Sin categoría

El Funeral de Don José, nonagésima tercera historia.

Me llamo Emilia y vine a un solitario rancho en medio de Chihuahua, solo porque un familiar al que apenas conocía se murió y mis padres decidieron despedirse de él. Por desgracia, tenía que ir con ellos, porque soy una niña y no me iban a dejar sola en la casa. Me gustaría ser independiente, así iría a Shelijonia, con mi prima Josefina, ya que, con ella y sus amigas, la vida es mucha más divertida. Aquí es un muermo. Lo único bueno es que otros familiares, que tampoco les conocía mucho, nos dejaron dormir en su casa, ya que era mucho mejor que dormir en los pocos y malolientes hostales que había en el lugar o en la casa de un muerto.

― ¿Qué tipo de persona era el tío Don José? ― Eso le pregunté a mi madre, mientras me estaba haciendo una coleta, a pesar de que le dije que mi pelo estaba muy presentable, no había nada de malo en que mostrara mi típico y largo cabello de color negro. Por cierto, lo único que sabía de la persona que murió era su nombre, solo eso.

Lo que ella me dijo es que era un hombre muy anciano, primo de nuestro abuelo, y que pudo hacer que unas tierras semi-áridas y poco productivas se volvieran campos frondosos de maíz. Un personaje enigmático, incluso para sus propios hijos; culto, aprovechador al máximo, tanto en el mal sentido como en el bueno; y al parecer, se volvió loco en sus últimos años de vida, creyendo ser un mago; o algo así. Después de oírlo, no sabía si estaba bien o no haberlo conocido, porque parecía una persona interesante, pero a la vez daba la impresión de que era alguien raro y que lo mejor era estar lejos de él.

Después de los preparativos, nos montamos en el coche, acompañados con algunas personas montadas en caballos, y fuimos hasta su casa, que era una enorme hacienda en medio de ninguna parte, un oasis verde en mitad de un campo medio desértico. La soledad del lugar solo me deprimía aún más, no entendía quién deseaba vivir en este sitio dejado de la mano de Dios.

Nuestro coche se detuvo, junto con otros, en la entrada de la enorme mansión en dónde vivía aquella persona, que parecía ser sacada de una película del viejo oeste. El provisional aparcamiento no solo estaba rodeado de enormes y gigantescos árboles, imposibles de mantener en un lugar como éste, sino también por un establo en dónde guardaban los caballos.

Tras subir por las primeras escaleras y atravesar la puerta principal, entramos en una enorme sala. En el techo, una gran lámpara de araña se sostenía bajo miles de hombres que llevaban trajes elegantes, tan negros como los vestidos de las mujeres que los acompañaban, mientras pisaban el suelo de mármol, que casi parecía un espejo. Miré por todas partes, en busca de algún niño, para poder pasar el tiempo, pero no encontraba a nadie. Todos eran adultos, y algún que otro adolescente que no parecía agradable, y los únicos chicos que encontraba de mi edad estaban en los grandes cuadros que cubrían las cuatros paredes del salón.

Bueno, como no había nadie con quién podría estar cómoda, decidí por curiosidad ver al muerto y se lo pregunté a mi madre:

― ¡Mamá, Mamá! ¿Dónde está el tío Don José? ― Ella, después de regañarme por interrumpir su charla con una de las hijas del muerto, me señaló hacia al fondo del salón, pero no lo veía, porque había muchísima gente a su alrededor y era imposible llegar hasta al cadáver. Se me quitaron las ganas y decidí hacer otra cosa.

― Mamá, ¿me puedo dar una vuelta por la casa? ― Le pregunté y ella me dijo que sí. Así que yo subí al segundo piso de la mansión, en dónde estaban las habitaciones. Quería perder el tiempo hasta que decidieran coger al muerto y llevarlo hasta al cementerio, para enterrarlo.

