octogésima_séptima_historia

La sicaria: Tercera parte, octogésima séptima historia.

Cuando desperté, vi que no estaba en mi casa, sino en otra, mucha más pobretona y pequeña que la mía, siendo el salón del lugar que me dio Eliza para vivir más grande que esto. La cama en dónde yo estaba durmiendo parecía muy degastada y el cuarto en dónde estaba era muy pequeño, solo tenía una pequeña mesita de noche y un horrible armario, los dos igual de degastados. No había apenas decoración y detrás de mí estaba la ventana, en dónde se visualizaba el barrio en dónde se situaba este lugar. Edificios de apartamentos, viejos y algunos de ellos siendo restaurados. Calles llena de gente de orígenes humildes, con cachivaches como coches aparcados en cada lado de la acera. Con gritos y vecinos hablando en las puertas de los bares, pero limpios de suciedad, sin rastro de drogadictos y de maleantes. Al observar todo esto, recordé que estaba en el nuevo hogar de Malia. Me levanté y salí del cuarto rápidamente. Buscaba su rastro, pero solo encontré una nota en su nevera.

Perdón por no despertarte, pero no me sentía incapaz. Me he ido a mi trabajo, así que dentro está tu desayuno. Espero que te sea muy deliciosa. Volveré muy tarde, así que te he dejado unas llaves para ti por si necesitas ir a mi casa.
Malia.

Me sorprendía la confianza que tenía en mí, siendo capaz de dejarme en su casa y darme una copia de sus llaves. Mientras comía lo que dejó preparado en la nevera, a la vez que pensaba qué ropa ponerme, porque yo estaba en bragas y solo llevaba una camisa suya; me puse a recordar todo lo que me ocurrió la noche pasada con ella.

— Me alegra mucho de volver a verte, la verdad. — Eso me dijo, mientras andábamos por las solitarias calles del barrio. Ella me invitó a su casa y, a pesar de que intenté negarme, acepté.

— Yo… — Quería decir que también estaba feliz de verla, pero, por mi orgullo, no hice eso. —…solo pasaba por aquí. — No quería que oyera esas palabras por mi voz.

— ¿Me estabas buscando? — Esa pregunta fue demasiado repentina, me dejó boquiabierto, preguntándome por qué soltó tal cosa.

— No, exactamente. — Aún cuando deseaba buscarla, no me atrevía, así que esa respuesta era la verdad. Pero me puse tan roja y alterada, poniendo a mirar hacia otro lado para que no me viera, que seguramente pensó que era bien obvio que la estaba buscando. Y a Malia le hizo mucha gracia, se soltó unas risitas. — ¿Y ahora dónde vives? — Rápidamente cambié de tema.

— Alquile un piso, cerca de la estación central, bastante barato. Ahora estoy trabajando en un puesto de comida rápida. No me pagan mucho pero estoy conforme. — Eso lo decía poniendo una gran y radiante sonrisa en la cara, a pesar de que lo había perdido todo. Tuvo que iniciar una vida nueva, que era tal vez peor que la suya. Por eso, no entendía cómo podría estar así de tranquila y calmada.

— ¿Y no has conseguido dinero con lo de tu casa quemada? Debería tener un seguro o algo así. — Sentía ganas de ayudarle.

— Ese dinero aún tardará mucho en venir. Tal vez, incluso años. De todos modos, lo guardaría y solo lo utilizaría para cosas importantes. — Intenté darle unos dólares que saqué de mis bolsillos y se lo ofrecí, pero se negó, con mucha amabilidad y dándome las gracias.

— Debe ser duro, supongo. — Le dije eso a continuación.

— La verdad es que sí, pero es lo que hay. — Dejó de sonreír, por unos segundos. — Aún no han encontrado a mí madre y a mi hermana. Seguro que están vivas, no hay que perder la esperanza. Por eso, voy cada día a la comisaria, por si había alguna pista de ellas. — Intentaba sonar más alegre y motivada de lo que realmente estaba, se hacía la fuerte.

— ¿Y has encontrado algo? — Eso solté y ella se puso triste de nuevo, por unos segundos. Sentí que metí la pata al decirlo.

— Nada de nada, pero no me voy a rendir. — Malia me respondió a toda velocidad, mientras ponía una forzosa y dolorosa sonrisa, antes de mirar con esperanza al cielo,

Yo me sentí peor, porque sabía que las dos estaban muertas, por lo menos una, y todas sus esperanzas eran inútiles. Pensé que si ella se enteraba, se hundiría al completo. Ya le habían pasado muchas cosas horribles para rematarla con ésta.

Por eso decidí, para proteger esa sonrisa, ocultarle aquel hecho y no volver a excavar en su jardín, para confirmar que aquel cadáver era el de su madre.

— Supongo que eso está bien. — Yo añadí con una simple y estúpida conclusión. Después de eso y tras mucho andar, habíamos llegado al edificio en dónde se alojaba ella.

— ¡Vaya birria de lugar! — Le decía yo subíamos por la escaleras, ya que el ascensor estaba roto. Según ella, llevaba un año roto y nadie quería repararlo.

— Pues a mí me parece acogedor. — Me replicó.

Al llegar su casa, me sorprendí que ella viviera en tal sitio, estaba hecho polvo, a pesar de que lo tenía muy limpio y el hecho de que se notaba que había pintado las paredes recientemente. Me senté en sofá, que estaba totalmente hundido y ella me preguntó qué quería de cenar.

