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La última resistencia, octogésima quinta historia.

En uno de los valles más profundos del Zarato se estaba produciendo, desde hace meses, asaltos en esos solitarios caminos, a manos de unos malhechores que negaban a la actual zarina su legitimidad al trono y amenazaban destruir a las aldeas de su zona si no le apoyaban a ellos.

Eso era como una astilla para Elizabeth y no iba a consentirlo. Por eso, ella decidió exterminarlos y pasear sus cabezas por toda la Capital, y con ese objetivo, apareció en persona, junto con sus sirvientas y sus soldados más expertos, en aquel lugar tan remoto. Esta información llegó rápidamente a manos de aquellos rebeldes.

— ¡He traído noticias importantes para vos! — Eso dijo un chico joven, quién entraba, corriendo como loco, en una gruta situado en las laderas de una montaña. Era parte de la banda de bandidos y se estaba introduciendo en la guarida en la que moraban para decirle algo importante, a su jefe.

— ¿Cuáles son, mozo? — Eso le preguntó su jefe, quién se levantaba de la roca en dónde estaba sentado. Él no esperaba mucho de aquellas noticias tan importantes, pensaba que le iban a informar que la Zarina había llegado al lugar, algo que ya sabía de antemano, hasta estaba a punto de terminar varios planes, uno para atacarla y otra para huir de aquellas montañas.

— La Zarina, por imposible que os parezca, la hemos capturado. — Se quedó helado, al oír eso. No se lo podría creer.

— ¡No te hagas bufón, que tienes barba para decir tales sinsentidos! —  Le soltó eso con tono de burla, disimulando su enfado por decirle, eso creía, una broma de mal gusto, mientras le ponía la mano en el hombro.

—  Le juro por mi honor y por mi padre, que descansen en paz, que la hemos capturado. No hay duda alguna, señor. — Eso le soltó el chaval con la mayor seriedad posible.

Entonces, uno de los presentes en la cueva intervino, quién era superior al jefe, siendo así el verdadero líder de los bandidos; diciendo esto a aquel joven, a quién conocía bien:

— ¡Te creo, soldado, aunque tal cosa parezca ridícula, tus palabras nunca dicen mentiras! — Eso le dijo con dulces palabras.  — Yo le conozco mejor que vos a él. — Y añadió, refiriéndose, al otro hombre.

— ¡Pero, Señora…! — Le intentó decir, pero ella le interrumpió.

— No hay palabra que sobra, solo hay que comprobarlo.  — Eso le soltó, mostrando que era la mayor autoridad en el lugar entre los bandidos.

Nonoma Matatiske era su nombre, hija de un antiguo líder un pueblo del lugar más remoto de todo el Zarato y uno de los cabecillas de la rebelión que desató la guerra civil, muerto en dicho conflicto. Ella estaba rodeada de viejos aliados de su padre, los que sobrevivieron; de sus últimos sirvientes y bandidos de la zona, que se unieron por la esperanza de tener privilegios.

Ella seguía luchando, a pesar de que había paz, de que no tenían a nadie más que a ellos mismos y no podrían hacer algo realmente; todo esto lo hacía para vengar a su padre y quitarle la corona a aquella persona que lo derrotó, a él y a la Luisiana. Se alegró mucho de oír esa noticia, ya que era un golpe de suerte enorme. No, más bien, para la chica, era un regalo de Dios, por darle aquella oportunidad. Se fueron, Nonoma y casi todos los de la guarida, confiados y sin darse cuenta de que estaban cayendo en una trampa.

— ¡Por favor, no me hagan daño! ¡No lo hagan! — Así la vieron, llorando a moco tendido, como si fuera un bebé; mientras era atada con los bandidos. Estos no se podrían creen que aquella reina que les venció la guerra, era una simple y estúpida niña; que aquella chica de cabello dorado, lujoso vestido, blanca piel, parche en el ojo y que se veía tan indefensa; fuera su majestad.

— ¿Y esta moza es nuestra majestad? He visto recién nacidos mejores que esta muchacha. — Se burlaban de ella, mientras le tocaban fastidiosamente la mejilla. — ¡Llora, llora, todo lo que desees, majestad! — Y le hacían bufonadas, sacándole la lengua y haciéndole cosas de niños pequeños. Se sentían unos ganadores.

— ¡Dejen de molestarme, payasos! ¡No sois rivales para mí! — Eso decía, entre sollozos, mientras gritaba sin parar.

— ¡Qué insolente es nuestra reina! Incluso los caballeros que la protegían la han abandonado. — Eso lo decían, recordando cómo la capturaron. Estaba paseando por una pradera cerca de allí, con unos hombres que la cuidaban,  que se quitaron del medio al aparecer ellos.

