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La niña y el príncipe, nonagésima segunda historia.

Era por la tarde cuando Nehru entró en la casa de Mao, porque estaba muy aburrido y decidió visitarle sin decirle nada. Al entrar en la tienda, le preguntó a Leonardo si estaba, él le dijo que sí y ésta se dirigió hacia al salón.

― ¡Buenos días! ― Eso dijo al entrar en el salón y se quedó boquiabierta, cuando observó que todos se quedaron mirándoles, muy sorprendidos de su aparición, salvo Mao, quién seguía viendo la televisión con muchísima indiferencia. Entonces, de repente, se reunieron alrededor del chino, para decirle en voz baja estas cosas:

― ¿¡Por qué está él aquí!? ― Esto le dijo Jovaka, quién no sé daba cuenta de que estaba demasiado cerca de las chicas, bastante alterada por la aparición de Nehru.

― ¿¡Para qué ha venido aquí, no le habías rechazado!? ― Le preguntó Josefina, quién fue la que le contó a los demás la confesión de Nehru a Mao, gracias a que su hermana se lo reveló y Khieu lo confirmó.

― Tal vez, intenta de nuevo pedirte de nuevo que seas su novia. ― Eso le respondió por su cuenta, Alex.

― O ser amigos. ― Añadió Sanae.

― ¿Pero no viene demasiado alegre para eso? ― Intervino Malan, quién siempre dudó de lo que había contado Josefina.

Y ahora mismo esa versión de los hechos estaba tambaleándose más que nunca. Mao apenas le alterada su presencia y el comportamiento de Nehru apenas cuadraba para ser alguien despechado. Clementina y Alsancia le daba la razón, mientras le echaban miradas de reojo. Por otra parte, Mao quería calmarlas, pero se sentía muy desbordado y no sabía por dónde empezar.

― ¿Qué ocurre? ― Eso se preguntaba Nehru mientras cuchicheaban alrededor de Mao y éstas le mandaban de vez en cuando un vistazo de desconfianza hacia ella.

― ¡Tranquilizasen, tranquilizasen! ― Al final, Mao tuvo que gritar para tranquilizarlas y explicarles detenidamente lo que paso. ― ¡Eso fue solo una invención suya! ― Todas se callaron y Mao y Nehru, obligada por éste, les tuvo que explicarlo todo lo que había pasado.

― ¿¡Entonces, eso era solo para quitarse a mi hermana y a Khieu de encima!? ―

Eso dijo Josefa muy sorprendía, tras escucharlos. Estaba algo desilusionada, porque pensaba que tenía ante ella una historia de amor.

― ¡Pues, claro que sí! ― Exclamó Mao.

― Por supuesto. ―Añadió Nehru, terminando la frase con risas.

Malan, Alsancia y Jovaka se aliviaron muchísimo, y Mao también, al ver que ellas lo habían entendido perfectamente. Las gemelas volvieron a lo que estaban haciendo y Clementina empezó a lavar la ropa. Entonces, es cuando Diana, que estaba durmiendo en un cuarto de arriba, despertó y bajó al salón.

― ¿Qué quieres? ― Eso le preguntó Mao a Nehru, mientras ésta se sentaba en el suelo, junto a él.

― Ah, nada, solo quería hacer una visita. ― Le respondió, mientras ponía la sonrisa más encantadora posible, provocando que aquello pusiera muy nervioso a Mao.

― ¿Solo eso? ― No le creía.

― Pues claro que sí, ¿qué otra debía ser, princesita? ― Y esas palabras dejaron a todos los del salón sin habla.

― Te arranco la lengua si me vuelves a llamar así otra vez. ― Le respondió Mao, bastante alterado. A Nehru le hizo mucha gracia.

― Vale, vale, lo entiendo. ― Nehru se lo decía, aparentando ser dulce y muy encantador, mientras le tocaba la cabecita de Mao y éste ya estaba cabreado. Ya le costaba bastante controlar sus ganas de reír.

― Deja de tratarme como un perro. ― Le soltó esto.

― ¡Qué exigente eres, Mao! ― Le dijo, entre risas, mientras Mao, quién se daba cuenta de que se estaba burlando de él, le miraba con muy malas pulgas. Y no era el único, las demás chicas también le miraban muy mal, porque sentían que estaba tonteando demasiado con él.

