octogésima_séptima_historia

La sicaria: Segunda parte, octogésima séptima historia.

Jamás de los jamases, podría imaginarme estar manteniendo una conversación normal y corriente, mientras tomaba un café con leche, en el salón del palacio de la persona que yo más odiaba y que más deseaba verme muerta, como si fuéramos amigas.

— ¿Has pensando una vez que animal podría representarte? — Sí, la mismísima Elizabeth von Schaffhausen me preguntaba sobre esto, un tema de lo más aburrido posible, mientras se tomaba un café mil veces más fuerte que el mío. Parecía que teníamos una amistad, aunque en realidad, bajo la superficie, nos odiábamos a muerte. Surrealismo total.

— ¿Por qué no una serpiente? Tienen fama de ser muy cabronas. — Eso era una indirecta mía para decirle lo despreciable que era y se lo tomaba muy bien, la desgraciada se puso a reír. Le hacía gracia eso.

— Me parece bien. Un ser que puede engañar y conducir a los inocentes hacia al mal. Es hermoso, en cierta forma. — Lo decía mientras se ponía orgullosa, como si le hubieran hecho un puto halago.

— Y pues tú…- Empezó a pensar que animal era yo. — Un toro. Un animal violento y estúpido, que embiste cuando le provocan y suelta una furia abrasadora del que nadie escapa. — Esperaba que me dijera algo insultante, ignorando que me llamará subnormal indirectamente, pero me parecía bien ese.

— Hablando de otro tema. — Se aburrió hablar de animales. — ¿No te pasaste un poco? Te dije que solo desmayarás a ese payaso, pero lo mataste a golpes, a él y a todos sus compañeros. — El resultado de mi primer trabajo como sicaria, mandar al hospital a unos idiotas que no pidieron permiso a los Von Schaffhausen para traficar con droga en la cuidad.

— Lo que me paso es que me imaginé que ellos eran tú y pues fue tan efectivo que los maté a todos. — Era otra indirecta más para decirle que la deseaba bien muerta con mis propias manos, porque me pasé un poco con esos capullos. Alguno me pedía que no le quitara la vida porque tenía a una familia que mantener, otro me lloraba, diciendo que me iba a entregar todo su dinero a cambio de su vida; pero lo mandé todo a por culo.

No me arrepiento, esa gente se metió en eso porque quiso, utilizando excusas baratas para no sentirse hijos de putas, y esa era una de sus consecuencias. Haber pedido permiso, joder.

— La próxima vez que te mande una orden, hágalo bien, según como yo indique. — Eso me lo dijo como si fuera una amenaza. No, era una de verdad.

— No te prometo nada. — Eso le dije con burla, después de pedir más café y para hablarle de algo, que quería saber desde hace mucho tiempo.

— ¿Por cierto, dónde está Sasha Roosevelt? — Eso le pregunté. No había ni rastro de ella desde que había pasado todo aquello.

— Está desaparecida. — Eso dijo, tajante.

— ¿Y cómo llegó a ti? — Le mandé otra pregunta que me intrigaba, tanto como la desaparición de esa payasa de circo.

— Me pidió ayuda y yo se la di, a cambio de ciertas condiciones. Era mi cliente, y como tal no diré información privilegiada contigo. Salvo…— Cuando dijo eso último supe lo qué quería la puta de Elizabeth.

— ¿Dinero? — Era lo obvio.

— Por cien dólares, te diré algo. Por mil, algo más. Por diez mil toda la verdad. — Me preguntaba, con rabia, si podría ser como la gente normal y soltarme toda la verdad.

— Toma esto. — Le lancé un billete de cien dólares. — Y di lo que sea. —

— Ella apareció en mi palacio y me pidió un trato. Sabía dónde estabas y me ayudaría a encontrarse si le permitía hacer desaparecer un cuerpo y pruebas. — Eso dijo con toda la normalidad del mundo, como si estuviéramos hablando de algo normal.

— ¿¡Qué!? — Eso grité, impactada. — Eso significa que…—

— Pues sí, parece que había cometido un asesinato…— Y entonces movió la mano pidiendo más dinero para hablar y yo, intrigada, le di unos cincuenta dólares. — Ella nunca dijo que la matase, ni nos revelo nada, pero era obvio que lo había hecho. Había matado a alguien, en su salón, entre las cuatro y las ocho de la tarde. Después de eso, llegó a mi casa. —

— ¿Por eso quemaron la casa? — Eso dije, recordando cuando ardió la casa.

— Te pediría veinte dólares más pero bueno, sí. Con mis diversos sicarios pude hacer que quemaran la casa sin que nadie se diese cuenta de lo inevitable. Y queríamos dejar que el cuerpo se quemase, dentro, pero…— Tuve que darle mis últimos billetes para que terminara la frase, la muy perra me estaba dejando sin blanca.

— No quería eso, Sasha Roosevelt nos pidió cavar y enterrar el cuerpo, en su jardín. Algo ilógico cuando podríamos convertir su cuerpo en cenizas y casi una locura, sino fuera por los grandes árboles que tapaban la vista. De todos modos, hice lo que pude para evitar que buscaran algo en el patio, aunque ahora dará igual, ya que no sabemos dónde está la supuesta asesina. — Al terminar, pidió a los que les estaba sirviendo agua.

— ¿Qué quieres decir, exactamente? — Eso último que dijo me confundió un poco.