Al llegar al segundo piso, atravesé un pasillo, que estaba cubierto con una alfombra roja, como la que le ponen a los famosos cuando llegan al lugar en dónde celebran los Oscars. Había un montón de habitaciones, todas con las puertas abiertas, tan lujosas como el resto de la casa y muy vacías, a diferencia del salón. Y en una de ellas se encontraba una enorme cama de matrimonio y que, al verla, sentí grandes deseos de acostarme entre sus sabanas. Y lo hice.

― ¡Ah, qué blandita esta! ― Eso decía, en voz alta. ― ¡Se nota que éste Don José vivía la vida, muy bien! ― Y al terminar, cerré los ojos, por unos segundos.

― ¡Hey, chamaca, levanta, no es hora de dormir! ― Entonces, escuché la voz de un anciano, que me pedía que me levantara de la cama. Me puse muy avergonzada, al ver que alguien se dio cuenta de que yo me acosté en las pertenencias de un muerto.

― ¡Lo siento, no es lo que parece! ― Eso le gritaba, nerviosa, mientras levantaba de la cama.

Entonces, ante mí vi a un hombre mayor, calvo y con la cara más arrugada que un Shar Pei, y era bastante alto. Me miraba fijamente, aunque unos de sus ojos estaban completamente en blanco. El viejo llevaba un pijama, que de eso tenía poco, porque parecía demasiado elegante para serlo; y una bata de color azul, como el del mar. A primera vista me dio un poco de miedo.

― ¿Quién eres tú, señorita? ― Me preguntó y yo dudé si decirle mi nombre de verdad o no. Al final, se lo dije y éste gritó, como si hubiera recordado algo.

― Ah, ¡cuánto has crecido, ni te había reconocido! ― Eso me dijo, antes de soltar unas risas, mientras me tocaba la cabeza.

― ¿Usted me conoce? ― Pregunté a continuación.

― Somos familiares, y en una ocasión fui invitado en una Nochebuena por vosotros. ― Yo no recordaba a aquel hombre, por mucho que forzará a mi cerebro a recordarlo. Ni su cara me sonaba.

― ¿De verdad? ― Le pregunté con desconfianza. ― Eras muy pequeña, por eso no lo puedes recordar. Pero yo estuve ahí, viendo como no dejabas en paz a tu prima Josefina, ésta no dejaba de huir de ti. ― Eso me convenció y él empezó a buscar en la mesa de noche, que estaba situado al lado de la cama de matrimonio. Me entró la curiosidad y se lo pregunté.

― Estoy buscando un mapa del tesoro. ― Me dijo.

― El que fue dueño de eso no le hubiera gustado que le registraran sus cosas. ― Eso le repliqué, mientras le miraba.

― Él me ha dado permiso. ― No confiaba mucho en esas palabras, pero me dio igual. Así que, tras estirarme, decidí irme abajo, a ver si ya faltaba poco para que se lo llevaran al cementerio. Y cuando llegué al salón, no había nadie, ni siquiera el muerto. Todo estaba vacío, como si se hubieran evaporado.

― ¿Cómo es posible? ― Me preguntaba incrédula. ― Si hace un momento, todos estaban aquí…― No podría creerme que se hubiesen ido sin mí. De mi padre, sí, pero no de mi madre. En fin, empecé a llamar a mis padres sin parar, gritando; y así estuve un rato, hasta que me cansé y vi que solo vino el viejo ese, parecía que era la única persona que existía en este lugar.

― ¿Por qué gritas? ¡No estoy sordo! ― Me decía eso muy malhumorado, mientras bajaba las escaleras. Era un completo cascarrabias, no era nada bonito saber que estaba con un viejo así.

― ¿Dónde están los demás? ― Eso le pregunté, creyendo si sabía algo.

― Y yo que sé. ― Aunque, al final, mis esperanzas se fueron a la basura, e iba a estar con un anciano, que me estaba pareciendo algo sospechoso. Di un suspiro y me puse a pensar. Pensé que podría utilizar mi móvil, pero cuando lo observé no tenía cobertura, y fui en busca algún otro teléfono.