— ¿Es está nuestra majestad, en serio? — Entonces, Nonoma apareció, junto con el resto, para verla y se quedó asombrada, al observar que aquella niña llorona era la que venció a su padre.

— Es increíble, ¿a qué sí? Hemos perdido una guerra contra esta moza llorona. — Eso le decían los bandidos.

— ¡Esto es decepcionante! — Exclamó Nonoma, quién se sentía muy avergonzada de que ella les había ganado la guerra. Y a continuación, le soltó, con burla y desprecio a la vez, esto: — ¡Majestad! ¿Cómo se siente estar atrapada bajo mis garras? —

— ¡Fatal, fatal! ¡Soltarme, no os mataré! ¡Juró que no lo haré! — Suplicaba sin parar, mientras no dejaba de llorar. Pero Nonoma, ardida de rabia y de venganza, tenía otros planes. Quería matarla, pero pensó mantenerla viva, para utilizarla para dialogar con el Zarato. Aunque deseaba que sufriera, un poquito.

— Eso ni pensarlo. — Le dijo, con una siniestra sonrisa en la cara. Y luego, habló a los bandidos. — Yo os daré el privilegio, caballeros, de satisfaceros con ella. ¡Quitarle la virginidad! — Se pusieron contentos, no le daban asco violar a una niña, hasta algunos se excitaron por ese mismo motivo.

— ¿No es eso pasarse un poco? — A algunos, eso les pareció repugnante y le preguntaban a Nonoma por qué hacía tal cosa.

— No tiene comparación con lo que nos ha hecho. — Les soltó, mientras se daba la vuelta, para no ver eso; a la vez que Elizabeth empezará a gritar desesperadamente que no lo hicieran.

Y en menos de unos pocos segundos, la actitud de Elizabeth cambió de forma radical, dejo de lloriquear y de gritar. Empezó a sonreír de forma macabra, algo que extrañó a los bandidos que la iban a violar, antes de soltar esto:

— ¿¡No tiene comparación con lo que nos has hecho!? — Empezó a reírse, dejando a los presentes mucho más extrañados que antes. — Más bien, esto no tendrá ninguna comparación con lo que les voy a hacer, fanfarrona. — Nadie entendía lo que quería decir exactamente, por qué se le escuchaba tan contenta. — Espero que disfruten de lo que tengo preparado. — Pero lo iban a descubrir enseguida.

El más viejo de todos, quién se quedó callado, mientras observaba la escena; se dio cuenta de algo. Ya le parecía raro que actuará así, porque la vio actuar en la guerra civil. Era muy fría, astuta y nunca caería de esa forma. Comprendió que estaba actuando.

— ¡Por el amor de Dios, hemos caído en una tramp…! — Fue demasiado tarde para ellos, porque salieron de las rocas soldados que le atacaban, convirtiéndose aquello en una carnicería, mientras las sirvientas rescataban, con éxito, a la Zarina y la llevaban a la aldea más próxima.

— ¡Menos mal, menos mal, Mi Señora, qué estés bien! — Eso le soltó Ranavalona, quién estaba llorando a moco tendido e intentaba abrazarla, mientras Elizabeth lo evitaba.

— Fueron más tontos de lo que esperaban, se han reunidos todos a mi alrededor. Ni siquiera me han llevado a la guarida. — Eso dijo la Zarina, bastante contenta del resultado.

— ¡¿No crees que te arriesgaste mucho con este plan!? ¡Qué te atraparan y todo eso ha sido demasiado loco! — Eso dijo Cammi, quién estaba sorprendida de lo que Elizabeth podría hacer.

— Incluso te iban a quitar la virginidad, esos enfermos. — Estaba feliz de que no hubiera ocurrido eso. — ¡No vuelta a hacer eso, por favor! — Le gritaba.

— ¡Deja de llorar! Hay veces que hay que arriesgarse. — Le replicaba Elizabeth.

Al pasar las horas, supieron que habían acabado con la vida de muchos y que había muy pocos heridos, entre ellos, Nonoma Matatiske. Los que huyeron fueron descubiertos y eliminados a las pocas horas. La Zarina decidió eliminar la vida de los que quedaban, menos la chica, a quién le tenía algo reservado. Ésta pudo abrir sus ojos al día siguiente:

— ¿Qué pasa,…? — No podría ver nada, porque le habían tapado lo ojos. — ¿en d-dónde me encuentro? — Solo se dio cuenta de que estaba metida en un carro y que le estaban transportando. También de que estaba atada y no podría moverse, mientras escuchaba otras voces. Así estuvo tres o cuatros días, siendo obligada a comer y a beber por sus captores, hasta llegar a la capital.

