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La chica problemática, nonagésima quinta historia.

En el salón de Mao, dominaba el silencio. Él se sentía incómodo, al notar que era incapaz de decirle algo a la invitada, quién estaba tomando un té que preparó Clementina. Ésta notó, al terminarlo, aquella incomodidad.

― ¿Pasa algo? ― Eso le preguntó aquella chica de pelo azul marino y corto, cuyo largo flequillo estaba sujetado por dos ganchos simples.

― Nada, nada de nada. ― Respondió con mucho nerviosismo y Malia, que era la invitada, decidió irse a casa, no deseaba que los demás se sintieran incómodos con ella.

― No quiero molestar, así que mejor que voy. ― Eso dijo, al levantarse.

― Espera, espera. ― Le gritó Mao. ― No molestas, para nada, es que solo,…  No sé qué decir. ―

― Solo es que no sabe decirte algo que te pueda afectar, ya con lo que pasó con la enana esa. ― Eso soltó Jovaka, quién estaba jugando con la consola, y con toda naturalidad, para ahorrarle el esfuerzo a Mao.

― ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa con una enana? ― Esos soltaron las gemelas, quienes ignoraban la presencia de la invitada, ya que estaban ocupadas mirando revistas de moda. Al escuchar eso, se interesaron de repente con la invitada.

― ¡Niñas!- Eso les soltó Mao, molesto. ― ¡Tened un poco de consideración! ― No quería que Malia se sintiera triste por lo que le ocurrió.

― No importa, no importa. ― Le decía Malia con aparenta normalidad. ― Son cosas que pasan. ― Pero se notó que se puso algo triste, al recordarlo.

― De todos modos, ¿a qué has venido? ― Eso le dijo Mao, intentando cambiar de tema.

― Quería preguntarle a Josefina si por sí acaso sabe algo sobre mi hermana. Eran amigas, o eso creo. ― Eso le respondió Malia.

― Ella hoy no ha venido. ― Añadía Mao, a continuación. ― Y creo que sabrá menos que tú. ―

― Ya veo. ― Concluyó Malia, y volvió el silencio al lugar, otra vez. Hasta que ella abrió la boca para preguntar algo:

― ¿Por cierto, no notaron en Sasha algo extraño, que daba miedo? ― Malia se arrepintió de haber dicho esas palabras, al momento, pero necesitaba confirmar una cosa.

― ¿Qué quieres decir? ― Eso le preguntó Mao, al escuchar una pregunta tan extraña.

― Mejor ignora mi pregunta, que ha sido muy estúpido. ― Malia se sentía tan arrepentida que quería dejar el tema. Pero, entonces, Mao se quedó pensando y le dijo esto:

― En cierta forma, había algo en ella que no me gustaba ni un pelo, era siniestro.  ― Eso lo decía con una cara muy seria.

― ¡Pero, gente! ¿Queremos saber qué ocurre, quién es esa tal Sasha? ― Gritaron las gemelas, quienes deseaban saber de qué estaban hablando.

― Eso lo digo por lo que ocurrió un día. ― Siguió Mao hablando. ― Me hizo pensar que esa niña era siniestra. ― Estaba recordando.

― Por favor, explícame que ocurrió ese día. ― Le soltó Malia, intrigada.

― ¡Vamos, Mao, explica, explica! ― Añadieron las gemelas, creyendo que, por fin, podrían saber qué demonios ocurría con esa tal Sasha. Y Mao empezó a contarlo.

Según Mao, fue el último día de la Semana Negra, y todo empezó en la mañana. Él, Clementina, Diana y Leonardo estaban devorando el desayuno, que estaba compuesto por una tostada con mantequilla de maní y un huevo frito; con la televisión puesta, que estaba echando una película de ciencia ficción, muy mala. Entonces, empezaron a tocar la puerta de la tienda, tan fuerte que se notó en el salón.

― Al parecer, tenemos visitas, de nuevo. ― Eso decía Leonardo, mientras se levantaba. ― Voy a ver. ―

― Espero que sea un cliente que no se ha enterrado que hoy cerramos. ― Eso soltó Mao, quién apenas tenía ganas de tener, otra vez, compañía.

― Yo espelo que sea José. ― Eso gritó Diana, por su parte, tras terminar de beber su zumo favorito.

― No se llama José. ― Y Mao le replicó, recordando que aquel nombre, que hace poco que se lo puso a Josefina; le molestaba un montón a ella, porque era uno para hombres.

