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Una pequeña aventura en el tren, octogésima cuarta historia.

Nadezha aún no se podría creer que tenía que cuidar de las amigas de Mao, que aparecieron de repente en la estación y la convencieron para que las llevase de viaje. A pesar de que solo había pasado un día desde entonces, aún no asimilaba aquel hecho. Recién despierta, ella se preguntaba muy molesta cómo le ocurrió esto, mientras se dirigía al vagón-restaurante para desayunar, junto a aquellas ruidosas niñas.

— ¡Dame una hamburguesa, por favor! — Gritó una de las gemelas, Alex, al camarero. — ¡Que sean dos! — Añadió su hermana Sanae.

— ¡Oh, Dios! ¿¡Aún tienen más hambre!? — Gritaba Josefina, realmente sorprendida por el apetito de las gemelas. Las dos se habían comido con ganas un buen y enorme zavtrak, el típico desayuno ruso. Por el contrario, ella estaba tan llena que parecía que iba a reventar.

— ¡Están en pleno crecimiento! — Le respondía Malan mientras terminaba con elegancia su desayuno, antes de limpiarse la cara con un pañuelo. Pidió algo ligero, que le encantó y la llenó. Estaba tan satisfecha que iba a elogiar el buen servicio, pero entonces vio que Nadezha estaba llorando.

— ¡¿Qué te ocurre, Nadezha!? ¡¿Por qué estás llorando!? — Le preguntó Josefa muy asustada, al darse cuenta. Las demás se le quedaron mirando muy preocupadas.

— ¡Perdón, perdón! — Les decía la albina. — ¡Este zavtrak es tan bueno que no puedo parar de llorar! — Aquellas lágrimas eran de pura felicidad, porque hacía tiempo que ella misma se preparaba el desayuno y le quedaba tan horrible que le entraba ganas de vomitar por lo asqueroso que era. Se preguntaba una y otra vez por qué nunca le salían bien cocinar, solo podría preparar los más simples y le costaba mucho que le salieran decentes. Las chicas se quedaron bastantes extrañadas por el hecho de que se pusiera a llorar por una cosa tal normal, pero decidieron ignorarlo.

A continuación, tras devorar sus hamburguesas, las gemelas sintieron ganas de ir al servicio.

— ¡Vamos a ir al servicio! — Le gritaron a Nadezha, después de que el grupo se levantara de los asientos.

— ¿¡Las dos a la vez!? — Les preguntó ella muy consternada.

— Es una habilidad impresionante, Nadezha. Nuestra sincronización es tan extrema, que siempre tenemos ganas de hacer popó y pis a la vez. — Se pusieron a presumir de tal cosa.

— A mi me parece más un problema. — Eso les replicó Nadezha. — No importa, nosotras vamos a volver a nuestro vagón. — Y terminó la frase con un bostezo. No quiso saber más del tema, ya que apenas terminaron de comer. Además creía que eso era un verdadero incordio, por el hecho de que, si solo tuvieran a mano un cuarto de baño, una tenía que aguantarse mientras la otra lo hacía.

Con esto dicho, aquellas dos salieron corriendo hacia los servicios de baño y pasaron delante de un hombre que les parecía harto sospechoso, algo que comentaron mientras hacían sus necesidades:

— Ah, ¡por cierto! ¿¡Has visto a ese tipo tan raro!? — Le preguntó su hermana Sanae a Alex.

—Sí, parecía muy sospechoso. — Le respondió su hermana, mientras lo recordaba.