— ¿Dónde estoy? — Eso se preguntó, cuando vio que la soltaron y le introdujeron en una celda. Miró por todos lados, observando cómo era el lugar en dónde le habían metido, y arrepintiéndose de no haber muerto con sus compañeros. Entonces, apareció Elizabeth, quién entró a los calabozos, bajando por las escaleras.

— ¿Estás disfrutando de mi estancia? — Eso le decía con un tono irónico y burlón, mientras bajaba los últimos escalones.

— ¡Eres tú, hija del infierno! — Le gritó como loca, al oír su voz, se fue hacia las rejas y las empezó a mover violentamente.

— Ni siquiera nos conocemos, y ya me odias. ¡Qué triste, qué triste! —Tras decirlo, soltó un suspiro de molestia.

— ¡Mataste a mi padre! — Le gritó, toda enfadada.

— ¿Y quién es ese? — Mientras tanto, Elizabeth se hacía la tonta.

— ¡Tú lo sabes muy bien! — No paraba de gritarle enfurecidamente.

—Olvídate de esas cosas, porque te he traído una propuesta que podrá salvar tu vida. — Eso le dijo, a continuación, Eliza y Nonoma dejó de agitar los barrotes y se calló.

— Conviértete en una sirvienta mía y tu vida será perdonada, tus crímenes olvidados y tendrás una nueva vida. —

A continuación, Nonoma, se quedó con la boca abierta, al ver lo que le estaba proponiendo. No creía que fuera tan generosa, que había alguna trampa. Aún así, dudó, deseaba conservar su vida. Pero el simple hecho de pensar en aceptar la propuesta, provocó que se sintiera muy avergonzada de sí misma, que estaba traicionando a su padre y sus amigos, que muriendo luchando contra la Zarina. Sintiendo que iba a enfurecer a los espíritus de sus antepasados, decidió dejarle una respuesta clara a Eliza:

— ¡Moriré, como han muerto mis antepasados, con honor! — Eso le gritó.

—Ya veo. De todos modos, te daré tiempo para pensarlo — Elizabeth se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras. — ¡Te daré dos semanas para que decidas si quieres tu vida o no! — Eso le dijo, al final, a Nonoma, antes de irse.

— ¡No lo conseguirá, antes muerta que postrada ante ella! — Se decía Nonoma, después de que la Zarina se fuera de los calabozos.

Desde entonces, Elizabeth iba cada día a calentarle la cabeza a Nonoma, intentando manipularla con argumentos para que aceptará su proposición, y ésta intentaba con todo su alma resistirse a sus palabras. Ésta intentaba ser amable con ella, le tentaba con miles de privilegios y le decía hermosas promesas. Al notar el gran esfuerzo que la Zarina hacia para que rendir a esta chica, su sirvienta Ranavalona estaba muy consternada y tuvo que preguntarle el por qué hacia todo eso. Ésta fue su respuesta:

— Es la última resistencia hacia mí, si consigo que se me vuelve leal, dejaré el mensaje a todos mis detractores de que no hay motivo para estar contra a mí. — Eso le dijo.

Al final ella pudo aguantar  hasta llegar al día de su ejecución, que fue preparado, en secreto, nadie sabía el porqué; junto con otros delincuentes comunes. Al poco después del amanecer, los carceleros le abrieron la puerta y en ruso les decía:

— ¡Levanta, levanta, que ya es tu hora! — Ella se despertó y se levantó con honor, mirando con la cabeza alta a aquellos hombres mientras salía de ahí.

Tras salir de los calabozos llegaron a una espaciosa sala de la planta baja del palacio, con un lujo que dejó perplejo a ella y a los delincuentes que le acompañaba hacia la tumba. En el centro de aquel lugar, cuyo suelo relucía como cristal, estaba una guillotina, con sus respectivos verdugos esperando a sus nuevas víctimas. Allí también estaba la Zarina, quién estaba sentada en una enorme y hermosa silla, preparada para ver el espectáculo.

— ¡Oh, ahí está!— Eso se dijo, al ver a Nonoma, y llamó a los que la cuestionaba que la trajeran hacia ella. — ¿Has pensado ya en salvar tu vida y convertirte en mi sirviente? — Eso le preguntó, mientras los carceleros la obligaban a ponerse en el suelo.

— Jamás de los jamases, vil villana. — Le gritó, mientras intentaba no pensar en que iba a morir.

— Aún tienes tiempo. — Eso le dijo Eliza con una sonrisa y dio palmadas para comenzar las ejecuciones de los demás. Ella quería que Nonoma viera, uno por uno, como morían aquellos hombres.