― Me llamo Josefina. ― Esas palabras provenían de ella, quién entró cómo un rayo al salón, pero tropezó con algo y se cayó.

― No se llama Josefina, su verdadero nombre es Roquefort. ― Entonces, apareció otra niña, que se sentó encima de Josefina. Era Sasha y dejó helado a los demás, que se preguntaban qué quería decir con eso.

― ¡Eres la idiota esa que me golpeó mi entrepierna la otra vez! ― Gritó Mao de repente, tras recordar quién era.

― ¡Y tú eres la reencarnación de un dictador chino! ― Eso soltó Sasha, imitando a Mao, algo que le molestó, mientras Josefina le pedía que se levantará de su espalda.

Tras esto, Mao se levantó, al ver que Sasha pasaba de ella y le decía caballo, y la cogió para ponerla en otro sitio, liberando así a Josefina. Entonces les preguntó esto:

― ¿Y para qué han venido, tú y tu amiga? ― Les preguntaba esto, mientras pensaba que iba a tener un día muy largo.

― Pues yo venía para jugar contigo y todo eso, y me encontré a Sasha por el camino y le invité. ― Eso le explicó Josefina.

― Yo he venido para salvar a América de los chinos. ― Y eso se inventó Sasha, siendo ignoraba por Mao. Éste, a continuación, se acostó en el suelo y empezó a cambiar de canal.

― Pues, lo siento, no tengo ganas de jugar. Buscaos a otra. ― Eso les decía.

Pero, al final, tuvo que aceptar jugar con ellas, tras la insistencia de Josefina y de Diana, a quién le entró también ganas. Se las llevó al parque, porque Sasha no dejaba de registrar la casa y tirarlo todo por el suelo.

― ¡Qué bien! ¡Hace un buen día para jugar! ― Decía Josefina, cuando llegaron al parque y observaba todo el lugar. El sol no brillaba muy fuerte y la temperatura estaba agradable, mientras el cielo estaba despejado de nubes.

Y mientras Josefa estaba en lo suyo, Sasha se preparaba para hacerle un “kancho”, Diana se dirigió hacía al columpio y Mao protestaba sin parar.

― ¡Vaya día que se me espera! ― Añadió, antes de suspirar y de escuchar el grito de dolor de Josefina.

Después de eso, y tras regañarla; se dio cuenta de que estaba como una cabra y no paraba. No dejaba de levantarles las faldas a las mujeres que pasaban, de romperle ramas a los árboles, de burlarse de los defectos, inventados o no, de los demás; de hacer el mono, y de muchas otras cosas más. Todo esto hartó a Mao.

― ¿Tu amiga es así? ― Le preguntaba Mao a Josefina, bastante molesto, después de evitar de que ésta le quitase un dulce a un niño pequeño.

― Bueno, la verdad…― Le costaba decir la verdad, porque era su amiga. ―…es que sí. Es demasiado traviesa. ― Lo que deseaba decir es que era bastante molesta y fastidiosa.

― Es más como un grano en el culo. ― Y eso le dijo Mao a continuación. Josefina no le contradijo, porque pensaba lo mismo; y Diana le dio la razón, diciendo que era una chica muy molesta. Entonces, Malan apareció en escena, quién entró al parque, saludándolas con las manos.

― ¡Ojou-sama, Tonta simpática, buenos días! ―Eso les gritaba muy alegre y ellos la miraron. Josefa le replicó muy molesta que no le dijera tales cosas. Nadie se esperaba que Sasha apareciera de repente y la tiró al suelo, como si fuera una pelota. Reía como desquiciada.

― ¿Qué haces estúpida? ― Le gritó Mao, mientras él y Josefina venían a ayudarla y levantarla del suelo. Sasha solo salió corriendo, mientras actuaba como un avioncito.

Malan, en vez de gritarle a esa niña por qué le hizo eso, les preguntó a los dos, mientras le pedían perdón por el comportamiento de esa loca, quién era y se lo explicaron tranquilamente.

― Entiendo. ― Concluía Malan, al terminar de escucharlo. ― Debe ser una chica muy problemática. ― No parecía que estuviera enfadada ni nada parecido.

― Te quedas corta. ― Añadió Mao, antes de dar un suspiro de cansancio. A continuación, Malan empezó a preguntarles si había alguna manera de controlarla, o si tenía alguna enfermedad mental; mientras Diana se dio cuenta de que había algo raro en un árbol.