Observaron un hombre sentado en el asiento, aferrándose a una fea cartera fuertemente. Él miraba a todos lados paranoicamente, muy inquieto, como si estuviera protegiendo un secreto. El aspecto de aquel delgado señor solo levantaba más sospechas, llevaba una gran chaqueta de color marrón y un viejo y elegante sombrero. Además, su pequeño bigote les inquietaba un montón, le recordaban muchísimo a aquel dictador que gobernó Alemania durante la II Guerra Mundial. En definitiva, les parecía alguien muy raro y no pudieron evitar no ponerle un ojo encima. Lo primero que hicieron al salir de los servicios fue sentarse en los asientos que estaban detrás suyo y a observarlo. Al pasar unos cuantos segundos, Alex comentó:

— ¡Mira cómo está temblando, es como si fuera un flan! —

El hombre parecía un chihuahua con todo el temblor que llevaba encima. Además no paraba de mirar el reloj una y otra vez, tanto el que tenía en el brazo como el que había en vagón. De vez en cuando, les preguntaba a los pasajeros esto: — ¿Por cierto, cuando falta para llegar a Polkoiste? —

Todos les respondía con lo mismo: — Mucho. — Y parecía que estaban hartos de que le preguntaran eso una y otra vez.

Obviamente aquella persona se hacía cada vez más sospechosa y las gemelas no dejaban de preguntarse qué ocultaba y por qué quería llegar cuanto antes a aquella parada.

Las gemelas se preguntaban mucho, qué ocultaba, y por qué ese hombre quería llegar cuanto antes a aquella parada. Entonces, se imaginaron un montón de teorías, cada cual más absurda.

— ¿Sabes lo que yo pienso? Tal vez, a ese le van a despedir. — Incapaces de desvelar alguna incógnita, empezaron a crearse un montón de teorías. Después de que Alex le dijera esto a su hermana, ella le replicaba con otra:

— Yo no creo eso, le debe haber dejado su mujer y vuelve a la casa de sus papás. —

— O tal vez tiene una deuda, y cientos de matones le persiguen. — Y cada teoría que decían se volvía cada vez más absurda.

Pero lo que no se dieron cuenta ellas es que el hombre las estaba oyendo e intentaba ignorarlas, a pesar de que le estaban poniendo más nervioso de lo que estaba. Después de todo, no eran tan sigilosas como se creían, incluso sus disparatas teorías se escuchaban por todo el vagón.

— O tiembla, porque tiene una enfermedad fea de esas. — Ese hombre les pedía mentalmente que le dejaran en paz y se fueran de una vez.

Entonces, Alex soltó aquellas palabras prohibidas que uno nunca debe decir cuando viaja en un medio de transporte: — ¿O estará llevando una bomba dentro de una maleta? —

El ambiente del vagón cambió totalmente después de escucharse aquellas palabras. Los pasajeros se pusieron muy nerviosos y con miedo empezaron a observar al señor, preguntándose si ese era un terrorista. Fue la gota que colmó el vaso.

Aquella persona se levantó de su asiento muy enfadado y con el puño en la mano, luego les gritó esto: — Ya está bien, dejen de espiarme, estúpidas niñas. —

Las chicas dieron un chillido y salieron corriendo del vagón, directas hacia dónde estaban las demás. Tras esto, el hombre les dijo a los pasajeros que no se preocuparán, que solo era una simple imaginación de unas niñitas. Pero nadie le creyó, el resto le siguió mirando con mucha desconfianza y temor.

Tras ir muy veloces hacia al vagón-dormitorio en dónde dormían, abrieron la puerta de un golpe. Se encontraron a Nadezha durmiendo en la cama y a Malan explicándole algo de matemáticas a Josefina.

— ¿Qué pasa? —  Les preguntó Josefa, al notar que ellas tenían unas caras muy serias y entraron al sitio jadeando.

— ¡Chicas nos os lo podréis creer! — Gritaron Alex y Sanae. Nadezha las chilló, diciéndoles que hablaran más bajito. Ellas se taparon la boca y empezaron a hablar en voz baja, explicándoles a Malan y a Josefina que había un hombre con una maleta llena de explosivos.

— ¡No deberían saltar tales conclusiones a la ligera! — Concluyó Malan, tras escucharlas.

— Cuando dijimos eso el viejo ese saltó como un león. Es bien obvio que habíamos averiguado lo que lleva entre sus manos. — Le replicó Alex a Malan, con su hermana Sanae moviendo afirmativamente su cabeza.

