octogésima_séptima_historia

La sicaria: Primera parte, octogésima séptima historia.

Hacía tiempo que no estaba durmiendo en tan buenas condiciones, desperté en una cama grande y blanca, aunque sus mantas no me gustaban porque eran de color rosa. Me había quedado sopa durante la tarde y cuando me levanté me dirigí hacía al salón, cuya única pared hacia al exterior era totalmente de cristal y veía desde las alturas la cuidad de Springfield, con sus luces tapando el de las estrellas. Estaba en el piso treinta y dos de un edificio de apartamentos, uno de los más caros y el más alto. Era ancho, tenía cientos de lujos, hasta un puñetero jacuzzi y lo único malo es que todo era rosita, de todos los tonos, hasta el maldito ordenador tenía eso. ¿Qué hacía yo ahí? Estaba condenada a morir, entre terribles sufrimientos, pero al final un ángel me salvó, más bien, yo la llamaría una idiota en toda regla. Así me quedé, atontada, observando aquella escena nocturna, mientras recordaba lo que me pasó el día anterior.

Me encontraba entre barrotes, con manos y pies encadenados, desnuda, salvo en la cabeza, que la tenía tapada con una molesta máscara. Llevaba horas de pie, sin poder agacharme ni moverte, teniendo un horrible dolor por todo el cuerpo, insoportable, que me hacía pensar en suicidarme. Me preguntaba cuanto tiempo estaría así hasta que me matasen de una puta vez. Ya había asimilado que mi fin estaba cerca, que vería a Elizabeth von Schaffhausen con una cara sonriente mientras observaba como eliminaban a la persona que mató a su madre y que intentó quitarle el trono. Eso era lo que más me fastidiaba, que había ganado y yo era la perdedora. Entonces, oí cómo alguien abría la puerta del calabozo. Esta cosa que tapaba el rostro no me dejaba hablar ni ver, así que no pude preguntar.

— Mi Señora quiere verte. — Reconocí esas palabras, era la puñetera esclava o marioneta o lo que sea de la Zarina, Ranavalona.

Dos o tres personas, no sé si mujeres u hombres, me cogieron y me hicieron caminar durante largo tiempo, obligándome con levantarme cada que me caía, porque las piernas me fallaban. Nunca creí llegar tan bajo, llegando al punto de andar desnuda por un palacio, con pies y manos maniatados, y sin poder ver por dónde iba. Al final, habíamos terminado en una habitación, ya que escuché como se abría una puerta.

— Quitarle la máscara. — Esa voz no la podría olvidar nunca, porque de la mismísima Elizabeth, La Zarina, quién les ordenaba a sus marionetas quitarme esa fastidiosa mascara, que fue todo un alivio.

— ¿Qué quieres? — Eso pregunté, incapaz de gritarla, pero con rabia, mirándola con odio.

— Pareces estar mucha más calmada que nunca. Mejor así, Lafayette. —

Se sentó en la cama, ya que estábamos en su cuarto, y me miraba victoriosa, como el que ve a su peor enemigo humillado y derrotado, que ese era mi caso realmente.

— Solo me das un trocito de pan cada día. Es normal que no tenga fuerzas para gritarte. Solo me interesa una cosa, ¿para cuándo me matas de una vez? — Al decirle eso, se puso a reír, mientras yo intentaba ponerme de pie.

— ¡Tu muerte! ¡Verte morir es lo que más deseo pero…! — Ponía como cara de tener fantasías, como si le ponía cachonda imaginarse cómo me asesinaba. Luego, se calló de repente, algo que me molestó, ya que quería que me lo soltara: — Pero, ¿qué? — ¡Qué lo dijera de una vez! Eso pensaba yo.

— He descubierto algo mejor, algo de lo que podemos beneficiar las dos juntas, ¿no crees? — Me quedé boquiabierta, no me enteraba de nada. — Sé perfectamente esa cara, apenas lo entiendes. — Me tiró, entonces, una hoja de papel.

— ¿Qué coño es está mierda? — Ella me hizo una señal con las manos, pidiéndome que lo leyera, y empecé a hacerlo.

— Este mundo siempre tiene sorpresas. Hubo una cierta personilla que me llamó y hizo un trato conmigo, salvar tu vida a costar de tener una deuda de por vida conmigo. — Me resumía lo que estaba leyendo yo, y no me lo podría creer, para nada.

Ella, literalmente, para salvarme, se endeudó de por vida un montón de dólares, ¿por qué hizo tal cosa? Si yo casi iba a matar a su hermana y hasta me estaba arrepintiendo de haberla ayudado.

— ¿Espera, en serio, Malia? ¡Es imposible! — Mentalmente, le insultaba, le decía que era una reverenda idiota y a mí, hija de puta, por sentirme querida, feliz de que alguien hubiera hecho algo así conmigo. No me lo merecía, en absoluto, y estaba a punto de llorar, algo que tenía que evitar a toda cosa, no quería que esa insolente reina me viera de esa forma.

— Debería ser imposible que Hitler llegara al poder pero lo hizo. Debería haber sido imposible que Lenin trajera la URSS a este mundo pero lo hizo. Deber…— Ésta se puso a ponerme ejemplos y yo no tenía ganas de escucharla: — Vale, vale, ¡ya lo pillo! —

— ¿A qué es bonito, qué haya salvado tu vida? Pero, como siempre, uno no lee la letra pequeña y acepta cosas peligrosas. — Me entraron escalofríos y toda esa supuesta felicidad se esfumó al oír esas palabras. Esa desgraciada, que hablaba con pura y fina ironía, me miraba con una sonrisa siniestra, dejándome claro que había algo malo.

