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La rebelión de una sirvienta, nonagésima cuarta historia.

Mi Señora es lo más grande y hermoso que hay en este mundo, lo es todo para mí. Aún así, a pesar de todo mi amor, no corresponde a mis queridos sentimientos. Para ella, no soy más que su sirvienta, la mejor de todas; pero solo eso. Y me duele, aún cuando decidí solo servirla. Pero este dolor que noto en el pecho ya es demasiado para mí, me desborda. Este día, que ya acaba de terminar, tome una decisión.

Mi día comenzó, tras despertarme lo más temprano posible, como siempre era, yendo a la cocina para preparar el desayuno a Mi Señora. Pero, antes de eso, decidí pasarme por su habitación para comprobar si estaba y, en ese momento, oí cómo se rompía cristales. Aquello me asustó muchísimo, ya que pensaba que ella estaba en peligro, y entré en su cuarto. La oí, al entrar, cómo se quejaba, y esas palabras procedían del baño.

― ¡Ya voy, Mi Señora! ― Eso le grité, entrando en el baño.

― ¡No entres, idiota! ― Me gritaba, pero fue demasiado tarde. Ya me introduje en el baño, que era tan grande como su cuarto y cuyas paredes eran hechos de cristal. Estaba delante de uno que había sido destrozado, desnuda y en el suelo, con una mano llena de sangre, apoyándose en el suelo; mientras con la otra se tapaba una parte de su ojo, mientras vomitaba.

― ¡Mi Señora! ― Grité muy preocupada y me dirigí para ayudarla, pero ella me detuvo.

― ¡Te dije que no entrarás, idiota! ― Me gritó, con toda su furia. ― ¡Ahora, búscame mi ropa y déjalo en la entrada, y sal de aquí! ― E hice lo que me mandó, como buena sirvienta.

― ¿Mi Señora…? ― Al terminar de vestirme, me dejó entrar, me pidió que le curase y recogiera los cristales rotos. Mientras le desinfectaba la herida que se le hizo, intenté preguntarle lo que había ocurrido.

― ¿Qué? ― Eso me contestó, bastante fastidiada, mientras se tapaba con fuerza la parte derecha de su cara. Entonces, me di cuenta de lo que le paso.

― ¿Ha intentando volver a ver su ojo derecho? ― Ya lo había hecho en otras ocasiones, y el resultado era parecido. Intentaba observar su rostro cuando no tenía el parche, para superar el asco que le tenía; pero nunca lo conseguía, era demasiado horroroso para ella. Siempre rompía el cristal que la reflejaba y empezaba a vomitar.

― Yo no tengo ojo derecho, solo un hueco vacio. ― Me lo dijo con mucho enojo. Me acordé de que ella perdió aquel ojo, literalmente, y me puse triste y me dio un poco de pena.

― Mi Señora, no debería esforzarse tanto…― Le dije comprensiblemente. Eso era lo único que le podría decir. Solo se quedó callada, mosqueada con ella misma y me ignoró, sintiendo mucho desprecio en su mirada hacia a mí, como si yo no debería decirle algo. Y eso me dolió, pero mucho.

Tras eso, recogí los cristales y llamé a los demás sirvientes para que pidieran un nuevo cristal, mientras Mi Señora se alejaba de nosotros, yendo hacia a la biblioteca para estar sola un buen rato. Yo, al final, volví a su cuarto para limpiarla, y mientras lo estaba haciendo apareció una sirvienta.

― ¿Y ahora qué le ha pasado a esa moza? ― Era una chica llamada Nonoma, la última en servir el Cuerpo de Sirvientes reales, cuyo mando recae sobre mí. Como es una la hija de un antiguo noble, pues no trabaja muy bien en su trabajo, siempre estaqueando y actuando como alguien con privilegios cuando no lo es. Incluso trata a Mi Señora como si era de la plebe.

― Es tu señora, llamarla así es una falta de respeto. ― Eso le dije, mirándola fatal y con ganas de darle un reprimenda.

― Perdón.-Me decía, de una manera poco sincera. ― ¿Te ayudo en algo? Una servidora está aburrida, no le mandan nada de su interés. ― Eso me sorprendió, porque el trabajo le da mucho repelús.

― Dale de comer a los caballos. ― Eso le respondí, pensando en que ayudarme era una excusa más para faltar mi trabajo.

