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Mis últimas palabras, octogésima sexta historia.

Sabía que iba a acabar en un calabozo de la comisaria, esperando mi traslado a una cárcel, pero no pude haber conseguido lo que me planee y eso no me hacía sentir bien. Aunque la verdad, ¿si hubiera matado a Elizabeth von Schaffhausen conseguiría liberarme de este horrible sentimiento? No lo sé, la verdad. Tal vez, solo quería matar a alguien y elegí a la última víctima de mi padre para vengarlo, como coartada. ¿Fue injusta su muerte? De todas maneras, no era un corderito, era un loco que creyó en un sistema, en una especie de teoría que parecía explicarlo todo pero que en realidad era falsa. Fue igual que un extremista religioso, pero sin creer en ningún dios, salvo un régimen que podría traer la paz en este mundo. Hay hombres que se vuelven esclavos de sus ideas y de otros; y gente, como yo, que se volvió de sus propias pasiones.

Aunque en realidad no iba a ser tan horrible como pensaba, el calabozo es como si fuera una pequeña habitación, con una cama bien blandita, una televisión y un propio cuarto de baño. Mientras me acostaba sobre el colchón empecé a pensar en vez de dormirme, ya que la noche había llegado.

— ¿Por qué no murieron todas esas niñas? ¿Por qué no murió ese maricón de mierda? —

Eso me decía, mientras recordaba a Mao y a todas aquellas niñas que eran sus amigas. Me daban mucho asco, sobre todo por el hecho de que eran sus amistades. Odio a las personas que tienen amigos, ¿por qué yo no los tengo? Nunca los he necesitado, estar sola es mejor. Si estuviera con otros, solo me harían sentir envidia de ellos, celos de que nos le persigan este sentimiento que tengo y desearía que unos locos aparecieran y los torturasen lentamente. Me encantaría que una guerra acabase con todas las demás personas del mundo, solo son más que basura.

— Todo esto es culpa de mi padre, de él…—

Eso fue mi conclusión, tras terminar de repasarme todo mis vivencias. En verdad odiaba a los demás porque eran felices y tenían un padre con ellos, mientras yo acabé en un orfanato, ya que mi madre, no podría ocuparse de mí, por problemas mentales. Al hacerme mayor de edad, tuve que lidiar con ella, era un estorbo para mí y no me arrepiento de haberle dado más pastillas de lo necesario.

No me hubiera importado volarle la cabeza a mi tío Mao cuando tenía la oportunidad, ni de volar aquel autobús, sino fuera por su amiga. Sí, intenté ser terrorista como mi padre, pero en vez de hacerlo por el comunismo, lo hacía solo por matar a gente. Intenté dejar una mochila llena de explosivos en un transporte público, pero tuve que subirme en el mismo vehículo que la maldita de Nadezha, a quién reconocí al momento. Tengo que reconocer que apenas le di importancia, es más, estaba feliz de que se muriera por una explosión. Pero esa maldita chica, más una amiga suya y su hermanita, una enana desgraciada que casi me chafó todo el plan, al ver que me lo dejé ahí, intentaron devolvérmelo. Por suerte, pude escapar de ellas y, por desgracia, explotó sin que ninguna se muriese. Al recordarlo, me llené de frustración.

En aquel momento, antes de escuchar unos misteriosos pasos, empecé a recordar algo sobre mi abuelo, el padre del mío y el de Mao. Fue cuando me vio la última vez, antes de mandarme al orfanato.

— ¿Qué estás haciendo, viejo? — Eso le decía, mientras lo veía escribir algo, me extrañó observar que estaba escribiendo en inglés y no en chino, como siempre le gustaba hacer.

— Solo estoy escribiendo mi historia, será mi futuro testamento. — Eso me decía, con todo su desprecio hacia a mí.

— ¿Me darás algo a mí? — Eso dije como una inocente broma, dejándolo claro por el tono un poco burlesco que usé. A ese cabrón le enfureció oírlo.

— ¡Esto será para Mao, a ti ni te daré ni una pizca! — Me gritó como si le hubiera insultado. Y no solo eso, se levantó y me dio un puñetazo que me hizo volar, rompiendo la misma nariz.

Me levanté del suelo, mientras me tapaba la cara por el dolor. Tardé unos pocos segundos, en decirle algo, llena de una rabia que provocó que yo empezará a llorar.

— ¿Por qué eres tan desagradable conmigo, abuelo? — Le grité con todas mis fuerzas, mientras controlaba mis ganas de devolverle lo que me hizo.