Era un gato que estaba encima de una rama de un árbol, incapaz de bajar y estaba temblando de miedo, aunque no maullaba. Diana se quedó mirándoles un rato, hasta que les soltó esto a los demás:

― ¡Un gatito lindo está subido en ese álbol! ―Y todos miraron hacia al gatito.

― ¡Pobrecito! ― Exclamó Josefina con pena.

― Ese árbol no está muy alto, así que alguien podría bajarlo. ― Y Malan se acercó para subir.

― Oye, vas a destrozar tu kimono. ― Eso le decía Mao, con experiencia, ya que sabía lo complicado que era subirse a un árbol con tales ropajes.

Entonces, cuando Josefina estaba a punto de ofrecerse voluntaria, apareció Sasha, de repente subió al árbol como un mono y atrapó al gato, mientras éste intentaba huir, tras dar un maullido de terror, de ella.

― ¡Lo ven, es buena persona! ― Les decía Josefina, mientras Sasha se bajaba del árbol con el gato, que deseaba huir de sus garras, y desaparecía entre la arboleda.

― ¿Se ha llevado al gato? ― Se preguntó Mao, sin saber que reacción poner.

― Tal vez, ¿lo quiere de mascota? ― Y esto le respondió Josefina, quién estaba igual de desconcertada.

― ¿No decían que ella nunca actuaba lógicamente? ― Preguntó Malan, recordando a la conversión de hace unos cinco minutos, en dónde le hablaban de lo rara que era Sasha.

― Es que una nunca se acostumbra. ― Y esto sentenció Mao, mientras Diana añadía finalmente esto: ― ¡Ela un lindo gatito! ―

Y se quedaron ahí, esperando si Sasha volvía a aparecer, pero no lo hizo. Pasaron unos segundos hasta que Mao decidió buscarla, quién se imaginaba que estaba fastidiando al pobre gato.

― Ya estoy bien cansado de que aparezca y desaparezca. ― Les decía Mao.  ― Voy a buscarla. ― Y se introdujo en la arboleda, en su búsqueda; mientras Malan, Josefina y Diana le decía que tuviera cuidado.

Lo que encontró le dejó espantando. Sasha estaba haciendo algo horrible al pobre gato: Le estaba ahogando con sus pequeñas manos, con una mirada psicópata.

― ¡Vaya con el lindo gatito! ¿Quién es el lindo gatito? ― Eso le decía, con una voz igual de siniestra. ― Yo soy descendiente de los monos. Por eso, subir a un árbol no te servía. ― El pobre gato ni podría maullar.

― ¡Tú, deja al gato! ― Le gritó Mao rápidamente y ella, sorprendida, lo soltó y éste salió corriendo, mientras le decía, haciéndose la tonta, esto:

― ¡Sí, mi capitán! ― Eso le soltó.

― ¿Qué mierda estabas haciendo con el gato? ¿Qué te ha hecho? ― Le gritó Mao enfurecido, pero con algo de miedo hacia ella.

― ¡Solo me estaba haciendo su amigo! ― Le soltó como excusa Sasha, mientras se levantaba. Mao se quedó mirándola con muy mala cara, pero decidió ignorarla, ya que solo le iba a decir tonterías. Pensó en olvidar lo que había visto y lo había mantenido oculto, hasta ahora.

― Al final, ella nos siguió y cómo no quería que hiciera el indio en mi casa, decidí atarla con unas cuerdas. ― Así terminó Mao su corta narración, dejando a todos helados, menos a las gemelas que dijeron estas palabras de puro asombro.

― ¡Qué niña tan siniestra! ― Eso soltaron las gemelas.

― Ya veo. ― Decía Malia, mientras se levantaba. ― Muchas gracias por lo que me has contado. ― Al terminar estas palabras, se fue de la casa.

Mientras caminaba hacia la suya, pensaba en lo que oyó, en cómo era su hermana realmente. Estaba enfadado con ella misma, ya que no se dio cuenta de cómo era su verdadera personalidad, escondida en su ilógico comportamiento; hasta que fue demasiado tarde.

― Si tan solo podría volver a atrás en el tiempo…― Se decía a sí misma, mientras miraba a un cielo nublado, triste por no poder haber salvado a Sasha.

FIN

 

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