— ¡No, por favor, no me maten! — Gritaba uno, lloriqueando con mucha desesperación. — ¡Me volveré bueno, no volveré a violar y a matar niños! ¡Lo juro! — Él no paraba de moverse, mientras los verdugos ponían su cabeza bajo lo que le iba a cortar la cabeza. — ¡Os lo suplicó, por favor!  ¡No me matéis! — Sus gritos desesperados no sirvieron de nada, ya que le cortaron la cabeza y uno de ellos lo mostró a la Zarina, como si fuera un premio.

— ¡Mete eso en la canasta, me estás poniendo mala! —Eso le exclamó Eliza, quién se tapaba la boca, al ver eso que le estaba mostraba. — ¡Y quiten ese cuerpo de mi vista! — Añadió a gritos. A Nonoma rápidamente se le quitaron las ganas de morir así, eso le pareció horroroso.

— ¡Pobre hombre! — Se decía. Eliza se rió.

— Ese perro violo y descuartizó a niños. De pobre tiene nada. — Le replicó.

El segundo fue un vulgar ladrón que mató sin querer a una persona, cuando estaba robando gallinas. Solo se reía compulsivamente, mientras le ponían la cabeza sobre la cuchilla que iba a cortarle la cabeza.

— Un ladrón como tú y tus amigos. — Le comentó Eliza a Nonoma.

— Nosotros jamás fuimos unos ladrones. — Le gritó con enfado, ante tal acusación.

— Erais bandidos y robabais a los que veíais en vuestro camino. — Le dijo Eliza, entre burlas, mientras cortaban la cabeza del ladrón.

—Pero era por una razón, para reunir dinero contra ti. — Le replicó de nuevo, haciendo partir de la risa a Eliza.

— ¡Qué gran excusa, felicidades! — Le decía Elizabeth, dando palmadas. — ¿De verdad te crees lo que estás diciendo? —

Eso que dijo la Zarina la hizo pensar. No hacían gran cosa que asaltar a diligencias y a pueblos, con la idea de recaudar dinero contra Eliza y aterrar a los vecinos para que se unieran a ellos. Entonces se dio cuenta del todo daño que ella y sus compañeros hicieron, solo robaban para sus propios intereses, utilizando la excusa de seguir una lucha que estaba perdida desde hace tiempo. Mientras pensaba eso, observaba con horror, cómo tenían que cortar por segunda vez la cabeza de un condenado que no se despegó.

— ¿Solo luchabas para vengar a tu papá? ¿Tu vida solo era eso? Porque es muy triste, dedicarse solo a una venganza. —Eso le comentó Eliza, cuando le cortaron la cabeza al cuarto condenado.

Entonces, ella empezó a pensar por qué su padre luchaba en aquella guerra y se dio cuenta de que nunca lo supo y que nadie se lo dijo. Ahora vio que no tenía sentido, para ella, seguir aquella lucha, porque ni siquiera estaba consciente de qué era aquello. Y llegó el momento en que le iban a cortar la cabeza. Entonces, de verdad, al sentirse a los pies de la muerte, deseo seguir viviendo. Le entraron ganas de llorar.

— ¿Algo que decir? — Le preguntó Eliza, pero ésta no contestaba, apenas podría reaccionar ni mostrar resistencia alguna.

Ella fue fácilmente llevaba a la guillotina y pusieron su cabeza debajo de aquella hoja que iba a atravesar su cuello. No sabía qué hacer, ni que había hecho con su vida durante todo este tiempo, se sentía muy pérdida. Quería vivir, pero tenía que morir con honor, para darles honra a sus antepasados. Aunque, ya que se dio cuenta de que fue una simple ladrona, no se sentía capaz de mirarle a los ojos a su padre y a su familia en el otro mundo.

Y cuando se dio cuenta de que, sobre su cabeza se encontraba la hoja que la iba a matar, cambió de parecer subidamente. El miedo a morir y el deseo de seguir viviendo prevalecieron, empezó a gritar como loca, mientras miles de lágrimas recorrían su cara.

— Lo siento mucho, de verdad. Espero que me perdonen mis antepasados. ¡No es mi intención, pero quiero seguir viviendo! — Tiró todo su honor a la basura, se humilló, mostrándose como un cerdo que chillaba al ver que le iban a rajar el cuello. — ¡No me mates, no lo hagas, hare todo lo que me pidas. —

— Entonces, di que quieres convertirte en mi sirvienta. —

— ¡Lo soy, lo soy! — Gritaba desesperadamente — ¡Por favor, sácame de la guillotina! — Entonces, la cuchilla cayó pero, por suerte, la sacaron unos segundos, para que viera lo más cercano posible como caía la guillotina ante sus ojos. Al verlo, dio el mayor grito que tuvo y del terror se meó encima. Entonces, Eliza, empezó a reírse cruelmente de ella, sintiendo como había ganado otra vez.

FIN

 

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