— ¿No es un poco temprano? — Le respondí, antes de que mi propia barriga me contradijera, empezando a dar ruidos, pidiendo comida.

— Pues, tu estomago no dice lo mismo. — Eso dijo, tras soltarse unas risitas, y yo me puse algo roja. — Cualquier cosa estará bien. — Añadí avergonzada.

Pensaba irme rápido de ahí, pero me quedé un poco más, por comer su comida, que estuvo muy rica; y luego no rechacé su invitación para bañarme. Tras eso, no me dejo irme, ya que decía que era muy tarde y que debería dormir en su casa, y lo hice. Aunque recuerdo que me quedé en el sofá, viendo la tele sin voz alguna, y nada más.

— Tal vez, debería irme. — Eso concluí cuando terminé de comer y me cansé de recordar, al ver en el reloj de pared que eran las once y media de la mañana.

Al final, salí, para deambular por las calles. Llevaba la capucha puesta para que nadie me reconociera, aunque ningún conocido se daría cuenta por mis pintas, pero lo hacía para asegurarme. Pensaba en cómo iba a cometer aquel asesinato que me mandó esa perra de Elizabeth, y casualmente, mientras paseaba por un parque, apareció ella, detrás de mí.

— Parece que, al final, no has podido hacerlo. — Eso me soltó, con su irritante indiferencia. Me sorprendió y tuve que mirar hacia atrás para ver quién me hablaba.

— ¿¡Qué haces aquí!? ¡Casi me has dado un susto de muerto, maldita! — No deseaba verla tan pronto. Bueno, ni eso ni nunca. No la podría soportar, ni verla en una foto. Puse una cara de asco.

— Solo estaba comprobando si podrías hacer tu trabajo perfectamente.  —Me replicó, mientras acariciaba su pelo de forma aristócrata, mirándome con esa cara de superioridad que tantas nauseas me provocaba.

— ¡Qué impaciencia, la tuya! — Me quejaba. — ¿Y qué querías decir con eso de que no he podido hacerlo? — Deseaba saber qué querían decir esas palabras que soltó.

— Desenterrar lo que estaba en su jardín. — Estaba hablando del supuesto cuerpo de la madre de Malia, enterrado en su jardín.  — ¿No era eso lo que dijiste que ibas a hacer? — No podría negar eso.

— He cambiado de idea, no quiero ver eso y hacer que ella descubra que su madre está muerta. — Eso sería darle el golpe de gracia a Malia, sentía que ella no podría soportarlo. Con esto en mente, ni siquiera quería escuchar lo que dijo a continuación Eliza:

— ¿Entonces, vas a seguir que conserva aquellas falsas esperanzas, que siga creyendo en una mentira? — La muy perra soltó unas risas, como si fuera algo gracioso, y eso me ponía más cabreada de lo que estaba. Quería arrancarle la lengua.

— No es una mentira, porque no lo sabe. — Le grité. — En realidad, nadie sabe sí está enterrada ahí o no. Podrías haberme mentido. — Y eso le solté, siendo lo único bueno que se me ocurría para defender mi decisión.

— Pero podrías demostrar que no miento, desenterrándola; ¿o es que  piensas seguir creyendo en una falsa esperanza, no abrir la caja para comprobar si el gato está vivo o muerto? — Miré hacia al otro lado, escuchando cómo ella me contradecía. Solo le decía pendejadas y yo lo sabía muy bien.  Y la maldita aprovechó para cachondearse de mí, usando un horrible tono de pura burla, mientras me decía cosas que ni entendía.

— ¿Qué gatos ni que leches, por qué me sacas esa mierda? — Yo le grité, incapaz de buscarle sentido lo que decía, con eso de que un estúpido gato está muerto o vivo.

— El experimento del gato de Schrödinger, sería algo imposible para ti entenderlo si te lo explicará. — Apreté los puños, al escuchar que me estaba llamando estúpida, otra vez.  — En fin, haz lo que quieras. De todos modos, tarde o temprano lo sabrá, y tendrá que aceptar la realidad. Estaría bien hermoso que se derrumbará, como un castillo de naipes. — Y soltó unas risas más. Tuve que controlarme, o si no, la destrozaría la cabeza en mil pedazos. Además de insultarme, decía esas horribles cosas hacia a Malia.

— Me encantaría destrozarte la cara. — Eso lo dije con todo mi corazón, mientras ella se acercaba a mí.

— ¿Qué piensas conseguir con eso? De todos modos, esa idiota ya está sufriendo con la desaparición de su madre y el de su hermana. No va a cambiar nada que estén muertas, solo que ya no hay esperanza de verlas vivas, por lo menos a una. — ¡Qué ganas tenía de arrancarle aquella sonrisa burlona y desagradable a arañazos o a pedradas!

— ¿Y entonces qué debería hacer, maldita idiota? — Eso le pregunté, poniendo la misma cara que ella.

— Deja los insultos para luego. Eso depende de ti, elegirlo o no, no es de mi incumbencia. Pero ten en cuenta esto: elijas lo que elijas tendrá sus consecuencias negativas. — Entonces, pasó por mi lado. — Pero antes de todo, no he venido aquí para charlar, he cambiado el plan que vas a seguir.  — Y me había dado una carta en que me decía qué tenía que hacer para asesinar a aquella chica. Al leerlo, me pareció increíblemente gracioso y me preguntaba si podría funcionar. Pero tenía que hacer caso sus órdenes, por desgracia mía.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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