Miré todos los rincones del primer piso, subí varias veces el segundo piso, observando todas las habitaciones; e intenté ir al exterior, pero sentía una extraña sensación de que afuera había algo aterrador y no me atrevía. Y me percaté de que pasaba algo extraño, pero no le di mucha importancia. A veces, parecía que los cuadros se deformaban o se movían, o no eran los mismos que vi cuando entré al lugar. También oía susurros, aunque eran tan débiles que creía que era mi imaginación. Al final, no los encontré, ni eso ni a nadie. Salvo el viejo, que estaba solo en el salón, mirando cómo yo daba vueltas hasta que me harté.

― ¡Oye, señor!― Le decía, eso sí, con educación. ― ¿Me puede ayudar a buscar a alguien? ― Y éste se quedó pensando unos segundos, antes de soltarme esto:

― Pero antes, me tienes que ayudarme a mí. ― Estaba desesperada, así que le dije que sí, aunque me arrepentí, porque quería que le ayudará a buscar ese tesoro.

― ¿De verdad, qué hay un tesoro por aquí? ― Eso le preguntaba, mientras él buscaba una pala en un almacén. Me sentía arrastrada en algo estúpido por alguien que parecía que tenía alguna deficiencia mental.

Lo primero que hicimos fue ir a un almacén que solo se podría acceder desde la cocina, mientras este señor me contaba que quería encontrar un estúpido tesoro. En el corto trayecto, sentí algunas anomalías más, a veces vi sombras que se movían de un lado para otro y que luego desaparecían, además de que seguía oyendo susurros.

― Pues sí, mija. ― Me decía. ― ¡Yo no podré descansar en paz hasta desenterrarlo! ― Eso me hacía pensar que esa cosa parecía demasiado importante para él, incluso que podría ser un asunto algo siniestro y me entró ganas de quitarme del medio, pero aún así no me fui hasta que aquel anciano encontrara la dichosa pala.

Al salir de aquel almacén, el cuál habíamos entrado a través de la cocina, llegamos inexplicablemente al salón principal, así por la cara. Algo que me perturbó, aunque no mostré ninguna reacción y me calmé, pensando que tal vez fue imaginación mía. Al anciano, eso le dio igual, quién ya estaba leyendo un trozo de papel, muy atento. Entonces, los susurros se volvieron débiles sollozos, que parecían muertos, y en ese momento es cuando me cagué. Lo peor es que se estaban volviendo cada vez más fuertes e incluso empecé a sentir como la casa empezó a palpitar, como si tuviera un corazón.

― Señor, ¿no está oyendo cosas raras? ― Le pregunté, mientras intentaba controlar mi miedo. Éste solo se dirigió hacia la salida, apresurado, a la vez que soltaba estas palabras:

― ¡No nos queda mucho tiempo, jovencita! ― No entendí qué quería decir exactamente, pero eso daba miedo y decidí seguirle.

Entonces, los sollozos se volvieron de golpe lamentos horribles y la casa, que palpitaba mucho más fuerte, como si le estuviera dando un ataque cardiaco; empezó a volverse roja e incluso se estaba comprimiendo. Ya comprendí que esto era muy anormal y que estaba en peligro, así que yo empecé a correr hasta la puerta. Al atravesarlo, una gran luz casi me dejó ciega.

― ¡Qué pinche calor! ― Eso fue lo que sentí, después de abrir los ojos.

De repente, estábamos en mitad del desierto, bajo un abrasante sol. Me pregunté qué estaba ocurriendo, incapaz de asimilar lo que estaba viviendo. Miré detrás de mí y no veía a la mansión por ningún lado, ni los árboles que lo rodeaban ni nada. Parecía como si me hubiera teletransportado.

― ¿En dónde estamos? ― Le pregunté al anciano, esperando una respuesta convincente.

― Estuve aquí hace muchos años. ― Eso fue lo único que me dijo, antes de empezar a caminar abobado.

No tuve más remedio que seguirle y observé detalladamente el lugar en dónde estábamos. No veía más que un desierto que se extendía hasta el horizonte, por todos los puntos cardinales. No se ninguna montaña ni un oasis ni una simple carretera, el lugar estaba casi vacío. Vi el cielo y comprobé que tenía el color de la sangre. Apenas había vegetación, pero había algunos árboles, sin ramas apenas, que daban mucho miedo. Daban una vaga impresión de movimiento y sus sombras mostraban escenas violentas, de un hombre peleándose con otro, en diferentes posturas. Intenté ignorarlo, así que decidí darle conversación al anciano.

