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Adiós, Ordenador; nonagésima primera historia.

Grace Cook, tras perderse en el barrio de Mao, al final pudo llegar en la calle en dónde estaba su casa. Se quedó pensando si ir a allí, ya que creía que era demasiado temprano para visitarlo, mientras comprobaba que eran las nueve y media en su reloj de pulsera.

— ¿Qué hago? — Se preguntaba sin parar.

Ella estaba anímicamente mal, ya que rompió con su novio, con el que tenía una relación desde hace medio año. En verdad, no lo quería ni nada de eso, pero la forma en que fue la ruptura le hizo añicos. Éste le dijo que no deberían seguir saliendo después de ver cómo Grace le intentó vestir de chica. Le llamó de todo, menos bonito. Ahí es dónde Cook se dio cuenta de que su obsesión con los “otokonoko”, o cómo se le llamaban a esos chicos que se vestían como niñas monas en Japón, término que ésta conoció en Internet; ya había llegado muy lejos y le quería pedir ayuda a Mao, aparte de volver a verle, ya que no dejaba de pensar en él.

Entonces, cuando vio cómo una chica llegó a la puerta de Mao y empezó a tocar. A lo primero, se preguntó: — ¿Quién es? — Y luego la observó de pies a cabeza, dándose cuenta de que se le hacía familiar.

— ¡Por favor, Mao necesito tu ayuda! ¡Ayuda, ayuda! — Mientras tanto, la otra chica no dejaba de golpear la puerta, gritando de forma desesperada, y cómo podría, porque llevaba a cuestas una enorme torre de ordenador que le faltaba poco para caer el suelo.

Y al oír su voz, Grace la pudo reconocer, quién, sorprendida, gritó esto a los cuatro vientos:

— ¡Esa es la chica friki y rara, que nos ayudó en las cosas de mi teatro! —

— ¡¿A quién llamas rara!? — Esa fue la obvia replica que recibió de parte de esa chica, quién, sin darle tiempo a dirigir la mirada hacia el origen de esas feas palabras, soltó la torre, que cayó al suelo.

Grace se preguntó por qué dijo eso y deseaba darse un tortazo por haber metido la pata de esa manera, mientras la otra estaba ocupada con la torre, observando en él algún rastro de abolladura por la caída. Ella no sabía qué decir y la situación se hubiera vuelto un poco incómoda si no fuera por Mao, quién salió a tiempo.

— ¡¿Ahora qué quieres, Candy!? — Le decía muy adormilado y molesto, mientras le abría la puerta. Mao estaba recién levantado de la cama, dando quejidos y bostezos, y no estaba contento.

— Pues verás, yo…— Candy intentó explicarlo, pero le daba mucha corte y solo añadió: — He metido la pata. — Soltó unas risas nerviosas, mientras cogía la torre y se la puso a enseñar a Mao, quién no se atrevía a preguntar qué había hecho, le daba mucho miedo saberlo.

Grace, por su parte no se atrevía a acercarse a aquellos dos, pero no le hizo falta, porque se dio cuenta de su presencia enseguida. Al verla, Mao dio un fuerte suspiro y les pidió a las dos que entraran a su casa. Tras eso, entraron, llegaron al salón y allí se sentaron, mientras Candy dejaba la torre en la mesa.

— ¡Vamos a ver! — Decía Mao, dando bostezos. — ¿¡Por qué han venido tan temprano a mi casa en un sábado!? — Se le notaba el fastidio que tenía por haber sido despertado tan temprano.

— Primero, tengo que contarte la historia para que puedas saber que me ha ocurrido. — Candy saltó la primera, preparándose cómo si iba a contar un cuento.

— ¿Es largo? — Le preguntó Mao, quién no tenía ganas de escucharla, mirando aquella torre. Él esperaba que no le pidiera que le arreglase el ordenador o algo así, porque él era su amistad, no un electricista.

