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Nadezha contra los payasos anónimos, nonagésima sexta historia.

Volví a casa, muy aliviada de que la época de exámenes hubiera terminado. Sentía una gran alegría, ya que podría dedicarme en un asunto que tenía pendiente desde hace tiempo con Mao. Pero antes debería comer y me fui a la cocina. Aunque, al estar delante de los fogones, se me quitaron todas las ganas, ya que haría otra vez una comida de espanto.

― Tal vez debería pedir esta vez… ― Eso me decía, dudosa, antes de que alguien tocara el timbre.

― ¿Quién es? ― Pregunté, al oírlo, mientras me dirigía hacia la puerta principal. Al abrirlo, no me encontré con nadie, salvo una carta que había estado debajo de la puerta. La cogí y la empecé a leer. Me quedé de piedra.

Nosotros, tus acérrimos enemigos, hemos secuestrado a tu hermano pequeño, Vladimir, y no lo vamos a soltar hasta que vayas a encontrarte con nosotros en el solar en dónde se sitúa el circo de los hermanos Karamázov a las seis de la tarde.

Un beso por parte de los payasos anónimos.

Sentía que me iba a desmayar al leer que mi querido amor había sido secuestrado. Tras estar un rato intentando asumirlo, decidí salir en su busca, salvarle y romperles los dientes a esos cabrones que le habían hecho tal cosa. Y al momento de salir disparada, apareció él.

― ¡Buenas días, Nadezha! ― Me lo decía con una sonrisa, cómo si no le hubiera pasado nada. ― ¡He traído comida que mi madre te ha preparado, y está muy buena! ―

Se quedó mirándome, al ver mi cara, y me preguntaba qué me pasaba. Yo me abalancé sobre él, llorando sin parar, y pidiendo gracias al cielo que no estuviera secuestrado. Después de eso, nos sentamos y yo le expliqué el asunto.
― ¿Qué yo estoy secuestrado? ― Me gritó muy sorprendido, mientras leía la carta.

― Eso dice la puta carta de los cojones. ― Estaba muy enfadada. No sabía quiénes eran esos capullos, pero se merecían la paliza de su vida por haberme dicho tal mentira.

― En la carta dicen que son tus acérrimos enemigos. ― Me decía, a continuación, Vladimir. ― ¿Pero quiénes y por qué algo tan horrible? ―

― No lo sé. ― Intentaba recordar, pero no veía quién podría hacer algo. ― Por mucho que me caliente la cabeza, no puedo imaginar quienes son. ―

― ¿Y por qué se creen qué soy su hermano pequeño? ¿Tan niño me veo? ― Añadió muy molesto mi Vladimir, quién puso una linda cara de frustración. Eso me alegro un poco el día.

― No te preocupes por eso, ¡le daremos una lección que nunca van a olvidar! ― Grité a continuación, con el puño en alto. Deseaba pensar en acudir a aquella cita y descubrir quiénes eran esos payasos anónimos. Entonces, me di cuenta de una cosa, al leer de nuevo la carta.

― Es curioso. ― Eso dije, sorprendiendo a Vladimir, quién me preguntó qué había descubierto. ― ¿Ese circo no lo habíamos visitado hace unos cuantos meses atrás? ― Por la cara que puso, al oírme; se notó que también se dio cuenta de eso.

El lugar en había que acudir era dónde estaba situado un circo, al que yo y la familia de Vladimir visitamos, y, entonces, empecé a recordar. Era unos días antes de que tuviera un accidente y acabará en el hospital, en una tranquila noche de verano. De por sí, no era la gran cosa, más bien, era algo cutre. No venía mucha gente y el precio era demasiado elevado.

― Hacía tanto que no vamos a un circo, ¡estoy tan emocionada! ― Eso gritaba mi suegra, que le veía tan feliz como un niño, mientras sostenía la mano de su marido, quién no sentía lo mismo.

― No deberías ilusionarte tanto. ― Le explicaba su marido, mientras observaba el circo. Y lo decía por la gran carpa que lo cubría parecía estar muy estropeado, con un azul tan descolorido que te entraban ganas de irte de allí.