― ¿Sabe usted qué ocurre? ― Le pregunté y esperaba que me respondiera, esta vez, de una manera lógica y entendible.

― Apenas nada. ― Fue en vano, pero aún así aquel hombre se mostraba muy tranquilo, demasiado para esta situación. A continuación, él tomó las riendas.

― Por cierto, ¿siempre tienes esa cara tan seria? No has esbozado ni una sonrisa en todo el camino. ― Eso me molestó mucho. No era el único que decía eso, yo ya había escuchado eso antes, en bocas de diferentes personas.

¿Qué carajos les pasan con mi cara? No es como si esbozar una sonrisa iba a cambiar algo. Bueno, ni aunque quisiera, podría sonreír en estas extrañas condiciones.

― Es la única que tengo. ― Protesté. Y creo que oí como una especie de eco, que repitió estas palabras en forma de siniestros susurros.

― La última vez que te vi estaba mucho más alegre, ahora eres bastante sosa. ― Le quise decir algunas cosas, pero mejor me callé y él siguió hablando.

― Con esa cara de mala leche y esas gafas serías la imagen viva de una jefa, de esas autoritarias. Dios bendiga al pobre hombre que se enamore de ti. ― Y para el colmo, soltó unas risas, como si eso fuera gracioso.

― Y usted parece un viejo chiflado. ― Y eso le solté del coraje, pero se lo tomó bien, soltando risas, y me sentí frustrada por no haberle enfadado.

Giré la cabeza un momento hacia nuestro alrededor y vi como las sombras de aquellos árboles mostraban unas imágenes más violentas y fuertes que antes.

― La verdad, es que sí. ― Eso dijo. Me puse a mirar el suelo para evitar las sombras de los árboles y el color el cielo, ya que parecía cambiar de tono de rojo, volviendo más oscuro y más perturbador.

Después, tuvieron que pasar unos minutos más, antes de que el anciano rompiera el silencio que se había formado entre nosotros.

― ¿Por cierto, y tu prima Josefina? ― Esa pregunta me sorprendió un poco.

― Ella no vive en México, vive en los Estados Unidos. La visité hace poco y… ― Entonces, recordé mi visita a Shelijonia, al lugar dónde ella vivía.

Recordaba cuándo estuvimos peleando por sus tierras, sus vanos intentos de demostrar que era muy mexicana, sus locuras y la de sus amigas, en la cantidad de problemas que acababa por su culpa, irónico, cuando yo era la que la metía en problemas cuando nos reuníamos con la familia. Pero fue muy divertido, deseaba volver a aquellos meses y terminar en todo tipo de aventuras. Me entraron ganas de montar en avión e ir hacía allí.

― ¿Y? ― Entonces, se me olvidó que había dejado la frase a la mitad.

― Nada. ― Decidí mejor cortar la conversación. Aunque, luego sentí tantas ganas de contárselo que se lo dije:

― Pues, la echó de menos. Es muy divertido estar con ella y sus amigas. A diferencia mía, apenas puedo salir de casa por los narcos, y he perdido poco a poco amigos, por diversas razones. En realidad, mi vida es un completo muermo. ― Entonces, aquel anciano se me acercó y me acarició la cabeza, mientras me soltaba esto:

― Eso me recuerda a algo, a mi mejor amigo. ― Me decía esto. ― Éramos como hermanos, pero él murió demasiado pronto y estuve bastante solo desde entonces. ―

No sé si decirle que lo sentía por su amigo o seguir callada, aunque, al final, fue lo segundo y seguimos andando hacia al horizonte, hasta notar algo que no era tierra. Esperaba con toda mi alma que no fuera un espejismo, ya que estaba cansada de tanto caminar. Por suerte, era así, a lo lejos se veía una vieja casita, blanca y con forma de cuadrado, que parecía abandonada en mitad de un desierto; y al parecer, había alguien en la puerta, encima de una mecedora que no dejaba de moverse.