Mientras tanto, una Diana adormilada, que no paraba de bostezar, pasó al lado de ellos. Al darse cuenta de la presencia de Nehru se puso detrás de ella y, de repente, le tapó los ojos.

― ¡¿Quién soy!? ― Entonces, soltó esto, mientras se esbozaba en su rostro una sonrisa traviesa.

Nehru no se lo esperaba, preguntó a gritos quién era, mientras se levantaba del suelo, con gran rapidez. A Diana no le dio tiempo quitarse y le cogió del cuello, provocando que ésta sintiera como los bracitos de la niña casi le iban a ahogar. Mao tuvo que intervenir para bajar a la pequeña al suelo antes de que estos dos se cayeran al suelo. Las demás disfrutaron un poco de la escena, dándole gracias a la hija de Clementina por hacer eso.

― Hola, primcipito indio. ― Diana le saludó de forma muy animada, mientras levantaba la mano; después de que Nehru dirigiera su mirada hacia la persona que le intentó ahogar.

― ¿¡Me intentabas matar o qué!? ― Eso le replicó Nehru, mientras se ejercitaba un poco el cuello.

― Solo te estaba diciendo los buenos días. ― Y esa fue la justificación de Diana.

― ¡Vaya manera! ― Exclamó eso, mientras se volvía a sentar.

― Diana, no deberías hacer eso. ― Josefina le regañó con estas palabras, tras acercarse a ella. Aunque en el fondo, quería decirle que bien hecho.

Peldón, peldón, José. ― Y por enésima vez, Josefa le replicó que no se llamaba así, que su nombre era Josefina.

Pero Diana no escarmentaba y le decía José. Y Josefina le volvía a decir que ese no era su nombre. Esto provocó que todos empezaran a reír, salvo Josefina, a quién le molestó un poco.

Tras eso, Nehru estuvo un buen rato allí, disfrutando de fastidiar a Mao, sufriendo por las travesuras de las gemelas y comiendo una gran cena que le pareció delicioso. Al final, ella volvió a su casa sin saber que alguien le estaba siguiendo y que, incluso, llegó a colarse en su querido hogar. Lo descubrió, cuando se sentó en uno de sus sofás, mientras encendía la tele.

― Espero que haya algo interesante. ― Eso decía, mientras cambiaba de canal y aquella persona que le siguió se sentó a su lado sin que la notara.

― Pon los dibujitos. ― Y eso le dijo a continuación.

― ¡Ah vale! ― Exclamó Nehru, antes de darse cuenta. ― ¿¡Qué haces tú aquí!? ― Eso gritó muy asustada, al ver a Diana a su lado. Salió disparada de su sofá.

― Pues quelía vel cómo ela tu castillito. ―No paraba de observar todo el lugar. ― Pero es una casa. ― Dio un suspiro de desilusión, al terminar la frase.

― ¿¡Qué crees que soy para pensar que algo así!? ― Eso le preguntó, casi a gritos, Nehru, mientras la señalaba con el dedo.

Polque eles un príncipe. ― Nehru se quedó boquiabierta, preguntándose de dónde se había sacado esa idea.

Lo que ella no sabía es que Diana, después de escuchar de Josefina cómo le llamaba su hermana a Nehru, se lo había tomado muy literal, se creyó que era todo un príncipe. Se lo imaginaba montando en elefantes, viviendo en un gran castillo de color blanco, lleno de monos que eran sus sirvientes y que bailaban disfrazados de bailarinas. Se sintió bastante desilusionada al ver que no era como ella pensaba.

― Oye, oye, no sé de dónde te has sacado eso, pero no soy de ninguna familia real, por favor. ― Nehru le soltó esto, mientras dudaba por quitarle el mando, ya que ella estaba cambiando de canal; o llamar a Mao para informarle que esa niña estaba ahí.

― ¿Y entonces pol qué te llaman “príncipe indio”?  ―Eso también se preguntaba Nehru.

― Y yo que sé. ― Le respondió, antes de quitarle el mando, ponerles los dibujitos y llamar a Mao.

― ¡Maldita sea, la niña! ¡A Clementina casi le da un ataque de corazón! ― Eso dijo Mao, después de que Nehru le llamase y le dijese el paradero de Diana. Estaba realmente muy preocupado por ella, al igual que la madre de la pequeña, ya que la estaban buscando por toda la casa.