Aunque, yo le dije, mientras le daba la mano a mi Vladimir, que las apariencias pueden engañar. Pero este no fue el caso, aquel circo eran tan horrible cómo nos pintaba. Por ejemplos, los acróbatas:

― ¡Señores y señoras! Os presentamos al gran saltador Chupi. ― Pero no había nadie al lado de viejo y bigotudo presentador, salvo un mono.

― ¿Y dónde está el acróbata? ― El mismo presentador se sorprendió de que estuviera un mono y uno de los trabajadores se lo dijo en voz alta.

― Al parecer le dan miedo las alturas, así que usaremos un mono llamado Chupi 2. ― Pero el mono no hizo nada, salvo ponerse a dormir.

Y los payasos no eran mejores:

― Aquí tienen un chiste: Dos putas van por una calle y, ¿saben quién se cae? ― El público estaba muy aburrido y nadie dijo nada, solo estaban esperando a que terminaran su patética actuación, ya que nos daba cosa irnos de aquel espectáculo.

― ¡Mi madre! ―Eso soltó al final, quién se puso a reír como loco, mientras los demás le mirábamos con asco. Había insultado a su propia madre, que hijo tan despreciable.

Al final, los del circo, al ver a su público, poco contento y arrepentido de haber pagado; sacaron a uno de los animales que tenían: Un oso, para hacer malabares. Lo iban a montar en una pelota, pero éste ni les hacía caso.

― ¡Vamos, Gordi, por favor, súbete a la pelota! ― Le pedía uno de los payasos sin parar, pero éste solo miraba hacia a mí, y no sabía el porqué, aún así sentía que ya había sufrido algo parecido en el pasado.

Yo, si les digo la verdad, no sé qué pasa con mi relación con los osos, porque no es nada normal. Algunos, cuando me ven, me tratan como si fuera una de su familia. No, son muy territoriales para eso, pero aún así, no me tratan como una amenaza y se acercan a mí, sin que me ataquen. Un buen ejemplo fue, hace un año, cuándo me fui a pescar en un rio, situado en mis tierras: Muchos de esos animales se me acercaron y se pusieron a pescar, sin ningún problema entre ellos ni conmigo, hasta uno me regaló algún pescado. Incluso algunos oseznos me persiguieron como si fuera su madre.

Esos son algunos, otros son muy agresivos conmigo y van a por mí, pero no sé cómo lo hago, siempre puedo sobrevivir e incluso los he derrotado con mis propias manos. No lo entiendo, nada de nada, incluso he ido al psicólogo para que me lo expliqué, pero éste me trató como una loca y pues decidí no ir nunca a ningún otro. Pues bueno, de todos modos, éste oso llamado “Gordi”, al verme y quedarse un rato mirándome fijamente, se lanzó hacia a mí.

― ¡Gordi! ¿Qué haces, estúpido? ¡No ataques al público! ― Eso gritó uno de los payasos cuando ocurrió esto.

La poca gente que estaba sentada en las gradas salieron corriendo, gritando de pavor y pánico. Yo les dije a mis suegros y a mi cariño que se pusieran a correr, mientras yo le entretenía, ya que supe que iba a por mí.

― ¡Nadezha! ― Ellos gritaron de horror, al ver que el oso me perseguía, mientras yo salía corriendo, a toda velocidad, por otra dirección. Al salir de la carpa y rodeada de jaulas de animales, tuve que enfrentarme al oso, y otra vez lo hice, me salvé y lo maté. Pude montarme en su espalda e hincarle mis dedos en sus ojos, para luego quitarme la chaqueta y ahogarlo con ella. Todos, menos mis suegros y mi Vladimir, me veían como un monstruo y decidimos no volver a ningún circo más. Al venir los recuerdos, entonces, los dos nos dimos cuentas que, tal vez, esos payasos anónimos fueran ellos.

― ¿Los trabajadores del circo? ―Eso solté en voz alta, algo sorprendida.

― Pues claro. Después de ese incidente, el circo fue clausurado. ― Añadió mi Vladimir, dando antes un grito de sorpresa.

― Pero, entonces, el circo no debería seguir ahí. ― Eso era verdad, si estaba clausurado, no debería estar ahí.

― La única manera de descubrirlo es visitándolos. ― Mi Vladimir dijo esto al final y era algo con el que estaba de acuerdo, pero no deseaba llevarlo a ahí, por si le intentaban hacerle algo horrible. No podría llevarle a la boca del lobo, pero él insistió tanto que tuvo que dejarlo. Después de todo, también deseaba decirles a esos estúpidos unas cuantas palabras por decir que estaba secuestrado.