― ¡Por fin, hay alguien! ― Yo salí corriendo hacía él, gritando: ― ¡Señor, señor! ― Pero éste ni se inmutó. Aún así, me seguí acercando, dándome cuenta de que vestía como un mariachi, tenía un enorme sombrero que le tapaba la cabeza y daba sensación de que estaba durmiendo.

Creyendo que estaba durmiendo, empecé a gritar más, mientras seguía corriendo hacia él. Por alguna razón, la distancia parecía más larga de lo que creía, aquella carrera que me di me estaba destrozando. Ignoré con mucha fuerza de voluntad el eco de mis palabras, que aún se transformaban en susurros desagradables.

― ¡No vayas tan rápido, que yo ya no soy joven para esos trotes! ― Eso me gritaba el anciano, mientras andaba a su ritmo.

Y tras destrozarme las piernas y haber dado una carrera digna de salir en los juegos olímpicos, pude llegar a la caseta. Después de descansar un poco, intenté despertar a esa persona, gritándole un montón de veces; pero no hacia ni puto caso. Me pregunté si estaba sordo o no, porque casi me quedé afónica de dar mis chillidos más fuertes que pude. Al final, decidí tocarle los hombros para zarandeándolo y lo hice muy fuerte, tanto que se le cayó su sobrero y entonces vi algo que me asustó tanto que me hizo caer al suelo y que casi provocará que me orinara encima mía.

― ¡E-e-es una calavera! ― Eso grité, temblando como un flan, jadeando con terror. Casi me daba algo.

― Este pobre muchacho está peor que yo. ― Eso dijo el anciano, quién finalmente llegó, sin un atisbo de terror o de sorpresa por encontrarse un cadáver en mitad del desierto.

― ¿Por qué actúas tan normal? ― Le grité, aún más sorprendida de su reacción que lo del mariachi muerto. ― ¡Está muerto, está muerto! ―

― ¡Ya sé que está muerto! ― Eso me gritaba el anciano y yo me tuve que tranquilizar, pensando en mil y unas cosas que podrían explicar que eso no era un muerto y era otra cosa, cómo un muñeco para el día de los muertos o para los turistas o algo parecido. Así pude recordar la cordura.

― En fin, sea lo que sea, no entiendo el chiste de ponerlo en la puerta. ― Eso dije al final, mientras abría la vieja puerta de madera. Cuando estaba medio abierta, entonces sentí una horrible sensación que procedía del interior de la casa. No se veía nada, estaba realmente oscuro, pero sentía que ahí dentro había algo muy aterrador y horrible. Por algo, me entraron muchísimos escalofríos y lo cerré lo más rápido posible.

― ¿Qué te ocurre? ― Eso me decía el anciano, que estaba mirando el mapa, al ver cómo cerré la puerta de repente.

― Nada, nada. ― Le respondí algo nerviosa y alejándome rápidamente de la puerta.

Entonces, el anciano empezó a dirigirse hacia la dirección en dónde se ponía el sol, mientras miraba el mapa. Y yo le seguí, intentando evitar la casa que dejábamos atrás. Sin darnos cuenta, cada vez había menos luz y más oscuridad; se estaba haciendo de noche, pero de una forma extraña. El sol se estaba volviendo un líquido amarillo que caía al suelo.

― ¿Y si estoy en un sueño? ― Eso me pregunté en voz baja, mientras entrabamos en un sitio mucho más siniestro, en dónde el suelo se volvía blanco en un mar de oscuridad, lleno de estrellas que brillaban con un rojo tan intenso como la sangre. Todas estas cosas absurdas hacían ver que lógicamente era un sueño, por tanto. Y que aquel señor era parte de mi subconsciente. Ahora bien, no quise despertar, porque me estaba ganando la intriga de saber cuál era su tesoro, y tenía una duda igual de mayor.