— ¡Déjate ya de rodeos! ¿Qué quieres hacer? — Eso lo intenté gritar, aunque me salió fatal. Si quería decirlo, que lo soltara, así sin más. Ya sabía que era algo malo.

— Al endeudar su vida conmigo, me da el derecho de poner hacer lo que quiera con ella. ¿Matarla, tal vez? Sus órganos serían muy buenos para el mercado negro. Y si la eliminó, no tenía ningún impedimento para hacerlo contigo. — Se ponía actuar como una niña muy inocente y nada peligrosa mientras me explicaba eso. La idiota de Malia había cometido el peor de su vida, se había dejado caer en la boca del lobo y ésta sabía muy bien lo que podría hacer con ella. Mis ganas de matarla volvieron, no iba a dejar que la tocase ni un pelo, después de todo lo que le hizo.

— Pero, podría mantenerla viva, si te arrodillas ante mí y te conviertas en mi sicario. Cualquier orden que haga yo, matar, buscar y sacar trapos sucios, asustar, lo que sea…— Ya entendí todo, algo mejor que mi muerte era, ¿no? Lo estaba deseando, que su peor enemiga se convirtiera en su marioneta, y había encontrado la forma de hacerlo.

Yo no quería nada de eso, me iba a convertir en su perro, no me lo podría permitir. — Te daré dinero, incluso una casa, y te ocultaré de la legalidad. El pago es la vida de Malia Roosevelt, si me traicionas, ella morirá, ¿entiendes? Y luego iré a por ti. —

Mi mirada enfurecida la hacía muy feliz, sonreía como un malo cabrón de verdad, mientras yo me preguntaba qué iba a hacer. Esto era demasiado para mí, ella se convertiría en mi ama, estaré atada toda mi vida y deseaba más la muerte que eso. Si no acepto, Malia y yo moriremos. Si lo aceptó, viviremos, pero yo nunca podré tener una vida normal y corriente, seguiré desaparecida oficialmente y estaré a merced de la persona más enferma que había conocido en vida.

— Así que lo mejor para todos es que lo aceptes, sin ninguna complicación ni nada parecido. — Eso añadió, tras esperar un buen rato mi respuesta, mientras yo llevaba un buen rato pensándolo. Deseaba fervientemente que apareciera un rayo y que la matase.

— Hi-hija de puta, te mereces ir al infierno. — Eso le dije al final, enseñándole los dientes, porque ya había elegido la respuesta.

Solo lo aceptaría por Malia, pero no me atrevía. — ¿Aceptas, sí o no? — La maldita tuvo que darme el empujoncito: — S-sí, joder. —

— Entonces, arrodíllate. — Se levantó de la cama y se puso delante de mí, esperando que lo hiciera. En aquel momento, solo pensaba en Malia, no sabía qué decir. Me salvó la vida, a pesar de todo, y fue la única que se acercó a mí, aún cuando la rechazaba, a ella y a los demás. Estaba en deuda con ella, no podría hacerme a la idea de verla morir y no entendía el porqué exactamente. No merecía morir, después de todo era demasiada buena, más bien, una gran idiota. Por eso, yo pude arrodillarme ante aquella horrible víbora, humillándome una vez más.

No importa cuánto lo recordaba, sentía rabia e impotencia, y para calmarme, tuve que ir a tomar agua en la gran nevera, también rosa, que había en la cocina, del mismo color. Este fue el primer lugar al que me llegué, después de echarme de su palacio y del Zarato como si fuera un bicho, tras darme mucha identificación falsa y dinero, que era bastante.

Me quedé pensando, tras sentarme al sofá, de qué había sido de Malia, en dónde estaba y me entraron ganas de buscarla y hablarla. También, de que me preparase algo rico.

— ¡Por lo menos deberían haberme traído una mascota! — Eme decía, al comprobar que esta casa era tan grande que me sentía muy sola.

Me levanté y miré en el armario para ver que ropa tenía. Todo era caro, de hombre y por suerte, ninguno rosa. Me fastidió mucho que no hubiera ropa de mi talla ni de mi sexo, mientras observaba como me destrozaron el pelo, dejándome media calva. No pensaba salir a la calle, si no fuera con un gorro, que por desgracia no encontraba.

Al final, la soledad me agobiaba tanto en ese momento que decidí salir a la calle con esas pintas. Iba otra vez pensando en ella, preguntándome si me la encontraría por la calle y me di un puñetazo, gritándome en voz alta que ya estaba suficiente por hoy, y fue tan fuerte que creo que se me partió un diente.

Al final, tras andar dos kilómetros y medio aproximadamente, mi maldito subconsciente me llevó hasta su casa o dónde estaba, porque ya no había nada, solo un pedazo de tierra, cubierto de nieve y rodeado de casas con terrenos. Me acerqué con lentitud hacía ese lugar, cuando vi que alguien que reconocí rápidamente, estaba ahí, rezando. Era Malia, llevando un gran abrigo de color marrón rojo que le llegaba hasta las rodillas.

Alcé la mano para saludarla y decirle hola, mostrándome muy feliz, pero me detuve, frustrada. No podría aparecer ante ella después de todo lo que había pasado, más bien, no me atrevía, porque no había ninguna razón para ser rechazada, después de todo, sin Malia, no estaría con vida. Al final, se fue, hacia la dirección opuesta a dónde estaba yo y me quedé viendo como se alejaba, poquito a poco.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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