— Pues claro que no. — Le dijo eso, antes de empezar. — Bueno, había una vez una amiga en problemas. Y la heroína entró en escena, diciéndole que la iba a ayudar. Su ordenador se rompió, pero como su salvadora había tomado clases de informática, pensó que lo podría salvar… — Le detuvieron, al ver que ya sabían el final.

— ¿Es decir, lo has roto más de lo que estaba? — Eso le dijo Mao, indiferente.

— ¡Sí! — Exclamó Candy, quién empezó a llorar. — ¡S-si ella se entera me va a matar y me va a tener rencor para toda la vida! ¡Ayuda, Mao, ayuda! — Le pedía desconsoladamente.

— ¡No tienes remedio! — Añadió Cook, mientras la miraba con pena, por ser tan idiota de meterse en problemas que no le llamaban. Esperaba que esa chica le replicara, pero ésta la abrazó, mientras le daba la razón y a la vez que dándole excusas por haber intentando ayudar a su amiga. Intentó tranquilizar, pero le era imposible. Por otra parte, Mao llamaba a Leonardo, para que buscara el destornillador.

Al abrirlo, vieron con horror, con Candy tapándose los ojos de vergüenza, lo que hizo ella adentro de la torre de ordenador.

— ¡Oh, por Dios! ¿Qué has hecho? — Decía Cook, al ver cómo veía la placa madre partida por la mitad. Candy reía nerviosamente, mientras le explicaba que se apoyó el brazo sobre eso sin darse cuenta.

— Y has destrozado los conectores que unen a varios cables. — Decía Mao, pensando en que ésta no iba a salir del marrón tan enorme en que se había metido. Candy solo seguía riéndose nerviosamente, mientras les soltaba que eso fue producto de intentar conectar los cables, sin recordar dónde se ponían. Había otras cosas que había destrozado, además de esos.

— ¡Lo sentimos mucho! — Le decían Mao y Cook, quienes apoyaban sus manos en los hombros de Candy, con mucho pésame. — ¡Esto no tiene solución! —

— ¡No me digan eso! — Eso les decía una Candy que se sentía perdida.

Mao ni Cook, quién se olvidó de la razón que la hizo venir a su casa, se sentían incapaces de dejarla sola con su problema y se quedaron pensando sí había una solución para tal desgracia, mientras Candy no paraba de decir que estaba perdida, sin parar. Así estuvieron un buen rato, hasta que éste se le ocurrió algo:

— ¡Lo único que se me ocurre es comprar las piezas que ha roto ésta! — Eso dijo Mao, al final de tanto pensar, algo dudoso.

— ¡Eres una genio, nos ha salvado a todos! — Entonces, Candy se puso muy eufórica, a quién le pareció una grandísima idea.

— ¿¡Qué le pasa a esa chica!? —  Cook mostró una cara de extrañeza al no poder comprender por qué a ella le parecía buena idea.

A Mao no le dio tiempo, porque Candy se le saltó encima, para darle un gran abrazo, y empezó a decirle las gracias y que era la mejor amiga del mundo. Éste se la intentaba quitar, gritándole que aún no habían hecho nada, ni siquiera sabían cómo podrían conseguir las piezas que había roto.

Les costaron un poco tranquilizar, aunque Cook aprovechó ese tiempo para observar y apuntar en un papel las piezas que Candy había roto. Los demás de la casa observaban la escena, interviniendo de vez en cuando, lanzado condolencias a la chica que rompió la torre o descubriendo como el interior de uno. Al final, decidieron salir a la calle, a comenzar con la búsqueda de piezas de recambio.

— ¿Vamos a tener el dinero suficiente? — Eso les preguntaba Grace Cook, mientras estaban saliendo del barrio, dudando si podrían comprarlos, ya que iban ser muy caros.