Así que, nos preparamos y nos fuimos hacia allí lo más rápido posible, aunque faltaban tres horas para las seis de la tarde. Atravesamos toda la cuidad, montándonos en diversas líneas de autobuses, para llegar a aquel solar. Tardamos mucho, pero al final pudimos llegar a tiempo.

― Pues, ya hemos llegado. ― Dije, cuando habíamos llegado a ese lugar, mirando por todas partes.

Esta vez no había circo, solo un solar enorme y polvoriento, situado en los límites de la cuidad de Springfield, que servía solo como aparcamiento gratuito de coches.

― ¿Y dónde estarán? ― Se preguntaba mi Vladimir, tras mirar un buen rato, pero no aparecía nadie.

― Pues bueno, solo faltan cinco minutos. ― Eso le respondí, tras mirar el reloj, y cada vez estaba más enfadada. No solo por el hecho de decirme que habían secuestrado a mi Vladimir, sino, porque nos habían mandado a este lugar. Entonces, una voz salió de entre los coches:

― ¡Hey, vosotros! ¿Por qué tienen que llegar tan pronto? ― Decía una voz aguda y que parecía de pito.

― ¿No saben que necesitamos maquillarnos y todo eso? ― Añadió otra, más grave pero también algo ridícula.

― ¡Después de todo, somos los payasos anónimos! ― Y entonces, tras pronunciar estas palabras, salieron tres personas, que estaban escondidos entre los coches, con aspecto de payasos. Hicieron unas extrañas poses, muy ridículas, y me di cuenta de que eran los mismos del circo.

― ¡Hey, estúpidos! ¿Por qué le dijisteis que me habían secuestrado? ― Mi Vladimir fue el primero en gritarles, con mucha seriedad. Yo añadí algo parecido:

― ¡Eso no tiene nada de gracia! ― Les grité.

― Pues bueno, había que atraer la atención. ― Dijo el obeso, que llevaba un pelo rojo con forma de tornillo, y con camisa blanca y pantalones verdes; mientras tocaba su nariz roja de forma compulsiva.

― Es solo una mentirijilla. ― Añadió el más flaco y alto, él que llevaba un pelo con forma de triangulo y una camisa verde con pantalones blancos.

― No es cómo si queríamos secuestrar a alguien. Eso tiene delito. ― Concluyó el más bajito de todos, un calvo con sombrero rojo, y con camisetas y pantalones con rayas verdes y blancas.

― ¡Tiene delito el decir que han secuestrado a alguien! ― Y les grité muy encolerizada, con ganas de mandarles al hospital.

― Ah, ¿en serio? ― Se pusieron a hacer los tontos. ― ¡No lo sabemos! ¿En dónde viene eso? ¿En la constitución?  ― Se estaban burlando de mí.

― ¡Dejen de burlarse de mí, estúpidos payasos! ― Les grité de nuevo, pero siguieron chuleándose de mí, hasta que tiré una piedra al suelo con todas mis fuerzas, asustándolos con mucha facilidad.

― ¡Vale, vale, pero no seas violenta con nosotros! ― Me lo dijeron muy aterrados. Para luego, añadir esto: ― ¡Solo queremos venganza! ―

― ¡Queremos vengar a nuestro circo! ¡Por tu culpa, lo hemos perdido! ― Y me señalaron como si fuera la culpable de todo.

― Lo único que teníamos en la vida.- Y uno empezó a llorar.

― Pues, ¡¿qué queréis que os diga!? ¡Era una mierda vuestro circo y de todos modos, pronto o temprano, iba a cerrar! ― Era la verdad y le sentaron muy mal escucharlo.

― ¡Qué estupideces dices, estúpida adolescente! ― El obeso gritaba histérico.

― No insultes a nuestro circo. ― El flaco seguía llorando.

― ¡Tranquilizasen, intenta desmoralizarnos! ― Eso decía el enano. ― ¿Recuerdan la razón de haberla traído hasta aquí? ― Y los otros dos se quedaron callados unos segundos, esperando que el jefe dijera algo.