— Entonces, es verdad. — Decía Josefina, toda conmocionada. — ¡Es un terrorista y nos va matar a todos! ¡Tenemos que salvar el tren! —

Entonces, las gemelas le dieron la razón a la mexicana, que era su hora para convertirse en heroínas nacionales. Se imaginaron que si evitaban que la bomba explotara ellas podrían volverse famosas y serían tan queridas como Lincoln, el más legendario de todos los presidentes de los EEUU. Josefina quiso despertar a Nadezha, pero Alex y Sanae lo evitaron, no querían que ella se llevará el merito. Así, tras una pequeña discusión, convencieron a Josefa de ir las cuatro solas para salvar al tren y a los pasajeros de la muerte. Al notar que era incapaz de hacerlas entrar en razón, la africana decidió  seguirles la corriente. Y se fueron hacía al lugar dónde estaba aquel hombre.

— Pues sí que es muy sospechoso. — Dijo Josefina en voz baja y con mucho temor, tras observar un poco el comportamiento de aquel hombre. Ellas lo espiaban desde el lugar en dónde se conectaban los vagones.

— Más que llevar una bomba, parece que lleva algo que ha robado y no quiere que le pillen. — Añadió Malan, a quién le estaba dando mucha curiosidad cómo actuaba aquel hombre. Le intrigaba muchísimo.

A continuación, Malan les preguntó a las gemelas si notaban algún cambio en su comportamiento y ellas les dijo que no. Pero si le dijeron que antes habían pasajeros, los cuales muchos se alejaron o se fueron a otro vagón, aterrados por aquel siniestro hombre. Ahora estaba él. Ella les lanzó otras preguntas que ellas respondieron.

— ¿Alguna idea, Malan? — Al final, las gemelas le preguntaron esto.

— Por el momento, aún no. — Y ésta fue su respuesta.

— ¡Pues nosotros tenemos uno genial! — Exclamaron las gemelas con una sonrisa pícara. Josefina reacción de forma negativa al escucharlo y Malan les preguntó de qué se trataba.

Las gemelas le pidieron que se acercaran y empezaron a decírselo en voz baja. Tras la explicación, Josefina dijo esto muy incrédula: — ¿En serio, va a funcionar esto? —

Le parecía un plan muy estúpido. Malan le dio la razón, provocando que las gemelas protestaran, pero luego soltó esto: — Parece divertido. —

Josefina lanzó una pequeña exclamación de consternación al ver que ella iba a apoyar aquel plan, a pesar de que también le parecía ridículo.

— ¡No se preocupen! Si lo hacen bien, no pasara nada. — Y esto dijeron las gemelas Alex y Sanae, muy seguras de que su plan iba a funcionar.

Cogieron un enorme abrigo del equipaje de Nadezha, Malan se montó encima de Josefina y se lo pusieron encima. La idea simplemente era que querían que estas dos se pasaran por una persona adulta.

— ¡¿Y esto es divertido!? Apenas puedo ver nada. — Eso le gritó Josefina, cuando empezó a caminar con Malan encima. No sabía por dónde iba e iba como un pato mareado. Llegó a la conclusión de que no quería hacer esto.

— Para mí lo es. — Le respondió alegremente Malan, mientras las gemelas le daban un sombrero para ocultar un poco su cabeza.

— Para mí, no. — Le replicó la mexicana, algo molesta. Quería cambiar de lugar y hacer que la africana ocupara su lugar para demostrarle lo divertido que era.

Ahora que esas dos ya estaban preparadas, empezarían a ejecutar el plan. Ellas tenían que acercarse al hombre sospechoso y conseguir que soltara su cartera para luego cogerla y salir corriendo con aquella cosa. A lo primero, las gemelas propusieron que se hicieran pasar por revisor, pero Malan les explicó que eso no colaría, por el hecho de que no tenían el uniforme que llevaban los trabajadores del tren. Confiando en ella, las chicas decidieron que dijera lo que pudiera ser oportuno para acercarse al sospechoso.