— Porque eres la hija de la perra que se casó con mi hijo. — Eso dijo con odio, mirándome con desprecio, como si fuera un monstruo. Él empezó a decir sinsentidos e insultos contra ella. Y luego, tras una pausa, se rió de mi propia madre: — Al final, está como una puta regadera. —

Para él, yo era más que una simple cucaracha. Ni soportaba que entrara en su propia casa. Solo quería a su último hijo, Mao, y lo trataba como si fuera una niña, solo por cumplir un estúpido capricho. En realidad, ese era mi problema. No fui aceptada por nadie. Me quedé sin padre, mi madre terminó en un psiquiátrico y mi abuelo me despreciaba. Ni en el orfanato fui tratada bien. Todos se burlaban y me pegaban. Allí, los niños, a pesar de los esfuerzos del lugar para evitarlo, jugaban a la ley del más fuerte. Al final, acabé odiando al mundo y busqué una manera de darle cauce esos sentimientos, vengándome de la muerte de mi padre, yéndome a por su última víctima, a la única que salió viva de él.

Por eso cuando supe que aquel viejo murió, fui a por su testamento, porque sabía que en eso había una pista que me conduciría quién era la niña que había secuestrado, ya que la policía y su propia familia lo mantuvieron en silencio. Quería quemarlo, después de cogerlo, para que no encontraran pruebas, aunque al final no pude hacerlo. Al pensar en todo esto, me puse a reír como psicópata, mientras alguien llegó a las puertas de mi celda. Al levantarme, me di cuenta de que no era un policía.

— ¿Quién eres? — Eso pregunté, extrañada, a esa persona.

Llevaba una sudadera rosa con la imagen de Hello Kitty, con la cual se tapaba la cabeza, y también media cara, con un pañuelo con dibujos de animales simples e infantiles. Llevaba unos pantalones muy azules y que le parecía que le quedaban grandes. En una mano tenía el mando a distancia, que servía para abrir la celda, y escondía la otra. No me alegré en absoluto cuando abrió la puerta, ya que había algo realmente sospechoso y aterrador en ella, provocando que yo empezara a temblar.

— ¿Quién eres? — Le pregunté por segunda vez pero no me contestaba, solo se quedaba en silencio mientras me mostraba lo que llevaba en la otra mano, un cuchillo de cocina muy afilado.

Me puse a temblar, mientras di unos cuantos pasos hacia atrás hasta chocar contra la pared de la celda.

— ¿Qué quieres? — Le pregunté, pero esa persona seguía sin contestarme. — ¡Guardias, guardias! — Gritaba, gritaba, sin parar.

— No te oirán. — Me decía con una voz de ultratumba. — Todos se han ido a una fiesta, a celebrar un nacimiento. —

— ¡Esto es una negligencia, deben de tener, por lo menos, a uno para vigilar la celda! — No me podría creer lo que estaba oyendo. Y empezó a acercarse hacia a mí, mientras alzaba el cuchillo con una intención clara.

— No es nada personal, pero debo matarte. — Eso me decía, como si fuera algo normal.

— ¡No lo hagas! ¡No lo hagas! ¡Por favor, te lo pido! — Le grité, con lágrimas en los ojos. No quería morir, no de esa forma.

No tuvo piedad conmigo, me lo clavó en todo mi estomago, con un dolor casi inimaginable. Gritaba de sufrimiento, mientras caía al suelo y me tapaba la herida con mis brazos.

— ¡Ayuda, por favor! ¡Ayuda! — A veces gritaba, intentando que alguien apareciera, pero nadie venía a salvarme.

— ¡Qué escandalosa eres! — Protestaba como si no fuera la gran cosa, mientras me observaba en silencio con una siniestra mirada, como si fuera un muerto viviente. En ese momento me di cuenta de que el color de su piel era negro. Era muy gracioso que una afroamericana me apuñalara, tendría que haberme pasado en la cárcel, no en una celda de comisaria.

— ¡Ya he terminado mi trabajo! — Eso dijo, sacudiéndose las manos. Ahí fue cuando observé que tenía guantes. — Te dejo esto. — Y a continuación, puso el cuchillo cerca de mí. — Después de todo, hagan las pruebas que hagan, todos decidirán que esto será un suicidio. — Esos fueron sus últimas palabras antes de irse tranquilamente de mi celda, cerrándolo con el mando a distancia.

No sabía quién era, ni cómo consiguió tener el mando para abrir la celda, pero esas cosas no me interesaban, porque deseaba vivir, y pedía ayuda desesperadamente. No quería morir de esa forma.

Me intentaba mover, pero me dolía todo. Estaba perdiendo sangre sin parar y no lo podría evitar. Y poco a poco sentía frio, mucho frio. No dejaba de temblar.

— ¿Por qué? — Eso decía, mientras tenía voz.

— No merezco morir así…— Intentaba hablar. — No sin antes, destruir algo…— Pero poco a poco perdía fuerza mi voz. — Matar algo…—Intentaba alzar el brazo hacia adelante, pero no podría. Todo se estaba volviendo borroso.

Al final no pude ver nada, ni oír, ni tocar, ni siquiera respirar. Mi cerebro dejó de funcionar, junto con mi corazón, y poquito a poco mi cuerpo empezó a volverse frio. Ya no me movía, ya estaba perdida. Yo, Chiang Mei-ling, había muerto. Esto fue los últimos momentos de mi vida y mis últimas palabras.

FIN

 

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