— Tú eres rica, así que nos sobra. — Le respondió Mao y Grace le replicó que no quería cargar ella sola con los gastos de algo que no rompió. Candy le pedía, juntando las manos, que lo hiciera por ella, por su amiga. Y ésta solo le miró mal. Al ir a la primera tienda de informática, el vendedor les dijo esto, antes de buscar.

— ¿Quieren buscar estos componentes? Les será muy difícil, ya que son bastantes anticuados, de hace dos años, para variar. — Eso les dijo.

— Pero si dos años no son mucho. — Protestó Mao.

— Así es el mundo de la informática, todo va muy rápido. — Les soltó, el viejo y gordo vendedor mientras se preparaba para buscar algo. — Voy a mirar si lo tenemos aquí. — Y se fue a buscarlo en su almacén y al final, no encontró nada. Así que tuvieron que ir al segundo, y solo pudieron comprar una cosa. Se fueron al tercero, y nada. Se cansaron al cuarto, y le dijeron que había una cosa que querían pero ya lo vendieron. Al terminar de visitar al noveno, ya se rindieron. Candy las llevó a su casa, al ver que estaban cerca.

— Perdón por el desorden, pero soy muy vaga para limpiar. — Eso se dijo Candy, cuando llegaron a su casa, algo avergonzada, riendo nerviosamente. Y no era para menos, ya que no estaba muy limpia. En su pequeño salón estaba lleno de cajas de cosas de su mudanza, que aún, tras haber pasado meses desde que llegó, no las había guardado; en su cocina estaba lleno de restos de comida y en su habitación pilas de ropas que invadían la cama e incluso el suelo.

— ¡Eres un desastre! — Eso le decía Mao, regañando a Candy por ser incapaz de limpiar algo, mientras Cook desea irse de ahí, porque le daba asco permanecer ahí.

— ¡Perdón, perdón! — Eso les decía Candy, mientras cogía su teléfono para llamar. — ¿Qué quieren de comer? — Ella tenía hambre. — ¿Comida mexicana o francesa o japonesa? ¡Yo elijo la japonesa! —

— Mientras no sea carne, no me importa. — Les decía mientras se sentaba con asco en el sofá, después de comprobar si había algo asqueroso.

— ¿No te gusta la carne? — Le preguntó Candy y esto le respondió Cook:

— Soy vegetariana. — Tanto Mao como Candy se quedaron boquiabiertas, les impactó demasiado. — ¡¿Tan sorprendente es eso?! — Añadió Cook, bastante sorprendida de sus reacciones. Luego, decidieron cambiar de tema.

— Creo que mejor debería mirar abajo si algo para Grace. — Eso les dijo, al final, Candy quién pensó que había un lugar dónde hacían comida para veganos e iba a buscarlos.

— ¡Qué tengas buena suerte! — Les soltaba Mao y Cook, mientras ella salía del apartamento.

Entonces, cuando se quedaron solos, Grace se acordó porque había a buscar a Mao en primer lugar, pero no sabía cómo comenzar la conversación.

— Oye, Mao…— Le soltó esto, sin saber que decirle a continuación.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó Mao, mientras buscaba el mando de la tele, pero encontró otra cosa.

— Pues, veras…— Aún no sabía cómo comenzar la conversación y seguía dudando. Por su parte, Mao se encontró un libro de fotografías sobre chicos que hacían “crossdressing”, según rezaba la introducción de aquella extraña lectura, debajo del sofá, ignorando a Cook.

— ¿En serio, le gusta estas cosas a Candy? — Decía en voz baja Mao, algo impresionado, mientras observaba el contenido de la revista.

Con solo ver que tenía una fascinación con aquellas cosas, a Mao le daba miedo imaginar cómo se pondría si ésta descubriera que no era una chica, sino un chico que se travestía.

Grace seguía balbuceando cosas, incapaz de encontrar una buena forma de introducir el tema, mientras forzaba su cerebro a pensar. Al cansarse, se dio cuenta de que éste estaba ocupado en mirar una revista, algo que le molestó.