― Vale, lo diré yo. ¡Te hemos retado a un duelo, adolescente! ¡Tú contra nosotros, los payasos anónimos! ― Me gritó.

― ¿Y qué quieren conseguir? ― Les pregunté seriamente.

Se quedaron callados, esta vez los tres, pensando en eso. Tardaron casi un minuto o más en decir la respuesta.

 
― ¡Bueno, nos jugamos nuestro orgullo! ― Esto dijeron a gritos, al final, haciendo ver que su enfrentamiento conmigo, ni les iba a devolver el circo ni nada parecido. Solo lo hacían por hacerlo.

Entonces, el flaco sacó de la nada una monociclo y se acercó con cierta dificultad hacia a mí. Al llegar, cogió una bocina que tenía en la camiseta y me echó la típica broma del agua. Le di un puñetazo, muy flojito, que lo hizo caer al suelo. Volvió corriendo hacia sus compañeros, llorando.

― ¡Esa mujer es un monstruo! ― Eso les gritaba a sus compañeros, quienes tenían muecas de horror.

― Si no ha sido nada. ― Les repliqué.

― ¡Yo te derrotaré, por el honor de mi amigo! ― Esto dijo el obeso que se fue corriendo hacia mí, y al llegar, tuvo que descansar unos segundos. A continuación, empezó a soltarme chistes:

― Iban dos jugadores de baloncesto en una moto y se cae tu madre. ― Eso solo nos dejo frío.

― ¡¿No lo entienden?! ¡Tu madre es un travesti y es jugador de baloncesto! ― Solo empeoraba las cosas, dejó de ser nada gracioso a ser un insulto. Y lo peor es que los tres se pusieron a reír.

― Mi madre está muerta. ― Con esto los callé. Sintieron una gran incomodidad.

― Lo siento mucho. ― Se disculpó, antes de volver con sus compañeros, muy avergonzado. Los tres se pusieron a cuchichear entre ellos, por varios segundos, para luego ir el obeso hacia nosotros:

― ¿¡Qué estás haciendo!? ― Le pregunté, cuando vi que empezó a hacer un montón de estupideces. Estaba haciendo el payaso, para hacerme reír, pero sus tonterías solo me cabreaban, aún más.

― ¿Podrías parar? ― Eso le dije una o dos veces, pero no se detenía. Hasta que me hartó y le grité con todas mis fuerzas:

― ¿Puedes parar de hacer el idiota? ― El obeso se puso a temblar y volvió corriendo hacia sus compañeros.
― Es un adversario terrible. ― Decían con mucha seriedad aquellos idiotas.

― Por favor, dejen esta ridiculez. ― Les pedía esto, cansada de aguantar a aquellos payasos. Ya me estaba muriendo de vergüenza ajena.

― No hasta que cumplamos nuestra venganza. ― Y eso me gritaron los tres, señalándome. Vladimir y yo solo suspiramos.

A continuación, se acercó el enano, jugando con platos y palos, intentando retarme a algo:

― ¡Seguro que tú no podrás hacer esto! ― Me lo decía muy desafiante y yo, cansada de tanta payasada, solo le tiré unos de los platos a los que estaban manteniendo con un palo, cayendo todo lo demás.

― ¡Oh Dios mío, mi mejor truco! ― Gritaba, demasiado conmocionado y sus otros dos compañeros lloraban por él, como si estuviera muerto. A mí ya me estaban dando pena.

― ¡Eres invencible, un completo monstruo! ― Eso me gritaba, mientras volvía con los demás.

A continuación, cada uno se turnó en intenta “vencerme”, pero ninguno lo conseguía. El flaco lo intentó usando ventriloquia con un calcetón, a lo primero; después, intentó imitar a un famoso rockero y finalmente intentó hipnotizarme con un medallón. El obeso, pensó que con pedos me iba a reír, pero solo consiguió darme asco; y el enano me mostró cómo se maquillaba como una mujer. Al final, todo lo que hicieron fue en vano y la noche ya estaba a punto de llegar.

― ¡Hemos usado todos nuestros trucos y nada! ― Ya estaban desesperados, no sabían qué hacer, aunque no sabía que querían hacer exactamente.

― ¿Somos tan débiles? ― Decía el flaco, llorando.

― ¡No, solo es que ella es como un jefe final! ― Le replicó el enano.