― ¿Podrías mandarme algo mejor? ― Lo sabía. ― ¡No me llevo muy bien con esas criaturas! ―

Y esas protestas no le sirvieron de nada, porque le miré tan mal que decidió marcharse de la habitación. Pero, entonces, al no poder aguantar mis sentimientos, decidí detenerla para explicarle algo.

― ¿Podemos hablar? ― Le detuve. ― Solo quiero preguntarte algo. ― Y ella se quedó con cara de horror, como si pensaba que le iba a regañar. Por suerte, me hizo caso y me empezó a escuchar.

― P-pues verás…― No me atrevía mucho decirle tal cosa. ― H-hay una persona, al que yo quiero mucho. ― Estaba bien roja. ― P-pero siento que no me quiere, no, sé que no me ama. ― Al final, se lo pude decir.

― ¡Mal de amores! ― Eso gritó, entusiasmándose demasiado, tanto que me molesto.

― ¡Déjame terminar! ― Le repliqué, arrepintiéndome de haberle dicho a ella eso, pero es no podría aguantar más.

― Vale, vale. ― Y se calló, deseaba escucharme.

― Incluso creo que me odia, o que me mira con malos ojos. ― Eso decía, recordando muchos momentos de mi vida. ― Y si podría, me hubiera quitado del medio de su vida, pero me necesita. ― Me estaba entrando ganas de llorar. ― Yo amo a esa persona y me gustaría que me dejara de mirar con esos ojos. No sé si me explico bien. ―

En realidad, yo sabía, desde hace tiempo, que para Mi Señora yo solo era una herramienta, que le era útil, y si dejaba de serlo se iba a deshacer de mí. Y, que en los más fondo de mi corazón, también entendía que me tenía asco, desde aquel día en que intenté besar sus labios mientras dormía.

― Bastante difícil veo yo eso, ¿por qué no te buscas a otra persona? ― Esa fue su conclusión, al escucharme; y no me gustó nada, no podría hacerme a la idea de amar a otra persona que no sea Mi Señora.

― Eso jamás. ― Le grité y me callé un minuto, hasta decirle esto: ― ¿Qué hago? ― Le lancé una pregunta sin querer, ya que no deseaba la respuesta, sino que me escuchara solamente.

― En mi corta vida nunca me han preguntado una situación tan complicada, yo solo me he hecho la boba con apuestos mozos que pedían mi mano, nada más. ― Y obviamente no tenía ninguna respuesta para mí.

― Perdón, tal vez he hablado de más. Mi único trabajo aquí es servir a Mi Señora, nada más. ― Me arrepentí mucho de decirle eso.

― ¿Por cierto, alguna vez has hecho una cosa por tu cuenta? ¿Una decisión que no tiene nada que ver con la Zarina? ― Eso me preguntó ella, antes de irse y dejarme sola, ya que lo necesitaba. Aquellas palabras, que contesté con el silencio, me hicieron pensar sin parar lo que era mi vida.

Me resigné desde que supe que ella no me amaba. Llegó a odiarme, cuando le confesé mis sentimientos. Fue una suerte, que no me quitara de su vida, pero decidí solo esforzarme en servirla y ser su mejor perro.

Pero eso solo me dolía, cada vez más, al saber que algún día se iba a deshacer de mí y que no me quería. Un dolor que no dejaba de crecer, a la vez que aumentaba mi amor. Seguramente, en este caso, otra persona dejaría de amarla y empezara a odiarla, pero, para mí, era distinto. Estaba harta de esto, deseaba con toda mi alma ser lo que ella significaba para mí y no me consolaba con ser su sirvienta. Con estos pensamientos, me dirigía hacía la biblioteca, pensando que ya era hora de hacer algo por mí, algo que Mi Señora no me mandaría. ¿El cuál? No lo sabía, exactamente, hasta entrar allí.

― Ah, eres tú, Ranavalona. ― Eso me dijo, nada sorprendida, cuando abrí las puertas. Estaba mirando desde la ventana, melancólicamente, el paisaje invernal, mientras sostenía un libro. Una imagen que me cautivo.

― ¿Qué quieres? ― Me preguntó a continuación, mientras se sentaba en un sillón.

― Solo quiero estar aquí. ― Eso fue lo único que se ocurrió y ella no me dijo nada más.

Me quedé mirándola, desde la distancia, mientras ella estaba leyendo el libro. Era una imagen tan hermosa que no me bastaba solo con contemplar. Quería tocarla, besarla, sentirla, y más cosas, que los sueños eran los únicos que me lo permitían. ¿Por qué, por qué ella no sentía lo mismo que yo, por qué?