Y Nehru tuvo que soportar la bronca de Mao, quién le decía muy enfadado cómo no se pudo dar cuenta de que una niña le pudo seguir, algo que hirió un poco el orgullo de ésta. Luego de defenderse, le dijo a Diana, mientras le daba el teléfono, para que se pusiera a hablar:

― ¡En que lio te has metido! ― Por el tono malhumorado que presentaba Nehru, Diana se dio cuenta de que había hecho algo malo y no deseaba responder, tenía un poco de miedo. Aún así, lo cogió y estuvo hablando por un buen rato, pidiendo perdón de vez en cuando. Y cuando colgó, la niña le dijo esto con gran alegría:

― ¡Han aceptado que duerma hoy en tu casa! ― Nehru se quedó de piedra al oírlo.

― ¿¡Qué!? ¿¡Por qué!? ― Gritaba sin parar, incapaz de creérselo. Tuvo que llamar de nuevo a Mao para que le explicara eso.

― Sobre eso, no tengo ganas de buscarla y a Clemetina le da miedo salir a la calle ahora; y como Diana quiere, pues vale. ― Al oír eso se quedó de nuevo de piedra. ― Por cierto, ¡si le pasa algo malo, juro que dejo un cara desfigurada, adiós! ― Y Mao cortó la llamada, en ese momento.

― ¿Y ahora qué hago? ― Se dijo Nehru, quién no sabía qué hacer. Jamás le había tocado la pesada tarea de cuidar un niño.

― ¡No te preocupes, yo estoy a tu lado! ¡Sea lo que sea, me puedes pedil consejo! ― Diana le intentó animar con estas palabras, actuando como si ella fuera un adulto responsable. Obviamente no lo consiguió.

― ¡Ah, gracias! ― Eso le dijo Nehru muy desanimada, antes de que le sonara la tripa a Diana.

Ésta se quedo mirando a la pequeña con una cara de horror y ella, al notarlo, añadió esto para hacer que se tranquilizara: ― ¡No te pleocupes, tenjo hamble! ¡Soy una niña, así que necesito comel mucho! ― Por supuesto, apenas sirvió para relajarla, de nuevo. Entonces, añadió esto, muy segura de sí misma: ― ¡Además, yo sé cocinal y te voy a plepalal una buena cocina! ―

― ¿Estás segura de esto? ― Al final, con la insistencia de la niña, dejó que ésta decidiera hacer la cena. Pero se dio cuenta de que había cometido un gran error al dejarla, cuando ésta intentaba a cortar carne congelada que habían sacado del congelador y que Nehru no recordaba haberlo puesto ahí.

― ¡No te preocupes, yo he estado cortando carne. ― Eso le replicó Diana, a pesar de que era la primera vez en su vida que había cogido el cuchillo. Al ver que era imposible cortarlo por la mitad, ella decidió levantarlo lo más alto posible, mientras intentaba recordar cómo lo hacía su madre y Mao. Según la niña, hacia esto para cortarlo mejor, pero Nehru se dio cuenta de que se iba a cortar la mano.

― ¡Espera, idiota! ― Le gritó, antes de quitarle el cuchillo de las manos, haciéndolo volar y cayendo a pocos centímetros de los pies de Nehru. Ésta, con el corazón a mil, respiraba muy alterada, cuando vio que eso podría haber dañado a una de las dos.

― ¡Casi te ibas a cortar la mano! ― Volvió a gritar Nehru, cuando pudo recuperarse del susto.

― ¡Te dige que no te pleocupalás, soy una expelta en la cocina! ― Eso exclamó Diana, con orgullo. Nehru la miró con muy mala leche, pero decidió ignorarlo.

― Mejor anda ver tus dibujitos y pedimos la comida por teléfono. ―Eso le pidió y Diana se fue directo, muy feliz y olvidándose de la cocina, al sofá para ver la televisión. Nehru la tuvo que acompañar, esperando que le dejará tranquila, pero no fue así.

Y éste es Esponga y su mejol amijo es una estlella fea de mal llamado Patlicia. ― Diana no dejaba de explicar todo lo que pasaba en los dibujitos, cada mísero detalle que se veía en el televisor y repitiendo lo mismo varias veces. Ésta se hacía la sorda y los veía, aunque apenas centraba su atención.

― ¿Ah, sí? ― Eso le decía, cada rato, con la mirada pérdida.