― Hay que vencer, cómo sea. ― Concluyó el obeso, mientras yo y mi Vladimir, decidíamos irnos de ahí. Ya teníamos suficiente.

― ¿Adónde vais? ¡Qué aún no hemos terminado! ― Eso nos gritaron, cuando se dieron cuenta de que nos estábamos yendo.

― ¡Ya estamos cansada de vuestras estupideces! ― Les decía. ― ¡Déjenme tranquila, para siempre, por favor! ―

Y ellos se pusieron de rodillas, pidiéndome una última oportunidad. No se la di y tuvieron que cogerme de las piernas, para conseguir doblegarme.

― Vale. ― Les decía, tras dar un suspiro. ― Pero esto es la última, ¡y rápido! ―

Entonces, los tres volvieron a cuchichear entre ellos y estuvieron un buen rato así. Cuando terminaron, miraron hacia a nosotros y se quedaron observando, unos segundos, con una cara muy serio.

― Ya hemos elegido nuestra venganza. ― Eso me gritaron los tres a la vez, para luego añadir individualmente:

― ¡Y te arrepentirás de haber destruido nuestro circo! ― Dijo el obeso.

― ¡Y no nos importan que nos manden a la cárcel! ― Y eso soltó, a continuación, el flaco.

― ¡De todos modos, allí hay comida y alojamiento gratis! ― Concluyó, al final, el enano. Entonces, me di cuenta de sus intenciones. Iban a por mí, los tres a la vez, los muy tramposos. Y yo me puse en posición de combate.

― ¡Vete de aquí, Vladimir! ― Eso le dije a mi cariño y él no me hizo caso.

― ¡No voy a dejarte sola! ― Gritó, poniéndose en posición de combate también. Con una carta tan decisiva y seria que me dio cosa contradecir sus palabras.

― ¡Vale! ― No dije ningún pero, aunque pensaba hacerle de escudo, para que no sufriera daños.

No duraron ni medio minuto, con unos pocos golpes, tanto yo como mi Vladimir, le dejamos tirados en el suelo. Primero, se quejaban del dolor, pero, luego, empezaron a llorar.

― ¡Nuestra venganza! ― Decían sin parar, entre lagrimas.

― ¿¡Por qué no se olvidan de ese circo de una vez!? ¡De todos modos, no va a pasar nada si me ganan! ― Les decía, con tono reconciliador.

― No podemos, no podemos. ― Gritó el obeso.

― Era nuestra vida y, ahora, no tenemos ni casa. ¡Somos indigentes! ― Añadió el flaco.

― Nadie nos contrata, ningún circo nos quieres. ¡Estamos acabados! ― Esto dijo, al final, el enano.

Me dieron mucha pena y me entraron ganas de ayudarle en algo. Aunque me molestaba que me echasen las culpas a mí y que hayan ido a por mí, por eso de que tuvieron que clausurar el circo. Ya estaba condenado, de todos modos. Así, que saqué gran parte de la paga que me dio mi tío y se los tiré al suelo.

― Tomen esta pequeña compensación de mi parte. ― Eso les dije, ante su asombro y el de Vladimir.

― ¡Nos vamos, Vladimir! ― Me dirigí a él a continuación, y nosotros dos caminábamos hacia mi casa, mientras ellos tres no paraban de decirme gracias, sin parar.

No sé si hice lo correcto, pero lo qué sé, es que me arrepentí un poco, porque, al día siguiente, me los encontré durmiendo en el cubo de basura del barrio, borrachos como una cuba, cuando yo iba a tirar algo.

― ¡Buenos días, jefa! ― Eso me gritaron a la vez, ante mi sorpresa, cuando se dieron cuenta de mi presencia.

― ¿Cómo estás? ― Y el enano añadió esto.

― ¿Qué hacen ustedes ahí? ― No esperaba encontrarlo ahí.

― Pues necesitamos más dinero. Ya sabe, pasta para alcohol. ― Me molestó muchísimo que usaran mi dinero para ponerse borrachos.

― Y para comida, que nos hemos olvidado de comprarlo. ― Y eso fue el colmo, porque, a continuación, me pidieron con las manos dinero y comida. Yo lo que hice, enfadada, fue llamar a la policía, porque dormir en un cubo de basura era delito contra la sanidad pública en Springfield.

FIN

 

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