— ¡Adelante! — Le dijeron las gemelas, a continuación, a Josefina y a Malan para que salieran del dormitorio.

Con mucha dificultad y con una lentitud pasmosa, aquellas dos salieron del lugar, aunque casi iban a chocar con la puerta. Malan le indicaba a Josefina por dónde tenía que caminar y ésta intentaba llevar a cabo las órdenes, a pesar de confundirlas continuamente. Aún así, ellas pudieron caminar por los pasillos de los vagones sin tener graves problemas. Poquito a poco, se acercaban a su objetivo, mientras intentaban ignorar las miradas de los demás pasajeros, que las observaba muy abobados y aterrados, debido al aspecto sospechoso que tenían.

— Estoy tan avergonzada…— Comentaba Josefina en voz baja. — ¡¿Por qué no nos dejan de mirar!? —

— Recuerda que el destino del tren está en nuestras manos. — Añadió Malan, a pesar de que no creía que él era un terrorista. — Ignóralos. —

Lo decía para que Josefina dejara de protestar y llegará cuanto antes al vagón en dónde estaba el hombre sospechoso. Y funcionaba.

Al final, llegaron al lugar. Entraron al vagón y se acercaron lentamente al hombre. Éste, al notar aquella presencia, miró hacia atrás y casi le dio un ataque al corazón. Se puso más nervioso que nunca. Las gemelas, que las siguieron desde la lejanía, entraron en el vagón y se agacharon, mientras se acercaban poco a poco a aquella persona.

— ¡¿Q-qué quiere señor!? — Preguntó tímidamente, incapaz de verle la cara a aquel siniestro personaje.

— Soy de la policía, y estamos buscando… — Malan no pudo terminar aquella frase, porque provocó que el hombre actuará fuera de sí.

Al escuchar eso, se llenó de pánico y se levantó rápidamente de su asiento. Empujó a Malan y a Josefina a un lado, mientras salía corriendo como un cohete, con la cartera en mano.

— ¡Este hombre ha cometido algo malo! — Gritó Malan al ver aquella reacción. No había ninguna duda de que cometió un delito y estaba huyendo de la ley.

Ella se bajó de Josefina, mientras se quitaba el abrigo y salió corriendo detrás de él. Las gemelas hicieron lo mismo.

— ¡Espera, Malan, Alex, Sanae! — Les gritaba Josefa, mientras intentaba quitarse el abrigo de encima, ya que se enredó un poco con ella.

— ¡Estoy perdido, estoy perdido! — No paraba de gritar compulsivamente aquellas palabras mientras intentaba huir. No se detenía, a pesar de que no paraba de chocarse con otras personas, que le gritaban cosas o le insultaban. Nada de eso le importaba, intentaba buscar un lugar seguro para esconderse y esperar hasta llegar a su parada. A estas alturas, no podría ser detenido, le faltaba poco para alcanzar su destino. Tenía que aguantar un rato más.

Entonces, totalmente absorto en su huida, el hombre notó como un objeto chocó contra su espalda a toda velocidad. El dolor fue horrible, dio un feo chillido y cayó al suelo ante la mirada atónica de los demás pasajeros. Casi le dio un lumbago y no pudo levantarse. Ni se atrevía moverse, a pesar de que tenía coger su cartera, que cayó al suelo unos centímetros cerca de él, y seguir corriendo. A continuación, empezó a preguntarse qué fue aquella cosa que lo golpeó con tanta virulencia. No tardó ni un segundo en saber la respuesta:

— Muchas gracias por prestarme tu zapato. — Eso le dijo Malan a Sanae, mientras lo cogía del suelo y se lo daba a su dueña.

Martha no tuvo mejor idea para parar a aquel hombre que lanzar una de los zapatos de sus amigas, que se la dio sin rechistar.