― Y son tontos, demasiado; y son discliminados y abosados por los demás peces del mal. ― Nehru ignoraba todo eso que le decía Diana, pero sabía una cosa: Aquella serie de animación que estaba viendo la estaba poniendo de los nervios y la enfadaba, estaba odiando un montón a cada uno de sus personajes. No entendía cómo los niños veían tal basura, cómo era posible que sus padres le dejaran verlo y por qué los una esponja y una estrella de mar eran tan insufribles. Al final, no pudo aguantar más y lo apagó, siendo criticado duramente por la pequeña.

― ¡Oye, no quites los dibujitos! ― Eso le decía algo enfadada.

― Es la hora de dormir, muchachita. ― Le replicó, deseosa de mandarla a la cama y de que se quedara dormida, y así librarse de ella por unas horas.

Diana no protestó y se fue directa a la cama de Nehru, pero ésta la detuvo,  mientras subía a su habitación. La mandó al salón, diciéndole que era un sitio muy confortable. Tras ponerles las mantas, a la niña le mandó buenas noches, mientras apagaba las luces y subía por las escaleras. Cuando llegó, se acostó y se tapó. Fue en ese momento en que se dio cuenta de algo:

― ¡Esta cama sí que está grande! ― Eso le dijo Diana, quién se coló en la cama.

― ¡¿Tú qué haces aquí!? ― Le preguntó, después de dar un chillido  y un brinco al escucharla

― Pues pensaba acompañalte por si te asusta la osculidad o algo. Yo antes llolaba mucho por eso. ― Eso le respondió.

― ¡Soy adulto, no me asusta esas cosas! ― Exclamó Nehru, dando un gran suspiro.

― Eso dicen todos. ― Y eso soltó Diana, tras dar un bostezo.

― Haz lo que quieras. ― Ya ni tenía ganas de echarla ni de hablar, solo quería dormir.

― Entonces, abrázame. ― Diana se lo decía con los brazos abiertos.

― Vale. ― Resignada, solo le hacía caso para que la dejara tranquila.

― Ahora cierra los ojos. ― No hacía falta que le dijera esto, porque ella deseaba cerrarlo de una vez. Y cuando lo hizo, notó como algo le estaba tocando los labios. Abrió los ojos y se dio cuenta de que la misma niña le había besado en la boca.

― ¿¡Qué haces, qué haces!? ― Gritó esto muy alterada, dando un saltito que la hizo caer de la cama.

― Pues besar a un príncipe. ― Eso lo soltó muy entusiasmada, con los ojos brillantes. ― ¡Y me ha gustado, vamos a repetirlo! ― Nehru se preguntaba qué le pasaba a esa niña.

― ¿Por qué a mí? ¡No soy un príncipe ni nada parecido! ― Le gritaba esto, mientras se limpiaba la boca con el pijama. Esas palabras fueron un shock para Diana.

― Entonces…― Cayó de rodillas con una cara traumada.  ― ¡No podré ser una princesa, para tener un castillo y conejos que cuiden de mí!― Sus sueños se habían hecho añicos.

― ¿Qué tonterías estás hablando? ― Ya no sabía de que estaba hablando ella.

No son tontelías, quielo sel una primcesa y gobelnal soble todos. ― Empezó a llorar. -¡Quelía mucho dinelo pala constluil ciudades en la luna y llenalo de conegos! ¡Los astlonautas selían pagalitos y todos los dibugitos estalían ahí! ― Se puso tan triste que Nehru intentó consolarla, pero no tuvo resultado. Pero fue rápido, porque a los diez minutos, le estaba contando todos los sueños que había tenido.

-¡Por favor, duérmete!- Le decía Nehru, cansada de escucharla y deseando dormir de una vez. Tuvo que aguantar una media hora para que se quedara dormida. En ese momento, se quedó mirándola fijamente:

― Es un angelito mientras duerme. ― Eso se dijo, tras pensar en todo lo que pasó con ella en aquel día. Al ver su cara dormida se olvidó de todas las molestias que le causó y sentía que no podría enfadarse con la niña, que ni siquiera le hizo todo eso por maldad. Con estos pensamientos, se quedó dormida, pero toda esa bonita conclusión la desechó cuando la despertó Diana, pidiéndola a lo bruto que le llevara al servicio.

FIN

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