― ¿Por cierto, cómo se llama? ― Le pregunté, quería saber quién era la persona que mi subconsciente había creado. Él se paró y me dijo esto:

― José. ― No sentí sorpresa alguna al oír su nombre, porque creía que era normal que ese tipo apareciera en mi sueño. Pero, entonces, si me sorprendió con estas palabras:

― Pero no es mi nombre verdadero, ni soy tu tío de verdad. ― Eso me dejó de piedra, a pesar de que estuviera en un sueño.

Entonces, llegó a una cruz que estaba pintada en el suelo, que era enorme y estaba pintado como la sangre, una cosa perturbadora más a la lista de este sueño que hace rato que se volvió una pesadilla. Y para el colmo, empecé a escuchar voces de ultratumba.

― En realidad, yo…― Decía esto mientras empezaba a cavar. ― Don José era mi mejor amigo, aunque creo que fue una desgracia que yo lo fuera. Fui bastante rebelde y al irme a vivir la gran vida en los Estados Unidos, acabé cometiendo cosas horribles. ― Las estrellas empezaron a escupir sangre y unas sombras aterradoras se levantaban del suelo, mientras estaba cavando lo más rápido que podría. ― Al final, yo acabé participando en un banco y maté una persona. Huí a México, a mi pueblo natal, pero él me descubrió y yo, alterado, cometí el mismo error, otra vez. ― Rió con amargura.

El suelo empezó a rajarse y salía de ahí un humo ardiente. Yo, mientras tanto, estaba en silencio, mirándolo todo con miedo, dudando si darme un pellizco para despertarme, porque esta pesadilla estaba superando todo lo horrible que había soñado. Él siguió hablando:

― Y pues, no sabía qué hacer e hice la mayor locura que pudo haberse inventado un loco, pasarme por él, robarle la identidad. ― Soltó unas risitas más que daban miedo. ― Sus padres ya estaban muertos y los familiares que le quedaban ni le veían, y era dueño de grandes tierras y tenía mucho dinero. No sé cómo lo hice pero no me pillaron, al final fui “Don José” hasta mi muerte. ― No sabía qué mierda estaba soñando, pero tenía un argumento insuperable, la verdad.

― ¡Ya es tu hora, mentiroso! ― Las sombras decían eso, mientras las llamas salían de las grietas, provocando explosiones y terremotos.

― ¡La verdad siempre sale a la luz! ― Repetían estas palabras.

― ¡Las mentiras no duran para siempre! ― Y también esto. Lo decían como si fueran verdugos que habían llegado para darle su final al anciano.

El viejo las ignoraba con tesón, mientras ponía todos sus esfuerzos en cavar lo más posible. Al ser supuestamente ignoradas, éstas gritaban con mucha más fuerza, repitiendo el hecho de que era un mentiroso una y otra vez.

Yo, por mi parte, me caí del susto y estaba temblando un montón, mientras ponía un gesto de horror. Eran tan intensas las sombras, que yo llegué a sentir que me estaban recriminando a mí en vez del anciano, y les gritaba sin parar que yo no era una mentirosa, que no había hecho nada mala, entre lágrimas.

Y al final, cuando el maldito anciano tocó algo duro con la pala y empezó a desenterrarlo con sus propias manos, un esqueleto gigante salía de la tierra. Debía ser más grande que mi casa y llevaba un traje de color azul muy elegante, más el típico sombrerito de mariachi. Reía y gritaba de furia a la vez, mientras se envolvía entre llamas de todo tipo de colores. Creo que incluso en su propio ropaje se escuchaba miles de lamentos y que parecía estar formado por miles de almas en pena. Su aspecto era tan aterrador, que pensaba que me iba a mear del miedo. Esto debe ser lo más parecido al infierno.

― ¡Don José, el falso, tenemos una invitación especial para ti! ― Le decía esto, con una mezcla de perturbadora felicidad y furia.

― ¡Déjenme un poco más de tiempo! ― Gritaba nervioso. ― Necesito hacer esto. ― Intentaba abrir un enorme cofre de madera que había encontrado.