— Estoy muy segura de que Sasha Roosevelt está muerta. Ella no es como tú, que sabes cómo esconderte, me daría cuenta de dónde estaría. Es una simple niña que no sobreviviría sola por más enferma y loca que esté. No digo que esté muerta al cien por cien, pero hay grandes posibilidades de que no está viva. — Yo no podría aceptar eso, por Malia, quién iba cada día a la comisaria para saber si había noticias de ella, y cuando tiene tiempo libre lo utiliza para ese mismo fin. Eso escuché por otra persona, no lo pude comprobar por mí misma. No quería imaginarme lo que le pasaría si lo supiera, si de verdad esa idiota estuviera muerta. Pensar en que estaría realmente deprimida, tanto para perder su alegría habitual, me producía dolor, independientemente de lo que me decía a mí misma, que no entendía porque tenía esos sentimientos tan raros en mí hacia ella. Entonces, me acordé de alguien, de otra persona que esa chica buscaba sin cesar.

— ¿Y su madre? — Le pregunté dónde estaba, también perdida.

— Es muy fácil de entender, ¿quién es el cuerpo que nos pidió esa idiota esconder? — Me dieron escalofríos porque eso lo dejaba bien claro. ¿Qué es peor para ella que tener desaparecida a su familia? Qué la una matara a la otra. Malia no podría soportar eso, sería la gota que colmara el vaso.

— No puedo ser…Esa niña sí que está majara. — Era increíble lo que estaba escuchando, después de todo, y la muy perra de Elizabeth lanzó una molesta burla.

— Mira quién lo dice. Alguien que ha acabado con miles de vidas, sin apenas remordimiento. — No le podría negar eso, yo me había convertido en una especie de asesina en serie, tal vez. Pero, aún así, Sasha era una niña y la hermana de la chica más adorable que he conocido, pero, tras lo que pasó, parecía más un monstruo en pleno crecimiento. ¿Yo? Ya estoy bien formada, supongo. Me levanté, entonces, muy molesta.

— Voy a comprobarlo por mí misma, ¿me dejarás hacerlo? — Debía saber si había algún cadáver en el patio de la casa de Malia y si era de quién yo pensaba.

— De todos modos, yo ya he borrado todo nuestro rastro sobre eso, así que puedes hacerlo. — Eso dijo la enana, sonriendo como bellaca.

— Me esperaba un “no”. — Me sorprendió esa respuesta, la verdad.

— ¿Tú crees que me harías caso cuando te dijera una negativa? Lo harías indiferentemente de darte permiso o no. — Adivino lo que estaba pensando.

— Me da asco que me conozcas bastante bien. — Es horripilante que la persona que mas odies sepa tanto de ti, ya que sabe tus puntos débiles y los fuertes, tus fobias y tus manías. Y pudo dominarme como si fuera un perro, pero lo peor de todo es que yo la estaba conociendo cada vez, y cada día se me hacía más terrible que antes.

— Hay que conocer al enemigo para vencerlo. — Eso me decía, mientras empezaba a limpiar una de sus pistolas.  — Pero antes de irte, tengo una misión para ti.-

— Esta vez debes eliminar a alguien, a una estúpida que me intentó matar. — Entonces, pidió a unos de sus sirvientes a darme la foto de una chica y una nota para explicarme lo que tenía que hacer.

— Ahora me entero de eso, ¡qué mala pata que no lo consiguiera! — Eso decía, lamentándome que no la hubiese matado.

— Era prima o sobrina o lo qué sea de alguna amiga tuya. — Entonces, esas palabras me hicieron mucha, pero muchísima gracia.

— No lo recuerdo, ¿por qué será? Yo que recuerde no tengo amigas. — Eso dije con una ácida burla hacia a mí misma. Amigas, yo nunca tuve algo así, hasta que la conocí, a Malia. Suponía en aquel momento que tal vez mi supuesta amistad con ella solo era una dulce mentira que me creía.

Salí de su palacio y después, en un carro de caballos, de su Zarato. Tras volver a mi hogar, prepararme y esperar hasta la noche, me dirigí hacia la casa de Malia, o lo que quedaba de ella. Antes de salir, tuve que prometerle darle cien dólares para saber en qué zona del jardín enterraron el maldito cadáver, aunque iba a ser muy problemático con toda la nieve acumulada. Estábamos en diciembre y ya pasaron varias tormentas de nieve por aquí. Sería una búsqueda difícil, no solo por lo que he dicho, sino también por si alguien me viera excavar ahí, sería harto sospechoso.

Cuando llegué, vi con alegría como las luces de las farolas estaban rotas por el vandalismo, me iban a ayudar y me introduje en ese lugar consumido por el fuego, para encontrar el cadáver. Cogí la pala que traje y empecé a recordar lo que me dijeron.

— A los pies de un pino, joven, que estaba en el centro del jardín. — Eso fue las indicaciones, miré y no había ningún pino en el centro. El fuego fue tan fuerte que casi afectó a las casas de los vecinos. Así que, por instinto, me puse en el medio de ese lugar y cuando estaba a punto de usar la pala.

— ¿La…Lafayette? — Entonces, es cuando Malia me vio, que había llegado y estaba a los pies de su antiguo hogar. Nos quedamos mirándonos, hasta que ella empezó a sonreír y a llorar a la vez. Yo escondí la pala detrás de mí, mientras sentía dentro de mí múltiples sentimientos enfrentados. No quería que me viera, tanto por excavar en su jardín como porque no me sentía digna de vernos, pero a la vez estaba feliz de verla otra vez, quizás demasiado.

— Bienvenida, de nuevo, Lafayette. — Y esto me dijo, mientras se estaba limpiando las lágrimas, con las palabras más dulces que había escuchado en mi vida.

— He vuelto, Malia. — Y estas fueron mis palabras, antes de poner una gran sonrisa y acercarme a ella.

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