— ¿¡Qué pasa!? — Le preguntaba a Mao, tras observar un poco aquella revista. — Solo veo chicas de tu raza usando ropa. No es para tanto. — Se desilusionó, ya que le parecía una cosa normal y corriente. Esperaba algo raro y extraño, después de ver cómo éste ponía caras raras mientras lo veía.

— Es verdad. — Le mencionó Mao, sin decirle lo que era realmente. — No es nada interesante. — Y dejó el libro en el sofá, para ir al baño. Cook lo cogió y lo empezó a ver para pasar el tiempo. Entonces, lo descubrió.

— ¡Oh, Dios mío! — Gritaba eufóricamente. — ¿¡En serio!? — Estaba muy sorprendida, no podría creerse haber encontrado tal tesoro.

— ¿Qué te ocurre? — Mao salió asustado del cuarto del baño, al escuchar sus gritos, pensando que le había pasado algo malo.

— ¿Por qué no me has dicho que esas chicas, en realidad, no lo son? Son como tú. — Le protestó a Mao, miraba fijamente aquel libro de fotografías.

— ¿Y qué ocurre? — Mao no entendía qué le ocurría exactamente.

— Son realmente lindos. — Eso lo dijo con una cara tan pervertida, que hizo que a Mao le entraba ganas de huir de allí.

— Mejor, debería irme, por si las moscas. — Le decía Mao con un gesto de terror, mientras él caminaba con lentitud, paso a paso, hacia la puerta del apartamento, mientras recordaba lo que ocurrió en el campamento, cuando tuvo que demostrar que era hombre.

— Espera, Mao…—  Le gritó. — ¡Qué no voy a hacer nada malo! — No quería que se alejara de ella.

— ¿Ah, no? ¡Te estabas poniendo muy siniestra! — Eso le soltó Mao.

— ¡No me fastidies, si me pongo así por ver chicos vestidos de mujeres es por tu culpa! — Le exclamó a continuación, casi gritando, señalándolo con su dedo.

— ¿Qué, por mi culpa? — Se quedó boquiabierto, al escuchar su acusación. Entonces, Cook le soltó todo lo que se guardaba en su interior.

— Sí, por tu culpa. ¡Desde que descubrí que eras un maldito hombre, me he obsesionado con los chicos que se travisten, o que hacen “crossdressing”, llamados “traps” u “otokonoko”, o cómo se llamen; ya ni tengo ni idea! ¡Tengo en mi ordenador miles de imágenes de ellos, y hasta he obligado a mi novio a que se vista de chica, por eso me ha dejado! — Al recordarlo, se puso a llorar. — ¡Es por tu culpa, tu culpa! ¡Es tu responsabilidad! — Mao se quedó sin palabras, incapacitado de decir algo. Entonces, oyeron la voz de Candy, quién decía, desde detrás de la puerta, que ya estaba en casa con la comida y ellos dos hicieron como si aquella conversación nunca tuvo lugar.

— Perdón por tardar mucho. — Eso les decía, mientras quitaba las cosas de la mesa de la cocina.

— No pasa nada. Nada de nada. — Le dijeron eso con mucho nerviosismo.

Tras comer, decidieron ver la tele un rato. Durante todo ese tiempo, ellos sintieron que se habían olvidado de algo y no paraban de preguntarse qué era aquello, pero no eran capaces de forzar sus cerebros a recordar, más distraídos en ver cómo terminaba la película, que estaba muy interesante. Entonces, a pocos minutos de finalizar, alguien hizo una llamada.

— ¡Moshi moshi, Candy desu! — Eso dijo Candy al coger su teléfono. Tanto Cook como Mao se quedaron algo impresionados por aquella estupidez que soltó, pero hicieron como si no hubieran escuchado nada.

— ¿Ya está mi ordenador listo? — Así fue la muy ruda y nada agradable contestación que hizo la otra persona, quién era su amiga. Entonces, Candy recordó con horror lo del ordenador, dando un pequeño chillido. Cook y Mao, al oír el grito, también se acordaron.