— No hay de qué. — Le soltó Sanae, mientras chocaba las cinco con su hermana. Las gemelas rápidamente se dirigieron hacia la cartera, mientras Malan se puso a descansar de aquella drástica carrera y Josefina, que no dejaba de protestar, ya las estaba alcanzando.

— ¡Oh, por Dios, he sido engañado por unas niñas! — Eso dijo el hombre, lamentándose, cuando se dio cuenta de la verdad. Unas niñas sinvergüenzas le hicieron perder el control y lo pillaron con las manos en la masa. Tenía ganas de reír por lo ridículo que estaba siendo la situación, pero entonces vio como las gemelas iban a abrir la cartera: — ¡No toquen eso! —

Aquel grito desesperado que soltó, alertó a todos los que estaban en el vagón. Josefina, creyendo que la bomba se iba a activar, les gritó que no lo hicieran o iban a morir todos. Los demás pasajeros, al oír estas palabras, dieron gritos de pánico de horror mientras salían despavoridos del lugar.

Pero fue demasiado tarde, Alex y Sanae abrieron la cartera. Como ellas lo cogieron al revés, el contenido se cayó al suelo, mostrando una grandísima sorpresa. Allí no había ninguna bomba, solo dinero, montones de billetes verdes cayeron. Se volvió a escuchar gritos, pero esta vez era de pura incredibilidad y consternación. Nadie se podría creer lo que estaban viendo.

— ¿¡Entonces, no hay bomba!? — Gritó Josefa, quién se sentía engañada.

— Os lo dije, que no deberían sacar conclusiones tan a la ligera. — Con un pequeño suspiro, dijo esto, refiriéndose a las gemelas. Al escucharlas, esas dos rieron nerviosamente e iban a excusarse, pero entonces alguien gritó:

— ¿¡Qué bomba ni qué leches!? ¡Es solo el dinero que un estafador ha reunido! — Una persona entraba en escena. Mostró su placa, dejando claro que era un policía de paisano. Más gritos de asombro se escucharon por todo el vagón.

El policía le puso las esposas al hombre, mientras gritaba que le detenía, y él se puso a llorar y a gimotear, ya estaba perdido.

Tras despertar de una molesta siesta, Nadezha abrió los ojos y empezó a mirar por todo el dormitorio. No veía a las demás, ella era la única que estaba en el lugar. Algo preocupada, salió al pasillo con la intención de buscarlas. Empezó a gritar sus nombres, preguntándoles dónde estaban, mientras observaba que el tren estaba había parado en la estación.

— ¡Qué raro es todo esto! — Se decía a sí misma, al darse cuenta de que llevaba un buen rato sin moverse. — ¡¿Habrá pasado algo malo!? —

Se apresuró en su búsqueda, con el temor de que les hubieran pasado algo. Empezó a preguntar a todos los pasajeros que se encontraban. Algunos les decía que tampoco entendía lo que había ocurrido, otros le contaban que atacaron a un hombre o que hubo un intento de atentando terrorista. Le llegaron todo tipo de informaciones que se contradecían o parecían muy absurdas, y ella ya no sabía cuál cosa era verdad o mentira. Pero, al final de todo, consiguió verlas:

— ¡Ahí están! — Es gritó muy aliviada. — Y parecen que están sanas y salvas. — Entonces, se dio cuenta de algo muy raro.

Ella se quedó muy extrañada ante la escena que estaba presenciando. Unos policías les estaban dando gracias a las chicas por haberles ayudado. Éstas no paraban de jactarse con orgullo, sobre todo las gemelas que les pedían ser consideradas heroínas de la nación. También vio como algunos de ellos se llevaba detenido a un hombre que gritaba algo sacado de Scooby Doo:

— Lo habría conseguido de no ser por estas niñas entrometidas. —

— ¿¡Qué ha pasado mientras yo dormía!? — Se preguntó Nadezha muy consternada, incapaz de comprender de que se había perdido.

FIN

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