― ¡Ya has tenido suficiente! ― Y eso le gritó. Entonces, enormes trozos de tierra alrededor nuestra empezaron a hundirse de golpe, mientras las llamas cubrían todo el lugar, reflejando las cientos de sombras siniestras que nos rodeaban. Todos gritaban, unos de sufrimiento, otros de furia y algunas reían de forma macabra.

― ¿Qué está ocurriendo? ― Le grité, toda aterrada. Me quedé paralizada, incapaz de pellizcarme y volver al mundo real. Yo apenas podría entender como mi subconsciente era capaz de mostrarme algo tan terrible.

― Mi funeral, mija. ― Eso decía, mientras abría el cofre. ― ¡Es mi hora, pero antes…! ― Me miró. ― ¡Necesito que tengas esto! ―Era una carta que sacó del cofre y me lo estaba entregando a mí. Inmovilizada por el miedo, ni era capaz de acercar la mano para cogerlo.

― ¡Por favor! ― Me suplicaba, mientras salía del agujero que excavó y que empezó a hundirse. ― ¡Tienes que entregar esta carta a alguien muy especial, allí dentro están las instrucciones, solo cógelo! ― Pero tenía miedo de hacer algo así.

― ¿Pero no me harás nada, verdad? ― Se lo pregunté, mientras el anciano se aferraba con una sola mano la pared del agujero que hizo.

― Por supuesto. ― Y en ese momento, yo alargué mi mano y cogí la carta, guardándomela en el bolsillo.

Y el anciano ya no se aferró más a la pared y se dejó caer al abismo, pero aquel esqueleto, a la velocidad de la luz, lo atrapó como si fuera un juguete.

― ¡Muchas gracias, de verdad! ¡Muchas gracias! ― Eso me gritaba él, mientras el esqueleto lo apretujaba con toda su fuerza y lo empezó a quemar vivo, mientras soltaba maléficas carcajadas.

Entonces, no sé cómo y sin sentido alguno, el mismo viejo me cogió de las piernas, en cuestión de segundos. Liberado del esqueleto gigante y saliendo del mismísimo abismo, se aferró a mis piernas, gritando esto:

― Y aparte de eso, ¡te arrastraré a los infiernos! ― Eso me soltó con voz diabólico, riendo como loco y envuelto en llamas; mientras me arrastraba hacia las profundidades. Yo, desesperada, empecé a gritar y a pedir ayuda, mientras intentaba resistirme, aunque era en vano. Las llamas y las sombras me rodearon, mientras caía al fondo y sentía un calor intenso y horrible.

Ahí fue cuando me desperté, entre gritos ahogados y un sudor frío. Me levanté de la cama y vi como el corazón se me latía al mil y no paraba de jadear. Entonces, me di cuenta que estaba en la habitación de invitados de los tíos que nos dejaron dormir en su casa.

― ¿Hija mía, has tenido una pesadilla? Porque te has despertado fatal.- Y con mi padre a mi lado, que se preocupó mucho al verme despertar de esa forma.

― ¿Qué hago aquí? ― Estaba confundida.

― Te quedaste dormida en la cama de tu tío José y decidimos llevarte a casa. Me daba pena despertarte, así que te llevé a cuestas. ― Me alegré mucho de escuchar una explicación lógica y con sentido.

Mientras mi padre se puso a reír, diciendo que ya no tenía espalda para cargarme, yo sentí un gran sentimiento de alivio.

― Al final, todo ha sido un sueño. ― Concluí esto, bastante feliz de haber vuelto al mundo real. Creo que incluso me entraron ganas de llorar y deseé con todas mis fuerzas no volver a tener un sueño con el maldito Don José.

Entonces, noté algo en los bolsillos de mi pantalón y lo saqué. Era una pequeña carta arrugada, la misma que me entregó aquel viejo. Me puse pálida y a punto de dar un chillido, porque estaba segura de que no me había metido nada en mis bolsillos.

― ¿¡Qué es eso, cariño!? ― Eso me preguntó mi padre y yo no sabía que contestar, muy consternada. Aún así, siendo incapaz de asimilar todo lo que había vivido, abrí la carta. ¿Su contenido? Por respeto al muerto, no lo diré.

FIN

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s