— ¿¡Qué hago? — Les preguntó en voz baja a Mao y a Cook, mientras apartaba al móvil de su lado y lo tapaba con una de las manos.

— Y yo qué sé. — Le soltó Mao.

— Dile que aún no. — Añadió Cook.

— Aún no, aún no, me falta poco. — Le dijo Candy a su amiga y ésta le dijo con poca amabilidad que lo terminará pronto, antes de colgar la llamada.

— ¿Y ahora qué hacemos? — Les preguntó, desesperada, Candy a Mao y a Cook, quienes al ver que apenas podrían comprar lo necesario para hacer funcionar el ordenador, tuvieron una idea mejor.

Y lo realizaron, en menos de una tarde, provocando que, al día siguiente, estuvieron preparados para entregarle el ordenador a la amiga de Candy:

— ¿De verdad, va a funcionar? — Eso decía, dudosa, Cook. — Podríamos haber metido las piezas del ordenador nuevo al viejo.  — Habían comprado una computadora nueva y mejor, eso fue todo lo que les ocurrió. Tuvieron que palmar cada rincón de la ciudad en buscar de una tienda de informática abierta para poder conseguirlo. Al final, tuvieron que guardarlo en la casa de Mao y ahí estaban, esperando a que Candy le llamara a su amiga para decirle que tuvo que comprarle otro.

— No importa, se llevará una mayor alegría si es un ordenador nuevo. —Eso le replicó. — Además es tu dinero. — Lo dijo con burla, sintiéndose aliviado de haber no tocado sus billetes para comprar algo tan caro.

— ¡Oye tú, que sea rica no te da derecho tales cosas! — Eso le molesto a Cook, obviamente. Iba a decirle que su madre la iba a matar si notaba que está gastando mucho dinero, pero se calló, porque eso era una mentira. Ni con el dinero sería capaz de atraer su atención y hacerle notar que tenía una hija. Se entristeció por unos segundos. Mao, que se percató, se preguntó si había metido la pata al decir aquello.

— ¡Ustedes dos, no se peleen! — Y Candy también se dio cuenta de eso, gritando esto. No quería que este momento de euforia se arruinara de esa manera. Los dos le replicaron que no lo estaba haciendo. — ¡Ya hemos solucionado el problema, de todos modos! — Añadió muy feliz, mientras observaba el nuevo ordenador. Esperaba que su amiga también lo estuviera con el nuevo ordenador y se olvidara del anterior, que no le preguntará nada lo que paso con el otro. Le parecía el plan definitivo y nada iba a salir mal, hasta que oyó lo que le dijo su amiga por teléfono:

— ¿¡Ah, el ordenador!? Pues te lo iba a decir ahora mismo, chica, ¡ya no lo necesito, mi novio me ha comprado uno nuevo! ¡Y es genial! — Candy se quedó sin palabras y con una mirada muerta, mientras oía las risas de su amiga. Deseaba matarla, por todas las prisas que le dio para que, al final, le dijera aquello. A continuación, con palabras agradables y muy forzadas, le dijo que eso estaba muy bien y la felicitó, antes de apagar el móvil.

Con movimientos de robot y conservando aquella mirada muerta, dirigió su cabeza hacia Mao y Cook y les dijo, con una sonrisa forzada, esto: — Se ha comprado un nuevo ordenador. —

Solo hubo un silencio muy incómodo que duró minutos, en los cuales solo se veía como Mao y Cook la miraban con ganas de matarla. Candy, incapaz de decir algo, solo soltaba una sonrisa forzada e incómoda, a la vez que se decía a sí misma que sería la última vez que le haría un favor a su amiga.

Al final, Mao rompió el silencio, intentando animarse con estas palabras, tras dar un fuerte suspiro: — En cierta forma, este era el final que me esperaba. —

FIN

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