para llegar a este punto?

— ¿Por qué, Dios, Alá, Buda, Zeus, estrellas, lo que sea, por qué me han castigado a mi? ¡Contesten, sea lo que sea la cosa que domina el puñetero cielo! — Eso grité a pleno pulmón, a aquel cielo sin estrellas, y como era normal, no recibí respuesta alguna. Caí al suelo de rodillas, por puro cansancio.

Si no tuve respuesta de los que mandan arriba, ya sea porque le importan una mierda o no existen, tenía que buscarlo en otra parte, en mí. Ahí lo encontré. Nadie me castigó, ni siquiera el karma, todo era mi culpa. Yo fui la misma causante de mi desgracia. ¿Por qué? Lo pude entender, en aquel momento. Yo buscaba desesperadamente algo que me llenará, que me hacía feliz.

Mi vida era una mierda, mi madre era una subnormal  y yo fui fruto de su estupidez, naciendo como una bastarda. El que sería mi padre me rechazó y el verdadero me lo quitaron del medio. Aquella payasa solo le importaba ella misma y a mí me trataba como un lastre. Es normal que, al ver a los demás ser felices con sus papás y con sus vidas, me daba tal envidia que solo deseaba hacerlos sufrir. Por eso, les pegaba a todos sin compasión, perdiendo la oportunidad de tener amigos.

Tal vez, la amistad hubiera sido mi única salvación, pero mis mismos actos me lo impedían. Infeliz, solo me hundía cada vez más en el barro, llegando al punto que ni soportaba ver a los niños ser felices con sus amistades.

Y puede que por esa razón, odié a Nadezha y Mao, con su empalagosa amistad. Aunque me daban asco, en el fondo de mí, deseaba actuar como ellas, con alguna amiga. Quería tener una, pero jamás lo admitiría.

Al final de todo, amargada, busqué algo que me podría ser feliz, que me llenaría, lo intenté con el dinero y las posesiones. Siempre robaba a los demás, ya sea dinero o algún objeto, pero eso no me llenó. No sirvió para nada, acabé peor que nunca, llegando a odiarlo todo, al lugar dónde vivía, a todos los que conocía y a mí propia identidad. Deseaba irme lejos, para volver a rehacer mi vida. Es gracioso que la búsqueda de un tesoro hizo que yo terminara en el Zarato. Un lugar en dónde no era nadie y me hice un nuevo nombre. En aquel tiempo, conocí el poder y pensaba que había encontrado mi lugar, pero todo fue una ilusión. Y ahora, tras una vida de errores, me di cuenta de cuál era mi problema, era yo misma.

— ¿Por qué no me di cuenta antes? — Eso me decía, empezando a reírme como loca. — ¿Por qué tardé tanto? —

Si tan solo me hubiera dado cuenta antes, yo no había acabado de esta manera, hubiera sido feliz y sería “salvada”. Ya era demasiado tarde, ya estaba demasiado hundida, en el fondo de un asqueroso y profundo mar, y seguía descendiendo. Y todo por mi culpa. Ni de mis padres, ni de mi familia, ni de los demás, ni siquiera de la sociedad. Decir eso, solo sería estúpidas excusas. Entonces, me pregunté esto:

— ¿Por qué, Malia, por qué llegaste tarde? —

Si tan solo nos hubiéramos conocidos en la primaria, me podría haber salvado. Tendería su mano, sin importa lo borde o violenta que estuviese con ella, hacia a mí, con una sonrisa. Me imaginaba un mundo feliz, en que éramos unas niñas, en que Malia sería mi mejor amiga. Ir de compras juntas, hacer las tareas, ayudarnos las unas a las otras, apoyándonos mutuamente. Un lugar en que yo había sido salvado de mí misma. Si tan solo nos hubiéramos conocido cuando aún no estaba perdida del todo.

— ¡Puta mierda! — Eso grité con todas mis fuerzas hacia al cielo, rabiosa; y mentiría si dijera que no estaba llorando.

Pasaron varios minutos, mientras lloraba como una magdalena y reía como una desquiciada. Ya ni sabía si estaba aliviada o destrozada por aquella revelación, ni podría asimilar todos los sentimientos horribles que pasaban por mi puta cabeza. Tardé mucho en asimilar esto. Cuando me levanté del suelo, sentí una ganas enormes de volver a verla, a la única persona que acepté, a mi amiga. Y decidí enseñarle la verdad, de que su madre estaba muerta. No importa lo doloroso que era, porque me di cuenta de que Malia se levantaría, y mantenía aquella sonrisa, que deseaba volver a ver.

— ¡Qué asco, me veo tan lamentable! — Eso me decía, mientras empezaba a correr hacia lo que quedaba de la antigua casa de Malia.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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