― Mi Señora…― Quería saber algo.

― ¿Qué? ― Y ella me preguntó qué era eso.

― ¿Usted se va a casar? ― Me imaginaba que ella lo haría, cuando fuera grande, y seguramente que no era por amor, sino por intereses. Aunque me preguntaba qué pasaría si se enamorase de alguien que no fuera yo.

― Si es necesario para mí, lo haré. ― Esa respuesta bien obvia, para mí era como una jarra de agua fría. No deseaba eso que se casará, ni siquiera que fuera la novia de otra persona que no fuera yo.

― Entiendo…― Eso me puso muy triste. ― ¿Y qué pasara conmigo…? ― Y esta pregunta lo hice tan flojito que no se enteró.

Antes me había conformado, aunque me dolía ese resultado; pero ahora me era inaguantable y quería evitarlo. Ya estaba harta de tener un amor no correspondido, quería que ella aceptara mi amor. Que nadie más que yo, tuviese su atención.

¿Por qué, mi amor se ha convertido en esto? ¿Por qué ella no aceptó mis sentimientos? ¿Por qué nací mujer y no como un hombre? ¿Por qué me enamore de ella? ¡Me lo merezco, siempre la he servido, la he ayudado y la he protegido!

Caí al suelo, intentando no llorar, delante de ella, harta de todo. Entonces, recordé las palabras de Nonoma: “¿Por cierto, alguna vez has hecho una cosa por tu cuenta?” Ya era hora de que debería hacer algo por mí misma, algo que Mi Señora no me ha ordenado. Si ella no me ama, entonces, haré todo lo posible para que lo hiciese. Mi hermosa Zarina iba a ser mía y de nadie más, y todo aquel que intentaría conseguir su corazón debería ser eliminado. Después de todo, Elizabeth lo era todo para mí.

Entonces, sin razón alguna, me levanté y me dirigí hacia ella, con ganas de abrazarla, pensando en poseerla, en hacerla mía. Era lo único que pensaba, mientras caminaba, poco a poco. Me imaginaba estar juntas en su blandita cama, abrazadas la una a la otra; o besarnos, mientras estábamos yendo de picnic en alguna montaña, o meternos las dos en el baño, y miles de cosas más que pasaban por mi cabeza. Y cuando ya estaba detrás de ella, levanté mis brazos y Mi Señora se dio cuenta de que yo estaba ahí.

― ¿Quieres algo? ― Eso me preguntó, al verme.

― Nada, nada, solo me preguntaba una cosa. ― Le dije eso, con todo mi nerviosismo.

― ¿El qué? ― Tuve que buscar una excusa, cuando me soltó esta pregunta.

― ¿Por qué dejaste a esa niña llamada Sasha viva? ― Y eso dije sin pensar.

― ¿Pero, qué dices? Está muerta. ― Eso no lo entendía, porque ella seguía viva. Después de aquellos acontecimientos, aquella loca le pidió un último deseo a Mi Señora, que la matara, y ésta lo hizo.

― Pero sobrevivió a su disparo, se lo dio en la misma cabeza y aún así vivió. ― Fue sorprendente, la verdad. Aunque hubiera muerto si no fuera por Cammy y Zvezdá quienes le salvaron la vida, al llevarla a aquella mujer que es médico personal de Mi Señora y chamán oficial de la corte, cuyas manos son milagrosas.

― Pero eso le dejo graves daños cerebrales. Perdió la memoria, su identidad como Sasha Roosevelt. Así que cumplí mi parte. Pero me puede servir en un futuro lejano y por eso sigue viviendo, en alguna parte del Zarato. ―

Me preguntaba qué quería hacer Mi Señora con aquella niña, aunque en esas palabras sentí una especie de resignación. Después de todo, fueron las palabras de esa mujer las que le convencieron para mantenerla viva en el Zarato. Tal vez ella le haya dado buenas razones para que existiera.

Pero todo eso lo olvidé rápidamente, porque me puse a pensar en otra cosa más urgente y necesario para mí, en cómo iba a conseguir que ella se postrará antes mis pies. Porque eso fue lo que me prometí a mí misma en aquel momento, y haré todo lo que sea posible en mi mano para que este amor exista, aunque sea a la fuerza.

FIN

 

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